Capítulo 32
Desde que habían hecho el amor el día que Ryan la enseñó a bailar, habían pasado tres semanas y en todo ese tiempo se habían visto solo cuatro veces.
Jess estaba convencida de que de un momento a otro Ryan le diría que lo que había entre ellos se había terminado.
Pero los días pasaban y él no lo mencionaba.
Jess no le había preguntado nada de porqué no iba a su casa más a menudo, aunque se muriese de ganas por hacerlo.
Intentaba averiguar si se había hartado de ella, pero cuando se veían estaba como siempre.
Y ella se preguntaba si estaría viendo a otras mujeres, porque sabía que era un hombre muy sexual.
Pero había hablado varias veces con Jules y él le decía, en tono de burla, que cenaban juntos en casa casi todos los días, porque estaba cansado y se estaba haciendo viejo, aunque él tuviera su misma edad.
Jess estaba desconcertada por su comportamiento.
Ryan subió al apartamento de Jess para recogerla. Era la noche de la fiesta a la que acudiría todo el grupo de amigos, excepto Jules, que había ido a ver a su familia.
Cuando Jess abrió la puerta se quedó sin respiración. Verlo hizo que el corazón le latiera descontrolado. Ryan llevaba esmoquin y lo lucía con elegancia y naturalidad, como si vistiera así cada día. El cuello blanco de la camisa hacía que resaltara el bronceado de su piel. Estaba para comérselo.
Él la miró de arriba abajo sin decir una sola palabra. Jess lucía un precioso vestido rojo largo con un escote de lo más descarado, y con un corte a un lado que dejaba ver su pierna hasta medio muslo.
—¿Vas a entrar o prefieres esperarme en el pasillo?
Él entró en el apartamento sin contestar a su pregunta. Volvió a mirarla de arriba abajo de nuevo.
—No parece que te guste el vestido sé si cambiarme el vestido. Aunque deberías saber que es el único vestido de fiesta que tengo. Así que, si no te gusta tendrás que ir solo.
—Date la vuelta para que te vea por detrás.
Ella lo hizo. El vestido llevaba toda la espalda al descubierto.
Esta mujer es un monumento, pensó él admirando sus curvas.
—Jess, estás impresionante.
—Vaya, gracias —dijo ella girándose de nuevo y sonriéndole.
—¿Quién te ha acompañado a comprarlo?
—Ian.
—Pues ese hombre tiene buen gusto.
—En un principio no me convencía que me acompañara. Sabía que no tenía experiencia en fiestas como a la que vamos a ir. Pero parece ser que el gusto no tiene nada que ver con la experiencia.
—Estás preciosa.
—Y mira mis zapatos, ¿no te parecen una pasada? —añadió ella mostrándole las sandalias rojas con tacón de aguja, junto con la pierna que el corte del vestido dejaba al descubierto.
—Te sientan de maravilla.
—A mí me encantan. Aunque no sé cuanto tiempo duraré de pie con estos taconazos.
Es posible que ni siquiera pueda bailar.
La dependienta de la tienda me ha dicho que son comodísimos y por lo que me han costado deberían serlo.
Bueno, en realidad no me han costado nada porque Ian no me ha dejado pagar ni el vestido, ni los zapatos.
Ha dicho que es un regalo para compensar todo lo que yo hice por él.
Menuda tontería. Yo no hice nada por él, y el dinero que le di me lo devolvió.
—Cariño, Ian no se refería al dinero que le diste, sino a que te preocuparas por él.
—Hice lo que hubiera hecho cualquiera.
—Yo creo que no. ¿Estás lista?
—Sí, solo me falta coger el bolso, que por cierto también me lo ha regalado él. Es bonito, ¿verdad? —dijo mostrándole el bolso rojo de mano a juego con los zapatos.
—Muy bonito.
—Aunque no sé porqué lo llaman bolso. Solo he podido meter en él el lápiz de labios y un pañuelo. No sé si me cabrán las llaves de casa. Me va a tocar llevar el móvil en la mano.
—¿Para qué necesitas el móvil?
—Pueden llamarme del trabajo. Yespero que no lo hagan, porque será mi primera fiesta.
—Dame, yo guardaré tu móvil.
—Gracias. ¿Estoy bien?
—Si no fuera porque hemos quedado con los chicos, nos olvidaríamos de la fiesta o, como mínimo, llegaríamos tarde.
—Salgamos de aquí, no voy a perderme esta fiesta por nada del mundo —expresó ella empujándolo para que abandonara el apartamento.
Tan pronto salieron a la calle Ryan le cogió la mano y caminaron hacia el coche.
Al llegar le abrió la puerta para que se sentara.
Él rodeó el vehículo por delante y se sentó al volante.
Arrancó y se unió al tráfico. Jess se acomodó bien en el asiento para que el vestido no se le arrugara y lo miró. Y ya no pudo apartar la mirada de él.
—Conduces con una seguridad aplastante.
Ryan se giró para mirarla durante un segundo.
—Con la misma seguridad que llevas el control del placer cuando estamos juntos…, con una arrasadora habilidad.
Él volvió a mirarla con una seductora sonrisa.
—Arrasadora habilidad, ¿eh?
—Desde luego que sí.
—Tengo ganas de que acabe la fiesta para hacer uso de nuevo de esa habilidad.
—¿Eso significa que vas a venir a casa esta noche?
—Sí.
—Pensé que ya no estabas interesado.
—¿Por qué pensaste algo así?
—No nos hemos visto desde el sábado, y es viernes.
—¿Me has echado de menos?
—Supongo que como tú.
—Pues hoy voy a follarte. Me muero por sacarte el vestido.
—Puede que estemos muy cansados cuando termine la fiesta.
Ryan se limitó a mirarla sonriendo.
—¿Dónde has quedado con los chicos?
—En la mansión de los Muller. Estarán esperándonos en la esquina anterior.
Cuando llegaron vieron dos coches de sus amigos y dos limusina parados en segunda fila. Ryan les envió un mensaje diciéndoles que estaba detrás de ellos y todos se pusieron en movimiento.
—¿De quién son las dos limusinas? —preguntó Jess.
—De Delaney y de Patrick. Me extraña que Delaney no te pidiera que fueras con ellos.
—Lo hizo —dijo ella sonriendo—, pero le dije que prefería ir contigo, porque eras mi acompañante.
—Gracias.
—Supongo que el coche de Delaney lo conducirá Ian.
—Es su chófer y guardaespaldas.
—¿Entrará con él a la fiesta?
—Seguro que sí. Aunque, si estás pensando en bailar con él, olvídalo.
—No pensaba bailar con él. Pero me gustaría que me viera en mi primera fiesta y con la ropa que él me ha regalado.
—Te verá, no creo que puedas pasar desapercibida.
Al entrar, Delaney presentó a sus amigos a los Muller, aunque a Sean y a Nathan ya los conocían.
Poco después estaban el grupo de mujeres juntas, esperando a sus parejas que habían ido a por las bebidas.
Jess se sintió impresionada al ver a sus seis amigos vestidos de etiqueta.
—¡Dios mío! Vuestros maridos forman un grupo impresionante.
—Nuestros maridos y tu amor —dijo Tess sonriendo.
—No tengo muy claro que lo que hay entre Ryan y yo tenga porvenir. Mirad a las mujeres que hay a nuestro alrededor, los están devorando con la mirada.
—Yo no las culpo, están para comérselos, incluido Patrick —mencionó Ellie.
Todas se rieron.
—Al final no te enseñamos a bailar —comentó Lauren.
—Practiqué con Ryan en mi casa. Me encantó bailar con él.
—También te gustará bailar con nuestros maridos, bailan de maravilla —dijo Kate.
—Eso me dijo Ryan.
—Aunque quien mejor baila es mi cuñado —añadió Abby.
—Bailar con mi marido es una delicia —intervino Tess—, esta noche lo comprobarás.
Los hombres volvieron con las bebidas y se las dieron a ellas. El baile no comenzaría hasta después de la cena. Ahora estaban socializando.
El grupo de amigos era como una piña. Todos estaban pendientes de Jess, porque parecía algo nerviosa al ser su primera fiesta. Así y todo, no pudieron aislarla del resto de la gente, porque esa chica llamaba la atención de todos los hombres de la fiesta, incluso de los casados.
—Hola, socia —dijo Patrick acercándose a ella y besándola en la mejilla.
—Hola, Patrick —respondió ella devolviéndole el beso.
—Estás espectacular.
—Gracias. Es mi primer traje de noche y mi primera fiesta.
Louise se acercó al grupo y los saludó a todos.
—Estás preciosa, Jess —dijo la mujer.
—Gracias, Louise. El vestido que llevas es maravilloso.
—Sí que lo es. Gracias.
Media hora después el grupo de amigos estaba sentado en la increíble mesa. Jess tenía a un lado a Ryan y al otro a Delaney.
—¿Qué tal vas con los zapatos? —preguntó Ryan a Jess al oído.
—La dependienta tenía razón. Son comodísimos. Creo que podré bailar sin problema.
—Eso espero, porque me muero por bailar contigo.
—Yo también lo deseo.
—¿Cómo te sientes en tu primera fiesta? —le preguntó Delaney en voz baja.
—Genial. Al principio estaba un poco nerviosa, pero me he dado cuenta de que estando con vosotros no puedo temer nada.
—Así será siempre. ¿Cómo va lo tuyo con Ryan?
—Creo que, simplemente, no va.
—Encontraré un momento durante la velada para que podamos hablar de ello.
—No creo que tú puedas hacer nada al respecto.
—No me subestimes, cielo. Aunque no acostumbro a meterme en los asuntos de una pareja, sí puedo aconsejarte.
—Un consejo tuyo me será muy beneficioso.
—Hablaremos más tarde.
—De acuerdo.
—Ya era hora de que sentaras la cabeza —pronunció la mujer mayor que había sentada frente a Jess dirigiéndose a Ryan.
—Elizabeth, siempre he tenido la cabeza muy bien sentada —respondió Ryan sonriéndole.
—Tengo entendido que así es, en el trabajo, aunque fuera de él eres un mujeriego empedernido. Pero he de reconocer que tu novia es preciosa —dijo mirando a Jess.
—No soy su novia —mencionó Jess—, solo somos amigos.
—Ya, claro, solo amigos. Cielo, tengo muchos años, pero no estoy ciega y he visto cómo os miráis. Sé que nos han presentado, pero he olvidado tu nombre. Discúlpame, es cosa de la edad.
—Me llamo Jessica, pero todos me llaman Jess.
—Muy bien. ¿A qué te dedicas, Jess?
—Soy médico.
—¿Qué especialidad?
—Médico forense.
—Vaya, eso no me lo esperaba. Ya tienes que ser una mujer fuerte y valiente para descuartizar a todos esos fiambres.
Todos los que había a su alrededor se rieron por la poca delicadeza que tuvo de hablar de ello durante la cena.
—Ryan, no dejes escapar a esa mujer. No vas a encontrar otra como ella.
—Lo tendré en cuenta.
Ryan pensó que no era la primera vez que le aconsejaban lo mismo.