Tan irresistible como Stanford Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—Me pone enferma cuando me observa en silencio, como ha hecho estas últimas semanas, como si yo fuera un puzle difícil de terminar y mirándome intensamente aparecieran de repente delante de sus narices las piezas que lo completarán.

Cada vez que me mira de esa manera, siento un extraño cosquilleo en el bajo vientre. Te aseguro que es algo desconcertante.

—Parece que Ryan te tiene bien atrapada.

—No me gusta admitirlo, pero es cierto. Me paso la vida observándolo cuando él no se da cuenta.

Me atrae todo de él: sus hombros anchos, sus potentes muslos, sus largas piernas, la forma en que su camiseta se ciñe a sus pectorales, cómo le sientan los vaqueros, su precioso rostro.

Y, sobre todo, esos increíbles ojos que me fascinan —terminó de decir suspirando.

—El amor es jodido. Se presenta de pronto, arrasa con todo lo que encuentra en su camino y convierte tu vida en un caos. Y no tienes ninguna garantía de que sea recíproco.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo. ¿Y qué haces cuando sucede eso? —preguntó Jess.

—Joderte e intentar sobrevivir.

—Pues vaya mierda.

—Y que lo digas. Ya hemos llegado. Esa es la casa de mis padres.

—Jules, espero que lo que hemos hablado quede entre nosotros.

—Me ofende que me digas algo así.

—Lo siento.

—Lo que tú y yo hablemos, siempre quedará entre nosotros.

—Gracias.

—Espero que mi madre tenga la comida preparada, estoy hambriento.

James y Eliza, los padres de Jules, eran encantadores. A Jess le cayeron bien tan pronto los conoció. Eran simpáticos, cariñosos y amables. A ella le habría gustado tener unos padres como ellos.

La hora que estuvieron sentados a la mesa fue genial. Jess lo pasó maravillosamente bien.

Después de comer, Eliza la acompañó a su habitación, que era el antiguo cuarto de su hija, para que se instalara. Cuando se quedó sola aprovechó para enviarle a Ryan otro mensaje diciéndole que estaban en casa de los padres de Jules y que estaba encantada con ellos.

Jules la obligó a que descansara media hora sentada en el sofá con la pierna en alto, antes de salir a hacer turismo.

Además de llevarla a que viera algunos monumentos relevantes de la ciudad, le enseñó el colegio donde habían ido él y Ryan, y también el instituto. Estuvieron frente a la casa de los padres de Ryan, donde él se había criado.

Luego fueron a tomar un café en una terraza, antes de ir a ver la universidad de Harvard, donde habían estudiado los dos.

—No le has enviado a Ryan ningún mensaje explicándole todos nuestros movimientos —dijo él bromeando mientras volvían a su casa.

—No lo he hecho para evitar que te burlaras, como estás haciendo ahora. Pero se lo enviaré esta noche contándoselo todo.

—Seguro que le gustará.

—¿Cenarán tus hermanos con nosotros?

—Los tres han dicho que vendrían. Quieren conocerte.

La cena todavía fue más interesante que la comida.

Charles, su hermano, era un encanto. Jim era muy divertido y se tomaba la vida con tranquilidad.

Ambos eran muy guapos, pero no tanto como su hermano mayor.

Y Ellie era una chica fantástica. Estuvo hablando con ella de su trabajo.

Se quedó fascinada cuando supo que Jess era médico forense.

Al día siguiente salieron por la mañana a ver algunas cosas que Jules no quería que se perdiera de la ciudad y Eliza les acompañó.

Vieron el Freedom Trail, el parque Boston Common, el Boston Public Garden, el Feneuil Hall, la Massachusetts State House y la Prudential Tower, e hicieron infinidad de fotos.

Fotos que ella le enviaba a Ryan a continuación.

Jules la miraba sonriendo cada vez que la veía con el teléfono, porque sabía lo que estaba haciendo.

—Me gusta muchísimo Boston.

—Sí, no está mal. Aunque los inviernos son muy duros —dijo Jules.

—También son duros en Nueva York —mencionó su madre.

—Tienes razón.

Al medio día Jules las invitó a comer y después de tomar el café dejaron a Eliza en el trabajo, porque tenía una reunión a la que no podía faltar.

—¿Qué vamos a hacer esta tarde?

—Tengo que comprar el regalo de cumpleaños de Ryan.

—¿Cuándo es?

—Pasado mañana.

—¿El viernes?

—Muy astuta —dijo él con sarcasmo.

—El viernes es día trece. El día de la mala suerte.

—Ryan no es supersticioso.

—Yo también quiero comprarle un regalo.

—Entonces, esta tarde iremos de compras.

—Compraré también algún detallito para el grupo.

—¿Vas a comprar regalos para todos?

—Se han portado muy bien conmigo. No voy a comprarles grandes regalos, solo alguna chorrada, de esas que no sirven para nada, simplemente para que sepan que me he acordado de ellos. Y unos peluches para los pequeños.

—¿Para todos? No quiero que estés mucho tiempo de pie. Esta mañana has caminado más de lo que deberías.

—No te preocupes, los compraré todos en la misma tienda.

—Realmente los aprecias, ¿eh?

—Todos son fantásticos.

—Desde luego que lo son.

Esa noche Jules la llevó a cenar a un restaurante al que le gustaba ir con Ryan. Y, por supuesto, mientras esperaban que les llevaran la cena, Jess informó a Ryan de dónde se encontraban.

—Este es el ultimo mensaje que le envío a tu amigo.

—¿Y eso?

—¿Puedes creer que no me ha contestado a ninguno? Solo me contestó al que le envié cuando salimos de ver al médico ayer, con ese me alegro tan efusivo.

—A lo mejor no los ha recibido.

—Los ha recibido y los ha leído o escuchado.

—Es posible que esté ocupado.

—¿Desde ayer?

—O puede que esté celoso de que estés conmigo.

—No digas tonterías.

—No son tonterías. Ese hombre tiene celos de todos los hombres que están a tu alrededor.

—¿Estás insinuando que le gusto?

—Creo que no solo le gustas.

—Pues lo disimula muy bien.

—Ryan es muy bueno en algunas cosas.

—Lo sé. En la cama es genial. Pero tú eres gay y no hay razón para que sienta celos de ti.

—Tendrá miedo de que me conviertas en heterosexual.

Los dos se rieron.

—No le des importancia a los mensajes.

—Eso haré. ¿A qué hora nos marcharemos mañana?

—Me gustaría estar allí como mucho a la hora de comer. Así hablaremos con las chicas para ver qué han preparado para el cumpleaños de Ryan.

—¿Saben cuándo es?

—Se lo dije a Tess antes de que viniéramos a Boston. De todas forma ya lo sabían todas. Me dijo que habían hablado de cenar en el restaurante de Carlo, porque hacía mucho tiempo que no íbamos por allí.

—Eso estaría bien. Yo solo lo he visto una vez y me cayó muy bien.

—Sí, es un buen tío.

—¿Crees que a Ryan le gustará mi regalo?

—Le va a encantar. Cuando vivíamos en Boston íbamos a menudo a esa tienda, porque a Ryan le gustaba todo lo que había en ella.

—Pero es una radio antigua. Aunque ha comprado muchos muebles antiguos para su casa.

—Siempre le han gustado las cosas antiguas. Y esa radio está en perfecto estado.

—Espero no arrepentirme de haberte hecho caso.

—Le va a gustar muchísimo.

—Estos dos días hemos hablado mucho de mí y de Ryan, pero no de ti. ¿Cómo llevas lo de Richard?

—¿Puedes creerte que lo echo de menos?

—Es normal. Has vivido mucho tiempo con él y estabas enamorado.

—Creo que todavía lo estoy.

—Supongo que te llevará algún tiempo deshacerte de ese sentimiento.

—¿Crees que dejaré de quererle en algún momento?

—Estoy completamente segura. Cuando menos te lo esperes estarás saliendo con otro tío guapísimo, y un buen hombre.

—No creo posible que pase, pero no es improbable —dijo él sonriéndole.

Jess y Jules llegaron juntos al restaurante de Carlo.

Las chicas ya estaban allí y se habían encargado de colocar todos los regalos en una mesa que habían colocado en un rincón del reservado.

Jess y Jules pusieron también los suyos y Lauren escribió en los paquetes el nombre de ellos.

Patrick y Louise fueron los siguientes en llegar.

Estuvieron tomando una copa de vino blanco mientras esperaban.

Los hombres fueron apareciendo poco a poco.

Primero fueron Carter y Logan. Diez minutos después llegó Ryan.

Cada uno de ellos había besado a todas las chicas.

Ryan también besó a Jess, pero casi no le rozó la mejilla con los labios.

Y ni siquiera la miró. Delaney y Nathan fueron los siguientes, acompañados por Ian, el guardaespaldas, que se quedó de pie junto a la entrada del reservado.

A Ryan no le pasó desapercibido el guiño de ojo que Ian le dedicó a Jess como saludo. El último en llegar fue Sean.

Antes de que se sentaran todos, Ian se acercó a felicitar a Ryan y se estrecharon las manos.

Jess siempre se sorprendía al ver a sus amigos juntos, porque tanto los hombres como las mujeres, eran ejemplares increíbles.

Jess y Ryan no se habían visto desde que ella se fue a Boston.

La noche anterior Ryan no fue a casa a cenar y cuando ella y Jules se acostaron todavía no había llegado.

Aunque Jess lo oyó entrar en su dormitorio a media noche.

Y a la mañana siguiente, cuando ella se levantó, él ya se había ido a trabajar.

El poco aprecio que demostró Ryan por ella al llegar al restaurante lo compensó Delaney con el caluroso abrazo que le dio, diciéndole que la había echado mucho de menos.

—Pensaba que iba a ser una cena como cualquier otra —dijo Ryan cuando estaban todos sentados.

—Y lo es, solo que esta es para celebrar tu cumpleaños —remarcó Tess.

—No pensé que os acordaríais.

—¿Cuándo se nos ha olvidado a nosotras un cumpleaños? —mencionó Ellie.

—Gracias.

—No les des las gracias. Vas a pagar tú la cena —bromeó Carter.

—Merecerá la pena.

—Ya estoy aquí —dijo Carlo entrando en el reservado—. Enseguida traerán los entrantes.

—¡No puedo creerme que vayas a cenar con nosotros! —exclamó Kate.

—Me hubiera gustado estar en los cumpleaños de todos, pero no siempre es posible —dijo rodeando la mesa para besar a sus amigas—.

Pero me alegro de que hayáis pensado celebrar el de Ryan aquí.

Creo que me estoy haciendo mayor, porque me siento muy cansado.

Así descansaré un par de horas. ¿Cuántos años cumples?

—Treinta y ocho.

—Vaya, eso ya son años.

—¿Y lo dices tú que tienes uno más que yo?

—Tienes razón.