Tan irresistible como Stanford Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

Ryan le dedicó una preciosa sonrisa. Apartó la mano de la de ella y le rodeó la cintura con los dos brazos.

Jess se vio con la mano suelta y la llevó a la nuca de él.

Ryan la pegó a él y siguieron bailando, sin dejar de mirarse y sin despegar los pies del suelo.

Se limitaban a balancearse al son de la música, pero íntimamente conectados.

A Ryan le gustaba tenerla entre sus brazos. Sentía cada curva de su cuerpo, encajando a la perfección con el de él. Su cuerpo era todo lo que él deseaba en una mujer, y mucho más.

Ryan acercó sus labios a los de ella rozándolos. Los acarició con la lengua y ella los abrió. Entonces la besó de forma apasionada. Y Jess le devolvió el beso con un ardor y una pasión tan desmedida que él estuvo a punto de reírse.

—Desde luego, en cuanto a besar, la palabra novata se ha quedado obsoleta contigo —dijo Ryan sonriendo.

—Supongo que eso es algo positivo.

—Y tanto que lo es.

Jess introdujo los dedos entre sus cabellos, lo sujetó de la nuca y lo acercó a ella de nuevo para volver a besarlo de una manera tan desenfrenada que lo dejó sin respiración. Y él le devolvió el beso con la misma intensidad.

Ryan consiguió que se sintiera como si toda su vida hubiera estado esperando ese momento.

Se notaba que ese hombre veneraba a las mujeres, pensó Jess. Era un hombre que tenía claro que un beso no era solo una forma de llegar a algo más sino que, si le dedicaba el tiempo suficiente, no haría falta nada más.

—Tus besos son adictivos. Podría pasarme las veinticuatro horas del día besándote.

—A mí también me gusta mucho besarte. Jess, si sigues mirándome de esa forma acabaré follándote aquí mismo.

Jess tembló de puro placer al escuchar su nombre en aquella voz ronca y profunda, mientras era consciente de que su corazón latía a un ritmo desenfrenado.

—Puede que sea lo que deseo. ¿Quieres tomar algo?

—No, gracias. Tengo que marcharme.

El corazón de Jess le dio un vuelco en el pecho al saber que se iba y por sus venas corrió una especie de temor que la dejó aturdida.

—De acuerdo.

A él le sorprendió que ella no le pidiera que se quedara, porque sabía que lo estaba deseando.

—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó él mientras se dirigían hacia la puerta del apartamento y arrepintiéndose de sus palabras.

—Ian suele llamarme los sábados. Si lo hace le diré que venga a ver una película conmigo. O iré yo a su casa, ya lo decidiré.

—Muy bien. Buenas noches —dijo Ryan besándola en los labios.

—Buenas noches —añadió ella abriendo la puerta para que él saliera—. Gracias por enseñarme a bailar.

—Ha sido un placer.

Jess cerró la puerta cuando él salió. A pesar de la vida de mierda que había llevado, nunca había estado deprimida ni aterrada, pero en ese momento se sentía como si se encontrara al borde de un acantilado mojado y resbaladizo.

No había pasado ni un minuto desde que Ryan salió del apartamento cuando llamaron a la puerta. Jess abrió y se quedó mirando al amor de su vida.

Ryan entró en el piso echándola a ella hacia atrás y cerró la puerta con el pie. Jess seguía en silencio. Él se acercó a ella y la estrechó en sus brazos. Apoyó la cabeza en su hombro y aspiró el delicioso aroma de su pelo y se calmó.

Jess se sintió desconcertada por su actitud.

Ryan colocó una mano en su nuca acariciándola. Y Jess se estremeció sintiendo que la piel se le erizaba, mientras los dedos de él se deslizaban por su cuello, su clavícula, sus hombros y su espalda. Entonces soltó un suspiro y le rodeó la cintura. Apoyó la frente sobre la de ella.

—Pensaba que querías marcharte.

—Te deseo demasiado, y no he podido resistir la tentación.

Ryan rozó sus pezones con las yemas de los dedos y se pusieron duros como piedras.

Jess sintió una deliciosa oleada de placer en su interior.

Estaba temblando y sentía ganas de llorar.

Quería apartarlo por hacerla creer que no estaba interesado en ella, pero al mismo tiempo quería quitarse la ropa para que besara la piel que acariciaba.

Dentro de ella había como un río de aguas salvajes y se dejó arrastrar por la corriente, volcándose en el placer que sentía con cada una de sus caricias.

Ryan le subió la camiseta del pijama y se la sacó por la cabeza.

Le besó el abdomen y siguió besándolo con suavidad, ascendiendo hasta sus pechos.

Cuando su lengua comenzó a lamerle uno de los pezones, el cuerpo de Jess respondió cogiéndolo del pelo y soltando un gemido que a Ryan le pareció delicioso.

La cogió de la mano y la llevó a la cocina. La elevó y la sentó sobre la mesa.

—Échate hacia atrás.

Y ella lo hizo sin rechistar.

Ryan alzó sus piernas y la instó a que las colocara sobre sus hombros. Luego inclinó la cabeza hasta su entrepierna para saborearla. Jess se arqueó sobre la mesa cuando él la penetró con la lengua.

—¡Para, no puedo soportarlo! ¡Sigue así, no te detengas! —decía ella una y otra vez, haciendo que él sonriera.

Jess soltó un grito cuando un brutal orgasmo la alcanzó. Ryan sacó un condón del bolsillo y se lo puso rápidamente.

Aún no se había recuperado de la oleada de placer, cuando él la sujetó de las caderas, la arrastró hasta el borde de la mesa y de una sola embestida la penetró hasta lo más hondo, haciendo que ella volviera a gritar.

Jess se dio cuenta de que la había llenado más que nunca.

Los latidos de su corazón retumbaban en su pecho.

Sentía sus muslos sobre los antebrazos de él, y su deseo se descontroló.

Vio el rostro de Ryan tenso y el deseo que ardía en sus preciosos ojos grises, que en esos momentos tenían el color del humo.

Ryan empezó a embestirla marcando una cadencia implacable.

Jess pensó que con ese ritmo, él se correría rápidamente, pero lo había subestimado. Así que se relajó, dejando las manos muertas junto a su cuerpo y dejó que fuera él quien se encargara de todo. Y mientras que él tomaba todo lo que ella le entregaba, no dejó de mirarlo a los ojos.

Jess era una experta escondiendo sus emociones, había practicado durante toda su vida. Pero mientras Ryan la follaba o le hacía el amor, todas las sensaciones que ella experimentaba se le reflejaban en el rostro y él pudo apreciarlas.

Los músculos internos de Jess se aflojaban y se contraían tanto de placer como de necesidad. Cada acometida era más dura y profunda que la anterior, hasta que no hubo ni una sola parte de ella que Ryan no hubiera alcanzado.

Jess sintió que el placer se estaba concentrando en su interior e iba adueñándose de su cuerpo.

Intentó resistirse, porque lo que estaba sintiendo era demasiado bueno para que se acabara.

Pero de pronto, y casi sin darse cuenta, Ryan la puso boca abajo en la mesa y volvió a penetrarla desde atrás, aún con más profundidad.

Y todo desapareció para Jess, excepto su polla llenándola, mientras ella estallaba en mil pedazos, perdida y completamente desamparada.

El cuerpo de Jess le pertenecía y los siguientes segundos la poseyó de manera brutal, con profundas acometidas que la sacudían. La penetró una y otra vez, cada vez más rápido y más profundo, hasta que él se dejó llevar. Se echó sobre la espalda de ella agotado.