Tan irresistible como Stanford Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Ryan no había pronunciado una sola palabra, cosa que le extrañó a Jess, porque él no era de los que se callaba nada.

—¿Has terminado?

—Solo me queda enjuagarme.

Los dos siguiente minutos Ryan estuvo pensando en una operación, mientras imaginaba que tenía a la vista los órganos internos. Eso hizo que su excitación se esfumara rápidamente.

—Ya he terminado.

Él apartó una de las manos de su cintura para coger la toalla y dársela.

—Envuélvete en ella, ya te secarás sentada en la cama.

—Vale.

Ryan la cogió en brazos envuelta en la toalla, la sacó de la ducha y salió del baño.

—Sécate el cuerpo, yo me encargaré luego de las piernas —dijo cuando la dejó sentada a los pies de la cama—. Procura no hacer movimientos bruscos. Voy a vestirme y vuelvo a ayudarte.

—Bien. Siento haberte mojado.

—No te preocupes. Te traeré una camiseta limpia para que la uses de pijama.

—Gracias.

Ryan volvió poco después vistiendo un vaquero y un suéter gris.

Corrió la butaca hasta colocarla frente a ella.

Le metió la camiseta por la cabeza, porque no soportaba verle sus fantásticos pechos, aunque ella aún los cubría con la toalla.

Se sentó y le quitó el vendaje mojado. Luego le secó las piernas con suavidad.

Abrió la cama, la cogió de nuevo en brazos y la depositó en un lado de la misma.

Le bajó la camiseta todo lo que pudo para cubrirle los muslos, porque era una tentación demasiado grande.

—Voy a por las vendas y la medicación.

—Súbeme el bolso, por favor. Seguro que tendré alguna llamada en el móvil.

—Vale.

Ryan volvió unos minutos después, además de lo que le había dicho que iba a traer llevaba una botellita de agua, un vaso y una bolsa con hielo. Dejó el bolso sobre la cama. Ella sacó el móvil y lo desbloqueó.

—Dios, tengo un montón de llamadas. Muchas de los chicos. Y una de mi jefe. Le llamaré a él primero cuando acabes.

—¿Cómo te sientes?

—Dolorida. No sabía que esto doliera tanto.

—No pareces muy quejica.

—Nunca lo he sido.

—Saca de la bolsa de los medicamentos la nota que te ha dado el médico. Seguro que hay algo para el dolor.

—Sí. Tengo que tomar una cápsula de estas —dijo después de leerla y mostrándole la caja del medicamento.

—Tómatela ahora, tardará una media hora en hacerte efecto —explicó poniendo agua en el vaso y acercándoselo.

—Gracias.

—Eso calmará el dolor y te adormecerá.

—Dios, tengo la pierna completamente morada —dijo ella mirándola.

—Solo serán unos días.

—¿Te importa que llame a mi jefe?

—Por supuesto que no. ¿Quieres que te deje sola?

—No hace falta.

—Te pondré el vendaje mientras habláis.

Jess habló con su jefe durante diez minutos, los que tardó Ryan en vendarle la pierna con sumo cuidado.

—¿Te ha dicho que tienes que trabajar estando como estás?

—He sido yo quien ha examinado el cuerpo y tengo que hacer el informe. Lo haré cuanto antes para no olvidarme de los detalles que recuerdo y que no tengo apuntados.

—El informe tendrá que esperar a que despiertes, porque te dormirás en unos minutos —dijo él mientras le ponía una de las almohadas debajo de la pierna vendada y colocaba la botella con hielo junto a ella.

—En ese caso, lo haré más tarde.

Él la cubrió con el edredón, aunque ella sacó los brazos.

Ryan se sentó en el borde de la cama a su lado. De pronto hizo algo que Jess jamás habría esperado que hiciera, acercó la mano a su rostro y acarició con delicadeza su mejilla con las yemas de los dedos. Los bajó hasta sus labios y luego los deslizó por su cuello.

Ella no dejó en ningún momento de mirarlo a los ojos. Y entonces, Jess le rodeó el cuello con una de sus manos para acercarlo y buscó su boca con la de ella.

—¿Tienes algo para apuntar? —preguntó él de pronto, separándose con lentitud, antes de que se besaran.

—Sí, en el bolso —dijo ruborizada y avergonzada porque la rechazara. Buscó en el bolso la libreta y un bolígrafo y se lo dio sin mirarlo.

—Dime lo que necesitas de tu casa.

Jess fue mencionando todo lo que recordó. Ryan arrancó la hoja y le devolvió la libreta y el bolígrafo.

—Dame las llaves de tu casa.

Ella se las dio, además del mando para entrar en el garaje.

—Es el piso…

—Sé que piso es, ya estuve en tu casa. ¿Necesitas que te compre algo?

—No.

—Volveré lo antes posible. Ten el móvil a mano por si recuerdas algo y necesitas llamarme.

—De acuerdo.

Jess se quedó sola en la habitación. En su preciosa habitación, porque él le había dicho que era suya.

Aunque no debería estar contenta, después de que él rechazara su beso.

Y lo entendía, salía con otras mujeres, con el tipo de mujeres que a él le gustaban.

Puede que hace algún tiempo se sintiera atraído por ella, pero ese tiempo había pasado.

Ian se había equivocado, porque si alguna vez había sentido algo por ella, eso había cambiado.

Jess notó que cuando él se fue, el aire del dormitorio se volvió más ligero, y no supo a qué se debía. Sabía que no sentía nada por ella, pero muchas mujeres matarían por estar con ese hombre, y ella iba a estar unos días en su casa.

Poco después estaba profundamente dormida.

Ryan salió de su propiedad con el coche y llamó a su amigo Jules.

—Hola, Ryan.

—Hola, Jules. ¿Cómo va todo?

—Bien.

—No te noto muy convencido.

—¿Por qué me llamas? Nos vimos hace unos días —dijo Jules cambiando de tema para que no le preguntara nada más.

—Quiero pedirte un favor.

—Dime.

—Una amiga del grupo tuvo ayer un accidente.

—¿Cuál de ellas?

—Es nueva, y no la conoces.

—¿En serio hay una chica nueva en el grupo? No me dijisteis nada el otro día.

—No puede decirse que estuvieras aquí mucho tiempo. Se unió al grupo hace unos meses.

—Tampoco me lo dijiste cuando viniste a verme hace un mes y medio.

—Eso no importa ahora. El caso es que está en mi casa y tengo que cuidar de ella durante unos días.

—¿Por qué está en tu casa?

—Porque Tess me lió.

—Supongo que el que la llevaras a tu casa sería su objetivo.

—Seguro que no te equivocas.

—Si no querías que estuviera en tu casa le podías haber dicho que no.

—Sí, podía haberlo hecho, pero…

—Vaya, no me lo digas. Esa chica te gusta.

—Sí.

—¿Hasta qué punto te gusta?

—Estoy loco por ella.

—¡¿Estás enamorado?!

—Sí. Pero las cosas no van bien entre nosotros.

—No querrás pedirme que vaya a ayudarte a conquistarla.

—No. Pero sí me gustaría que vinieras, aunque fuera el fin de semana. Quiero que le veas la pierna.

—Dime qué le ocurre.

—Tiene una fisura en la fíbula y dos ligamentos dañados.

—Hay que llevar cuidado con su recuperación.

—Lo sé.

—De acuerdo. Así conoceré a esa mujer que ha sido capaz de retirarte del mercado.

—Todavía no estoy retirado. Un momento, ¿eso quiere decir que vas a venir?

—Tan pronto cuelgue miraré cuándo sale el primer vuelo. Estoy conduciendo de camino a casa. Si hay un vuelo para hoy mismo, es posible que no tenga tiempo de ir a casa a coger algo de ropa, tendrás que prestarme algo.

—No hay problema, ya sabes que usamos la misma talla.

—Te llamo en unos minutos.

—Vale.

—Hasta ahora.

Ryan entró en casa de Jess. Había pasado todo el camino pensando en ese beso que no habían llegado a darse.

Seguramente ella habría pensado que ya no la deseaba, pero, ¡Santa madre de Dios!

Jess jamás podría imaginar cómo había deseado besarla, aunque no solo deseaba besarla, lo que quería era comérsela de un solo bocado.

Una hora y diez minutos después Ryan entró en su propiedad. Era la primera vez que se moría de ganas de volver a su casa, y era porque Jess estaba en ella. Deseaba verla más que nada.

Subió al cuarto que le había asignado y la encontró profundamente dormida. Se quedó contemplándola un instante. Comprobó que la pierna estuviera sobre la almohada y luego salió de la habitación.

Bajó a la planta baja y llamó a Tess. Le dijo que no viniera ninguno de los maridos de las chicas a ver a Jess, porque había tomado la medicación y estaba profundamente dormida. Tess le dijo que llamaría a todos para decírselo.

Poco después, Tess le envió un mensaje a Ryan diciéndole que al día siguiente se reunirían todos en su casa, pero que no se preocupara porque llevarían la comida. A Ryan le pareció bien. No le mencionó nada de Jules, porque no estaba seguro de si vendría.

Aunque Jules le llamó unos minutos después. Llegaría a Nueva York a las nueve y media de esa noche. Le pidió que no fuera a recogerlo, porque era mejor que no dejara sola a Jess.