Capítulo 31 #2
—Lo único que hacemos ahora tu padre y yo es pagar facturas —mencionó Jess sonriéndole.
—Mi padre está contento de hacer negocios contigo.
—Y yo con él.
—A propósito. Deberíamos pensar en la fecha que nos venga bien a todos para ir de acampada —intervino Tess.
—Yo no creo que pueda cogerme vacaciones después de estar tantos días de baja. Además, prácticamente acabo de empezar en este trabajo —dijo Jess.
—Solo serán unos días. Y no tiene por qué ser este mes, podemos dejarlo para el próximo —pronunció Delaney—. Cuando decidamos la fecha pides esos días libres y si te ponen algún impedimento, me lo dice y yo lo arreglaré.
—No sé si estaría bien que hicieras algo así.
—No te preocupes, yo lo solucionaré.
—Me tratas como si fuera una niña que no sabe hacer nada por sí misma.
—De niña tienes bien poco, solo hay que mirarte. Y en cuanto a no saber hacer nada por ti misma..., todos sabemos que eres autosuficiente desde que eras una cría. Cielo, deja que de vez en cuando alguien se ocupe de ti, ¿vale?
—De acuerdo. Pero como me coja manía el jefe y me despida tendrás que encontrarme otro trabajo.
—Eso no sería problema —dijo él sonriendo.
Pasaron un día fantástico, como cada vez que se reunían. Poco a poco fueron yéndose. Ryan y Jess se fueron separados, porque habían ido cada uno con su coche.
Ryan y Jules entraron en casa. Entre los dos prepararon la cena y cenaron juntos.
—¿Vas a ir a casa de Jess hoy?
—Iré después de cenar. Aunque te aseguro que no tengo muchas ganas. No porque no quiera estar con ella, sino porque quiero que esto termine.
—Puede que Nathan tenga razón. Si Jess piensa que estás perdiendo interés puede que reaccione.
—Si ocurre eso, a lo mejor me sorprende diciéndome que ya no le interesa seguir conmigo. No me extrañaría lo más mínimo.
—Demonios, Ryan. Tú conoces a las mujeres y tienes que saber qué hacer.
—¡No tengo ni idea! ¡Joder! Es duro admitirlo, pero ella, una novata, me tiene acojonado.
Jules soltó una carcajada.
Después de que recogieran la cocina, Ryan subió a ducharse y a cambiarse de ropa.
—Jules, me marcho —dijo Ryan entrando en el salón—. ¿Vas a salir?
—No.
—Mañana no quedes con nadie. Saldremos a cenar. Voy a hacer caso a Nathan.
—De acuerdo. Que te diviertas.
—Si viene Richard no se te ocurra abrir la puerta.
—Richard no sabe dónde vivo.
—Pero puede averiguarlo. No abras la puerta ni a él ni a nadie que no conozcas.
—No le abriré a nadie, mamá —bromeó Jules.
Jess abrió la puerta y vio a Ryan frente a ella.
Él la miraba con los ojos entreabiertos y una seductora sonrisa en los labios que, seguramente, derretiría a cualquier mujer que la viera. Recorrió con la mirada el pijama de ositos que llevaba. Si es que se podía llamar pijama, porque era un pantalón tan corto que casi parecía un cinturón.
—Creo que desde ahora veré los ositos amarillos de diferente forma.
—Siento recibirte con pijama. Pensé que ya no vendrías —dijo dejándolo pasar y cerrando la puerta.
—Hola, cielo.
—Hola. No entiendo porqué no quieres coger la llave de mi casa, así podrías entrar sin tener que llamar.
—No me importa llamar.
—Como quieras. Has llegado tarde —mencionó ella caminando hacia el salón.
—Tenía hambre y he cenado en casa con Jules.
—Podría haber preparado yo algo.
—Jess, no somos pareja.
—Tienes razón —pronunció ella, claramente decepcionada por el poco interés que le había demostrado con sus palabras.
Jess se sentó en el sofá y él lo hizo a su lado.
—¿Has cenado?
—Sí. Me he puesto a preparar la cena, pero al ver que no venías, me he comido un bocadillo. Tenía hambre.
—¿Y qué has hecho con la cena?
—Era salsa para pasta, la usaré cualquier otro día.
—Bien.
—No hemos tenido tiempo de hablar de la fiesta esa que ha mencionado Delaney. Han dado por hecho que voy a ser tu acompañante.
—¿Y no quieres?
—No es que no quiera. Es que no sé bailar. Me refiero a la forma en que se bailará en esa clase de fiestas, que seguro que será de etiqueta.
—Te oí mencionarlo en algún momento. Así que nos pondremos manos a la obra.
—¿Qué quieres decir?
—Que voy a enseñarte a bailar.
—¿Tú?
—Sí, yo. ¿Te han dicho que enseñamos a Abby a bailar? Vine de Atlanta para ir de acampada con ellos, y la enseñamos en el bosque. Así que ahora te enseñaré a ti.
—¿Cuándo?
—Ahora. Solo necesitarás practicar dos o tres días.
—¿Ahora?
—Sí. ¿Tienes algo mejor que hacer?
—Pensaba que íbamos a hacer el amor. Ayer no nos vimos.
—Cielo, no es la primera vez que mencionas lo de hacer el amor, y yo no hago el amor.
Era verdad que él se lo había dicho más de una vez. Y también que cada vez que lo hacía se sentía culpable por decírselo. Porque para él, siempre hacían el amor, independientemente de si lo hacían lenta y suavemente, como si lo hacían de forma precipitada.
—Discúlpame, no volverá a ocurrir.
—No te preocupes. ¿Tan necesitada estás, que no puedes pasar ni un solo día sin sexo?
—Puedo pasar sin sexo todo el tiempo que quiera, no es problema.
—Estupendo, porque hoy no vamos a follar. Hoy bailaremos —dijo él sonriéndole. Aunque ella no le devolvió la sonrisa.
—Vale. Aunque podríamos hacer las dos cosas.
Ryan soltó una carcajada, antes de que pudiera reprimirla. Y Jess lo fulminó con la mirada.
—No sé dónde le ves la gracia.
—Cariño, parece como si no te dejara satisfecha, o como si no hubieras follado en meses.
—Has dicho que has cenado en casa con Jules. ¿Por qué vas tan elegante? —preguntó ella mirando el traje que llevaba, que ya se había dado cuenta de que se amoldaba a su cuerpo como si se lo hubieran hecho a medida.
—Tenía intención de enseñarte a bailar y he pensado que estaría bien ponerme un traje, lo que llevaré en la fiesta.
—Entonces, ¿también tengo que ponerme yo algo elegante?
—No hace falta, ese pijama te sienta de miedo. Aunque tal vez deberías ponerte unos tacones.
—De acuerdo, acabemos con esto cuanto antes. Ahora vuelvo.
Ryan sonrió cuando se quedó solo. Sabía que iba a decepcionarla cuando al finalizar la clase de baile le dijera que se marchaba. Pero, a pesar de que hacer el amor con ella era lo que más deseaba, era lo que iba a hacer.
Jess volvió al salón y Ryan se volvió a mirarla. Seguía llevando el pijama de ositos, pero calzaba unos tacones bastante altos, lo que hacía que las piernas pareciesen mucho más largas de lo que ya eran.
—Ya estoy lista —dijo deteniéndose frente a él.
Ryan se levantó del sofá.
—Ayúdame a poner la mesita de centro a un lado.
Entre los dos la movieron y quedó un espacio bastante amplio en el centro. Así y todo, Ryan movió el sofá hacia atrás para que hubiera más sitio.
—Música. Necesitamos música —recordó sacando el móvil del bolsillo y localizando la música que quería—. He seleccionado cuatro canciones.
—Dame el móvil.
Jess lo cogió y lo colocó sobre el mueble, conectándolo a su Ipod.
—Las canciones se repetirán cuando acabe la última.
—Estupendo. Ya está todo preparado. Ven aquí.
Ella caminó hacia el centro del salón donde se encontraba él.
—Si te piso no te quejes.
—No lo haré. Con una mano sujetaré la tuya. Tu otra mano la apoyarás en mi hombro y yo colocaré la mía en tu espalda. No tienes que preocuparte por nada, porque yo te guiaré.
—¿Y qué pasará cuando baile con otros hombres?
—Todos los hombres del grupo bailan muy bien y te conducirán como voy a hacerlo yo.
—¿Y si bailo con alguien que no sea del grupo?
—A esos puedes pisarlos.
Ella le sonrió, preguntándose si estaría celoso.
—Bien, coloquémonos en posición.
Jess subió el brazo hasta apoyar la mano en su hombro.
Él colocó la suya en su espalda. Luego unieron sus otras manos.
El calor de ese simple contacto viajó hasta el pecho de Jess, haciendo que su corazón se acelerara.
Una inconveniente sensación se acomodó en su vientre y sintió que las piernas le flaqueaban.
La excitación, el ardor y el ansia, se apoderaron de ella de repente, instalándose en su interior.
La recorrieron de la cabeza a los pies, deteniéndose entre sus muslos.
Era suficiente con que él tocara una mínima parte de su piel, para que su cuerpo comenzara a ablandarse y un estremecimiento recorriera su interior.
El deseo se intensificó como una cálida marea y de pronto su sexo se humedeció preparándose para él.
De pronto le faltó el aire para respirar, levantó la cabeza para mirar esos ojos grises que la cautivaban. Jess notó que se le humedecían los ojos y le sonrió. Sintió que algo invisible los mantenía conectados, como si los pensamientos de ambos siempre hubieran estado unidos.
—¿Estás lista?
Jess salió de su aturdimiento y se preguntó si él habría adivinado lo que le sucedía.
Cuando comenzó la música, Ryan empezó a moverse llevándola con él.
—Cuando bailemos no apartes la vista de mis ojos.
—Vale.
Estuvieron bailando un tema detrás de otro. Jess había cogido el hilo del baile y lo hacía a la perfección.
—Estoy convencida de que tu maestría en el baile es tan extraordinaria como en la cama.
—¿Eso crees?
—Absolutamente.
Ryan le recorrió el rostro con la mirada.
Jess tenía unos ojos verdes preciosos, le recordaban al color de las hojas de un frondoso bosque en invierno.
Sus labios eran carnosos y sonrosados. Era tan expresiva que en sus rasgos y en sus movimientos se podía apreciar hasta la más mínima de sus emociones.
Aunque él no había podido adivinar qué sentía por él.
No se parecía en nada a las mujeres con las que había salido, que eran frías y calculadoras, pero que lo disimulaban bien.
—¿Estás segura de que nunca has bailado un vals con un hombre?
—Si lo hubiera hecho me acordaría, ¿no crees?
—Supongo. No creo que necesites aprender nada más.
—Entonces, ¿ya hemos terminado la clase de baile?