Tan irresistible como Stanford Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

A las siete y media de la mañana llegaron al piso. Rápidamente se pusieron a trabajar. Mientras Ian montaba el mueble de cajones del salón, Jess fregaba todos los utensilios de cocina. Lo secó todo y lo colocó en los armarios correspondientes.

Jess fue al salón para pensar dónde colocar los muebles.

Poco después en el salón estaba todo en su sitio: los dos sofás formaban una L y entre los dos había una mesita, el mueble de cajones lo habían colocado pegado a una pared y la mesa de centro delante de los sofás.

—Para poner la pantalla del televisor en la pared necesito ayuda.

—Yo puedo ayudarte.

—No sé si podrás, es muy grande.

—Coloquemos entonces la alfombra.

Cuando terminaron de colocarla contemplaron el salón. Todo había quedado perfecto.

En la cocina todo estaba ordenado y la mesa con las cuatro sillas estaba en el lugar qué habían decidido que quedaba mejor.

Llamaron al interfono y los dos se extrañaron porque no esperaban a nadie. Ian abrió.

—Era un repartidor.

—¿Esperas algún paquete? —preguntó Jess.

—Creo que lo han traído todo.

Ian abrió la puerta cuando llamaron y abrió.

—Hola.

—Hola. ¿El señor Hay?

—Soy yo.

—Tiene que firmar aquí.

Después de firmar, el chico le entregó el paquete y se fue.

—¿De quién es?

—No tengo ni idea —dijo cerrando la puerta con el pie.

Ian llevó el paquete a la mesa de la cocina y lo abrió con el cúter que llevaba en el bolsillo trasero. Sacó lo que había en el interior de la caja. Había cinco paquetes estrechos en su interior. Desenvolvió uno. Era un cuadro.

—Vaya. Es muy bonito, ¿no te parece?

—Sí que lo es.

Les gustaron los cinco cuadros.

—Aquí hay una nota —señaló Jess.

—Léela.

Deseo que pases un día fantástico. Feliz cumpleaños. Espero que te guste el detalle que te he comprado y que quede bien en alguna pared de tu hogar. Jack.

—Qué atento es ese hombre. Tendré que averiguar cuando es su cumpleaños y anotarlo en mi nueva agenda.

—Son muy bonitos. Creo que quedarían bien en la pared que hay detrás del sofá.

—Entonces los colgaremos allí.

—¿Tienes un taladro para hacer los agujeros?

—Sí, compré uno y las herramientas que pensé que pudiera necesitar. ¿Los colgamos?

—Vale.

Ian llevó las herramientas al salón y colgó los cuadros bajo la supervisión de Jess.

—Me gusta como han quedado —dijo ella.

—La casa va pareciendo un hogar.

—Faltan algunos detalles, pero tienes razón.

Luego fueron al dormitorio. Ian comenzó a montar la cómoda de cajones.

—La cama ha quedado bien.

—Sí. Si quieres puedes desembalar esos paquetes, son las mesitas de noche.

—Vale. ¿Hay que montarlas?

—Por el tamaño que tienen, supongo que vienen montadas.

Poco después las mesitas de noche estaban colocadas junto a la cama.

Mientras Ian terminaba de montar los cajones de la cómoda, Jess hizo la cama y ordenó la ropa en el armario.

Y cuando él terminó, Jess quitó el polvo del mueble y guardó en los tres cajones la ropa interior, los calcetines y los pijamas.

—Eres rápido montando muebles —dijo al ver que ya había terminado.

—Ya sabes que me gusta montar y desmontar cosas. Ahora iré al despacho.

—Llevaré la ropa de verano para guardarla en el armario de allí.

—Vale.

Ian desembaló los tableros del escritorio.

Una hora y cuarenta y cinco minutos después estaban colocados en su sitio el escritorio con la butaca, el mueble de cajones, la estantería y la cama de Jess.

—Ha quedado genial.

—Sí, todo está perfecto. Podrías quedarte ya aquí esta noche, así no dormirías en la cama tan pequeña que hay ahora en mi cuarto de invitados.

—Prefiero quedarme unos días más contigo.

—Como quieras.

—El martes iré al supermercado, y me mudaré el miércoles. El jueves empiezo a trabajar.

—¿Vendrás a comer a tu casa al mediodía?

—Jack me dijo que cuando Delaney estuviera en el despacho y comiera allí no me necesitaría, pero que sería conveniente que fuera a su casa y que comiera allí, con él y con Cath, por si me necesitaban para algo. Pero cenaré y desayunaré aquí.

—Entonces, cenaremos juntos de vez en cuando. Voy a meter la lasaña en el horno.

—Me encanta tu lasaña.

—Lo sé, por eso la he traído, para celebrar tu cumpleaños.

—Gracias. Voy a empezar a colocar los estores. ¿De qué color era el de mi cuarto?

—Verde oscuro. Y los del salón son los dos marrones.

—Bien.

Media hora después se sentaron a comer.

—Ya he instalado el estore de mi cuarto y uno del salón.

—Genial —dijo ella sirviendo la lasaña en los platos.

—Mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados —mencionó Ian.

—La mía también ha cambiado.

—No tanto como la mía. Hace unas semanas era un indigente y ahora soy guardaespaldas de un hotelero multimillonario. Y tengo un apartamento precioso en el centro de Nueva York.

—Desde luego el cambio en ti ha sido brutal, pero el mío también. Yo llevaba una vida aburrida, insulsa y triste, y ahora soy millonaria, tengo un negocio entre manos con el padre de tu jefe, y unos amigos ricos, poderosos y fantásticos.

—Tienes razón, tu vida también ha cambiado. Te mereces lo que tienes.

—Tú también.

—Está bien, los dos lo merecemos. Brindemos —dijo él cogiendo la copa de vino y levantándola—. Por nuestra nueva vida.

—Y por nosotros. Feliz cumpleaños —dijo ella rozando su copa con la de él.

—Gracias. Menudas caras haces cada vez que tomas un sorbo de vino.

—Es que no me gusta.

—Deberías acostumbrarte, ahora te codeas con multimillonarios.

—Tienes razón.

Después de tomar fruta de postre los dos se levantaron y cogieron los platos de la mesa.

—Ian, ve a terminar lo que tengas que hacer, yo recogeré la cocina y luego prepararé un café.

—Muy bien.

Jess miró la hora en el móvil, sabía que sus amigas llegarían en menos de media hora.

Llamaron al interfono.

—¿Quién será ahora? —preguntó Ian.

—No tengo ni idea. Iré a abrir.

—¿Quién era?

—No lo sé. Han dicho soy yo, era una voz de mujer.

—¿Y has abierto?

—Supongo que si ha dicho soy yo, es alguien que nos conoce. O al menos a ti, al fin y al cabo es tu casa.

—No deberías abrir sin saber realmente quien es.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

En ese momento llamaron al timbre.

—Déjame, yo iré.

—Solo te falta abrir con la pistola en la mano —dijo ella sonriéndole.

—Muy graciosa.

Ian abrió la puerta y se quedó paralizado al ver a las cinco amigas de Jess y tras ellas a Jack, que lo miraba sonriendo.

—¿Nos vas a dejar entrar o tendremos que quedarnos aquí esperando que uno de tus vecinos nos invite a su casa a tomar un café? —preguntó Tess, la mujer de su jefe.

—Disculpad. No os esperábamos. Entrad, por favor —dijo Ian abriendo más la puerta y poniéndose a un lado para que entraran todos.

—Ayer fue tu cumpleaños, ¿no? —preguntó Lauren.

—Sí.

—Hola, chicas. Hola, Jack —dijo Jess.

—Ian, perdona que no viniéramos ayer, pero era mi cumpleaños y habíamos quedado para comer todos los amigos juntos —mencionó Abby.

—Me lo dijo Jess. Vaya coincidencia, ¿verdad?

—Sí que lo es. Nuestros marido no han podido venir porque tenían una reunión en la escuela de los chicos.

—Dejad las bolsas ahí en el suelo. Venid, os enseñaré el apartamento —insinuó Jess.

—¿Ha sido idea tuya? —preguntó Ian a Jack.

—No. Ha sido cosa de las mujeres, lo organizaron ayer. El apartamento está genial —dijo Jack mirando a su alrededor.

—Gracias. Y muchas gracias por los cuadros, ya los hemos colgado —mencionó Ian señalando la pared.

—Han quedado bien.

—Me gustan mucho. ¿Quieres tomar algo?

—No, gracias. ¿Qué estabas haciendo?

—Colocando el otro estore del salón.

—Puedes seguir si quieres.

—Lo haré más tarde, no tengo prisa. Aunque, sí podrías ayudarme a colgar la pantalla de televisión en la pared. Ya tengo la pieza colocada, pero no sabía si Jess tendría fuerza para levantarla.

—Vamos a colgarla.

Solo les llevó cinco minutos colocarla en la pared.

—Gracias.

—No las merece. Se nota que Jess te ha ayudado a elegir los muebles. Si lo hubieras hecho tú todo sería serio y triste.

—Si lo hubiera amueblado yo, habría comprado una cama, una mesa y una silla —dijo Ian sonriendo.

—Sí, supongo que sí. Tiene el toque femenino que necesita una casa —señaló Jack paseando por el salón y la cocina.

—Supongo que eso es bueno.

—Desde luego que sí.

—Está quedando todo precioso —dijo Kate, cuando aparecieron todas en el salón.

—Me encanta el color de los sofás —mencionó Abby.

—Gracias. ¿Cómo llevas el embarazo? —preguntó Ian.

—Bien. Con ganas de que todo termine. Este último mes está siendo duro.

—¿Para cuándo darás a luz?

—Según Carter, el marido de Ellie, que es mi ginecólogo, conoceré a mi hija en una o dos semanas.

—Vaya, eso está a la vuelta de la esquina.

—Y que lo digas.

—Acompáñame Jack, te enseñaré las habitaciones y el baño —dijo Ian.

—De acuerdo.

—Mientras prepararé el café —comentó Jess.

—La cocina está muy bien —dijo Tess.

—Sí, venía con los electrodomésticos.

—La mesa es original —manifestó Lauren.

—Ian y yo la encontramos en la calle junto a un contenedor. Tenía una pata rota, pero a mí me gustaba y la subimos a casa. Ian la arregló y la pintó. Luego encontramos las sillas en una tienda de segunda mano y pensamos que quedarían bien.

—Parece que sean del mismo juego —dijo Kate.

—Sí.

—Ellie, ¿has podido colocar las cuarenta velas?

—Por supuesto. La tarta ha quedado preciosa. Le va a encantar.

—Gracias. Y gracias a todas por venir.

—No nos lo habríamos perdido por nada del mundo.

—Ian ha cambiado mucho desde que lo recogimos en el aeropuerto —dijo Lauren.

—Supongo que es debido al entrenamiento al que Jack lo ha sometido. Os aseguro que ha sido muy duro.

—Parece un buen hombre.

—Lo es. El café está listo —dijo Jess.

Los dos hombres se acercaron a la zona de la cocina.

—Vaya, acabo de darme cuenta de que no hay suficientes sillas —dijo Ian avergonzado—. Tal vez sería mejor tomar el café en el salón.

—No te preocupes —pronunció Lauren cogiendo su taza y apoyándose en la bancada.

Jess hizo lo mismo. Las otras cuatro mujeres se sentaron en la mesa, Ian y Jack permanecieron de pie.