Tan irresistible como Stanford Capítulo 30 #4
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Capítulo 30 #4

Jess pensó que la palabra preliminares se quedaba corta cuando se trataba de él.

La torturaba sin piedad, con besos estremecedores, con caricias estimulantes y con palabras obscenas o cariñosas que la llevaban al borde del precipicio, pero no la dejaban caer.

Estuvo a punto de rogarle de nuevo que acabase de una vez con ese sufrimiento, pero no lo hizo, porque el placer que le hacía sentir era tan grande que prefirió sufrir a que se detuviera.

No quedó ni un milímetro de piel que los labios de él no acariciaran.

Jess lo sentía por todas partes: le llenaba el cerebro de palabras que la hacían sentir como una princesa; acariciaba sus pechos con suavidad, pero mordisqueándolos hasta hacerle daño, para después calmarlos con lametones, que la ponían a cien; y exploraba su sexo como si fuese algo nuevo que acabara de descubrir.

La hizo llegar a lo más alto de nuevo, pero en esta ocasión sí le concedió que se lanzara al vacío.

Mientras ella se calmaba, él se puso un condón, se colocó entre sus piernas y se las separó, acomodándose entre ellas.

Jess notó su erección acariciar su sexo. Tenía el corazón tan descontrolado por la expectativa, que casi le dolía. La sangre le corría por las venas a toda velocidad.

Ryan la penetró hasta el fondo con una sola embestida, deteniéndose en su interior.

Jess sujetó fuertemente las sábanas. Casi no podía respirar mientras su cuerpo se acostumbraba a tenerlo encima, a su peso y a tener su dura polla en su interior. Tenía una profunda sensación de bienestar, de satisfacción.

Se movieron juntos con un ritmo pausado, demorando y prolongando el placer, hasta que Ryan se hizo con el control. Desde ese momento, las acometidas fueron más intensas, más enérgicas, más profundas.

Sintió que el cuerpo de Jess se tensaba y se estremecía. La oyó pronunciar su nombre en su oído, con voz ronca y entre gemidos, y no pudo evitar estallar.

El placer, palpitante, intenso, abrasador y salvaje se apoderó de ella también.

Ryan levantó la cabeza para mirarla, respirando aún de forma agitada. Y Jess supo al mirarlo a los ojos que lo que ella acababa de sentir había sido para él igual de intenso y poderoso.

Ryan volvió a esconder su rostro en el cuello de ella. Permaneció allí durante varios minutos en completo silencio. No deseaba moverse de allí en toda la vida. Pero tenía que hacerlo.

—Me ha encantado follarte —dijo él incorporándose y sentándose en la cama. Se desprendió del condón.

—Lo mismo digo.

—Voy al baño. Vuelvo enseguida.

—Vale.

Jess se quedó en la cama, envuelta en la sábana y con una estúpida sonrisa en los labios.

—¿Podemos mantener en secreto nuestra relación? —preguntó ella cuando él volvió al dormitorio.

—¿Te refieres a nuestros amigos?

—Sí.

—Yo nunca he tenido problemas respecto a las mujeres con las que me he acostado. Nunca les he comentado a ninguno de ellos nada al respecto, ni ellos lo hicieron tampoco cuando no estaban casados, a no ser que comentaran algo de la mujer con la que iban a casarse —dijo él empezando a vestirse.

—Pero esto es diferente, porque los dos pertenecemos al grupo de amigos —mencionó ella.

A Jess no le había gustado nada lo que él había dicho. Como si ella no fuera importante.

—Yo no encuentro una gran diferencia.

—¿Te marchas? —preguntó ella al ver que se ponía el bóxer.

—Sí.

—Pensé que te quedarías a pasar la noche conmigo.

—Nunca paso la noche con las mujeres con las que mantengo una aventura sexual. Demasiada intimidad, ya sabes —le informó intentando mostrar una leve sonrisa.

—Ah.

No le gustaba haber dicho esas palabras, porque vio la contrariedad en su mirada. Pero quería que ella se diera cuenta de que, mientras tuvieran esa aventura, que ella había impuesto, no pasarían la noche juntos. Por mucho que a él le pesara.

—Cuando estuvimos en la isla de Delaney pasaste la noche conmigo.

—Eso fue porque me dejaste exhausto. Solo quería descansar unos minutos, pero el cansancio me venció, sin poder evitarlo —dijo poniéndose los pantalones.

—Claro, dormiste conmigo por cansancio. Así y todo, no voy a quejarme, porque por la mañana me regalaste un orgasmo glorioso.

—Gracias, cielo. De todas formas, mañana trabajamos los dos y si me quedara te aseguro que no dormiríamos.

—Tienes razón.

—¿Mañana llegarás a casa a la misma hora? —preguntó mientras se abrochaba la camisa.

—Sí, más o menos.

—En ese caso te veré mañana.

—¿Vamos a vernos otra vez?

—Mientras dure nuestra aventura, nos veremos siempre que podamos —mencionó inclinándose y dándole un beso en los labios—. He dejado unos cuantos condones sobre la mesita de noche. Guárdalos donde quieras.

—Vale —dijo ella sin moverse de la cama.

Ryan sabía que estaba molesta con él porque se marchara. Pero más molesto estaba él.

—Hasta mañana.

—Adiós.

Unos minutos después, Jess fue al baño a ducharse. Estuvo mucho tiempo debajo del agua caliente. Salió de la ducha, se envolvió en una toalla y regresó al dormitorio. Allí se secó bien y comenzó a ponerse crema.

Tenía marcas por todo el cuerpo, se dijo mirándose al espejo de cuerpo entero que estaba apoyado en la pared. No solo el moratón del cuello. El roce de su barba había dejado rozaduras en sus pechos y en el interior de sus muslos.

Pensó que todo su cuerpo estaba impregnado de su olor, de su saliva…, de él. Por mucho que se duchara no podría deshacerse de la esencia de Ryan, porque ese hombre se había acomodado en su interior.