Tan irresistible como Stanford Capítulo 25
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Capítulo 25

Ryan abrió la puerta de la verja para que su amigo entrara y luego salió a reunirse con él.

—Gracias por venir —dijo Ryan mientras caminaban hacia la casa.

—No me des las gracias, puede que tú me hayas ayudado a mí al pedirme que viniera. El otro día no pude ver tu casa, es impresionante.

—Sí.

—¿Cuántas habitaciones tiene?

—Doce y dos para el servicio.

—Guau. Me da la impresión de que no la compraste solo para vivir en ella, sino con vistas al futuro.

—Y no te equivocas. Estoy cansado de la vida que llevo. Quiero sentar la cabeza. Cada vez me dan más envidia nuestros amigos. Cuando la compré pensé también en todo el grupo, quería que cada pareja tuviera su cuarto. Por supuesto uno es el tuyo. ¿Has tenido buen viaje?

—Sí. Ha sido un poco precipitado, pero me alegro de haber venido.

—¿A Richard le ha parecido bien?

—No sabe que estoy aquí. Esta mañana hemos discutido y no lo he visto desde entonces. No me ha dado tiempo a ir a casa, de lo contrarió habría perdido el vuelo, por eso vengo sin equipaje. Ya hablaremos de Richard más tarde —dijo Jules mientras subían los escalones del porche.

—He preparado la cena.

—Estupendo, me muero de hambre —mencionó Jules mientras entraban en la casa. Ryan cerró la puerta.

—¿Quieres refrescarte o cambiarte de ropa?

—Me vendría bien ducharme, pero lo haré más tarde.

—¿Quieres que te enseñe la casa?

—No hay prisa, la veré mañana.

Jules se acercó al fregadero para lavarse las manos.

—Voy a subir a verla, por si se ha despertado —dijo Ryan.

—Vale.

—Por cierto, se llama Jessica, pero la llamamos Jess.

—Bien.

Poco después Ryan entró en la cocina y se sentaron a cenar.

—Estaba profundamente dormida.

—Si le has dado a última hora de la tarde la medicación que me has mencionado dormirá hasta mañana por la mañana.

—¿Habrá peligro de que mueva la pierna dormida?

—¿Lleva la pierna vendada?

—Sí, le he puesto yo el vendaje cuando hemos vuelto del hospital esta mañana y después de que se duchara.

—¿Tuvo que ducharse cuando volvió del hospital? Podía haber esperado, no creo que le corriese tanta prisa. Supongo que el traumatólogo le diría que no puede apoyar el pie en el suelo.

—No lo apoyó. Lo tuvo en alto mientras se duchaba. Yo la sujetaba por detrás. Y sí tenía prisa por ducharse. Es médico forense y tuvo el accidente mientras estaba en un bosque examinando un cadáver.

—¿Médico forense?

—Sí.

—Ahora entiendo la necesidad de ducharse. Vaya, médico forense. Supongo que será una chica interesante.

—Lo es.

—Háblame de ella.

Mientras cenaban, Ryan le contó todo lo que sabía de Jess.

—Desde luego que es interesante, no me había equivocado. Y parece que a todo el grupo le cae bien.

—Sobre todo a Delaney. Parece que tiene debilidad por ella.

—Ya sabemos que es muy protector.

—Con ella creo que es demasiado protector.

—¿Estás celoso?

—No lo creo.

—De manera que recogió a un mendigo de la calle y lo trajo a Nueva York, lo metió en su casa y le buscó trabajo. Y no un trabajo cualquiera, sino de guardaespaldas de Stanford.

—Ese es un buen resumen.

—¿Cómo es ese hombre?

—Según las chicas del grupo, un hombre notable.

—Y ha vivido en casa de Jess.

—No creas que me hizo mucha gracia. Los chicos piensan que entre Ian y ella hay algo.

—Supongo que Ian es el guardaespaldas.

—Sí.

—¿Y qué problema tienes? Siempre se te han dado bien las mujeres.

—Eso creía yo. Pero Jess es diferente a todas las que he conocido.

Jamás he sentido nada parecido por ninguna otra mujer.

Nunca habría podido imaginar que pudiera sentir las cosas que ella me provoca, y no estoy hablando de sexo.

Jamás he sentido la necesidad de saber lo que pensaba una mujer determinada.

—Y con ella sientes todo eso.

—Sí. Es tierna, dulce e inocente y, al mismo tiempo apasionada y entregada. Hace que mi corazón se acelere cuando está cerca.

—Nunca pensé que llegaría a escucharte decir algo así.

—Supongo que a todos nos llega la hora.

—Bien. Ya me has hecho un resumen de ella. Ahora cuéntame qué hay entre vosotros y cómo os conocisteis.

Ryan le contó en primer lugar lo de la chica que vio en Atlanta en una cafetería. Y a continuación le habló de cómo se conocieron.

—¿Me estás diciendo que esa chica, que según tú era tímida, fue a una agencia de contactos y contrató a un hombre para acostarse con él?

—Sí.

—¿Y era la misma mujer que habías visto en Atlanta un tiempo atrás y que a pesar del tiempo transcurrido, no la habías olvidado?

—Exactamente.

—Fuiste un poco cabrón al acostarte con ella, haciéndote pasar por el hombre que había contratado.

—Lo sé.

—No quiero pensar lo que hubiera ocurrido si se hubiera presentado ese tío cuando estabais a mitad de la faena.

—Yo tampoco. Fue una coincidencia que no se presentara.

—Como la de que fuera la misma chica de Atlanta.

—Sí, dos coincidencias.

—Dos coincidencias son demasiadas.

—Eso creo yo también.

Poco después Jules estaba al corriente de todo lo que había habido entre ellos dos.

—De manera que no os habéis acostado solo una vez.

—No. Esa chica es una contradicción —dijo Ryan con una sonrisa en los labios—.

Puede sonrojarse por cualquier cosa insignificante, pero las veces que hemos estado juntos se ha mostrado increíblemente desinhibida.

Nunca he tenido una amante como ella. Es discreta y tímida, pero de pronto se vuelve salvaje, dándome un placer que jamás he sentido con anterioridad.

Y, a pesar de su timidez, me dice sin rodeos lo que quiere que le haga para satisfacerla.

Tiene un talento asombroso para hacer que dé rienda suelta a mis primitivos impulsos, sin ni siquiera saberlo.

—Algo así resulta perturbador.

—No puedes imaginar hasta qué punto lo es. Yo siempre he llevado el control en cualquier relación que he tenido con una mujer. Además, solo le permitía el grado de intimidad que a mí me convenía y cortaba con ella cuando quería. Pero con Jess me siento como si fuera ella quien llevara el control.

—Por lo que me has dicho antes, Jess pensó que le pediste salir para poder acostarte con ella unas cuantas veces, hasta que te cansaras y que luego cortarías con ella.

—Sí, eso es lo que creyó. Y me dejó bien claro que, aunque quisiera tener una relación seria, no estaba interesada.

—Eso te dolería —dijo Jules con sarcasmo.

—La verdad es que sí.

—Bah, no te preocupes. Tú encontrarás la manera de llegar a ella. Mira donde la tienes ahora, en tu casa.

—Hoy intentó besarme… y rechacé el beso.

—¿Pero no me has dicho que estás loco por ella?

—Pero tengo mi orgullo, joder. No confió en mí y me juzgó sin conocerme.

—Piensa que es novata… y tímida. Seguramente se sintió intimidada.

—¿Intimidada? Te aseguro que esa mujer no es fácil de intimidar.

—Por lo que me has contado, no fuiste muy delicado al decirle lo que sentías por ella.

—Lo sé. Pero ella fue quien me rechazó.

—Y supongo que estás esperando que ella se acerque a ti.

—Sí.

—¿Como ha hecho hoy al intentar besarte, por ejemplo?

—¡Hostia puta!

—No pienses más en ello. Me muero por conocer a esa tímida chica. Y, joder, nada menos que médico forense. Eso ya acojona —dijo riendo.

Después de recoger la cocina Ryan llamó a Tess para decirle que Jules estaba en su casa y que se quedaría hasta el domingo por la tarde.

—Mañana los verás a todos, porque han decidido que vendrán a pasar el día aquí.

—Tengo muchas ganas de verlos. Cuando vine a ver a Abby y a su bebé, no tuvimos tiempo de hablar. ¿Cómo está el bebé?

—Muy bien. Es una niña preciosa.

—¿Y ella?

—También está bien, y tan preciosa como su hija.

—Vamos al salón a tomar una copa.

Estuvieron hablando del grupo de amigos y luego Ryan sacó el tema del que Jules no le gustaba hablar.

—¿Qué pasa entre Richard y tú?

—Las cosas no van bien entre nosotros.

—Yo lo sé desde hace mucho tiempo. Te dije que si necesitabas hablar me lo dijeras.

—Para mí es embarazoso. Me enamoré de él en el momento que lo conocí. Me pareció un hombre encantador. Pero no me había dado cuenta de lo que estaba sucediendo.

—¿A qué te refieres?

—Hemos llegado a un punto en el que me siento completamente anulado. Es él quien toma todas las decisiones, hasta las más insignificantes. Ya no tengo la ilusión que tenía cuando me fui a vivir con él. Las cosas han ido cambiando poco a poco.

—Tú también has cambiado.

—Lo sé. Me siento aislado, sin familia, sin amigos y... solo con él.

—Sigues teniendo familia y amigos. Jules, ya sabes cómo suceden esas cosas.

—Sí, lo sé. Y ahora entiendo como se sienten esas personas que viven mi misma situación. Ya no soy yo.

—Al menos tienes claro qué es lo que sucede. Las personas que pasan por lo que tú estás pasando, tardan mucho en darse cuenta de lo que es la realidad. A veces lo hacen cuando ya no hay solución. Por cierto, ¿cómo te has dado cuenta de lo que sucedía y cuándo?

—Hace cosa de dos meses. Fue a razón de una paciente.

Su pareja le dio una paliza. Estuve hablando con ella mucho tiempo y comprendí que, aunque Richard no me maltrataba físicamente, yo me sentía igual que ella.

Durante esos dos meses estuve pensando en la vida que había llevado desde que me fui a vivir con él.

Me di cuenta de que echaba muchísimo de menos a mis padres y a mis hermanos.

Y a nuestro grupo de amigos. Y a ti. Echaba de menos nuestras charlas.

Muchas veces estuve a punto de llamarte, pero me daba tanta vergüenza…

Jules se tomó unos segundos para calmarse, porque se sentía alterado. Ryan permaneció en silencio esperando.

—No comprendía cómo era posible que yo hubiera cambiado tanto, hasta el punto de no reconocerme —dijo con los ojos brillantes por la lágrimas que no dejaba escapar.

—Yo sabía lo que te estaba pasando, pero tenías que ser tú quien pidiera ayuda. Esto es lo mismo que le sucede a un drogadicto, o a un alcohólico, primero ha de ser consciente de lo que pasa a su alrededor y luego intentar cambiar las cosas y, si no lo consigue por él mismo, pedir ayuda.

—Lo sé.

—¿Has pensado qué vas a hacer y cómo?

—Me avergüenza decirlo pero, ¿puedes creerte que tengo miedo?