Tan irresistible como Stanford Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

—No. Aunque solo estaré aquí esta semana, luego volveré a casa. Y podré manejarme con muletas.

—Si quieres quedarte aquí hasta que estés completamente recuperada, a mí no me importará venir todos los días. Al fin y al cabo solo trabajo en esta casa.

—Lo pensaré. ¿Cómo conociste a Ryan?

—Por una amiga. Estuve trabajando para el doctor durante dos años, antes de que se marchara de la ciudad.

Me llamó hace unos meses cuando regresó de Atlanta y decidí venir a trabajar a su casa de nuevo.

No es que necesite el dinero para vivir, porque tengo la pensión de viudedad y me apaño con ella, pero me gusta estar ocupada.

Cuando el doctor vivía en el apartamento de Manhattan iba una vez a la semana, pero esta casa es enorme y vengo dos días completos. Y otro día voy a limpiar su consulta.

—Te quedaste viuda muy joven.

—A los treinta y cuatro años. Ahora tengo treinta y seis.

—¿Tienes hijos?

—No.

—¿De dónde eres?

—Soy española. Vine con unas amigas de viaje a Nueva York y conocí aquí a mi marido. Nos enamoramos en un fin de semana. Nos casamos dos años después, por el asunto del visado. Él murió de cáncer de colon.

—Lo siento mucho. ¿No pensaste en volver a España?

—Llevo aquí quince años. En España ya no me queda familia y con la distancia perdí el contacto con mis amigas. Me gusta vivir aquí y tengo buenas amigas.

—Hoy voy a recibir bastantes visitas.

—Le abriré la puerta a todas. Le dije al doctor que me quedaría hasta que él volviera.

—Gracias.

—Por cierto, me ha dicho que esta mañana traerían un televisor.

—Ryan se ha empeñado en que lo necesito para distraerme.

—Es un hombre muy considerado.

—Sí.

—¿Trabajas fuera de casa?

—Sí.

—¿Puedo preguntar a qué te dedicas?

—Soy médico forense.

—¿En serio? Me encanta la serie C.S.I. No me he perdido ni un solo episodio. He aprendido muchas cosas sobre medicina con la serie. Nunca había conocido a un médico forense.

—Tampoco es para tanto.

—¿Seguro que el doctor y tú no sois novios?

—Segurísimo. Si lo fuéramos, yo lo sabría —mencionó Jess sonriendo.

—Claro —dijo la mujer sonriendo también—. Es una lástima, porque haríais muy buena pareja.

Sonó el timbre de la puerta.

—Voy a abrir a la primera visita. Y luego prepararé la comida.

—Gracias, Elena.

Patrick y Louise entraron en el dormitorio. —Se disculparon por no haber ido a verla, porque estuvieron el fin de semana fuera de la ciudad.

Patrick le dijo que había pasado por el edificio que habían comprado y que los obreros ya habían empezado a trabajar.

A la media hora de irse llegaron Jack, Tess y Lauren. Estuvieron hablando un rato y se marcharon porque tenían cosas que hacer.

El siguiente fue un repartidor, que les llevó la pantalla de televisión que esperaban.

Logan y Ellie fueron a verla a media mañana.

Elena se quedó impresionada al ver a Logan. Según le dijo a Jess, cuando conoció a Ryan pensó que no habrían hombres tan guapos como él, pero al ver a Logan se dio cuenta de que estaba equivocada. Y Jess le dijo que todo el grupo de amigos suyos eran muy guapos.

Ian fue el siguiente que apareció en la casa. La mujer se le quedó mirando. Llevaba un traje que le sentaba de maravilla. Elena lo acompañó arriba.

—¿Qué tal está la enferma? —preguntó el guardaespaldas adentrándose en el dormitorio y besándola en la frente.

—Bueno, aquí estoy. Ian, ella es Elena. Elena, él es Ian, un amigo.

—Un placer conocerte, Elena —dijo él dándole la mano.

—El placer es mío —pronunció ella estrechándosela—. Estaré en la habitación del doctor. Si necesitáis algo me llamáis.

—Gracias.

Ian acercó la butaca a la cama y se sentó en ella. Aunque habían hablado por teléfono y sabía lo que le había ocurrido, estuvieron hablando del accidente que había tenido. Luego hablaron de Jules. Y por último, Jess le puso al día de lo que había sucedido con Ryan.

—Sabía que estaba celoso de mí, pero no pensé que lo estuviera de Jules.

Parece que el que sea gay no es suficiente para él.

Cariño, ese hombre está loco por ti. Lo que me extraña es que no te haya sacado de tu error al pensar que solo quería tener una aventura contigo.

Primero rechaza un beso tuyo y luego te besa como si quisiera comerte.

—Sé que es un poco bipolar.

—Estás equivocada. Lo que le pasa es que está asustado por si te pierde. Se siente aturdido y desconcertado contigo.

—No digas tonterías. Así es como me siento yo, él sigue estando muy seguro de sí mismo.

—Si te dijese lo que siente por ti no lo creerías.

—Por supuesto que no.

—Por eso no te lo dice, porque lo sabe. Y es la razón de que tenga miedo. Tal vez deberías ser tú quien dé el paso. No te estoy diciendo que le digas que le quieres o que estás locamente enamorada de él. Pero sí puedes decirle que si quiere tener una aventura contigo, estás dispuesta.

—Yo no quiero tener una aventura con él.

—Eso tampoco es lo que quiere él. Pero te aseguro que aceptará cualquier cosa que le ofrezcas, con tal de no perderte.

—Por eso me rechazó cuando fui a besarlo —dijo con sarcasmo.

—No, te rechazó porque está muy aturdido. Hazme caso, Jess. Ese hombre lo está pasando muy mal. Y por lo que me has contado que hace para que te puedas duchar, te aseguro que se lo estás poniendo muy muy difícil.

—Vamos a dejar esta conversación. Ryan ha comprado un televisor para ponerlo aquí en mi cuarto.

Ian se rio.

—¿Por qué te ríes?

—Porque se desvive por ti.

—Lo que tú digas. Ya que estás aquí podrías instalarlo.

—¿Dónde está?

—Supongo que bajo. Elena, ¿puedes venir un momento, por favor? —dijo Jess elevando la voz.

—¿Qué necesitas? —preguntó la mujer desde la puerta.

—Ian va a instalarme el televisor que ha comprado Ryan, ¿sabes dónde está?

—En el recibidor, junto a la puerta de entrada. Es una caja bastante grande, ¿necesitas que te ayude? —le preguntó a Ian.

—Posiblemente. Las pantallas de televisión no suelen pesar mucho, pero las cajas son grandes —dijo sacándose la chaqueta y dejándola sobre la butaca.

Jess vio cómo lo miraba Elena y sonrió.

—Bajaré contigo.

—Vale. ¿De dónde eres?

—De España.

—Sí que voy a necesitar ayuda —dijo él al ver la caja.

—No hay problema.

Lo subieron y lo llevaron al dormitorio.

—Gracias.

—De nada. Subiré el paquete que han traído con el televisor.

—Vale.

La mujer regresó cuando Ian estaba abriendo la caja. Dejó el pequeño paquete sobre el escritorio.

—Elena, ¿sabes si Ryan tiene una caja de herramientas por algún sitio? —preguntó Ian.

—El doctor tiene una en el armario del recibidor. Ahora la subo.

—Gracias.

Poco después volvió a entrar y dejó la caja de plástico en el suelo.

—Si no me necesitáis, seguiré con lo que estaba haciendo.

—Si te necesitamos te llamaremos —dijo Jess.

Ian sacó la pantalla de la caja y la dejó en el suelo. Luego sacó el pie del televisor de la caja. Busco entre las herramientas la que necesitaba y la cogió.

—Hola —dijo Ryan desde la puerta.

—Hola, Ryan —dijo el guardaespaldas.

—¿Vienes de visita y ya te han puesto a trabajar?

—A las mujeres les gusta mandar —respondió Ian.

—Hola, cielo —dijo acercándose a la cama y besándola en la frente—. ¿Has tenido una buena mañana?

—Ha venido un montón de gente a verme.

—Eso está bien. Así has estado distraída.

—¿Dónde quieres poner el televisor? —preguntó Ian a Ryan.