Tan irresistible como Stanford Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Iré a mi casa y contrataré a alguien que se quede conmigo el tiempo que necesite. Puedes marcharte.

—No pierdas tiempo discutiendo. Vas a venir a casa conmigo y dejarás que te cuide.

En la mente de Jess le daba vueltas la frase: Ryan no quiere hacerlo, no quiere tenerme en su casa.

—Esto es lo último que quisieras hacer.

—No te lo voy a discutir, pero no quiero estar a malas con tu amigo Delaney. Y si no lo hago, Tess se lo dirá.

—No te preocupes por Delaney.

—Jess, no es que no quiera hacerlo, es que la sola idea me pone un poco nervioso. No he llevado a ninguna mujer a mi nueva casa, y ni siquiera duermo con las mujeres con las que salgo, y tenerte allí unos días…

—Bueno, en realidad yo ya he estado en tu casa, aunque no nos hayamos acostado allí. Y si aceptara que me ayudaras, cosa que no va a ocurrir, no dormiríamos juntos, de manera que puedes tranquilizarte.

De pronto a Jess le gusto la idea de que él estuviera nervioso, simplemente, por pensar que iba a permanecer unos días en su casa.

—¿Qué haces?

—Sacar tu ropa del armario. Te ayudaré a vestirte y nos largaremos de aquí.

—No he aceptado ir contigo.

—Me importa una mierda que aceptes o no, vas a venir conmigo y punto.

—De acuerdo, no hace falta que te pongas así. Aunque cabreado también estás guapo —dijo ella sonriendo. Él ni siquiera la miró.

Jess iba a procurar hacerle pasar unos días malos.

—Ponerte el vaquero va a ser complicado. Además, son estrechos y puedo hacerte daño —mencionó él mirando los pantalones—. No te los pondré. Al fin y al cabo iremos directos a casa.

—Aunque quisieras no podrías ponérmelos, si te fijas bien, te darás cuenta de que los cortaron para sacármelos.

—Perfecto —dijo él tirándolos a la papelera que había en el baño.

—¿Y cómo vas a sacarme del hospital? Estos ridículos camisones van abiertos por detrás y se me verían las bragas.

—Puedes ponerte el jersey encima —dijo él dándoselo.

—Es corto, me llega por la cintura.

—Está bien, joder —soltó él sacándose el suéter que llevaba y quedándose con una camiseta de manga larga—. Este te cubrirá.

Ryan se lo metió por la cabeza sin ningún miramiento.

—Eres un poco bruto, ¿no? Seguro que me has despeinado —dijo ella arreglándose el pelo con las manos.

—Ya estabas despeinada. Y no te preocupes, solo voy a verte yo.

—Claro, y a ti te importa bien poco mi aspecto.

—Tú lo has dicho.

De pronto el olor de Ryan, que permanecía en el suéter, la impregnó y eso hizo que su corazón se acelerara. El problema era que el olor estaba en el jersey, que le rodeaba el cuerpo.

Una enfermera entró en la habitación.

—Les traigo el alta firmada —dijo la chica sin apartar la mirada de Ryan, que se le apreciaba un torso espectacular debajo de la camiseta. Eso sin contar con la belleza de su rostro—. Soy Sandy —dijo ella de forma coqueta.

—Un placer conocerla, Sandy. Yo soy el doctor Owens.

—Mucho gusto doctor.

Jess pensó que al saber que era médico, haría que ella cesara su flirteo, pero fue todo lo contrario. Por lo visto le gustaba que fuera médico.

—Le traigo la medicación que debe tomar la paciente y lo necesario para los vendajes.

—Gracias —mencionó él cogiendo la bolsa que le entregaba.

—Si desea cualquier otra cosa, solo tiene que decírmelo.

Jess miró al techo y se preguntó si todas las mujeres se quedarían embobadas mirándolo.

—Pues ahora que lo dice, sí deseo algo. ¿Cuándo traerán la silla de ruedas?

—Avisaré a un celador para que lleve a su mujer.

—No soy su mujer. Y tampoco su novia… por si se lo preguntaba —le aclaró Jess.

La enfermera sonrió al escucharla.

—El celador vendrá en unos minutos —dijo ella mientras anotaba algo en un papel.

—Gracias.

—Si necesita cualquier otra cosa, en cualquier momento, no dude en llamarme —añadió la enfermera entregándole un papel—. Ese es mi teléfono particular.

—Muchas gracias, Sandy. Lo tendré en cuenta —dijo él guardándolo en el bolsillo trasero del vaquero.

La chica abandonó la habitación, y diez minutos después entró un celador con una silla de ruedas.

—Hola.

—Hola —contestó Jess.

—¿La ayudo a sentarse?

—Yo lo haré —dijo Ryan cogiéndola en brazos y colocándola en la silla.

Ryan le puso bien los pies, teniendo cuidado con el que llevaba vendado. Cogió la bolsa en la que había metido la ropa de Jess y el bolso y guardó dentro también la bolsa con las botas de ella y la de los medicamentos.

El celador llevó la silla hasta la entrada del hospital.

—Traeré el coche a la puerta.

Poco después Ryan cogió a Jess en brazos, como si no pesara nada, y la sentó en el asiento del copiloto.

Metió la mano entre sus piernas, que estaban desnudas, para elevar la palanca y hacer el asiento hacia atrás.

En el proceso rozó la parte interior de sus rodillas con el brazo y Jess se tensó, simplemente con el roce.

Ryan le abrochó el cinturón de seguridad y ella le dio las gracias con una preciosa sonrisa en los labios.

Sonrisa que hizo que él rodeara el coche por delante gruñendo.

Se sentó al volante y abandonaron el recinto del hospital.

—Debería pasar por mi casa a coger algunas cosas.

—Te llevaré a mi casa y cuando te deje cómodamente en la cama iré a la tuya y cogeré lo que necesites.

—De acuerdo.

Ryan cogió las bolsas del asiento de atrás y las entró en su casa. Luego volvió a por Jess. La cogió en brazos y ella le abrazó por el cuello. Subió al porche y entró en la casa. Jess empujó la puerta con la mano para cerrarla. Ryan se dirigió a la escalera y empezó a subirla.

—No me había dado cuenta de lo fuerte que eres.

Ryan la miró entrecerrando los ojos, pero no hizo ningún comentario al respecto. Y ella evitó mostrar la más mínima sonrisa.

Entró en el dormitorio, que estaba a continuación del suyo.

—¿De quién esta habitación?

—Tuya.

—¿Mía?

—Ya te dije que tenía una habitación para cada pareja o miembro del grupo.

—¿Cuál es la tuya?

—La que acabamos de pasar —respondió él dejándola sentada a los pies de la cama.

—Así que la mía está al lado de la tuya.

—Acabo de decidirlo. No sé si te has dado cuenta, pero pesas lo tuyo, por eso te he adjudicado esta habitación, simplemente porque era la primera libre.

—Tu amabilidad me desborda. Ya sé que mi cuerpo no es tan perfecto como el de las mujeres con las que sales. No pensé que tendría el privilegio de tener un dormitorio en tu mansión, aunque eso te moleste.

—Eres parte del grupo.

—Claro. De todas formas, te lo agradezco.

—Deja los agradecimientos para cuando te marches de mi casa.

—No sé cómo podré pagarte lo que vas a hacer por mí.

—Encontraré la forma de que lo hagas.

Ryan se acercó a un lado de la cama y la abrió.

—¿Qué haces?

—Está claro lo que hago. Voy a ayudarte a acostarte.

—Tengo que ducharme.

—¡¿Ahora?! Acaban de vendarte la pierna en el hospital.

—Pero te han dado vendas para cambiármela, ¿no?

—Sí, pero…

—Ryan, he estado horas en un bosque, examinando un cadáver que llevaba allí varios días. No puedo meterme en esas sábanas tan limpias sin ducharme antes.

—Está bien. ¡Joder! Que sepas que me vas a deber una bien grande.

—Lo sé.

—¿Cómo lo vamos a hacer? Recuerda que no puedes apoyar el pie en el suelo.

—No voy a lavarme el pelo y me daré una ducha rápida. Solo tendrás que sujetarme cuatro o cinco minutos, el tiempo que necesite en enjabonarme y enjuagarme.

—¿Eso quiere decir que yo también tendré que estar desnudo?

—Puedes estar vestido si quieres, ese no es mi problema. Aunque a mí no me importaría que estuvieras desnudo.

Ryan la miró preguntándose si estaba flirteando con él.

—Si te encargas tú de enjuagarme con la ducha de teléfono, es posible que ni siquiera te mojes.

—Yo no podré hacerlo porque estaré sujetándote.

—Es cierto. Bueno, no pasa nada, yo controlaré la ducha e intentaré no mojarte.

—Iré a abrir el grifo y comprobar que haya en la ducha todo lo que necesitas.

—Vale —dijo ella sacándose el suéter de él por la cabeza y dejándolo sobre la cama.

Cuando Ryan regresó ella seguía sentada en la cama, con el ridículo camisón del hospital. Ryan se sacó la camiseta por la cabeza y a Jess se le aceleró la respiración sin que pudiera evitarlo.

Él se sentó en la butaca, se sacó los zapatos y los calcetines. Luego se quitó el resto de la ropa y se puso de pie llevando solo el bóxer negro.

Jess no pudo impedir que su mirada lo recorriera de arriba abajo. En el proceso, las mejillas se le encendieron por el deseo y tuvo que esforzarse para aplacar la incómoda sensación que inundó de repente su entrepierna.

—¿Vas a sacarme el vendaje? —preguntó para olvidar sus pensamientos.

—No. Te lo sacaré después de ducharte y te pondré uno nuevo.

—Vale —dijo Jess colocándose bien la goma que le sujetaba el pelo para no mojárselo.

Ryan le desabrochó el camisón y lo tiró al suelo.

La cogió en brazos y caminó hacia el cuarto de baño. Sentir su cuerpo desnudo pegado al suyo era una delicia y al mismo tiempo un suplicio.

—Me pondré detrás de ti y te sujetaré. No apoyes el pie malo en el suelo.

—No lo haré.

—La botella blanca es el gel.

—Ryan, sé leer.

Cada vez que Jess pronunciaba su nombre, le ocurría algo extraño en su interior.

—¿Tienes una esponja?

—Solo tengo la mía, lo siento.

—¿Te importa que la use? Te todas formas, ya hemos compartido toda clase de fluidos.

Esas palabras hicieron que su polla se despertara.

—No me importa, iré a por ella. Sujétate bien.

—Vale.

Cuando Ryan regresó, continuaron con lo que estaban haciendo. Jess cogió la ducha y se mojó el cuerpo, teniendo cuidado de no mojarlo a él, aunque no lo consiguió. Luego comenzó a enjabonarse.

El cuerpo de él reaccionó sin que su cerebro le diera permiso. Que lo salpica el agua, aunque estuviera caliente, aliviaba algo su excitación. Hasta que Jess pronunció las malditas palabras.

—Nunca lo he hecho en la ducha. Aunque tú y yo estuvimos en una, no ocurrió nada. Bueno, no quiero decir que no ocurriera nada, sino que no me penetraste.

La excitación llegó a un nivel casi insoportable. La polla se le puso tan dura que le dolía.