Capítulo 21
Jess estaba mirando por la ventana del salón de la casa de Sean.
La acompañaban todas sus amigas y Patrick.
Vio abrirse la puerta de la verja de la propiedad y se tensó.
Entró el coche de Delaney, seguido por el de Carter.
Cuando sus amigos bajaron de los vehículos, casi suelta un gemido al darse cuenta de que entre ellos estaba Ryan.
Hacía seis semanas que no se veían y lo había echado terriblemente de menos, hasta el punto de pensar en alguna excusa para ir a verlo a su casa. Por suerte, no había encontrado la excusa adecuada.
—Ryan ha venido —anunció Jess volviéndose a mirar a sus amigos y con una gran sonrisa en los labios.
—Pareces contenta —dijo Patrick.
—Hace un mes y medio que no lo veo.
—¿Has pensado ya si vas a hablar con él? —preguntó Lauren.
—No creo que sea capaz.
—No me lo puedo creer. Tuviste el valor de ir a una agencia a contratar a un desconocido para que te desvirgara, ¿y no eres capaz de hablar con el hombre que lo hizo? —la recriminó Ellie.
—Ryan no era el hombre que contraté.
—Aún me lo pones mejor.
—Deberías decirle lo que sientes por él —intervino Patrick.
—Eso es muy fácil decirlo.
—Ryan es muy comprensivo y sabe escuchar —dijo Abby.
—No te lo discuto, pero ya sabéis que soy muy tímida.
—Ya nos hemos dado cuenta —pronunció Tess con sarcasmo—. Eres tímida para lo que quieres.
—Hola, chicas —dijo Delaney entrando en el salón y besando a su mujer en los labios—. ¿Dónde están los niños?
—En la sala de juegos, siguiendo las órdenes de tu princesa que, desde hace algunos días, se ha convertido en un sargento. No sé si lo ha heredado de su abuela o de ti.
—Supongo que tendrá un poco de los dos —dijo Louise.
El resto de los hombres entraron en el salón a saludarlas. Cuando Ryan apareció por la puerta, su mirada se encontró con la de Jess. Ella le sonrió.
La sonrisa de esa mujer era como ver un libro abierto, podía saber si estaba contenta, si estaba tensa, si estaba nerviosa, simplemente por cómo le brillaban los ojos. Y en ese momento estaba muy contenta. Ryan quiso pensar que era por verlo a él.
Ryan saludó a sus amigas y la dejó a ella para el final. Se acercó a Jess, colocó la mano en su espalda y la besó en las dos mejillas.
Joder, pensó Ryan al darse cuenta de que solo con sentir su olor se excitaba. ¡Por Dios bendito! Parecía un adolescente con las hormonas alteradas al ver a su primer amor.
—Hola, cielo. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
En la voz de él se apreciaba cierta seriedad, mezclada con el tono descarado y provocador que Jess conocía bien, y que tanto había echado de menos.
—Sí. Parece que los dos hemos estado muy ocupados. Tal vez deberíamos coordinar nuestras agendas para vernos más a menudo.
—Esa es una buena idea —dijo él dedicándole una seductora sonrisa—. Voy a subir a ducharme.
—De acuerdo.
Los hombres abandonaron el salón y subieron a sus habitaciones.
Jess suspiró de forma ruidosa.
—¿Estás feliz porque ya lo has visto? —preguntó Louise a Jess.
—Sí. No parece que esté enfadado conmigo.
—A Ryan no le duran mucho los enfados —dijo Ellie.
—Me ha parecido que él también se ha alegrado de verte —mencionó Patrick.
—¿Tú crees?
—Sí.
Estaban todos en el salón tomando una copa de vino mientras Carmen, la asistenta de Sean y Abby, terminaba de preparar la comida.
—Ryan, ¿qué tal está tu familia? —preguntó Delaney—. Estuviste con ellos el pasado fin de semana, ¿no?
—Sí. Todos están bien.
—¿Tuviste tiempo para ir a ver a los padres de Jules? —preguntó Nathan.
—Sí, estuve en su casa tomando un café. Me acosaron a preguntas sobre él. La verdad es que fue un poco embarazoso. Están preocupados, porque no lo han visto en meses.
Delaney miró a Jess y la vio confusa.
—Jules es un amigo del grupo. Conoció a un hombre y se enamoraron, poco tiempo después se mudó a vivir con él a Seattle —aclaró Delaney a Jess.
—Había oído a las chicas mencionarlo.
—Jules trabajaba en el hospital con Carter y conmigo, también es médico —dijo Ryan—. Y, como habrás supuesto es gay. Perdió casi el contacto con todo el grupo, excepto conmigo, que nos hemos visto casi todos los meses.
—Gracias por la explicación.
—De nada. ¿Patrick, formasteis ya la sociedad esa para comprar apartamentos y reformarlos Jess y tú? —preguntó Ryan mientras comían.
—Sí, mi preciosa socia y yo firmamos los papeles hace unas semanas.
—¿Estás contenta de ser socia de Stanford? —preguntó Ryan.
—Sí, muy contenta. De hecho, hemos comprado un edificio que le ofrecieron a Sean por mediación de unos conocidos suyos. Él no tiene tiempo para reformarlo y nos lo ha cedido. Tiene seis plantas y tres apartamentos por planta. Y dos locales comerciales en la planta baja.
—Y no olvides que tiene sótano, para aparcamientos —dijo Patrick
—Es cierto.
—Vaya, habéis empezado por lo alto.
—Sean fue a verlo con el ingeniero que trabaja para él para comprobar la estructura, y estaba en perfectas condiciones. Aunque por dentro da pena —comentó Patrick.
—Papá lo más importante del edificio está bien.
—Lo sé.
—Ya tenemos contratada una empresa que se dedica solo a reformas. Nos la ha buscado Sean —dijo Jess mirando al pequeño de los Stanford y sonriéndole.
—¿Y os ha costado mucho el edificio?
—Nos pedían diez millones y medio, pero nos han bajado el medio por pagarlo al contado. Supongo que ese era el precio que querían —dijo Patrick.
—El edificio está en el centro y los apartamentos tienen alrededor de ciento veinte metros cuadrados.
Podrán sacarle a cada uno al menos un millón doscientos mil dólares de beneficio.
Y aparte los dos locales comerciales, que son grandes.
Todos los apartamentos tendrán una plaza de aparcamiento en el sótano, algunos dos —explicó Sean.
—¿Y no te vas a encargar tú de la reforma? —le preguntó Ryan.
—Me gustaría, pero no tengo tiempo. Puede que en un futuro.
De todas formas, haré el plano de todos los apartamentos con las medidas reales y le diré a la empresa todo lo que quiero que hagan y los materiales que deben utilizar.
Han trabajado para mí en más de una ocasión y saben cómo trabajo.
Y me pasaré a menudo por la obra para comprobar que todo esté bien.
La entrada la haremos de lujo y eso aumentará el precio de los apartamentos.
Después de comer pasaron todos al salón a tomar el café, mientras seguían hablando.
Jess no podía evitar mirar a Ryan. Llevaba una camiseta de manga larga y se le pegaba al torso y a los brazos, marcando sus perfectos músculos.
Y a Ryan le pasaba lo mismo. Aunque intentaba no mirarla más de la cuenta, la vista se le iba hacia ella.
Y cada vez que la miraba le gustaba más.
Una de las veces sus miradas se encontraron.
Y Ryan sintió una presión en su interior y un hormigueo recorriendo sus piernas.
Se encontraba tan nervioso como cuando ella le abrió la puerta de su casa y reconoció que era la chica de la cafetería de Atlanta.
Ese día Jess se sentía maravillosamente bien. Quería guardar en su memoria cada palabra que había salido de los labios de Ryan, y cada momento que había estado junto a él. Estaba siendo todo tan intenso, que sabía que esa noche no podría conciliar el sueño.
Cuando él sonreía o se reía, ella se quedaba embobada mirándolo. De todas formas, aunque él estuviera siendo amable con ella, se sentía extraña. Había habido un cambio brusco en él, ya no parecía desconfiar, y no era antipático con ella.
Jess se sentía confundida y al mismo tiempo fascinada.
Pero no iba a pensar en nada que interfiriera en ese día, solo quería pensar que volvería a verlo la próxima semana y la siguiente, y así todas las semanas.
Sin embargo, aquella maravillosa sensación que estaba experimentando se desvaneció al escuchar la pregunta que le hizo Tess a Ryan y, sobre todo, la respuesta de él.
—Ryan, ¿sigues saliendo con Sylvie?
—Sí.
Jess creyó morir en ese instante. Era una estúpida.
¿Acaso había pensado que porque él se hubiera mostrado simpático con ella significaba algo?
Ryan se lo había dejado claro, se portaría con ella como lo haría un amigo, pero nada más.
¿Y acaso no era lo que estaba haciendo? ¿Por qué había pensado que él pudiera sentir algo por ella?
¿Ya se le había olvidado que nunca la había querido nadie?
De pronto sintió una ganas terribles de marcharse a casa, para meterse en la cama y no moverse de allí, hasta el lunes que tuviera que ir a trabajar.
Así y todo, esperó pacientemente hablando con todos, como si fuera completamente feliz.
Pero a las seis menos cuarto ya no lo pudo soportar más y se levantó del sofá.
—Voy a marcharme.
—Es pronto —dijo Tess.
—Tengo cosas que hacer. Ayer no terminé el informe de la última necropsia que realicé y quiero terminarlo ahora que aún lo tengo fresco en la mente.
—Muy bien —pronunció Delaney—. ¿Nos veremos el próximo sábado?
—Si no se me presenta nada, sí.
Todos se levantaron para despedirla.
—¿Te importaría acercarme a casa? —preguntó Ryan.
Jess lo miró fijamente. A él le costó mucho trabajo no sonreír al ver la expresión de su rostro. Esa mujer no podía ocultar lo que pensaba o lo que sentía. Y en ese momento estaba muy preocupada porque él la acompañara.
—Claro, no hay problema. Gracias por la exquisita comida y por dejarme pasar el día con vosotros —dijo Jess a Abby y a Sean.
—No tienes que darnos las gracias, ya sabes que esta es tu casa, cielo.
—Vale. Hasta el sábado. Que paséis una buena semana.
—Nos vemos —se despidió Ryan, abandonando el salón tras ella.
—Habría que estar completamente ciego, para no darse cuenta de que entre esos dos hay algo que está a punto de explotar —manifestó Patrick—, y no está bien ir dejando por la vida bombas a punto de estallar.
Todos se rieron.
Subieron al coche y salieron de la propiedad cuando la puerta de hierro se abrió.
—¿Por qué has querido marcharte tan pronto? —preguntó Jess—. Perdona, no hace falta que me contestes. Supongo que has quedado con alguien.