Capítulo 26 #3
—¿Y mermelada?
—Vale.
—Enseguida te lo subo.
—Gracias.
Poco después Jules la ayudó a incorporarse para que apoyara la espalda en el cabecero de la cama y colocó la bandeja con el desayuno en sus piernas.
Jules arrastró la butaca que había en un rincón y la colocó junto a la cama para sentarse cerca de ella.
Jess sabía poco de él, porque al vivir fuera de la ciudad no salía a menudo en las conversaciones del grupo de amigos. Así que pensó en hacerle algunas preguntas para ir conociéndolo.
—Me dijiste que Ryan y tú sois de Boston. ¿Tu familia sigue viviendo allí?
—Sí.
—¿Tienes hermanos?
—Dos hermanos y una hermana. Yo soy el mayor.
Jess escuchó los pasos de Ryan que se acercaban a la habitación y se preparó para el impacto que ese hombre provocaba en ella cada vez que lo veía. Sintió en el pecho una presión de anticipación. Estaba deseando verlo de nuevo.
—Hola. ¿Molesto? —preguntó Ryan desde la puerta del dormitorio.
A pesar de la naturalidad con que saludó, en el interior de Jess se desató una oleada de calor que se concentró entre sus muslos.
—Por supuesto que no. Trae una silla para que te puedas sentar —dijo Jules—. ¿Has terminado, Jess?
—Sí.
Jules dejó la bandeja del desayuno sobre la cómoda. Luego volvió a sentarse. Ryan regresó, dejó el sillón junto al de su amigo y se sentó.
—Si queréis salir a algún sitio o ir a comer, por mí no dejéis de hacerlo. No me importa quedarme sola.
—Yo no tengo intención de salir.
—Yo tampoco —dijo Ryan.
—¿Has salido con algún hombre recientemente? —preguntó Jules.
—No.
—¿Por qué?
—Puede que no sea lo suficientemente interesante para que nadie quiera salir conmigo.
—Cualquier hombre que tenga sangre en las venas desearía salir con una mujer como tú.
—Puede que no todos los hombres tengan sangre en las venas —dijo ella sonriéndole.
Jess miró a Ryan y él le devolvió la mirada, luego deslizó la vista hasta sus labios. El cuerpo de Jess reaccionó con un cosquilleo en su bajo vientre. Soltó un leve suspiro por sentirse así, cuando él ni siquiera la estaba besando. No podía entender cómo lo conseguía.
—¿Cuántos años tienes? Pareces muy joven —dijo Jules.
—No soy tan joven, el octubre pasado cumplí treinta años.
—No aparentas esa edad.
—Pues la tengo.
—Así y todo, eres una cría —indicó Ryan.
—No pensabas eso cuando te acostaste conmigo la primera vez, ni tampoco la segunda. Y solo hace unos meses de ello —dijo mirando a Ryan solo por un instante—. ¿Cuántos años tienes tú? —preguntó Jess a Jules.
—Me temo que demasiados. Treinta y siete. Ryan y yo tenemos la misma edad, incluso cumplimos años el mismo mes, en junio.
—Tienes razón, tienes muchos años. Aunque he de reconocer que muy bien llevados.
—Gracias, cielo. ¿Tú tienes hermanos? —preguntó Jules.
—No.
—¿Dónde viven tus padres?
—Ambos fallecieron en un accidente en septiembre del año pasado.
—Lo siento. ¿Tienes más familia?
—No, no tengo a nadie. De todas formas, nunca estuve muy apegada a mis padres.
—¿Eran problemáticos? Lo siento, no he debido hacerte una pregunta tan personal.
—No te preocupes, todos los del grupo saben mi historia, así que supongo que tú también deberías saberla.
—Me gustaría.
Jess le habló de sus padres y de sus abuelos, y de la vida que había llevado.
—Vaya. No se portaron muy bien contigo.
—Con el tiempo te acostumbras a vivir en soledad. Puede que esa sea la razón de que sea poco sociable y no tenga amigos.
—Pues yo creo que socializas muy bien, y tienes un buen grupo de amigos.
—Ahora sí. Pero no los años que estuve en el internado, ni en la universidad, y tampoco mientras trabajé en Atlanta.
No me sentía a gusto con la gente. Nunca he confiado en mí misma.
Siempre he sentido miedo. Todas las personas que había a mi alrededor, preferían a otras antes que a mí, incluidos mis padres y mis abuelos.
—Lo siento, cielo.
—He pasado toda la vida sola y no he dependido de nadie desde pequeña. Sé que nada de lo que ha pasado en mi vida o de lo que he sentido ha sido culpa mía, sin embargo, siempre me he sentido culpable.
Y entonces, Jess le habló de lo ocurrido desde la muerte de sus padres.
—Al menos, te dejaron la vida arreglada.
—Sí, no me puedo quejar.
—Además, eres socia de Stanford. Y nada menos que habéis comprado un edificio entero.
—Estoy muy ilusionada. Mañana empiezan las obras. Va a encargarse una empresa que se dedica a ello, pero Sean ha hecho los planos y supervisará la obra.
—Sean es un arquitecto fantástico.
—Eso he oído.
—Tengo entendido que vivías en Atlanta.
—Sí. Me mudé aquí en enero de este año. Vine conduciendo, bueno, vinimos, porque Ryan me acompañó —dijo echando una ligera mirada al mencionado.
—¿Te has acostumbrado ya a la ciudad?
—Sí.
—¿Te compraste una casa?
—No, vivo en un piso de alquiler, no quise comprar uno por si no me gustaba vivir aquí. Había oído que Ryan no se sentía bien viviendo en Atlanta y pensé que a mí también podría ocurrirme lo mismo. Pero me gusta esto. Y, sobre todo, me gustan nuestros amigos. Ahora eres también amigo mío.
—Desde luego que sí.
—¿Tú te llevas bien con tu familia?
—Siempre nos hemos llevado bien. No los he visto desde hace mucho tiempo y pensé que nuestra relación habría cambiado.
Pero ayer llamé a mis padres y todo sigue igual.
Están ilusionados con que vuelva a Nueva York.
Cuando vivía aquí iba a verlos a menudo, o venían ellos a pasar algún fin de semana conmigo, y tenía contacto con mis hermanos.
Pero cuando me mudé a Seattle todo cambió.
—Háblame de tu padre.
—Mi padre siempre se preocupó mucho por mí, sobre todo cuando era adolescente.
Puede que porque sabía que era gay y pensaba que lo tendría más difícil que cualquier otro chico de mi edad, con esa inclinación sexual.
Siempre iba a mi habitación antes de acostarse y me preguntaba cómo me había ido el día —comentó con una sonrisa en los labios.
—A mí nunca me ha sucedido algo así, pero tiene que ser agradable que tus padres se interesen por ti.
—Eso te lo puedo asegurar. Mi madre también es fantástica. La recuerdo sentada en mi cama, después de llevarme un vaso de leche. Me miraba sonriendo mientras le contaba algo. Ambos me decían a menudo lo orgullosos que se sentían de mí, por cualquier cosa que hiciera. Eso me llenaba de felicidad.
—Debe ser bonito.
—He pasado tres años horribles en Seattle. A veces, cuando estaba solo en casa, miraba las fotos que me había llevado. Que he de decir que tenía guardadas en una caja, porque Richard, poco a poco fue sacándolas del salón.
—Ese tío es un cretino —dijo Jess indignada.
—Tienes razón. Miraba las fotos en las que estaba yo y me veía como a una persona desconocida.
En otras estaba rodeado de mi familia, de mis hermanos, de mis amigos, todas personas que me querían.
En las fotos reconocí que me sentía feliz con lo que tenía y disfrutaba de la vida.
Quería volver a ser ese hombre que había sido aquí y que sin darme cuenta estaba desapareciendo.
—Alguien muy importante en mi vida me dijo unas palabras que nunca he olvidado.
—¿Qué te dijo?