Tan irresistible como Stanford Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

—No sé por qué trabajas tanto. El jefe de cocina puede encargarse de todo. Tú deberías dedicarte solo a supervisar y dar órdenes —dijo Sean.

—¿Eso es lo que haces tú? Porque tengo entendido que a veces trabajas con los obreros como uno más —señaló su cuñada sonriéndole.

—Bueno, sí, cuando vamos retrasados en alguna obra.

—Sé que trabajo más de lo normal, pero todos vosotros también. Cambiemos de tema. ¿Qué tal estás, preciosa? —preguntó el chef cuando llegó donde estaba Jess, lo que hizo que se ruborizara.

—Muy bien.

—Sí, desde luego que estás muy bien. Me encanta esta chica —dijo besándola y abrazándola.

Jules miró a Ryan y vio como se tensaba.

Tres camareros entraron y empezaron a dejar en la mesa platos con los entrantes.

—Espero que os guste todo —mencionó Carlo sentándose.

—Siempre nos gusta todo lo que preparas —dijo Abby.

—Gracias. Jules, me alegro de que estés de vuelta. Te hemos echado mucho de menos, igual que echábamos de menos a Ryan cuando estaba en Atlanta.

—Yo también os he echado de menos.

—¿Tienes ya trabajo?

—Llegué la semana pasada. No tengo prisa por empezar a trabajar. He decidido tomarme unas vacaciones.

—Eso está bien. ¿Has encontrado ya una casa?

—Ni siquiera he empezado a buscarla. Estoy en cada de Ryan.

—Menuda casa tiene, ¿eh? No la he visto, pero me han dicho que es impresionante.

—Desde luego que lo es.

Estuvieron hablando de todo un poco, poniéndose al día.

Jess miraba de vez en cuando a Ryan y en más de una ocasión lo cogió mirándola. Parecía enfadado con ella, porque cuando hablaba o miraba a alguien tenía una sonrisa en los labios, excepto cuando la miraba a ella.

¿Qué le pasaba ahora a ese hombre? ¿Por qué estaba enfadado con ella? ¿Había hecho algo que no le había gustado? Pero, ¿qué podía haber hecho si ni siquiera habían intercambiado una palabra?, pensó Jess apartando la mirada de él.

La cena fue un éxito. Todo estaba delicioso y la conversación había sido amena y divertida. Jess lo pasó genial. Nadie habló de negocios. Al final de la velada se limitaron a hablar por hablar, porque las chicas habían bebido más de la cuenta.

Después de la cena sirvieron café, unas copas de coñac para los hombres y licor para las mujeres.

Luego llegó la tarta. Un camarero la llevó al reservado y la colocó delante de Ryan.

—Es preciosa —opinó Jess al ver todas las velas encendidas alrededor.

—La he hecho yo —dijo Ellie.

—Eres la mejor —mencionó Ryan acercándose a ella y abrazándola muy fuerte—. Gracias.

Jess miró cómo abrazaba a Ellie, y unos horribles celos se acomodaron en su interior.

Se sintió tan mal que tuvo que apartar la mirada de ellos.

Pero no se sintió así debido a Ellie, porque sabía que entre ellos no había ni habría nada.

Fue porque pensó en la noche anterior, que Ryan había salido, seguramente con alguna mujer.

Después de cantarle el cumpleaños feliz y de que apagara las velas sirvieron champán. Y luego pasaron a los regalos.

Tess y Lauren fueron las encargadas de ir entregándole los paquetes e informándole de quien era cada uno.

Como solían hacer, los regalos fueron sencillos: novelas, camisetas, un cinturón, una cartera, un llavero, un suéter, una chaqueta, un par de botellas de coñac de la marca que le gustaba, unas botellas de whisky.

Jules le regaló tres pósteres de películas antiguas enmarcados.

A Ryan le sorprendió el regalo de Jess, pero, aunque parecía enfadado con ella, no pudo evitar que una sonrisa apareciera en sus labios.

Les dio las gracias a todos. A Jess le sorprendió que la abrazara como a todas sus amigas.

—Me ha encantado tu regalo —le dijo Ryan al oído mientras la abrazaba.

—Me alegro.

Entre todos llevaron los regalos hasta el coche y se despidieron hasta el día siguiente. Ryan fue solo en su coche y Jess y Jules fueron con el de él, como habían llegado.

Llegaron a casa bastante tarde y Jess les dio las buenas noches y subió a su habitación.

Jess se sintió decepcionada cuando bajó a desayunar al día siguiente. Preguntó si Ryan se había levantado y Jules le dijo que se había ido al hospital, que ese día tenía guardia.

—¿Tú has desayunado?

—No. Pero voy a ir a jugar a balón cesto con los chicos y desayunaré con ellos.

—Vale.

—¿Quieres que venga a recogerte cuando terminemos el partido?

—No hace falta, iré con mi coche. Nos veremos en casa de Logan.

—De acuerdo. Hasta luego —dijo besándola en la mejilla.

Jess se sentía muy mal. Sabía que debería irse a casa. Ya estaba totalmente recuperada y no tenía excusa para seguir allí más tiempo.

Comenzó a deambular por la casa. Elena ya no iba todos los días, había sido Jess quien le había dicho a Ryan que hablara con ella para que fuera los días que solía ir antes de que ella tuviera el accidente.

Había ido el día anterior a limpiar, y todo estaba resplandeciente.

Iba a echar de menos esa casa… y a él, pensó mientras entraba en el salón.

Sonrió al ver su radio sobre la cómoda que había pegada a una pared.

Él había encontrado el sitio ideal para colocarla, porque quedaba genial junto a esa lamparita de mesa antigua.

Volvió a la cocina y empezó a prepararse el desayuno. A través de la ventana vio que hacía un día fantástico y posiblemente se bañarían en la piscina de Logan. Lo cierto es que no tenía muchas ganas de ir. Si fuera por ella, se metería en la cama y no se movería de allí nunca.

Jess se presentó en casa de Logan y Kate casi a las doce del medio día.

Estuvo un rato sentada con sus amigos y luego decidió bañarse con los niños, que estaban todos en la piscina que solo tenía dos palmos de agua.

Estaba divirtiéndose con los pequeños, hablando con ellos e intentando descifrar las frases que le decían, que parecían ser en otro idioma.

Poco después estaba recostada en los escalones de la piscina grande, apoyada en los codos y con los ojos cerrados.

—¿Qué piensas, cielo? —preguntó Delaney sentándose a su lado.

—Me he dado cuenta de que me gustan los niños.

—¿Te has dado cuenta en este momento?

—Sí. Me preguntaba si yo tendría alguna vez hijos y, en caso de tenerlos, si sería una buena madre.

—Por supuesto que tendrás hijos. Y serás una madre fantástica.

—Supongo que para tener hijos necesito un hombre, ¿no?

—Sí, sería aconsejable —respondió Delaney sonriendo—. Pensé que al hombre ya lo tenías.

—No, no lo tengo.

—Los que estéis en el agua ya podéis salir, la comida está lista —dijo Kate.

—Jess, ¿te importaría ayudar a los hombres a sacar a todos los niños del agua y a secarlos? —preguntó Tess—. Cath, Rosita y las otras les darán de comer y luego los acostarán a dormir la siesta. Nosotras vamos a ir sacando la comida.

—No te preocupes, nosotros nos encargaremos de los niños —aseguró Jess.

—Conforme vayamos secándolos, los llevaremos a la casa —añadió Carter.

Media hora después, los niños estaban comiendo en la cocina, bajo la supervisión de las mujeres del servicio de todos, y el grupo estaba comiendo junto a la piscina.

Como cada sábado, cada uno hablaba de sus asuntos, ya fueran personales o de trabajo. A Jess le costaba acostumbrarse a ello y no solía hablar demasiado de sus cosas. Pero cuando empezaban a hacerle preguntas no era posible escaquearse.

—Entonces, ¿ya estás recuperada del todo? —preguntó Carter a Jess.

—Sí. Ya tengo el alta y me incorporaré al trabajo el lunes.

—Va a ser duro volver a trabajar después de tanto tiempo de baja —dijo Tess.

—Apuesto a que sí. Pero tengo ganas de volver al laboratorio. No me gusta estar sin hacer nada. Por suerte, Jules estaba en casa y me mantenía entretenida.

—Jules es el mejor para entretener a alguien —mencionó Lauren sonriendo al mencionado.

—¿Cuándo vuelves a casa? ¿O vas a quedarte a vivir en casa de Ryan de forma permanente? —preguntó Ellie.

—Me mudaré mañana.

—Ryan te va a echar de menos —dijo Kate.

—Seguro que sí.

—¿Aprecio sarcasmo en ese tono? —preguntó Abby.

—Tu apreciación no se equivoca. Ryan estará encantado de que abandone su casa.

Ya sabéis que desde el principio no estuvo de acuerdo en que me quedara con él.

Vosotras lo obligasteis. Al principio no disimulaba el desagrado que sentía al tenerme allí, pero supongo que poco a poco se acostumbró a mi presencia.

He de reconocer que se ha portado de maravilla, y me ha ayudado muchísimo. Tengo que estarle muy agradecida.

—No es que le molestara que estuvieras en su casa, es que estaba asustado —dijo Carter sonriendo.

—¿Por qué iba a estar asustado? —preguntó su mujer.

—Cuando compró la casa me dijo que no llevaría allí a ninguna mujer, que no fuera la mujer con la que se casaría. Y poco después Jess fue a vivir con él. Jess es la primera mujer que vive con él.

—De haber sabido eso, te aseguro que no hubiera ido a su casa.

—Puede que Jess sea la mujer con quien se va a casar —dijo Nathan.

—No digas tonterías. No me casaría con él ni aunque fuera el último hombre sobre la tierra.

—Eso no lo puedes afirmar —intervino Louise.

—Por supuesto que puedo afirmarlo.

—A ti te gusta Ryan —dijo Tess.

—No solo me gusta. Estoy enamorada de él. Y que conste que he intentado olvidarlo.

—Supongo que estar viviendo en su casa no ha sido de gran ayuda —dijo Lauren.

—Desde luego que no. No entiendo a ese hombre.

Un día intenté besarlo y me rechazó. Dios mío, no había pasado tanta vergüenza en mi vida.

Y al día siguiente me besó él como si no hubiera un mañana.

Y no es que me esté quejando de que me besara.

Pero es que es un hombre de trato difícil.

Nunca sé por dónde va a salir. Un día está bien y es simpático y amable conmigo y, de repente cambia y está enfadado, como si yo le hubiera hecho algo imperdonable.

Que, por cierto, es así como está ahora. Me mira como con desprecio.

—Ryan no desprecia a nadie —mencionó Patrick.