Tan irresistible como Stanford Capítulo 30
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Capítulo 30

Jess abrió los ojos a la mañana siguiente, después de una larga noche. Se había despertado infinidad de veces pensando en lo que iba a hacer al día siguiente. Y ese día había llegado.

A pesar de lo que le había dicho Jules, no había cambiado de idea.

Sabía que lo único que quería Ryan era tener una aventura sexual con ella.

Y estaba preparada. Era consciente de lo que iba a hacer y de que para él solo sería disfrutar una vez más con una mujer.

Para ella no significaría lo mismo, pero ya no podía soportarlo.

Necesitaba estar con él. A pesar de saber que su corazón se rompería en mil pedazos cuando él le pusiera fin a la aventura.

De todas formas, acostarse con él merecería la pena. El sexo con Ryan era ardiente, divertido y muy satisfactorio. Suspiró al recordar que estaba enamorada, pero sabía que él únicamente le ofrecería unas cuantas horas de su tiempo, hasta que se cansara y buscara a otra mujer.

Había oído a Ryan llegar a las a las ocho y media de la mañana del hospital y seguiría acostado. Así que bajó a desayunar con un pantalón de chándal y una camiseta.

Jules estaba en la cocina preparando café.

—Buenos días.

—Buenos días, cielo. Tienes mal aspecto.

—No he dormido demasiado. Me tomaré un café antes de desayunar a ver si me despejo.

Tomaron un café juntos y luego sacaron el desayuno en dos bandejas y desayunaron en el jardín. Ninguno de los dos habló demasiado. Ambos estaban pensando en sus cosas.

—¿Estás decidida a hacerle a Ryan la proposición?

—Sí. Lo haré tan pronto se levante.

—Puede que no se despierte hasta medio día. A veces las guardias son jodidas y pasas toda la noche en pie.

—No me importa a qué hora se levante. ¿Cómo estás? Te veo un poco apagado.

—Estoy inquieto. Es raro que Richard no esté buscándome, y eso me preocupa.

—¿No estarás pensando que vaya a forzar a tus padres para sonsacarle dónde estás?

—No. Le dije a mi madre que si iba a verlos le dijera que me llamara, pero a la hora y el día que yo le indicara. Richard estará pensando cual sería la mejor manera de convencerme para que vuelva con él.

—Supongo que no habrá manera de que te convenza, ¿verdad?

—Por supuesto que no.

—¿Qué vas a hacer hoy?

—Voy a sentarme en el jardín. Hará la lista de las cosas que tengo qu hacer. Llevo demasiado tiempo sin hacer nada. Al estar tú aquí no he notado pasar el tiempo, pero cuando te vayas hoy todo cambiará. Ryan estará todo el día trabajando y yo estaré aquí, solo.

—¿Por qué no vienes a casa conmigo? Ya sé que mi casa no es como esta, pero estarás bien.

—Gracias, cielo. Pero tú también estarás trabajando.

—Tienes razón.

—Además, no quiero que Ryan piense que lo he traicionado.

—De acuerdo. Pero mi oferta seguirá en pie.

—Lo tendré en cuenta.

—Podrías llamar a Ian.

—¿Para qué?

—Me dijo que cuando Delaney no está de viaje, tiene mucho tiempo libre. A él le encantaría quedar contigo para charlar. Y te aseguro que da buenos consejos.

—Puede que lo haga.

—¿Qué es lo primero que vas a apuntar en esa lista?

—Buscar un apartamento para la consulta. Luego buscar trabajo.

—Si necesitas ayuda con algo de la consulta, solo tienes que decírmelo.

—Gracias.

—¿Por qué no pediste una excedencia en el hospital antes de irte de Nueva York, como hizo Ryan?

—Pensé que Richard era el hombre de mi vida.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—¿También estará en tu lista buscar una casa?

—Antes de eso quiero tener trabajo en un hospital y la consulta montada.

—De todas formas, aquí estás bien. Y a Ryan le gusta que estés aquí. Si quieres ir a cenar a casa conmigo algún día, o ir al cine, o a dar un paseo…

—Te llamaré. Además, nos veremos todos los sábados.

—Claro.

—¿Qué vas a hacer tú esta mañana?

—Voy a intentar dormir un rato. Luego haré la maleta y bajaré a preparar la comida. He pensado hacer un poco de pasta, ¿te parece bien?

—Estupendo, yo te ayudaré.

—Muy bien.

Jules y Jess comieron poco después de la una. Recogieron la cocina entre los dos y tomaron café en el porche. Luego Jules fue a la piscina y se echó en una hamaca a la sombra.

Jess no lo acompañó. Solo quería que Ryan se levantara para hablar con él. Entró en la cocina con las tazas de café vacías, al mismo tiempo que lo hacía el hombre que tenía en sus pensamientos.

—Buenos días —dijo ella.

Él se limitó a soltar un gruñido.

Ryan tenía aspecto de cansado. Llevaba un pantalón de hilo de cadera baja, y nada más.

El mundo no era justo si a un hombre le sentaba tan bien un pantalón de estar por casa.

Tenía los oblicuos definidos y una fina linea de vello oscuro se perdía dentro de la cinturilla del pantalón.

El corazón de Jess se saltó un latido. De pronto se encontró imaginando que le acariciaba todos esos músculos con los labios y la lengua.

Ryan no se había afeitado e iba despeinado. Lo miro de arriba abajo, pensando que, así y todo, estaba deslumbrante. Apartó la vista de su cuerpo y se dio cuenta de que él la estaba mirando con los ojos entrecerrados. Se maldijo a sí misma porque la hubiera cogido embobada mirándolo.

Jess dejó las tazas sobre la mesa y lo observó mientras él se dirigía a la cafetera y se servía una taza de café. Sus músculos se tensaban y destensaban con esos simples movimientos.

Parecía cálido, aunque Jess sabía que con ella no lo sería. Pero desde luego estaba sexy, pensó cuando él se giró con la taza de café en la mano. Jess lo miró de nuevo de la cabeza a los pies y se estremeció de deseo.

Ryan estaba apoyado en la bancada con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos.

Sus miradas se encontraron. En los ojos de él había una intensa emoción, o puede que fuera ira, se dijo Jess. Pero también podía apreciarse deseo o una conexión emocional. Parecía completamente relajado, pero ella sabía que estaba fingiendo.

Su presencia y la intensa mirada que le dedicó, seguramente para atemorizarla, no consiguió acobardarla.

Aunque a Jess le temblaran las piernas, se armó de valor y caminó por la enorme cocina, deteniéndose frente a él. Ryan ni se inmutó.

—Hace unas semanas me ofreciste tener una aventura contigo.

—Yo no te ofrecí eso.

—Fuera lo que fuese, ahora te la estoy ofreciendo yo.

Antes de que Ryan se diera cuenta de nada, se acercó a él, lo cogió de la nuca y lo acercó a ella. Ryan abrió la boca sorprendido y ella aprovechó para meter la lengua en ella.

Ryan notó la pasión y la desesperación en el beso. De pronto se sintió mareado, el cerebro se le quedó en blanco y la sangre se dirigió a toda velocidad a su entrepierna.

De repente, y de igual forma que Jess se había abalanzado sobre él, lo soltó y dio un paso atrás.

Los dos se miraron. Ryan confundido, y ella esperando.

—No me has contestado.

—¿Qué me has preguntado?

—Te he propuesto que tengamos una aventura.

—Ah, sí. Pues…

—Aceptaré, incluso, estar solo una noche contigo —dijo ella al ver que dudaba.

A Jess le pareció una eternidad el tiempo que transcurrió sin que él dijera nada, aunque, seguramente habrían sido unos segundos.

—Lo pensaré —dijo él.

¿Por qué se sintió de pronto tan pequeña y tan asustada? ¿Por qué el corazón le latía desenfrenado en el pecho? ¿Y por qué se sentía más perdida que nunca?, se preguntó.

—¿Has dicho que lo pensarás? Creía que era lo que querías.

—Deberías escuchar cuando las personas hablan.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—He dicho que lo pensaré.

Jess lo miró un instante.

—Agradezco que me hayas acogido en tu casa. Y que me hayas ayudado en todo lo que necesitaba. Y que le pidieras a Elena que viniera cada día para que no estuviera sola.

—No tiene importancia.

—Voy a bajar mis cosas y me marcharé.

Sin esperar a que él le dijese nada, se dio la vuelta y abandonó la cocina.

Ryan estaba consumido por el fuego que ella había creado en su interior con sus palabras. Jamás habría podido imaginar que ella pudiera proponerle tener una aventura. Desde luego, lo había cogido por sorpresa. Tanto por la proposición como por el beso.

Cinco minutos después, Jess bajó con una maleta que dejó en el porche. Luego subió a por la otra pequeña. Bajó las dos hasta dejarlas al pie de los escalones y fue al garaje a sacar el coche.

Vio a Jules caminar hacia ella cuando bajó del vehículo. Él miró las maletas y después a ella.

—¿Te marchas?

—¿Tú que crees?

Jules cogió la maleta grande y la metió en el maletero, ella cogió la otra y la colocó a su lado. Luego cerró el capó.

—Supongo que Ryan se ha levantado y has hablado con él.

—Sí.

—¿Le has hecho la proposición?

—Sí.

Ella no quería hablar demasiado porque estaba segura de que lloraría, y era lo último que quería hacer.

—Ha dicho que se lo pensará. Ya sabes dónde encontrarme —dijo abrazándolo—. Toma, estas son las llaves de la casa. Espera que te dé el mando —dijo sentándose en el asiento del piloto, sacándolo de la guantera y dándoselo a él—. Abre la verja cuando vaya a salir, por favor.

—De acuerdo.

—Ha sido un verdadero placer conocerte.

—Lo mismo digo.

—Eres un tío genial y ese Richard es un imbécil.

—Gracias, cielo. Estaremos en contacto.

Ryan los vio desde la ventana de la cocina. Luego vio el coche salir de su propiedad y de pronto sintió miedo.

Jules entró en la cocina. Ryan seguía de pie, apoyado en el bancada y con la taza en la mano.

—Ya te has librado de Jess.

—Sí. Ha estado aquí demasiado tiempo.

—Creía que estabas enamorado de ella.

—Yo también.

—Pensé que aceptarías su proposición.

—¿Sabías lo que iba a proponerme?

—Nos lo dijo a todos ayer.

—Vaya, así que lo sabéis todos.

—Estuvimos de acuerdo en que lo hiciera. Estaba un poco reacia por si la rechazabas. Y es lo que has hecho. ¿Por qué no has aceptado? Pensé que sería una buena forma de que os acercarais el uno al otro y que lo tendrías fácil.

—Lo fácil es aburrido. Y no le he dicho que no aceptaba.

—Le has dicho que lo pensarás, que para el caso es lo mismo.

—No es lo mismo.

—¿Crees que si decides aceptar lo que te ha propuesto estará dispuesta, después de decirle que lo pensaráss?

—¿Por qué no?