Tan irresistible como Stanford Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Jess agradecía que él la estuviera abrazando, de lo contrario, se habría deslizado hasta el suelo, porque se estaba derritiendo en sus brazos.

No quería que la boca de ese hombre estuviera en ningún otro sitio.

No quería que dejara de besarla. Le gustaba estar entre sus brazos, poderosos y fuertes.

Sentía su erección y deseaba hacer el amor con él más que nada en el mundo.

—¡Oh, Dios! —dijo ella cogiéndolo de la nuca para besarlo de nuevo cuando se dio cuenta que él iba a dar por finalizada la sesión de besos.

Poco después tuvieron que separarse, porque les faltaba el aire para respirar. Pero él siguió abrazándola.

—Nunca en la vida me había sucedido algo así, pero cuando estás cerca te deseo como no he deseado nada ni a nadie en mi vida —le dijo él al oído—. Tengo que irme a trabajar.

—Vale —dijo ella desconcertada por tantos besos—. Entonces, ¿aceptas la propuesta que te hice ayer?

—Desde luego que sí —aceptó dándole un beso en la nariz—. ¿A qué hora volverás a casa?

—Sobre las siete y media.

—Te esperaré en la puerta.

—De acuerdo.

Jess se quedó allí, mirando como abría la puerta y luego la cerraba tras él. De pronto sintió un extraño y perturbador silencio en la cocina. ¿Lo extrañaría ya?, se preguntó. Si acababa de irse, se dijo sonriendo.

Ryan estaba esperando en la puerta del edificio de Jess apoyado en un coche y con las manos en los bolsillos. Ella se acercaba caminando y sin apartar la mirada de él.

—Hola —dijo cuando se plantó frente a él.

—Hola, cielo —pronunció incorporándose y besándola en los labios.

Jess abrió la puerta y entraron en el edificio.

Subieron al ascensor. Ella apretó el botón de su planta y se apoyó en la pared.

Él dio un paso hacia adelante. Deslizó las manos por detrás de ella hasta colocarlas en sus nalgas y la apretó contra él para que sintiera su excitación.

Jess podría haberse sorprendido, en cambio, pegó las caderas a las de él, frotándose contra su erección de forma descarada y demostrándole que ella también lo deseaba.

—Lo que más me gusta de ti es lo tímida que eres —pronunció él de forma sarcástica.

Ella le sonrió.

El ascensor se detuvo y salieron al pasillo.

Jess abrió la puerta de su apartamento y entró.

Tan pronto él estuvo dentro y antes de que Jess se diera cuenta de lo que pasaba, Ryan había cerrado la puerta con el pie, la había empujado contra la pared y se había apoderado de su boca.

La besaba de forma descontrolada, hambriento de ella.

La sensación fue tan poderosa que Jess estuvo a punto de correrse.

El camino hasta el sofá fue la cosa más erótica que Ryan había experimentado en mucho tiempo.

La iba llevando hacia atrás, sin apartar la boca de la suya, mientras Jess iba desabrochándole los botones de la camisa para poder sentir el tacto de su piel en los dedos.

Con cada paso que daban, él hacia delante y ella hacia atrás, el calor que desprendía el cuerpo de ella se deslizaba contra la piel de Ryan, enviando una descarga de placer a su polla, que lo animaba a acelerar la situación.

Al llegar, Ryan le sacó la camiseta e hizo que se tumbara en el sofá. Luego le sacó rápidamente las botas y los calcetines. A continuación le bajó el vaquero junto con las bragas.

—Dios, tienes un cuerpo fantástico —dijo mientras metía las manos por su espalda para desabrocharle el sujetador. Se lo sacó por los brazos y la contempló a sus anchas.

Jess tiró de los lados de su camisa para que se inclinara y lo besó. Y él le devolvió el beso de forma desesperada.

Ryan se quitó la camisa para que no le molestara, la dejó sobre el respaldo del sofá y agachó la cabeza para comenzar a lamer sus pezones. Jess suspiró de placer. Por muchas veces que lo hicieran, cada vez era una experiencia nueva, en la que Ryan hacía que descubriera sensaciones más intensas.

—Luego iremos a la cama y lo haremos despacio, pero ahora necesito follarte.

—Adelante.

Ryan sacó un condón del bolsillo, se bajó el pantalón y el bóxer al mismo tiempo y se lo puso en diez segundos. Deslizó la polla por su sexo para impregnarla con los fluidos, aunque no hacía falta, porque Jess estaba muy húmeda.

Fue hundiéndose en ella hasta que la penetró con fuerza hasta el fondo y la llenó por completo.

—¡Sí! —exclamó Jess, aferrándose a sus brazos y soltando un grito sin poder evitarlo.

Él recogió su grito de placer con el más desolador de los besos, mientras la penetraba una y otra vez, con acometidas profundas.

Jess sintió como si hubiera estado vacía y él la hubiera llenado, completándola. Experimentó una desconcertante sensación de plenitud, como si hubiera estado esperando aquel momento durante largo tiempo.

—Por favor…

Ryan aceleró el ritmo y la fuerza de las embestidas. Jess se arqueó contra su cuerpo soltando un grito de éxtasis.

Ryan sintió un fuego desgarrador prenderse en su interior. Así y todo se controló llevándola a ella a lo más alto. Y finalmente abandonó su control y se dejaron arrastrar juntos por la oleada tan intensa de placer.

—¡Dios mío! —exclamó Jess.

Ryan se echó sobre ella y Jess lo abrazó muy fuerte.

Cuando se calmaron, él se incorporó un poco.

Sus respiraciones se mezclaron, al igual que el calor de ambos.

Ryan retiró un mechón que tenía en un lado del rostro.

La delicada caricia de sus dedos consiguió que la sensibilidad de su piel se intensificara por donde se deslizaban sus dedos dejando un rastro invisible, pero como si estuviera grabado a fuego en su interior.

—Ha estado bien, ¿eh? —dijo ella.

—Desde luego que sí. Vamos a la cama.

Se sacó el condón, se subió los pantalones y la ayudó a levantarse. Ryan fue a la cocina a tirar el condón a la basura, luego volvió con ella, le cogió la mano y la condujo al dormitorio. Él llevaba solo el pantalón y ella estaba completamente desnuda.

Tan pronto entraron en la habitación ella se subió a la cama, y se dedicó a mirarlo mientras se quitaba los zapatos, los calcetines, el pantalón y el bóxer. Luego se unió a ella.

Jess pensó que le gustaría tenerlo siempre así. Desnudo en su cama. La barba de dos días le daba un aspecto sexy y peligroso. Tenía un cuerpo de escándalo y era todo suyo… de momento.

Ryan se colocó sobre ella para besarla, tomándose su tiempo.

Al principio el beso fue suave y tierno, pero poco a poco se convirtió en algo salvaje, como si quisiera devorarla.

Un beso de ese calibre debía ser devuelto con el mismo ardor.

Y Jess no se quedó corta. El beso se convirtió en algo delicioso.

La sensación la recorrió de parte a parte de su cuerpo.

Jess pensó que sus besos eran una perfecta combinación de entusiasmo, suavidad y excitación. Sus manos acariciaban su piel con delicadeza, y el calor que desprendía su cuerpo la volvía loca.

Ryan fue deslizando sus labios por su cuello y su clavícula, dándole pequeños besos, hasta que llegó a sus pechos y se detuvo para saborearlos. Dedicó tiempo a sus pezones, que estaban duros como guijarros.

—Muérdelos. Me gusta que lo hagas y luego pases la lengua sobre ellos.

Después de hacer lo que le pidió, Ryan fue descendiendo lentamente rozando con sus labios la piel caliente. Llegó a su vientre, lo acarició con la lengua y le mordisqueó las caderas. Siguió descendiendo. Ella sintió su respiración sobre su sexo y se excitó más todavía.

Jess pronunció un jadeo cuando la lengua de él le rozó el clítoris. Ryan se tomó su tiempo centrado en su sexo. Ella se arqueó para acercarlo más a su boca. Él llevó las manos hasta su trasero y lo elevó mientras seguía devorándola.

—¡Santa madre de Dios! —exclamó Jess.

La lengua de Ryan se convirtió en un arma de placer… y en una deliciosa tortura.

Él metió en su interior dos dedos de golpe y ella soltó un jadeo por la invasión. Entraba y salía de su vagina con un ritmo castigador, al mismo tiempo que atormentaba su centro del placer con el dedo pulgar. Jess gemía presa de una pasión exuberante.

—Chúpame el clítoris.

Cuando él lo hizo, Jess volvió a arquearse sobre la cama.

Ryan se volvía loco de deseo cada vez que ella le indicaba lo que quería que le hiciera. Le gustaba el valor que le echaba al decirle, casi rogarle, que le hiciera una cosa u otra, o cómo le gustaba que la tocara.

Jess le acariciaba el pelo suavemente y deslizaba los dedos por su cuello en una suave caricia, y ese roce hacía que el cuerpo de él vibrase y ardiera de deseo.

De vez en cuando levantaba la mirada para verla y la encontraba mirándolo con esos ojos que reflejaban lo que ambos sentían cuando estaban juntos.

Un suave temblor la recorrió, lo siguió otro, y otro más. Una repentina convulsión violenta la azotó sorprendiéndola y dejándola desconcertada y sin respiración.

Jess solo podía oír los latidos de su corazón descontrolado. Ryan la llevaba a lo más alto y rápidamente la hacía bajar. La elevaba hasta el cielo con la misma intensidad que la hacía descender al infierno, donde todo su cuerpo ardía de deseo frustrado.

—Eres un demonio —susurró ella.

—Y tú eres la tentación más grande con la que me he encontrado.

Jess sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Los pechos le dolían y tenía un anhelo entre las piernas que necesitaba sosegar. Pero él estaba allí y era quien tenía que calmar ese anhelo.

—Por favor, te lo suplico —dijo ella.

Y él escuchó su súplica, haciendo que llegara al límite, porque de pronto le recorrió el cuerpo otro temblor mucho más largo y todo su cuerpo se tensó cuando se vio invadida por un sobrecogedor orgasmo.

Una oleada de calor abrasador se extendió desde su entrepierna hasta el punto más recóndito de su cuerpo.

Sintió un placer tan grande que casi sintió vergüenza.

Pero Ryan no se detuvo allí. Tan pronto Jess se calmó, siguió con su tormento.