Tan irresistible como Stanford Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Eso es porque yo soy educada, amable y considerada, y no quería que te sintieras mal.

—¿Esa ha sido la razón de que me devolvieras el beso?

—Sí.

—Entonces, ¿no te ha gustado?

—Por supuesto que me ha gustado. Los besos son agradables.

—Agradables —repitió él.

—Sí, muy agradables —dijo ella con una sonrisa traviesa en los labios—. Supongo que no habrás olvidado que no hemos cenado.

—He de decirte que, después de que un hombre te bese de la forma que yo lo he hecho, no es amable, ni educado, ni considerado, insinuarle que tienes hambre —mencionó dedicándole una divertida sonrisa.

—Pero tengo hambre. Si me hubieras besado después de cenar no te lo habría dicho.

—Me ha quedado claro. Iré a preparar algo de cenar.

—¿Por qué me has besado? —preguntó ella antes de que él abandonara la habitación.

—Porque me apetecía.

—¿Te va a apetecer volverlo a hacer?

—No lo sé. En unos minutos te subiré la cena.

—Si no te importa, me gustaría cenar contigo en la cocina.

—Prepararé algo y luego subiré a por ti.

—Prefiero estar contigo mientras lo preparas.

—De acuerdo. Tal vez deberías ponerte algo abrigado encima.

—Me pondré unos calcetines gruesos, aunque no tengo ningún suéter.

—Cogeremos uno de mi habitación —dijo él cogiendo unos calcetines de la cómoda y poniéndoselos.

Ryan la cogió en brazos y salieron de la estancia. Entraron en el dormitorio de él y la dejó sentada en su cama.

—Tu habitación es muy bonita.

—Gracias. Traeré el suéter.

—Vale.

Cuando volvió se lo metió por la cabeza y ella se lo bajó.

Unos minutos después Jess estaba sentada junto a la mesa de la cocina con las piernas en una de las sillas y tapadas con una manta, que Ryan había llevado del salón.

—¿Qué vamos a cenar?

—Hay muchas sobras de ayer, las chicas trajeron un montón de comida —dijo sacando platos de la nevera.

—Por mí está bien. Todo lo que trajeron estaba buenísimo. Me he dado cuenta de que te defiendes bien en la cocina. ¿Te enseñó tu madre a cocinar?

—No sé si mi madre sabía cocinar antes de casarse con mi padre, porque siempre hemos tenido servicio en casa.

Yo nunca la he visto en la cocina, excepto para hablar con la cocinera.

Fue mi abuela, su madre, quien me dio un montón de recetas para que me llevara a la universidad, y la madre de Jules le dio otras tantas —dijo llevando a la mesa los platos que ya había preparado—. ¿Te gusta el tomate?

—Sí.

—En ese caso, prepararé una ensalada de tomate con orégano.

—Perfecto. Por lo que dijo Jules, los dos estudiasteis en la misma universidad.

—Sí. Estudiamos en Harvard.

—Pero esa universidad está en Boston y vosotros vivíais allí. ¿Para qué necesitabais las recetas de cocina? ¿No vivíais en vuestras casas?

—No queríamos pasar con nuestras familias los años de universidad. Nuestros padres alquilaron un apartamento para los dos, que pagaban a medias.

—¿Vuestros padres se conocían?

—Se conocían desde siempre, porque Jules y yo éramos amigos y fuimos juntos al colegio. Es lo mismo que ocurrió con Carter y Logan. Aunque en su caso, sus padres sí eran amigos.

—Apuesto a que dos especímenes como vosotros tuvisteis mucho éxito entre las chicas en la universidad. Bueno, él entre los chicos.

—No nos fue mal. Creo que ya está todo. ¿Qué quieres beber? Estás medicándote y sabes que no puedes beber alcohol.

—Tomaré agua.

Ryan cogió un botellín de agua de uno de los armarios y una cerveza de la nevera.

—¿Estás cómoda sentada así? —preguntó cuando se sentó frente a ella.

—Estoy bien, gracias.

Ryan abrió la botella de agua y la sirvió en el vaso.

—¿Los celos y la posesividad son rasgos de tu personalidad?

Ryan se rio y el sonido de su risa se incrustó en el pecho de Jess.

—Porque no solo has demostrado tener celos de Jules, sino ser posesivo respecto a mí.

Ryan la miró con intensidad. Por todos los poros de su piel desprendía control y autoridad.

—Creo que te equivocas.

Jess no hizo ningún comentario más al respecto.

—Sé que Jules me aconsejó que me quedara al menos una semana aquí, pero creo que sería mejor irme a casa. Podrías dejarme allí mañana antes de irte a trabajar, o por la tarde al terminar en la consulta.

—Vives sola.

—Le diré a Ian que vaya a vivir conmigo hasta que me valga por mí misma. Me ha dicho que normalmente Delaney pasa las mañanas en el trabajo y no lo necesita. Y sobre las ocho de la tarde termina, a no ser que tenga una cena de negocios o esté de viaje.

—¿Tienes suficiente confianza con él para que se meta en la ducha contigo? ¿Te ha visto desnuda? ¿Os habéis acostado?

—No voy a contestar a ninguna de tus estúpidas preguntas. No estamos hablando de sexo sino de ayudar a una persona que no puede valerse por sí misma.

—Claro, y por eso no has elegido a Jack, por ejemplo.

—No sé lo que te sucede conmigo. Igual te muestras cercano y cariñoso como frío e insensible. No te entiendo, Ryan. Sinceramente, prefiero estar en mi casa. Haces que me sienta incómoda.

—Nunca he pretendido que te sintieras así.

—Desde el principio sabía que no debía venir a tu casa, porque era consciente de que no me querías aquí. Intenté besarte y me rechazaste y de pronto me besas, como si fuera la última mujer sobre la tierra. Empiezo a pensar que eres bipolar.

—Lo siento —dijo él sonriendo—. No estoy en mi mejor momento.

Quédate, por favor. Esta tarde he hablado con la señora que viene a limpiar a casa.

Le he pedido que venga todos los días para que no estés sola.

No quiero decir con esto que vaya a estar en tu habitación todo el día, pero estará en casa por si te sucede algo.

Además, te preparará la comida y te la subirá.

Y se encargará de abrirle la puerta a quien venga a visitarte.

Y después de cenar compraré un televisor para que lo traigan mañana.

—No necesito televisor.

—Pero así estarás entretenida cuando no estés durmiendo. Tenía que haberlo pensado cuando te traje del hospital.

—Ryan…

—Por favor, quédate. Cuando esté en casa no te molestaré e iré a tu cuarto solo cuando me necesites.

—De acuerdo. Me quedaré esta semana.

—Gracias. Te subiré arriba y luego recogeré todo esto.

—Vale.

Ryan la subió al dormitorio, la llevó al baño a lavarse los dientes y a orinar. Luego la metió en la cama y le dio la medicación.

—Si necesitas ir al baño por la noche, no dudes en llamarme, sabes que mi habitación es la de al lado.

—Lo sé. Buenas noches.

—Buenas noches.

Ese hombre la confundía. Se maldijo a sí misma por haberse enamorado de él.

¡Pero no era culpable de sentir lo que sentía!

, se dijo. No había hecho nada para enamorarse de él.

Puede que influyera su voz, porque tenía que admitir que era de lo más seductora.

O tal vez su físico, porque cualquier mujer podría enamorarse de él con solo echarle un vistazo.

No estaba acostumbrada a tener relación con hombres atractivos y desde que había llegado a Nueva York, todos los hombres que la rodeaban lo eran.

Siempre la habían intranquilizado los hombres demasiado perfectos, pero se había dado cuenta de que no se sentía intranquila con ninguno de sus amigos, excepto con Ryan.

Con él no solo se sentía intranquila, ese hombre hacía que siempre estuviera confundida y aturdida.

Ryan estaba recogiendo la mesa. Desde que se habían acostado en la isla, no podía quitarse a Jess de la cabeza.

Había intentado de todas las maneras posibles no pensar en ella, pero no lo conseguía.

Esa mujer aparecía en sus pensamientos cuando descansaba unos minutos en el trabajo para tomar un café.

O en la hora que dedicaba a comer. No había podido olvidar su sonrisa ni sus suaves caricias.

Cuando pensaba en ella, sentía una presión extraña en el pecho. Llegó a pensar que tenía algún problema cardíaco. No podía olvidar el brillo de sus ojos verdes, y sus pupilas dilatadas por el placer cuando se movía dentro de ella.

Y Jess creía que quería tener una aventura con ella, se dijo sonriendo. Eso no era lo que él quería. Ryan quería verla cada día. Hacerle el amor cada noche y cada mañana, y dormir juntos. Aunque, a estas alturas se conformaría con tener una aventura.

No sabía como se las arreglaba, pero cada vez que hablaba con ella estropeaba un poco más lo que había entre ellos, eso si es que quedaba algo entre ellos.

No entendía lo que le pasaba. Él era bueno resolviendo cosas, y siempre se le habían dado bien las mujeres.

Entonces, ¿por qué no encontraba la solución para resolver el problema que había entre ellos?

Sabía que tenía que aprovechar el tiempo que ella estuviera en su casa.

¿Y cómo lo estaba aprovechando? Mostrándose celoso y posesivo.

¡Joder! Él nunca había sido celoso ni posesivo.

Pero claro, nunca había estado enamorado.

Jamás se había sentido inseguro, pero con ella se sentía así.

Aunque había una cosa que tenía clara: esa mujer se sentía muy atraída por él, de lo contrario no lo habría besado de esa forma, que casi se lo come, pensó sonriendo.

Y eso lo consideraba un punto a su favor.

Jess tuvo infinidad de visitas el día siguiente. La primera fue la asistenta. Subió a la habitación de Jess a presentarse, como Ryan le había indicado.

—Hola, ¿puedo pasar? —preguntó la mujer desde la puerta, que estaba abierta.

—Por supuesto. Adelante —dijo Jess.

—Soy Elena, la asistenta del doctor Owens.

—Hola, Elena. Yo soy Jess.

—Encantada de conocerla.

—Lo mismo le digo. Si no le parece mal, me gustaría que nos tuteáramos.

—Está bien. ¿Has desayunado?

—Sí, Ryan me ha subido el desayuno antes de marcharse.

—¿Eres la novia del doctor?

—No, solo somos amigos.

Jess calculaba que tendría alrededor de treinta y cinco años. Era una mujer atractiva y se preguntó si habría algo entre ella y Ryan.

—Cuando hablé ayer con él me dijo que habías tenido un accidente.

—Sí. Tengo una fisura en un pequeño hueso de la pierna. Tardaré un par de semanas en recuperarme, o tal vez tres.

—Bueno, no es mucho tiempo.