Tan irresistible como Stanford Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—Porque es como si tuvieras que pensar si merecía la pena estar con ella o no.

¿Sabes? No te entiendo. Sé que estás loco por esa chica.

Sé que no soportas que ningún hombre se le acerque.

Y cuando tienes una oportunidad increíble para estar con ella todo el tiempo que necesites, hasta que le digas que la quieres, lo echas todo a perder y la alejas de ti.

Y yo que pensaba que se te daban bien las mujeres.

—Yo también pensaba que se te daban bien los hombres y mira lo que te ha pasado con Richard.

—Ese ha sido un golpe bajo. No te lo voy a tener en cuenta porque cuando dos personas discuten se dicen lo que no sienten. Pero no me ha sentado bien.

—Lo siento, Jules.

—Sé que lo sientes. Y vas a sentir muchas más cosas como no espabiles. Tienes un gran problema, Ryan.

Después de decir eso, Ryan salió de la cocina.

Estaba hecho polvo, y no solo por lo que le había propuesto Jess. No soportaba que se hubiera marchado de su casa, quería que volviera y que no se moviera de allí.

Se sentía orgulloso de Jess, por la manera sincera y directa que le había hecho la proposición.

Sabía que a ella no se le daba bien flirtear.

Bueno, eso era lo que creía, porque según él, se le daba de fábula.

No era una mujer que intentaría engañar a un hombre con halagos o caricias.

Había hecho su propuesta de manera franca y sin vacilación, sin saber con seguridad si él accedería.

Y le había dicho que aceptaría incluso estar una sola noche con él.

Eso había hecho que sintiera ternura por ella.

Le habría gustado abrazarla muy fuerte y decirle que la deseaba más que a nada y que estaba loco por ella.

Pero en vez de eso, le había dicho que lo pensaría.

¿Por qué le había dicho algo tan estúpido?

Y no se lo había dicho una vez sino dos. ¡Hostia puta!

Le iba a reventar la cabeza de tanto que le dolía. Y no había podido dejar de pensar en Jess desde que lo había abandonado.

Dos horas después seguía dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.

Miró el móvil, eran las dos y media de la mañana.

Estuvo tentado de levantarse e ir a su casa.

Pero sabía que ella no le abriría la puerta, ya estaría bastante enfadada con él por lo del lo pensaré, como para que ahora se presentara en su casa a las dos y media de la mañana y la despertara.

¿Y si la llamaba por teléfono?, se preguntó. Eso todavía era una estupidez mayor, se contestó a si mismo.

Dio gracias porque al día siguiente no tuviera ninguna operación programada, porque no podría realizarla.

Debería tranquilizarse y dormir. Después de unas horas de sueño, todo estaría bien. Por la mañana tendría la mente despejada y podría pensar con claridad.

Pero, ¿cómo iba a esperar hasta mañana? Puede que mañana ya fuera demasiado tarde, se dijo.

Siempre había sido bueno resolviendo problemas, ¿por qué no podía solucionar el más importante de su vida?

Sin pensarlo dos veces se levantó, se puso el pantalón de estar por casa y salió de su cuarto.

—Jules, ¿estás despierto? —preguntó Ryan entrando en el dormitorio de su amigo.

—Ahora sí. ¿Qué pasa? —preguntó encendiendo la luz de la mesita de noche.

—Necesito ayuda.

—¿Qué hora es?

—Serán alrededor de las tres.

—En ese caso, espera hasta mañana.

—Necesito ayuda ahora.

—¿Mañana no trabajas? —preguntó sentándose y apoyándose en el cabecero de la cama.

—Claro que trabajo.

—¿Y por qué no estás durmiendo?

—No puedo dormir.

—¿Remordimientos?

—Soy un estúpido.

—No eres estúpido, pero sí te has portado como si lo fueras.

—Lo sé. ¿Qué puedo hacer?

—No creo que puedas hacer mucho, y menos aún a estas horas. Espera a mañana cuando vuelvas del trabajo y ya se nos ocurrirá algo.

—No puedo esperar hasta mañana por la noche. Necesito hacer algo ahora.

—¿Y qué quieres hacer a las tres de la mañana?

—¡No lo sé! ¿Por qué te crees que estoy en tu cuarto? Necesito que me ayudes. Tú has pasado mucho tiempo con Jess y la conoces mejor que yo.

—Ryan, haz el favor de sentarte porque vas a gastar la alfombra, y me estás mareando.

—Vale —dijo sentándose en el borde de la cama.

—Sé que me ayudaste cuando abandoné a Richard y nunca podré agradecértelo lo suficiente.

—No tienes que agradecerme nada.

—Lo que quiero decir es que aquello fue fácil, comparado con lo que se te presenta con Tess.

—¿Crees que esto es más difícil?

—Tú no lo entiendes. Esa chica ha soportado toda su vida la crueldad de sus padres y de sus abuelos, no la ha querido nadie y se ha sentido siempre despreciada.

Ian, un hombre que vivía en la calle, fue la primera persona que demostró un sentimiento por ella, y no me refiero a un sentimiento romántico, sino lo que sentiría por una hermana pequeña, en caso de que la tuviera.

Y luego os encontró a todos vosotros y se dio cuenta de que el mundo no era tan malo y que las personas no eran como su familia, que no todos la despreciaban.

Que es lo que has hecho tú. Jess cree que eres como su familia.

Peor aún, porque le has dejado bien claro que no merece la pena, ni para acostarte con ella.

—¡Oh, Dios mío! ¡Joder, joder, joder! Tengo que hacer algo. ¿Crees que si voy a su casa ahora le molestará? Le diré que la quiero, que estoy enamorado de ella desde hace meses.

—No te creerá.

—Sí, supongo que no. ¡No puedo perderla! ¿Qué puedo hacer?

—Creo que deberías aceptar lo que te ha propuesto y poco a poco ir consiguiendo que se enamore de ti.

—Ya le gusto, de lo contrario no me habría propuesto tener una aventura conmigo. ¿Te ha dicho que le gusto?

—Ryan, no voy a comentar contigo nada de lo que ella y yo hayamos hablado.

—Lo entiendo. No pasa nada. Yo sé cuando le gusto a una mujer y te aseguro que ella no es inmune a mí.

—Entonces lo tienes fácil. Solo necesitas que acepte tener esa aventura que te propuso.

—¿No crees que debería ir a verla ahora?

—No. Pero podrías ir a su casa a la hora del desayuno, o tal vez un poco antes.

—Tienes razón. Me voy a dormir. Gracias. Buenas noches.

—Buenas noches.

Jess, espero que le des otra oportunidad a este cabezota arrogante, pensó Jules antes de meterse de nuevo en la cama.

Jess apagó la alarma del móvil y se sentó en la cama. Le dolía la cabeza por no haber descansado en toda la noche.

—Buen día para empezar el trabajo. Me siento como una mierda —dijo mientras se dirigía al baño.

Después de orinar se metió en la ducha para ver si se despejaba un poco. A los diez minutos salió, igual de aturdida que cuando entró. Se envolvió en una toalla y fue al dormitorio.

Se puso la ropa interior, un vaquero ceñido y una camiseta. Se puso botas en vez de deportivos, para que le cubrieran los tobillos y evitar una torcedura, en caso de que tuviera que ir al campo. Aunque no había tenido una torcedura en toda su vida.

Fue a la cocina a prepararse un café. Se sirvió una taza y dio un sorbo.

Llamaron al interfono y miró el reloj de la pared. Eran las siete y cinco y se preguntó quien podría ser a esa hora. Fue caminando hacia la entrada y descolgó el interfono.

—¿Sí?

—Soy Ryan.

A Jess casi se le cae la taza al suelo. Se quedó inmóvil durante unos segundos. Apretó el botón para abrir la puerta y permaneció allí, quieta como un pasmarote. Cuando escuchó los pasos en el pasillo abrió la puerta.

—Hola, cielo. Menos mal que estás levantada. No me habría gustado despertarte.

Ella lo miró sin decir nada.

—¿Ese café es para mí? Gracias, cariño. Es exactamente lo que necesito —dijo cogiéndole la taza de las manos y bebiendo un sorbo—. ¿Me dejas pasar?

Jess se echó a un lado. Estaba tan sorprendida que no sabía qué decir.

Ryan caminó hacia la cocina, como si estuviera en su casa y Jess lo siguió. Él tomó el café que le quedaba y dejó la taza sobre la bancada.

—Te estarás preguntando qué hago aquí. Supongo que es una pregunta estúpida.

Quiero pedirte disculpas por lo de ayer.

Te aseguro que no estaba en mi mejor momento.

Estuve toda la noche levantado, intentando salvar la vida de un paciente y al final no lo conseguí.

Estaba cansado y de mal humor…, y lo pagué contigo.

Disculpa que fuera tan borde. No sé porqué cojones te dije que lo pensaría, cuando en realidad no tenía nada que pensar.

Por supuesto que quiero tener esa aventura contigo.

No he podido dormir en toda la noche pensando que tal vez esta mañana ya fuera demasiado tarde y no me darías otra oportunidad. No sabes cómo te deseo, cielo.

—¿Quieres desayunar?

—Me gustaría muchísimo desayunar contigo, pero no tengo tiempo, he de estar en el hospital antes de las ocho.

—Vale.

—También quiero disculparme contigo por no haber contestado a tus mensajes cuando estuviste en Boston con Jules.

—¿Por qué no lo hiciste?

—No me gustó que te marcharas con él.

—Espero que no fuera porque estuvieras celoso. ¿Has olvidado que Jules es gay?

—No estaba celoso… o eso creo. De todas formas, no estoy seguro de qué me pasó. ¿Podemos dejar eso en el pasado?

—Claro.

Ryan la cogió de la mano para acercarla a él, se inclinó y la besó. No fue un beso como ella esperaba, solo fue un simple roce de sus labios. Jess apoyó las manos sobre su pecho y sintió el calor que desprendía su cuerpo.

Ryan se tensó al sentir las manos de ella por encima de su camisa.

Y entonces la besó de nuevo, con uno de esos dulces besos, que hacía que a ella le temblaran las piernas y le aceleraran el corazón.

Después de ese beso vino otro, más profundo, más largo, más atrevido.

La rodeó con los brazos y la pegó a él, como si no tuviera intención de que se separaran.

Luego vino otro beso, y otro más. Cada uno más ardiente que el anterior.