Capítulo 25 #2
—Por supuesto que puedo creerlo, y no tienes por qué avergonzarte. Estaré a tu lado para lo que necesites.
—Gracias. Por lo pronto, esta noche le escribiré un mensaje a Richard diciéndole que se ha presentado una emergencia y he tenido que venir a Nueva York.
—¿Cómo crees que se lo va a tomar?
—Se va a poner furioso.
—Mañana deberías hablar con todo el grupo. Cuéntales lo que me has contado a mí. Y no te dé vergüenza.
—De acuerdo.
—Entre todos lo solucionaremos.
Esa noche, a Ryan le costó conciliar el sueño. Pensó en Jules y en todo por lo que estaba pasando. Cuando decidió dejar esos pensamientos de lado, fue Jess quien apareció en su mente. Pensó en todo lo que había sucedido entre ellos. Lo primero que le vino a la cabeza fue la noche que se conocieron.
Cuando salió de casa de Jess aquella noche se previno a sí mismo que no podía volver a pensar en ella, en esa chica tan inocente. Y ahora resultaba que el inocente era él, que no estaba preparado para la oleada de sentimientos que lo invadía.
Unas semanas más tarde, cuando ella ya pertenecía al grupo de amigos, se dijo que no era conveniente que olvidara un rasgo importante de aquella mujer: que era muy inteligente, lo que significaba que era peligrosa. Y se lo había dicho a sí mismo un millón de veces.
Luego pensó en las dos veces que habían estado juntos y habían echo el amor.
En esas dos ocasiones, al día siguiente, había sido un auténtico suplicio.
Alucinaba al darse cuenta de lo rápidamente que se había acostumbrado su cuerpo a ella.
Y le parecía asombroso el deseo que sentía por esa chica.
Jamás había deseado a una mujer de esa forma y nunca había disfrutado tanto con una.
Luego pasó a pensar de nuevo en su amigo Jules. Era increíble como una persona era capaz de anular a otra. Nunca habría creído posible que Jules cambiara hasta convertirse en… nada. Cuando él sabía positivamente que siempre había sido un hombre seguro de sí mismo.
Jess estaba boca arriba con los ojos cerrados. Al escuchar que alguien tocaba suavemente con los nudillos en la puerta se giró.
—Buenos días.
—Buenos días. Menos mal que has venido. Llevo un buen rato con ganas de gritar.
—¿Y eso?
—Necesito ir al baño, si tardo un minuto más me orinaré en la cama.
—¿Por qué no me has llamado? Sabes que duermo en la habitación de al lado —dijo Ryan adentrándose en el dormitorio.
—No quería molestarte.
—¿Y qué pensabas hacer? —preguntó retirando las sábanas y cogiéndola en brazos con cuidado.
—Me estaba planteando ir a la pata coja.
—Ni se te ocurra hacer algo así. Si te cayeses tendrías un grave problema.
—Por eso no lo he hecho.
—Voy a dejarte en el suelo —mencionó Ryan cuando entraron en el baño—, pero apoya solo el pie bueno.
—Vale.
—Recuerda, no apoyes el pie.
—Vale, vale, pero date prisa, por favor.
Ryan sonrió mientras la dejaba sentada y salió del baño para darle un poco de privacidad. Cuando oyó la cisterna del váter entró y la levantó.
—Tengo que lavarme las manos.
Ryan la sujetó de pie frente al lavabo. Sus miradas se encontraron a través del espejo. Cuando terminó de lavarse la llevó de nuevo a la cama.
—¿Vas a darme algo para comer o te saltarás el desayuno como hiciste con la cena de ayer?
—Jess, estabas profundamente dormida.
—Pues estoy hambrienta.
—Puede que la culpa fuera mía —dijo Jules desde la puerta.
Jess giró la cabeza para mirarlo.
—Ryan me habló de la medicación que habías tomado y sabía que dormirías hasta hoy. Él quería despertarte, pero le dije que era mejor que durmieras.
Sin poder evitarlo, Jess lo escaneó de arriba abajo. Ese hombre era digno de admiración. Se preguntó quien sería. Cuando sus miradas se encontraron, él le dedicó una sonrisa perfecta de chico bueno.
Era un hombre guapísimo. El azul de sus ojos era precioso y tenía unas arruguitas de la risa que lo hacían aún más atractivo.
Su físico exudaba sexualidad. Cualquier mujer estaría encantada de que se fijara en ella.
Vestía pantalón negro y una camisa de seda gris.
Tenía el pelo rubio y los mechones le rozaban el cuello de la camisa.
—¡Dios mío! Pareces el líder de los ángeles caídos: poderoso, elegante, fascinante y encantador. Debería existir una ley que no permitiera que hombres como tú se cruzaran con una mujer, que no estuviera arreglada y guapa.
Ryan se dio cuenta de la forma en que miraba a su amigo y se rio sin intentar disimularlo, porque estaba completamente seguro de que Jess no se había dado cuenta de que había dicho esas palabras en voz alta.
Jess desvió la mirada hacia Ryan. Los ojos le brillaban al reírse, y de pronto lo encontró tan increíblemente guapo que perdió el aliento, olvidándose por completo del desconocido. Sintió el calor del rubor en sus mejillas y no fue por vergüenza, sino por deseo.
—Mi amigo va a pensar que eres una descarada mirándolo de esa forma y diciéndole todas esas cosas. Jules, entra para que pueda presentarte.
Jules se acercó a la cama. Cuando ella lo miró su rostro se coloreó al instante.
—Jess, él es Jules Bay. Ella es Jess.
Jules se inclinó y la besó en la mejilla.
—Un placer conocerte.
—Igualmente.
—Con que el líder de los caídos, ¿eh?
—El rubor del rostro de Jess se intensificó.
—Ryan me había dicho que eras guapa, pero, joder, eres un bombón.
—Jules es el amigo médico de quien te hablamos, el que vive en Seattle.
—Oh. Encantada de conocerte —dijo ella dedicándole una radiante sonrisa—. No sabía que ibas a venir.
—¿Te habrías arreglado y puesto guapa para mí de haberlo sabido?
—Disculpa, no me había dado cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—No me ha importado escucharte. Y me han halagado tus palabras. Ryan me llamó ayer por la tarde y me dijo lo que te había sucedido. Me pidió que viniera a verte.
—¡¿Has venido a verme a mí?!
—Por supuesto. Luego le echaré un vistazo a la pierna. Pero primero será mejor que desayunes. He escuchado que tienes hambre.
—Estoy hambrienta.
—¿Quieres desayunar con nosotros o prefieres que te subamos el desayuno? —preguntó Jules.
—Si no es mucha molestia, me gustaría desayunar con vosotros.
—No es ninguna molestia. Ryan, ve preparando el desayuno, yo bajaré a Jess.
—Yo puedo bajarla.
—No te preocupes, a mí no me importa —insistió Jules retirando la ropa de cama—. ¿A ti te importa que te lleve en brazos a la cocina?
—Por supuesto que no. Pero antes me gustaría ponerme unas bragas.
—No hay problema, te ayudaré —dijo él sonriendo.
—Empieza tú a preparar el desayuno, yo me encargaré de Jess —dijo Ryan apartándolo de ella de manera sutil.
—De acuerdo —expresó Jules sonriendo.
Ryan sacó unas bragas del cajón de la cómoda donde había guardado su ropa, se las metió por las piernas y se las subió sin mirarla ni un solo segundo.
—¿Estás celoso de Jules?
—No digas tonterías.
Ryan la cogió en brazos, ella le rodeó el cuello con los suyos y bajaron la escalera.
Entraron en la cocina y dejó a Jess en el suelo sin soltarla.
—No apoyes el pie.
—Lo sé.
Ryan la ayudó a sentarse en la silla. Colocó otra delante y le puso la pierna sobre ella.
—Traeré un cojín del sofá para ponértelo debajo de la pierna —dijo Jules saliendo de la cocina.
—Trae también la medicación que está en su mesita de noche —le pidió Ryan.
—Vale.
—¿Te parece bien que te prepare un café con leche y unas tostadas? —preguntó Ryan.
—Genial.
—¿Cuántas tostadas quieres?
—No sé, tres, cuatro…, tengo mucha hambre —dijo ella dedicándole una tierna sonrisa.
—Jules entró en la cocina con el cojín y se lo puso debajo de la pierna.
—Gracias.
—De nada, cariño. Tienes que tomarte una de estas cápsulas con el desayuno.
—Espero que sea para el dolor.
—Has acertado —mencionó Jules sonriéndole—. Después de desayunar le echaré un vistazo a tu pierna.
—¿Qué especialidad tienes?
—Traumatología.
—Ah, vale. Aunque no podrás apreciar nada si no ves la radiografía.
—Bueno, no me importará verte las piernas.
Jess no pudo evitar reírse.
—Gracias.
Jess intentaba con todas sus fuerzas no mirar a Ryan, pero no lo conseguía, porque ese hombre era irresistible y se sentía fascinada por él. Se movía por la cocina con soltura, como si estuviera acostumbrado a cocinar, pensó.
—Saca una bolsa de hielo del congelador y pónsela junto a la pierna —pidió Ryan a su amigo.
Después de hacerlo, Jules se acercó a la bancada para ayudarle a preparar el desayuno.
Jess los miró a los dos.
—Parecéis muy compenetrados en la cocina, como si hubierais cocinado juntos muchas veces.
—Y lo hemos hecho, aunque ha pasado algún tiempo desde entonces —dijo Jules—. Vivimos juntos cuando estábamos en la universidad. Y cuando terminamos la carrera, vine a vivir con Ryan a Nueva York. Sus padres eran ricos y tenía un apartamento. Me ofreció vivir con él hasta que encontrara trabajo.
—¿Os conocisteis en la universidad?
—No, nos conocemos desde que teníamos cinco años. Íbamos juntos al colegio. Los dos somos de Boston.
—Me gustaría haber tenido un amigo o amiga de toda la vida.
—Yo siempre he agradecido la amistad que tenemos Ryan y yo. Es como si fuéramos hermanos —mencionó Jules dejando sobre la mesa el plato con tostadas.
—Supongo que será así.
—Siéntate Jules, ya llevo yo a la mesa lo que falta.
—¿Cómo te dio por hacer la especialidad de forense?
—Supongo que influyó que fuera muy tímida. Trabajaría con cadáveres y ellos no hablarían.
Jules se rio.
—No creas sus palabras. Jess no tiene nada de tímida. A veces pienso incluso que el rubor que muestra en algunas ocasiones es fingido —señaló Ryan sentándose a la mesa.
—No le hagas caso. Ryan no me conoce en absoluto. Y puedo asegurarte que soy muy tímida.
—Lo cierto es que, dejando de lado el repaso me has dado cuando estaba en la puerta de tu habitación, las palabras que me has dedicado y el sonrojo de tus mejillas al darte cuenta de que no me había pasado desapercibido, no he notado en ti ninguna timidez —dijo Jules.
—Pues soy muy tímida, te lo aseguro —recalcó ella sonriéndole.
—Si tú lo dices.