Capítulo 22 #2
—Vaya, qué amable es esa Cath. Me la comeré ahora mientras termino de ver la película. Dale las gracias cuando la veas.
—Lo haré. Luego hemos bailado. Lo he pasado maravillosamente bien.
—Me alegro mucho. ¿Algún avance con tu amor?
Jess se rio al escucharlo
—No, todo sigue igual. Creo que no hemos hablado nada durante la velada. Pero sí he de decir que lo he cogido muchas veces mirándome.
—Supongo que cuando tú lo mirabas a él.
—Sí —dijo ella sonriéndole—. Gracias por enviarme el mensaje diciéndome que habías conseguido el trabajo.
—Jess, eres la persona más importante en mi vida.
—Felicidades —dijo abrazándolo.
—Gracias.
—¿Qué son todas esas bolsas? —preguntó ella ruborizada por las palabras de Ian.
—Tengo un montón de cosas que contarte, pero lo dejaremos para mañana. Es tarde y tienes que levantarte temprano.
—Vale. Aunque me dejas intrigada.
—Tendré el desayuno listo cuando te levantes y te adelantaré algunas cosas mientras desayunamos.
—De acuerdo. Me alegro de que hayas conseguido el trabajo.
—Yo también. Buenas noches, Jess.
—Buenas noches, Ian.
Cuando Jess entró en la cocina a la mañana siguiente Ian tenía el desayuno preparado y se sentaron a desayunar.
—Empieza a hablar. ¿Qué tal te fue con Delaney?
—Muy bien. Es un hombre increíble.
Ian le contó la conversación que habían mantenido.
—Ya te dije que no tenías que preocuparte. Yo sabía que ibas a conseguir el trabajo.
—Yo tenía mis dudas. Luego acompañé a Nathan a su despacho para firmar la documentación, que no era poca. Cuando vi el salario que ponía en el contrato casi me da un infarto. Voy a ganar diez veces más de lo que gana un trabajador medio. Nathan me cae muy bien.
—Nathan también es genial.
—Empiezo a creer que todos tus amigos lo son.
—No te equivocas.
—Jack me llevó luego a comprar la ropa y los complementos que, según él, necesito para trabajar para Stanford.
—Supongo que son las bolsas del salón. Parece que comprasteis muchas cosas.
—Te aseguro que no necesito ni la mitad de lo que compramos.
—Jack lleva más de cuarenta años trabajando para los Stanford, si él dice que necesitas eso, tienes que hacerle caso.
—No le dije nada, aunque me sentía avergonzado. Cuando me probé el primer traje y vi el precio en la etiqueta ya no miré ninguna más. Era un precio astronómico. Cuando vuelvas esta tarde te enseñaré todo lo que hemos comprado.
—Vale.
—Jack me acompañó al banco, que por cierto he elegido el tuyo, y abrí una cuenta.
Pensaba abrirla con el dinero que llevaba encima, pero Jack me dijo que él se encargaría, porque tenía que darme una cantidad para comprar lo que necesitaba para el apartamento y para pasar el mes, porque no cobraría el primer sueldo hasta final de mayo.
Me dijeron que en un par de días recibiría la tarjeta.
—Estupendo. ¿De qué apartamento hablas?
—Delaney ha comprado un apartamento para mí. No tengo que pagar alquiler ni ningún gasto de la vivienda. Pero si en tres años sigo trabajando para Stanford, pasará a ser de mi propiedad. Sin pagarle absolutamente nada.
—Eso es fantástico.
—Sí, lo es.
—Pero, entonces, ¿eso significa que te mudarás pronto?
—Sí. Jack me llevó a verlo ayer. Está vacío, lo que quiere decir que tengo que comprar los muebles que necesite, las cosas de cocina, la ropa de cama, las toallas...
—¿Tendrás que comprar también electrodomésticos?
—No, los electrodomésticos están integrados en los muebles de la cocina. Me mudaré tan pronto lleve allí mis cosas. Jack abrió mi cuenta con una cantidad de dinero escandalosa. Parece ser que Stanford lo hace todo a lo grande.
—Eso es cierto.
—Me apuntaré las cosas que tienes aquí en la cocina para saber lo que necesito comprar.
—Mañana saldré antes del trabajo y te acompañaré a compralas.
—Gracias. Entonces aprovecharé para enseñarte al apartamento.
—La cama ya la tienes.
—Y te la pagaré muy pronto, junto con el dinero que me prestaste en Atlanta.
—Como quieras. Tengo que irme —dijo ella levantándose.
—Yo recogeré la mesa.
—Gracias. Hasta la noche.
Jess llegó a casa a las siete y media de la tarde. Ian tenía la cena lista, pero ella quiso que le enseñara antes lo que habían comprado Jack y él el día anterior.
Lo primero que Ian le mostró fueron los trajes, que cada uno venía con su funda y su percha de madera.
—Vaya, Armani —dijo ella al ver la firma en la bolsa del primer traje—. Eso es tener categoría. Ahora entiendo por qué me dijiste que eran caros.
—Jack me dijo que sus trajes son del mismo diseñador.
—Sin duda, Delaney quiere que sus guardaespaldas vistan de manera elegante. Además de que sean atractivos.
—¿Estás flirteando conmigo? —preguntó Ian.
—No me atrevería estando solos —bromeó Jess.
—No me importa que lo hagas, pero solo cuando tu amor esté delante.
—No lo llames así. Hay muchas bolsas de trajes, ¿no?
—Hemos comprado seis de invierno y seis de verano. ¿Para qué necesito seis trajes para una temporada?
—Hay que tener en cuenta que tendrás que llevarlos a la tintorería.
—Y no te lo pierdas, cada vez que tenga que comprar ropa o complementos que utilice para el trabajo, Stanford se hará cargo. Jack me ha abierto una cuenta en la tienda donde hemos comprado la ropa y en la zapatería.
—Eso es genial.
—Me resulta un poco violento.
—Te acostumbrarás.
Ian sacó los trajes de las fundas y se los mostró. Los seis trajes de invierno eran: dos negros, dos gris oscuro y dos azul marino. Y los seis de verano: cuatro de diferentes tonos de gris y dos en tonos azules.
—Los colores de los trajes son bonitos.
—Sí, y me sientan realmente bien.
—No me cabe la menor duda.
—Ni siquiera han tenido que retocar el bajo de los pantalones.
—Estupendo. ¿Qué más habéis comprado?
—Un montón de camisas, blancas, negras y grises.
—Vas a tener que aprender a planchar.
—¿Qué te hace pensar que no sé planchar? He sido soldado.
—Usted perdone —bromeó ella sonriendo.
—Hemos comprado incluso gemelos —dijo mostrándole las cuatro cajas y abriéndolas para que los viera.
—Son muy bonitos.
—Desde luego que lo son. Pero, ¿crees que me hacían falta cuatro?
—Jack sabe lo que hace.
—Y no te lo pierdas. ¿Para qué crees que puedo necesitar seis cinturones de piel, todos negros?
—Bueno, las hebillas son diferentes —dijo ella sonriéndole.
—Para mí son todos iguales y cuestan un pastón.
Eso por no hablar de los zapatos. Hemos comprado también media docena, todos negros, pero no zapatos normales, sino italianos, hechos a mano, y la piel es tan suave como la de un bebé.
Y como le he dicho a Jack que a mí me gustaba llevar una pistola pequeña y un cuchillo en las botas, me ha comprado dos pares de botas negras, también de piel, por supuesto.
—Dios mío, con razón hay tantas bolsas. Pero supongo que Jack sabía lo que ibas a necesitar.
—Yo creo que Jack se divirtió a mi costa. Vio que estaba incómodo con tantas compras y viéndome mirar las etiquetas con los ojos desorbitados.
—Jack no es así. ¿Qué son esas dos bolsas?
—Dos pares de botas, como las militares. Tengo que utilizarlas cuando vayáis de acampada, bueno, cuando vayamos —dijo rectificando—, por lo visto hay serpientes venenosas donde suelen ir. Y también son de piel.
—Vaya, Jack piensa en todo.
—Desde luego que sí. Y aún no he terminado.
Hemos comprado ropa interior, pijamas, calcetines, ropa para estar por casa, ropa para el gimnasio…
Entiendo que Stanford quiera pagarme la ropa que utilizo para trabajar, porque sería como un uniforme, pero ¿qué tienen que ver los calzoncillos o los calcetines con el uniforme?
—Bueno, no puedes ponerte un traje sin calzoncillos, ni los zapatos sin calcetines.
Ian soltó una carcajada.
—No le des más vueltas, Ian. Tienes que asimilar que tu jefe es así. Todavía quedan bolsas que no me has enseñado —dijo ella señalándolas.
—Son las armas. Esta es la que llevaré en la pistolera, que también es de piel —dijo él sonriendo—, debajo de la chaqueta.
Ian le mostró la pistolera.
—Has dicho armas, en plural.
—Jack me ha dicho que era yo quien tenía que elegirlas. Así que he elegido esta, que es muy manejable para llevarla en la pistolera, y esta para llevar en la bota. Y este cuchillo de asalto para la otra bota. En esa otra bolsa está la munición.
—Tuviste un día interesante de compras.
—Y que lo digas.
—¿Y esas maletas? ¿Te vas ya de viaje?
—Todavía no, pero las necesitaré, porque acompañaré a Delaney en todos los viajes que haga.
—No parecen maletas baratas.
—Te aseguro que no lo son. Vamos a cenar. Luego lo guardaré todo en las bolsas y lo llevaré mañana al apartamento, excepto las armas, que estarán siempre donde esté yo.
—Sí, vamos a cenar. Estoy muerta de hambre.
Al día siguiente Ian llevó a Jess al trabajo para recogerla al finalizar e ir a comprar lo que necesitaba para el piso.
Fueron a unos grandes almacenes donde encontrarían todo para el hogar.
—Ian, no te preocupes por el dinero, lo pagaré yo y ya me lo pagarás otro día.
—Te lo agradezco, pero esta mañana he recibido la tarjeta del banco y podré pagarlo yo.
—Muy bien.
Compraron todo lo de la cocina, incluida una cafetera y un microondas, a juego con los electrodomésticos, que eran de acero. Y la ropa de cama y toallas. Llevaban el maletero y el asiento de atrás lleno.
Al llegar al edificio donde estaba el apartamento, Ian entró con el coche en el sótano.
—Está bien que tengas aparcamiento, no creo que en esta zona sea fácil aparcar.
—El aparcamiento es importante para no perder tiempo. Y tengo dos plazas, así no tendrás que buscar aparcamiento cuando vengas a verme.
—Estupendo.
Hicieron varios viajes para subirlo todo. Ian cerró la puerta y encendió las luces del salón.
—Vaya, el apartamento está muy bien.
—Sí, a mí también me gusta. Ven, te lo enseñaré.