Capítulo 28
Jess pasó la tarde sola, excepto los momentos que Elena subía a verla para preguntarle si necesitaba algo y hablaban unos minutos.
A última hora de la tarde llegaron Carter y Kate. Estuvieron con ella casi una hora.
Un poco más tarde la visitaron Delaney y Nathan, cuando iban camino de casa. Estuvieron unos minutos con ella, preguntándole cómo la trataba Ryan.
Sean y Abby fueron los últimos que aparecieron.
—Sentimos llegar tan tarde, pero he esperado a que terminase Abby de dar de mamar a nuestra hija.
—No te preocupes, Sean. No hacía falta ni que os hubierais molestado, yo estoy bien.
—Bueno, eso de bien… Estás en la cama.
—Con una señora en la casa que sube cada media hora a ver si necesito algo, con un móvil, con un portátil y con un televisor de sesenta pulgadas. Tampoco me puedo quejar.
—¿Ryan no ha llegado? —preguntó Sean.
—No creo que tarde. ¿Cómo está la pequeñaja?
—Preciosa.
—Aunque no nos deja dormir por la noche —se quejó Sean.
—Cariño, se despierta porque tiene hambre. Solo durará unos meses.
—Eso espero.
—¿Cómo estás tú? —preguntó Jess a Abby.
—Bien, aunque un poco más gorda de lo normal.
—Supongo que lleva tiempo que todo tu cuerpo vuelva a la normalidad.
—Sí.
—Tus padres han venido a verme esta mañana —le dijo a Sean—. Él me ha dicho que han empezado las obras hoy.
—Sí. Van a sacar todo lo que hay en los apartamentos, y cuando digo todo, me refiero a todo, incluidas las tuberías y los cables de electricidad.
Luego tirarán las paredes que no queremos.
Cuando acaben todo eso sacarán los escombros, que no serán pocos.
Todo ello les llevará bastante tiempo, porque es un trabajo duro.
—Lo supongo.
—Mientras tanto haré el plano para el fontanero y el electricista, para que sepan por donde hacer las zanjas para las tuberías y el cableado eléctrico. Ya te iré informando.
—Con que informes a tu padre es suficiente, yo no entiendo de construcción.
—Vale.
—¿Hasta cuando te quedarás aquí? —preguntó Abby.
—El traumatólogo me dijo que en dos o tres días me pondría una férula para inmovilizar el hueso y que podría usar muletas, pero Jules me aconsejó que me quedara en cama una semana o dos, y que no forzara la pierna para nada, porque así la recuperación sería más rápida. Así que le haré caso.
—¿Se está portando bien Ryan contigo?
—Sí, muy bien. A pesar de que sé que no le gusta tenerme en su casa.
—No digas tonterías. Ryan nos dijo el domingo que estaba encantado de tenerte aquí.
—Lo diría para que no pensarais mal. De todas formas, está siendo muy amable conmigo.
—Me alegro.
Ian la llevó al hospital a media mañana del día siguiente, porque tenía cita con el traumatólogo.
Como le había dicho con anterioridad, el médico le dijo que podría usar las muletas para valerse por sí misma.
Aunque ella no iba a usarlas. Así y todo se llevaron las que les dieron, por si cambiaba de opinión.
Había hablado cada día con Jules. Él le dijo que hacía e iba a todos los sitios que Richard quería para que no notara ningún cambio en su comportamiento.
Le confesó a Jess, aunque algo avergonzado, que en algún momento había tenido dudas de lo que planeaban hacer.
Pero ella le convenció de que estaba haciendo lo correcto.
El siguiente domingo todos los amigos volvieron a ir a casa de Ryan a pasar el día.
Y él estuvo encantado. Le gustaba tenerlos allí.
Había comprado secadores de pelo y televisores para todas las habitaciones.
Jess le dijo que había sido un gasto innecesario, porque sus amigos solo las utilizarían para cambiarse cuando se bañaran en la piscina y solo en verano.
Él le rebatió su recriminación diciéndole que igual que ella se había quedado allí varios días, podría sucederle a cualquiera de sus amigos. Y que no tenía problemas de dinero. Y Jess no mencionó nada más al respecto.
—Abby, siento que por mi culpa hayáis venido también hoy aquí. Seguro que con el bebé tan pequeño habrías preferido quedarte en casa.
—Si quieres que te sea sincera, me alegra haber venido. Estoy harta de estar metida en casa. Y aquí no tengo que preocuparme por la niña, porque siempre está en brazos de alguien.
Sus amigos le aconsejaron a Jess que se quedara en casa de Ryan, porque estaba acompañada por Elena.
Y ella decidió quedarse una semana más. Sabía que a Ryan no le gustaría que permaneciera tanto tiempo en su casa, aunque hubiera dicho lo contrario, pero ella no quería irse.
Se había acostumbrado a verlo cada día y si se marchaba lo echaría mucho de menos.
Lo echaría de menos a él, pero también verlo casi desnudo en la ducha.
El siguiente domingo era primero de Junio.
El grupo de amigos volvió a ir a casa de Ryan a pasar el día.
Jess ya estaba casi recuperada. Esa última semana se movía con muletas y se las apañaba bien.
Seguía en casa de Ryan y ya nadie le preguntaba cuándo iba a marcharse a su casa, porque todos daban por hecho que estaba allí, porque era donde tenía que estar.
Todavía no le habían dado el alta, aunque el traumatólogo le dijo que si todo seguía como hasta ese momento, en una semana o semana y media podría incorporarse al trabajo.
La siguiente semana pasaron el sábado en casa de Sean, porque era su cumpleaños.
Mientras comían hablaron de Jules, que dejaría el trabajo en dos días. Y también sería el último día que vería a los pacientes en su consulta.
Ryan les dijo que la noche anterior Jules lo había llamado cuando Richard estaba en la ducha y le había dicho que estaba muy nervioso.
Ryan lo tranquilizó diciéndole que al día siguiente Ian y él irían a Seattle y se quedarían en el hotel de Delaney, y que se verían a la mañana siguiente. Eso lo tranquilizó.
El lunes, día 2 se hizo todo conforme a lo que tenían planeado. Tan pronto Richard abandonó la casa, Ian y Ryan entraron con el coche en la propiedad. Jules abrió la puerta de la casa y entró Ryan, Ian se quedó en el exterior vigilando, por si aparecía Richard.
Los dos médicos iban metiendo la ropa que les faltaba en las maletas y llevando al recibidor las que ya tenían llenas.
Ian las iba sacando de la casa y las metía el vehículo de gran capacidad que habían cogido del hotel.
El proceso les llevó casi una hora. Una hora en la que Jules no había podido respirar con normalidad, porque estaba preocupado por si Richard aparecía de repente.
Ian se subió al volante del furgón y Ryan conduciría el coche de Jules, porque él no estaba en condiciones de conducir. Los vehículos abandonaron la propiedad y se perdieron entre el tráfico.
Poco después Ian aparcó el vehículo en el aparcamiento de un centro comercial que había enfrente de la consulta de Jules. Ryan aparcó el BMW de Jules al lado.
Entraron los tres en la consulta y tuvieron que esperar veinte minutos a que llegaran los de la mudanza.
Una hora después, la maquinaria y los muebles estaban en el camión.
Cuando estaban embalando los cuadros y guardando los documentos en cajas entró en el apartamento el propietario.
Los de la mudanza cargaron en el camión lo que les quedaba y luego, Ian les acompañó hasta el coche de Jules, porque ellos se encargarían también de su traslado.
El propietario del apartamento le devolvió a Jules el dinero de la fianza y se despidieron. Los dos médicos se reunieron con Ian en la puerta del edificio y caminaron juntos hasta el furgón.
Poco después los tres subían en el avión de Stanford. Cuando el avión despegó, Jules pudo respirar con tranquilidad.
—Ahora lo que tienes que hacer es bloquear a Richard en tu móvil —dijo Ryan.
—Además, tienes que pensar que la etapa que has vivido con él no ha existido —añadió Ian.
—Gracias a los dos.
—Ha sido un placer ayudarte —dijo Ryan.
—Aunque de forma indirecta, yo pertenezco a vuestro grupo de amigos, y nos ayudanos unos a otros —dijo el guardaespaldas.
Jack estaba esperándolos junto al avión cuando los tres hombres bajaron. Había ido con un furgón.
Jess abrió la verja cuando sonó el interfono.
Luego abrió la puerta de la casa y salió con muletas a esperar a los cuatro hombres.
Cuando bajaron del coche ella no pudo disimular la sonrisa que apareció en sus labios al ver a Ryan.
Se preguntó cómo era posible que lo hubiera echado tanto de menos, si solo había estado fuera menos de un día.
—Me alegro de que estés aquí —dijo Jess abrazando muy fuerte a Jules.
—Yo también, cielo. No sabes la ayuda que ha sido para mí hablar cada día contigo. Te aseguro que no lo habría conseguido sin ti.
—Por supuesto que lo habrías conseguido.
—¿Cómo te encuentras?
—Mucho mejor. Como puedes ver, ya no tengo que estar en la cama.
—Me alegro de que no te hayas ido a casa. Así tendremos tiempo para hablar.
—Sí. Hola, Ian —dijo besando al guardaespaldas en la mejilla.
—Hola, cariño. ¿Estás bien?
—Sí, muy bien. Hola, Ryan —dijo Jess besándolo en la mejilla.
—Hola, cielo.
—Supongo que todo ha ido bien.
—¿Lo dudabas? —preguntó Ryan de forma arrogante.
—La verdad es que no.
—Saquemos las maletas del furgón —comentó Jack a Ian—. Te llevaré a casa para que te cambies y te dejaré en el edificio de Delaney, he dejado su coche en la puerta.
—De acuerdo.
—Las sacaremos entre todos —dijo Ryan.
En cinco minutos tenían todas las maletas en el suelo.
—Quiero agradeceros todo lo que habéis hecho por mí —mencionó Jules a los dos guardaespaldas.
—Ha sido un placer ayudar —dijo Ian estrechándole la mano.
—Me alegro de que estés de vuelta en Nueva York —añadió Jack abrazándolo.
Los dos hombres subieron al furgón y Ryan abrió la verja para que salieran.
—Entremos las maletas en casa —dijo Ryan.
Las dejaron todas en el recibidor y cerraron la puerta.
—Jules, ella es Elena, la señora que se encarga de la organización de mi casa. Elena, él es el doctor Bay.
—Mucho gusto, doctor —sonrió la mujer dándole la mano.
—Lo mismo digo, Elena. Y por favor, llámame Jules.
—De acuerdo. Les ayudaré a subir las maletas.