Tan irresistible como Stanford Capítulo 27
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Capítulo 27

—Me da pena que Jules se haya marchado —dijo Jess.

—Lo conoces desde hace un día y medio.

—Ha sido suficiente. Creo que hemos conectado.

—Supongo que no has olvidado que no le gustan las mujeres.

—Pues yo creo que le gusto.

—De eso estoy seguro, tú le gustarías incluso a una piedra.

—¿Eso es un halago? —preguntó ella sonriendo por sus palabras.

—Tómatelo como quieras.

Ryan andaba por la habitación haciendo...

nada. Caminaba de un lado a otro con una elegancia innata.

Sus pasos estaban controlados con absoluta precisión.

El cabello negro le rozaba el cuello de la camiseta, enmarcando un rostro salvajemente masculino.

Y ella lo miraba con atención desde la cama.

El vaquero resaltaba su altura, sus caderas y sus largas piernas.

La camiseta de cuello de pico le sentaba de maravilla, se ajustaba a sus hombros insinuando los músculos de sus brazos y de su torso.

Llevaba las mangas subidas, y eso le daba un aspecto muy sexy.

Lo contemplaba deslizarse por la habitación con ese andar elegante, natural y relajado, el caminar de un hombre que se siente cómodo consigo mismo. Dios, tenía un cuerpo magnífico, se dijo. Lo único que lo mejoraba era su rostro, y esos ojos grises que a ella le encantaban.

—Voy a llevar la butaca al otro dormitorio.

—Vale.

Jess recordó la primera vez que lo había visto al abrir la puerta de su casa.

Ryan le sonrió y al ver su sonrisa, sintió algo desconocido en su interior.

En aquel momento pensó que no se trataría de atracción, porque esa palabra era demasiado fuerte, ya que era la primera vez que se veían.

Pero supo que desde ese instante su vida ya no sería la misma.

Y no se había equivocado, se dijo. Pero había sacado algo bueno de ello.

En contra de lo que siempre había pensado, no estaba muerta respecto a los hombres.

Ryan volvió a entrar en el dormitorio y el corazón de Jess se aceleró de nuevo.

—Me gustaría ducharme. Si no te parece bien, puedo esperar a que venga alguien que pueda ayudarme.

Habló tan deprisa que Ryan supo que estaba alterada. Eso no le disgustó, porque sabía que era él quien le producía ese estado de intranquilidad.

Ryan la miró. Sabía que era una mujer apasionada, se dio cuenta las veces que la había follado. En ese momento su pasión estaba controlada, pero seguía ahí, esperando a que él la descontrolara, se dijo disimulando una sonrisa.

—No hay problema. Te sacaré el vendaje —dijo acerándose a la cama y sentándose en el borde después de retirar la ropa de cama.

Instintivamente, ella se bajó la camiseta que llevaba para cubrirse los muslos.

—¿Ahora te vas a mostrar recatada? Ya te he visto desnuda. Y no me importa verte las piernas. A pesar de que unas piernas como esas podrían volver loco a un hombre.

—¿Tú incluido?

—Por supuesto —dijo sin mirarla, mientras le desenrollaba la venda—. Y tus pechos no se quedan atrás. Tus pezones se marcan de forma descarada debajo de la camiseta.

—Es incómodo estar en la cama con sujetador. Pero si te vas a sentir mal, me lo pondré.

—No me voy a sentir mal, he visto demasiados pechos para que me afecte adivinar los tuyos.

—Lo supongo.

—¿Qué supones?

—Que nada de mi cuerpo te afectaría. No soy tu tipo de mujer.

—¿Cómo sabes cuál es mi tipo de mujer? No me conoces de nada.

—Eso es cierto. Y tienes razón, no puedo saberlo. Lo he dicho solo porque pensé en cuando vi a tu exnovia. O puede que tenga que decir novia, porque parece ser que sigues saliendo con ella. Supongo que si mantuviste una relación y has vuelto a salir con ella, será porque te gusta mucho.

Ryan la miró, pero no dijo nada.

—La pierna sigue todavía morada —comentó ella cuando quedó descubierta, y para cambiar de tema.

—El hematoma irá reduciéndose poco a poco.

Ryan la dejó sentada en el borde de la cama.

—Voy a sacarme la ropa.

—Vale.

Jess lo contempló mientras se iba quitando las prendas una a una, hasta que se quedó con el bóxer negro y se levantó. Ese hombre era sensualidad pura, de la que hace que el atractivo sea un extra.

Él sintió la mirada de ella clavada en su cuerpo durante todo el tiempo.

—¿Te importa que hoy tarde un poco más duchándome?, me gustaría lavarme al pelo.

—Tómate el tiempo que necesites.

—Necesitaré una toalla para el pelo.

—Las toallas están en el baño.

Ryan se acercó a la cama, la cogió en brazos y la llevó a la ducha.

Le quitó la camiseta por la cabeza. Su camiseta, se recordó.

Cada vez que se la pusiera, pensaría que ella la había llevado para dormir.

La dejó junto al lavabo sin soltar la cintura de Jess.

Abrió el grifo y casi al instante comenzó a salir agua caliente a la temperatura ideal.

Ryan se colocó detrás de ella, como había hecho la última vez.

Jess se lavó el pelo dos veces y se dio otra pasada con acondicionador. Era consciente de que estaba mojando a Ryan mucho más que la vez anterior, pero no lo oyó quejarse. El olor del gel de bañole recordó a cuando estuvo haciendo el amor con él y eso la excitó.

—¿Me pasas la toalla del pelo?

—Claro.

Jess se la enrollo en la cabeza. Luego se duchó.

—Ya he terminado.

Ryan cogió la toalla de baño y se la dio para que se envolviera en ella. Luego la cogió en brazos y la llevó a la cama.

—Estás completamente mojado —dijo ella mirándolo de arriba abajo.

—Lo sé. Me ducharé mientras te secas. Solo tardaré un minuto.

—De acuerdo.

Ryan se dirigió al baño de donde habían salido. Poco después volvió con una toalla envuelta a las caderas. Jess volvió a mirarlo de arriba abajo. Todavía llevaba el pecho húmedo, sin duda no se había secado para no tardar.

Jess lo miró una vez más. Pensó que era un hombre ferozmente masculino e irresistible. El hombre perfecto.

Ryan se acercó a la cama. Jess seguía con la toalla en el pelo y con la otra cubriendo su cuerpo.

—¿Quieres ponerte la misma camiseta?

—Prefiero ponerme la que me trajiste de casa, que es más larga. Es la negra con los dibujos de colores en la parte de delante.

Ryan la sacó del cajón y la dejó en la cama, le quitó la toalla, echando un buen vistazo a sus pechos y le metió la camiseta por la cabeza. Ella se la bajó para cubrirse.

—No sé si estás más buena con esa camiseta o desnuda —dijo él, sin mencionar que sus pezones estaban duros.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados, sorprendida por sus palabras, pero no hizo ningún comentario al respecto. Aunque no hizo falta porque sus mejillas se colorearon.

—Échate en la cama para que te ponga el vendaje.

Ella lo hizo y Ryan secó con la toalla el resto de humedad en sus piernas. Luego comenzó a vendarle la pierna.

—Voy a vestirme —dijo él cuando terminó.

—¿Te importaría traerme antes mi peine?

—Voy a por él.

Ryan se lo dio, la ayudó a sentarse y colocó la butaca junto a la cama para que apoyara la pierna.

—Ahora vuelvo.

—¿Tienes un secador?

—Te lo traeré cuando vuelva.

—Vale.

Jess lo miró cuando entró en el dormitorio.

Llevaba un pantalón con un cordón en la cintura.

No sabía si era un pantalón de pijama o de estar por casa.

Lo acompañaba con una camiseta de una universidad.

El pelo lo llevaba revuelto y la incipiente barba de dos días le daba un aire de peligro. Estaba sexy de la cabeza a los pies.

—Toma —dijo dándole el secador del pelo después de enchufarlo—. ¿Necesitas ayuda?

—Creo que podré apañarme, ya te he molestado bastante por hoy.

—No me importa que me molestes mencionó sentándose en el borde de la cama.

Ryan permaneció a su lado mientras ella se secaba el pelo.

—Creo que ya está suficientemente seco —dijo Jess.

Se había dado prisa, porque se sentía intranquila, solo por tenerlo tan cerca y mirándola.

Ryan cogió el secador, lo desenchufó y lo llevó al baño.

Jess estaba peinándose cuando regresó.

—Si no me hubieras pedido el secador, no me habría dado cuenta de que tenía que comprar uno para cada una de las habitaciones.

—Sí, estaría bien.

—¿Te ayudo a acostarte?

—¿Vas a darme de cenar?

—¿Otra vez quieres comer? —preguntó él con sarcasmo.

—Normalmente suelo comer tres veces al día.

—Era broma. Pero es mejor que te acuestes, estarás cansada después de la ducha. Sé que no es fácil estar durante tanto tiempo con todo el peso del cuerpo apoyado en una misma pierna.

—Tienes razón.

—Te ayudaré a acostarte, y luego te subiré la cena.

—Gracias.

Ryan le colocó la almohada debajo de la pierna y la tapó con el edredón.

—Eres la fantasía que ni siquiera sabía que tenía.

Jess se quedó paralizada al escucharlo. Ya le habían extrañado sus palabras de dos minutos atrás, pero no había esperado que él dijera algo así.

Ryan se quedó mirándola a los ojos y ella le devolvió la mirada, aún aturdida. Entonces se inclinó hacia ella, con las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza. Descendió hasta que sus labios se rozaron y la besó ligeramente. Ryan deslizó la lengua acariciando sus labios.

Jess no salía de su asombro. Estaba desconcertada. Empezó a faltarle el aire y abrió ligeramente la boca para poder respirar. Y entonces, él metió la lengua entre sus labios.

Tan pronto sus lenguas se encontraron, el beso se volvió apasionado, y Jess se lo devolvió de igual forma.

Parecía hambrienta de él. Sentía un calor abrasador en su interior, pero en vez de apartarse, lo cogió del pelo para que no se alejara de ella y siguió besándolo, hasta que él dio por terminada la sesión y separó el rostro del de ella.

Jess se quedó mirándolo a los ojos. Cada vez que ese hombre la besaba le robaba el aire de los pulmones y también la capacidad de pensar. Apartó las manos de su pelo y las dejó caer sobre la cama.

—No debí haberte besado, pero no he podido evitarlo —dijo él de pie junto a la cama.

—No me he quejado. Aunque me pregunto por qué tú puedes hacerlo y yo no.

—¿A qué te refieres?

—El viernes me rechazaste cuando iba a besarte.

—Tú también podías haberme rechazado, pero en vez de eso, me has devuelto el beso, con mucho ímpetu por cierto.