Tan irresistible como Stanford Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Mi padre se llama James y está jubilado.

Era encargado en una fábrica de papel. Mi madre nunca había trabajado fuera de casa, aunque como era modista se hacía su ropa, la de mi hermana y la de sus amigas y conocidas, cobrándoles, por supuesto.

Así se sacaba un dinero extra. Tenía muy buena mano y copiaba diseños que veía en las revistas.

Pero cuando se dieron cuenta de lo que costaban las universidades y de que yo, que era el mayor, estaba empeñado en estudiar Medicina, decidió buscar empleo.

Por casualidades de la vida conoció a una amiga, de una amiga, de una amiga, que tenía una cadena de tiendas de ropa que ella misma fabricaba.

Mi madre había hecho fotos de todas las prendas que había confeccionado a lo largo de los años y se las mostró.

Una semana después estaba trabajando de diseñadora en la empresa. Por eso pude estudiar.

—Parece ser que los padres hacen muchos sacrificios por los hijos.

—Sí, los hijos suelen ser lo más importante para unos padres… normales —dijo Jules acercándose a Jess y besándola en la frente—. Tengo dos hermanos y una hermana. Mi hermano Charles tiene treinta y tres años y estudió Ingeniería Civil.

—No he oído hablar de esa carrera.

—Se dedican al diseño y construcción de infraestructuras, como puentes, carreteras y edificios.

—Ya me ha quedado claro.

—Mi hermano Jim tiene veintisiete años y estudió aparejador.

—Tampoco sé de qué va esa.

—Los aparejadores también se conocen como arquitectos técnicos. Son profesionales de construcción que se encargan de la dirección técnica de las obras: supervisan los materiales, garantizan su calidad y aseguran el cumplimiento de los proyectos.

—Entendido.

—Mi hermana Ellie es la pequeña y tiene veinticuatro años.

—No me digas que ha estudiado algo relacionado con la construcción, porque si es así, pensaré que tú eres raro.

—Es asistente quirúrgico.

—Un trabajo importante.

—Y que lo digas. Mis padres dieron gracias porque nos lleváramos tantos años entre unos y otros, porque así les dio tiempo a ahorrar para las universidades de los cuatro.

—¿Y tú, Ryan? ¿Quieres contarme algo de tu familia o no estás interesado? De tu familia solo sé que tu madre no cocina, y que tienen cocinera.

—Mi padre es abogado, como su padre y el padre de su padre. Se llama como yo.

—Su bufete es el más importante de Boston —comentó Jules.

—Me puso su nombre porque quería que yo lo sucediera, pero fui una decepción para él al no querer estudiar derecho. Aunque no me preocupa haberlo decepcionado.

—Pocos padres se decepcionarían de tener un hijo médico. Y menos aún con tu especialidad.

—Mi familia es extraña.

—¿Extraña?

—Quiere decir que son un poco estirados, pero solo sus padres —dijo Jules sonriendo—. Y, si quieres que te sea sincero, ni siquiera creo que sean estirados, más bien diría que fingen serlo.

—Mi madre se llama Elizabeth.

—¿A qué se dedica?

—A gastar el dinero de su marido y a hacer obras de caridad.

—Al menos ayuda a la gente necesitada.

—Tengo un hermano y dos hermanas. Yo también soy el mayor. Mi hermano Douglas tiene treinta y cinco años y es abogado. Trabaja en el bufete con mi padre.

—Entonces, ¿él no es estirado? —preguntó ella sonriendo.

—No, es normal, de momento, pero su novia sí que es estirada, por eso se lleva tan bien con mi madre.

—Su hermano te gustará. Y sus hermanas te van a encantar.

—Háblame de ellas.

—Mi hermana Marina tiene treinta y dos años y es abogada. Y Christine tiene veintiocho y es psiquiatra.

—Al menos, tu hermana pequeña también es médico. Apuesto que tu padre ya no se siente decepcionado contigo.

—Mientras hablábamos he vaciado tres maletas, me quedan cinco, pero es la ropa de invierno. Voy a dejarlo ya. Estoy cansado de doblar ropa, parece que trabaje en un comercio.

—Siento no poder ayudarte —dijo Jess.

—No te preocupes, no tengo prisa. Mañana lo terminaré después de desayunar.

—Llevamos aquí un buen rato. Deberíamos bajar a cenar —propuso Ryan.

—Sí, vamos.

Al día siguiente Jules colocó la ropa de invierno en el vestidor. Después de desayunar con Jess y con Ryan, ella le pidió que la llevara a casa para coger algo de ropa y aprovechó para enseñarle su apartamento.

Jules dedicó el día para ver a sus amigos, aunque a diferentes horas, y les dio las gracias por todo lo que habían hecho por él. Sobre todo a Delaney.

Dos días después, el camión de mudanzas le llevó a Jules sus cosas y el coche. Lo metieron en un rincón del garaje. Jules les dio una buena propina y los dos chicos se marcharon.

Llegó el sábado, que era 7 de junio y el cumpleaños de Jules.

Él ni siquiera se acordaba, hasta que sus padres lo llamaron a primera hora de la mañana para felicitarlo.

Y entonces tuvieron que felicitarlo también Jess y Ryan, aunque tenían previsto hacerlo en la fiesta que le habían preparado las chicas, Jess incluida.

Ese día Jules acompañó a Ryan al partido de balón cesto con sus amigos y los chavales de la escuela. Y Jess fue con ellos. Era el primer día que Jules lo hizo desde antes de mudarse a Seattle y se sintió realmente bien.

Después del partido fueron todos a casa de Delaney, que era donde se reuniría ese día el grupo.

Todos subieron a sus habitaciones a ducharse, y Jules casi se echa a llorar al darse cuenta de que seguía conservando la suya, en la que tenía incluso algo de ropa que había dejado en ella antes de abandonar Nueva York.

Tess le enseñó a Jess la que sería su habitación, porque no la había visto todavía.

Hacía un día precioso y caluroso y lo pasaron en la piscina.

—Había echado de menos pasar un día con vosotros en Nueva York —dijo Jules.

—Yo sabía que tarde o temprano volverías —remarcó Tess.

—Yo pensé lo mismo cuando Ryan estaba en Atlanta —mencionó Lauren.

—Jules, es que no te tenías que haberte ido —añadió Ellie.

—Teníamos que haber conocido a Richard y verlo unas cuantas veces antes de que te mudaras a Seattle con él. Así podríamos haberlo conocido un poco y puede que nos hubiéramos dado cuenta de su carácter —dijo Kate.

—Sí, eso habría estado bien. Con lo preguntonas y lo cotillas que sois, seguro que lo habríais conocido en profundidad —bromeó Jules.

—Y no habríamos permitido que te marcharas —anunció Abby.

—Cariño, a ti ni siquiera te conocía cuando yo dejé Nueva York.

—Ese no es el tema que estamos tratando —dijo ella.

Todos se rieron.

—Lo importante es que estás de vuelta y nada hará que vuelvas a marcharte —habló Delaney.

—Eso te lo puedo asegurar.

—¿Has sabido algo de Richard? —preguntó Nathan.

—No.

—¿Crees que intentará localizarte? —preguntó Carter.

—Sí.

—Pero no sabe donde vives —dijo Logan.

—En cualquier momento averiguará donde viven mis padres e irá a verlos. Si no ha ido todavía será porque no ha podido dejar el trabajo. Pero os aseguro que irá.

—¿Has avisado a tus padres sobre ello? —preguntó Sean.

—Sí.

—¿Crees que te sentirás bien volviéndolo a ver?

—No. No me gustaría volver a verlo, porque aún tengo miedo de que me convenza de que vuelva con él.

—Si va a verte a mi casa, te aseguro que no te irás con él —dijo Ryan.

—Es posible que vaya cuando no estés tú —mencionó Delaney.

—Les dije a mis padres que si iba tenían que llamarme y yo les diría el día y la hora que podría venir.

—Tan pronto sepas cuando irá me llamas y te enviaré a Ian —expuso Delaney.

—No voy a necesitarlo.

—Yo creo que es mejor que Ian esté en casa cuando se presente. La cabeza de ese hombre no funciona de manera normal y no sabemos como va a reaccionar —dijo Ryan.

—De acuerdo, Ian estará presente —informó Jules mirando al guardaespaldas que estaba a un lado vigilando a los niños y desde donde podía oír lo que hablaban.

—De todas formas, tienes que saber que tu móvil se puede rastrear, incluso estando apagado —le comentó Lauren.

—Me he comprado uno nuevo, lo activaré ahora luego y os daré el número, luego y me desharé del antiguo.

—Eso está bien.

Cuando se acercaba la hora de comer, todos subieron a ducharse y a vestirse.

A Jules le extrañó, porque recordaba que cuando iban a pasar el día a casa de cualquiera de ellos pasaban el día en la piscina y comían incluso allí. Pero no era su casa y no iba a decir nada.

Lo comprendió todo cuando entraron en el gran comedor, que solo utilizaban en ocasiones especiales.

La estancia estaba decorada con detalles de cumpleaños y en las paredes había fotos enormes enmarcadas de todo el grupo.

Había unas fotos preciosas en las que aparecía Jules con unos y con otros del grupo.

Ese detalle hizo que se derrumbara y no pudiera evitar soltar unas cuantas lágrimas.

Pero se animó con los comentarios y las bromas de sus amigos.

Fue una comida fantástica y no solo por el menú que, como siempre, era exquisito, sino por la compañía. Fue una celebración de cumpleaños, pero también una fiesta de bienvenida. Y Jules se dio cuenta, una vez más, del error que había cometido al abandonar a sus amigos para irse con Richard.

Cuando Ellie apareció con la tarta que ella misma había hecho, Jules se emocionó de nuevo. Las treinta y ocho velas que rodeaban la preciosa tarta iluminaban los detalles que Ellie había colocado en el centro y que a Jules le encantaron.

Todos le cantaron el cumpleaños feliz y Jules volvió a emocionarse.

—Antes de apagar las velas no olvides pedir un deseo —dijo Kate.

Brindaron con champán y luego Jules abrió los regalos. Todo eran cosas de decoración para la casa nueva, cuando la comprase. Eran cosas sencillas… pero necesarias para crear un hogar.