Capítulo 23 #3
Estuvieron hablando del apartamento y del trabajo que Ian comenzaría en unos días.
Cuando terminaron el café, Jess retiró las cosas de la mesa y Ellie colocó sobre ella la tarta que había llevado, le quitó la tapa e Ian se quedó embobado mirándola.
Luego miró a Jess con los ojos brillantes por las lágrimas retenidas. Su amiga le dedicó una tierna sonrisa.
—La tarta la he hecho yo, es mi regalo de cumpleaños —dijo Ellie.
—Gracias —susurró él emocionado.
—Encenderé las velas —dijo Jack.
Ian seguía mirando la tarta. Las cuarenta velas comenzaban a brillar alrededor de la preciosa tarta, a medida que Jack iba encendiéndolas. En el centro de la misma había un hombre de pie con las piernas ligeramente separadas y los brazos cruzados, y situado junto a un coche de gama alta blanco.
—Sin lugar a dudas ese coche es el de mi marido —dijo Tess sonriendo a Ian.
—Y ese eres tú, el guardaespaldas de Stanford —añadió Lauren.
—Me encanta la tarta.
—No puedes llorar —dijo Ellie al ver que los ojos le brillaban aún más—, porque si lo haces se lo diré a Delaney y pensará que no eres el hombre adecuado para protegerlo con tu vida.
Ian le sonrió.
—Joder, qué difícil ha sido encenderlas. Casi me quemo la mano. Ellie, ¿no podías haber puesto dos velas con un cuatro y un cero?
—Lo más bonito de las tartas son las velas.
—Ahora tienes que apagarlas —dijo Jess.
—Antes le haré una foto, quiero guardar este recuerdo, aunque no me haría falta la foto, porque nunca podré olvidar este momento. Gracias a todos por estar aquí.
—Las velas se están consumiendo, deberías apagarlas ya —mencionó Jack.
—No olvides pedir un deseo —dijo Jess.
—Todo lo que podría desear se ha cumplido.
—Así y todo, pide uno —insistió Ellie.
Ian cerró los ojos un instante y sopló. Todas las velas se apagaron.
—Buenos pulmones —dijo Jack.
—Sin duda, lo que hayas pedido, se cumplirá —anunció Jess—. Feliz cumpleaños.
Todas lo besaron felicitándolo y Jack le dio un abrazo. Luego les hizo una foto a Ian en el centro rodeado de las mujeres, y unas cuantas más.
—Ian, abre la botella de champán, por favor.
Jess colocó las copas en la mesa, las llenaron y brindaron por el hombre del cumpleaños.
—Luego te daremos los regalos, pero primero comeremos la tarta —dijo Ellie con el cuchillo en la mano y dispuesta a cortarla.
—¿Te importa que me quede el guardaespaldas y el coche? —preguntó Ian.
—Por supuesto que no, la tarta es tuya. Aunque deberías saber que ambos son de chcolate.
—¿En serio?
—Sí.
—Así y todo, me gustaría conservarlos por un tiempo.
—Los pondré en un platito.
La tarta estaba deliciosa. Luego abrieron otra botella de champán y se la bebieron entre todos, excepto Abby, que no podía tomar alcohol por su embarazo. Jack había bebido una copa y no quiso repetir.
—Hora de abrir los regalos —dijo Tess comenzando a retirar lo que había sobre la mesa. Todas la ayudaron, hasta que la mesa quedó completamente vacía.
Los regalos eran sencillos, como les había pedido Jess.
Las dos lamparitas para las mesitas de noche quedaban perfectas con los muebles del dormitorio.
La manta que Jess le había comprado para los pies de la cama era una maravilla.
Al igual que las dos mantas para los sofá, que eran de colores, predominando el color mostaza de los sofás.
El jarrón amarillo, con el ramo de margaritas que habían colocado sobre la mesa de la cocina le daba un toque de frescura y calidez a la estancia.
Los cojines para los dos sofás quedaban fantásticos con el color de los mismos y de las mantas.
Tess le regaló una colección de novelas, que ella había seleccionado en su librería, teniendo en cuenta lo que Jess le había dicho sobre los géneros que le gustaban.
Le regalaron unos cuantos portarretratos, que le vendrían bien para poner algunas de las fotos que acababan de hacer. Y un cuadro para el dormitorio.
Ian volvía a estar emocionado. No había llegado a llorar, pero le había faltado poco.
Unos minutos después las chicas y Jack se marcharon.
—¿Lo has pasado bien? —preguntó Jess cuando cerraron la puerta.
—Ha sido el mejor día de mi vida.
—Siempre que hacemos algo dices lo mismo.
—Es que…
—A mí también me pasaba lo mismo cada vez que me reunía con mis amigos. Puedes llorar, yo no se lo diré a nadie —dijo ella abrazándolo.
Y entonces Ian se derrumbó. Lloró por todo lo que había dejado atrás, y lloró por lo que estaba viviendo en la actualidad, gracias a la mujer tan maravillosa que tenía en sus brazos.
—Gracias por todo lo que has hecho por mí.
—No empieces otra vez con eso.
—De acuerdo, no lo volveré a mencionar. ¿Sabes? Si no fueras como una hermana para mí, y no estuvieras colgada del cretino de ese medicucho, no te dejaría escapar.
—¿Has dicho medicucho? Menos mal que no te ha oído Ryan. Es lo que le faltaba saber para que le cayeras aún peor.
—No le caigo mal, es solo que está celoso, pero si alguna vez conseguís estar juntos, nos llevaremos muy bien, ya lo verás.
—Va a ser muy difícil que estemos juntos, pero sí me gustaría que os llevarais bien. Ryan es un hombre muy divertido y apuesto a que tenéis muchas cosas en común.
—La única cosa que tenemos en común eres tú. De todas formas, parece un hombre inteligente.
—Eso puedo asegurártelo.
—En ese caso, de una forma u otra, no te dejará escapar.
—Pareces convencido.
—Lo estoy. Y sigo pensando que deberías hablarle de lo que sientes por él.
—Si se lo mencionara no lo entendería, porque él no es hombre de una sola mujer.
—Dicen que los mujeriegos son los mejores maridos. Jess lo importante es desahogarse, que te entienda o no es diferente.
—Será mejor que cambiemos de tema. ¿Te han gustado los regalos?
—Me han encantado. Me pregunto cómo pueden quedar tan bien con los muebles.
—Puede que yo haya tenido algo que ver. Ayer fui con ellas a comprarlos.
—Ya decía yo. Me ha encantado el jarrón con las flores para la mesa de la cocina.
—Ha sido todo un detalle. ¿Sabías que las margaritas son mis flores preferidas?
—Ahora lo sé. Son bonitas. Me ha gustado mucho tu cuadro.
—Era uno de los que estaban en casa de mis padres. Ya te dije que los tengo todos guardados.
—Apuesto a que será un cuadro muy valioso.
—No tengo ni idea, pero es posible. He hecho algunas fotos con la tarta. Y Jack me ha enviado unas cuantas que ha hecho él.
—Estupendo, así pondré algunas de ellas en los portarretratos que me han regalado. Serán mis primeras fotos en Nueva York.
—Buena idea.
—Enséñamelas.
Jess le pasó el móvil. Después de verlas todas eligió cuatro. En una estaba él antes de apagar las velas. En la otra estaba con Jess, muy cerca el uno del otro y los dos radiantes de felicidad. En la tercera él acompañado de todas las chicas. Y en la última Jack y él.
Al día siguiente, cuando Jess volvió a casa le entregó a Ian algo que le había comprado. Cuando lo sacó de la pequeña bolsa, miró a Jess sin comprender. Era una cúpula de cristal que reposaba sobre una peana oscura de mármol.
—Es para que pongas en su interior las figuritas de la tarta de tu cumpleaños.
Ían la miró sonriendo y le dio un fuerte abrazo.
—Gracias. Me encanta.
El siguiente sábado era 3 de mayo. Habían pasado tres meses desde que Ian llegó a Nueva York. Había empezado a trabajar tres días atrás. Y estaba encantado con su trabajo.
El grupo de amigos estaba reunido de nuevo en casa de Sean. Nathan y Delaney no habían podido ir a jugar el partido, porque habían tenido que ir al trabajo a resolver unos asuntos y comerían allí.
El resto de los hombres sí habían ido a jugar con los chicos y hacía unos minutos que habían vuelto. Después de subir a ducharse y ponerse ropa limpia, se reunieron en el jardín con las mujeres y los niños.
Todavía no hacía buen tiempo para disfrutar de la piscina del exterior, aunque estuviera climatizada. Pero hacía un día espléndido y y estaban disfrutado del cálido sol, mientras hablaban y vigilaban a los pequeños.
Las cosas entre Ryan y Jess seguían igual. Se portaban de manera amable entre ellos, hablaban con todos y se reían de las bromas, pero entre ellos dos no sucedía nada más.
Comieron en la mesa del jardín, pero tomaron el café en el porche. Las butacas eran más cómodas, y estaban más resguardados de la ligera brisa que se había levantado.
Los niños se habían acostado a dormir la siesta después de comer. Y los adultos estaban disfrutando de un poco de tranquilidad.
De pronto vieron que las puertas de la verja se abrían y entraba el Mercedes de Delaney.
Vieron como Ian bajaba del vehículo y abría la puerta trasera del coche para que Delaney bajara. Nathan bajó por el lado contrario.
Los dos hombres caminaron hacia el porche, Jess se levantó, besó a sus dos amigos y se dirigió hacia el coche para saludar a Ian.
Jess lo abrazó y él le devolvió el abrazo. Luego siguieron unidos por los brazos de él que le rodeaban la cintura. Delaney y Nathan ya se había sentado con sus amigos y todos contemplaban la escena entre Jess y el guardaespaldas.
—Me da la impresión de que entre esos dos hay algo —dijo Carter.
—Es posible. Ese hombre ha dado un cambio increíble en unos meses —comentó Tess.
—No me había dado cuenta de lo alto que era —mencionó Lauren.
—Incluso estando vestido, pueden apreciarse los músculos que esconde debajo del traje, que he de decir que le sienta de maravilla —añadió Ellie.
—Cuando le sonríe a Jess es como si no hubiera nadie más —dijo Kate.
—Me gustan sus ojos, su color ámbar es inusual. Y tenéis que reconocer que su sonrisa es matadora —señaló Abby.
—Desde luego, es un hombre notable —añadió Tess.
A Ryan, que no había perdido detalle de los movimientos que había hecho Jess desde que se levantó de su butaca para acercarse a Ian, no le sentaron bien los comentarios de sus amigos.
Y desde ese momento, ignoró a Jess el resto del tiempo que estuvo allí.
Que no fue mucho más, porque después de tomar el café, Ryan dijo que había quedado con alguien y se marchó.