Tan irresistible como Stanford Capítulo 20
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Capítulo 20

Ian estaba preparando la cena cuando Jess llegó a casa.

—Hola —dijo entrando en la cocina.

—Hola, Jess. ¿Lo has pasado bien?

—Siempre lo paso bien con mis amigos. Aunque lo pasaría mejor si Ryan no estuviera entre ellos. Gracias por preparar la cena.

—No hay de qué.

—¿Me da tiempo a ducharme?

—Claro.

—Vuelvo enseguida.

Cuando ella regresó la mesa estaba puesta.

—Qué bien huele. Estoy muerta de hambre.

—Pues siéntate, la cena está lista.

—¿Qué tal has pasado tú el día?

—Para mí todos los días son iguales.

—Supongo que eso de los entrenamientos y las prácticas de tiro será aburrido.

—Lo es, pero estoy ilusionado. Tengo que conseguir ese puesto.

—El trabajo es tuyo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Delaney confía mucho en Jack, y parece ser que le ha hablado muy bien de ti.

—Eso es tener suerte.

—Te estás esforzando mucho y lo mereces. Sabes que cuando trabajes para Delaney tendrás que viajar, ¿verdad?.

—Lo sé, me lo dijo Jack.

—Aunque es maravilloso volar en su avión privado. Bueno, en realidad no he subido en su avión sino en el de su padre, pero seguro que es igual de fantástico. No tiene nada que ver con los vuelos comerciales a los que estamos acostumbrados.

—Lo imagino. Me he estado informando sobre los dos aviones que tiene Stanford. Son una maravilla.

—Sabiendo lo que te gustan los motores, supongo que tú no te refieres al interior. Pero puedo decirte que es una pasada.

—¿Sabías que, además de los dos aviones, tiene casi doscientos helicópteros?

—Dios mío. Ese hombre lo hace todo a lo grande. También tiene bastantes hoteles.

—Doscientos cuarenta y ocho, todos de cinco estrellas.

—Con razón es tan arrogante, con todo lo que tiene puede permitírselo.

—¿La mujer de Stanford se parece a Lauren?

—¿Te refieres al físico?

—No, ya me dijiste que todas eran muy guapas. Me refiero a su forma de ser. Me dijiste que el marido de Lauren es millonario, pero ella parece una mujer sencilla.

—Puedo asegurarte que todas son muy sencillas, ninguna ha olvidado sus orígenes.

—Pues, con tanto dinero como tiene Stanford, su mujer podría permitirse ser una pija estirada.

Jess se rio por la definición.

—Pues no es ni pija, ni estirada.

—¿Por qué has dicho que lo pasarías mejor con tus amigos si no estuviera Ryan con ellos?

—Empiezo a pensar que a ese hombre no le caigo bien. Y, por cierto, tú tampoco.

—¿Y eso por qué? Yo no le he hecho nada.

Jess le contó la conversación que habían mantenido todos los amigos sobre Ian.

—¿Piensa que soy un asesino en serie?

—Y tal vez algo peor —dijo ella sonriendo.

—Yo creo que lo que le pasa es que está celoso de mí.

—¿Por qué iba a estar celoso?

—Porque vivo contigo.

—¿Eso crees?

—Te dije que a ese hombre le gustabas, y que viva contigo no le hace ninguna gracia.

—No digas tonterías.

—No son tonterías. Apuesto lo que quieras a que le dijo a Stanford que debería conseguirme un apartamento.

—Delante de mí no lo hizo. Por cierto, Delaney me dijo que te llevara conmigo el sábado.

—¿Delaney?

—Sí. Le dije que no querrías pasar el día con ellos.

—Desde luego que no.

—El próximo día que vaya a reunirme con ellos me llevarás tú y te los presentara a todos. Y luego podras marcharte.

—Si mi futuro jefe quiere conocerme, supongo que no me podré negar.

—No deberías.

Abby llamó a Jess para decirle que los hombres del grupo acababan de llegar a su casa y se estaban duchando. Entonces Jess le pidió a Ian que la llevara.

—Pareces nervioso —dijo Jess cuando iban en el utilitario de Ian.

—Y lo estoy, no te voy a engañar. Voy a conocer a Stanford. Puede que no le caiga bien y decida no darme el empleo.

—No digas tonterías. Delaney es un hombre de palabra y no se va a echar atrás.

—Puede que piense que soy muy mayor.

—Todos ellos tienen más o menos tu edad.

—¿No crees que llevo el pelo demasiado largo? Debería haberle dicho al barbero que me lo cortara como lo llevaba en el ejército.

—Ian, tu pelo está perfecto. Y el largo que llevas te hace más joven. Y ese castaño claro, que parece que lleves mechas, te sienta genial.

—Supongo que las mechas son por pasar mucho tiempo en la calle.

—Sea por lo que sea, te sientan muy bien. La gente paga un montón de pasta en la peluquería para tener unas mechas como las tuyas.

—En ese caso, tendré que dar gracias por haber vivido en la calle tanto tiempo.

—Sí, deberías hacerlo —dijo ella sonriéndole.

—No sé por qué me siento tan inseguro, nunca he sido así.

—Puede que sea porque vas a conocer a tu nuevo jefe, que te ha ofrecido un trabajo fuera de serie y que te va a cambiar la vida.

—Tienes razón. Seguro que es por eso.

—Cuando yo me presenté al trabajo aquí en Nueva York, estaba asustada.

Y eso que ya había trabajado en el depósito forense de Atlanta durante años.

Todos los cambios nos preocupan. De todas formas, no vas a una entrevista de trabajo.

Voy a llevarte a casa de unos amigos míos para que los conozcas.

Y puedo asegurarte que no te vas a sentir incómodo en ningún momento.

—De acuerdo. ¿Crees que me he puesto la ropa adecuada?

Jess soltó una carcajada.

—Vale, ya no diré nada más. Tenía que haberme tomado una tila para tranquilizarme. O mejor aún, dos copas de coñac.

—No digas tonterías. Eres un hombre valiente. Has sido soldado y has luchado en la guerra. Esto va a ser para ti como ir a tomar café con una chica.

—Ahora que lo dices, preferiría ir a tomar café contigo que ir a enfrentarme con Stanford.

—Cuando conozcas a Delaney te darás cuenta de que es un hombre fantástico. Además, Jack estará allí también y a él ya lo conoces.

—Y tanto que lo conozco. Ese hombre me hace sudar más que en cualquier instrucción militar que haya hecho.

—Jack también es un hombre estupendo.

—En eso estoy de acuerdo contigo.

—Por cierto, ¿estás contento con este coche?

—Sí. He dedicado algunas horas revisando el motor y poniéndolo a punto, y ahora está en perfecto estado. Y hablando de coches, si no me equivoco, es hora de cambiar el aceite del tuyo.

—Ian, no necesito que te ocupes de ello, puedo llevarlo a un taller.

—No digas estupideces.

—De acuerdo. Pero he de decirte que no tengo problemas de dinero.

—Nunca he pensado que los tuvieras.

—Creo que debería hablarte de la herencia de mis padres.

—Tú puedes hablarme de lo que quieras.

Y entonces, Jess le contó lo ocurrido con la herencia de sus padres y lo que habían hecho Delaney, Nathan y Jack por ella.

—¿Me estás diciendo que heredaste más de ocho millones de dólares?

—Bueno, en realidad, cuando el abogado leyó el testamento, lo único que vi eran deudas por todas partes. Pero Delaney, Nathan y Jack consiguieron que eso cambiara. Así que sí, de una forma u otra heredé más de ocho millones.

—Vaya. Nunca había tenido una amiga millonaria. Aunque, en realidad, no había tenido una amiga desde que era adolescente.

—Esa es la entrada de la propiedad.

—¡Santa madre de Dios! Esa puerta vale bastante más que el sueldo de un año de un trabajador.

—Eso creo yo también. Llama al interfono.

Ian lo hizo. Cuando contestaron ella se echó sobre él para hablar a través de la ventanilla.

—Soy Jess.

Las puertas comenzaron a abrirse.

—Menos mal que no te ha visto Ryan echarte sobre mí, de lo contrario le habría dado un infarto —dijo Ian mientras entraban con el coche.

Jess le dio una palmada en el brazo porque volviera a insinuar que Ryan sentía algo por ella.

—Jack vive en esa casa.

—Muy bonita. ¡Joder! Mira esa casa —dijo cuando vio el edificio. Es una mansión. ¿Cuántas habitaciones tendrá?

—Un montón. Y una de ellas es mía.

—En ella podría montar un hotel de lujo.

—Pero, ¿para qué querría otro hotel?

—También es verdad.

Dejaron el coche en un techado que había a un lado para varios vehículos y caminaron hacia la casa. Jack les esperaba en la puerta.

—Hola, Jack.

—Hola, Ian. Me alegro de verte. Hola, Jess.

—Hola, Jack —dijo ella besándolo en las dos mejillas.

—Entrad. Están todos en el salón.

—Vale. Vamos, Ian —dijo ella cogiéndolo de la mano para que la siguiera.

La puerta del salón estaba abierta y entraron.

—Hola, chicos.

Ryan se volvió hacia la puerta al escuchar la voz de Jess. Enfocó la mirada en las manos de ellos dos, que seguían unidas. Ian soltó a su amiga, aunque no se apresuró en hacerlo. Todos se levantaron.

Ryan observó al hombre. Sería como él de alto, llevaba un pantalón vaquero y un suéter blanco de lana, y encima una cazadora negra. Pensó que tenía gusto para vestir. Pero lo que más le fastidió fue darse cuenta de lo atractivo que era, como había comprobado al verlo en el restaurante.

—Quiero presentaros a Ian Hay —dijo Jess—. O mejor, os presentáis vosotros mismos, porque sois muchos.

—Hola, Ian. Soy Delaney Stanford —dijo tendiéndole la mano.

—Un placer, señor —dijo Ian estrechándosela fuertemente, algo que agradó a Delaney.

—Nada de señor. De momento no trabajas para mí. Llámame Delaney, y puedes tutearme, a mí y a todos los que estamos aquí.

—De acuerdo.

—Ella es mi mujer, Tess.

—Hola, Tess. Es un placer conocerte.

—El placer es mío, te lo aseguro —vocalizó ella evitando la mano que el le tendía y besándolo en las mejillas.

—A ti te conozco. Hola, Lauren.

—Hola, Ian —dijo la chica besándolo en las mejillas igual que su amiga.

Se fueron presentando todos hasta que le llegó el turno al último, que era Ryan.

—Hola, Ryan —dijo dándole la mano.

—Ian —dijo a modo de saludo estrechándole la mano.

—¿Estás contento de vivir con Jess? —preguntó Carter.

—Vivir con ella es genial. Estoy muy a gusto en su casa.

—Pues no te acostumbres porque pronto saldrás de allí —murmuró Ryan.

—¿Has dicho algo? —preguntó Logan, que estaba a su lado.

—No. Solo pensaba.

Logan intentó no sonreír, porque había escuchado perfectamente lo que había dicho su amigo.

—Solo he venido a traer a Jess, pero tengo que marcharme.

—¿No quieres tomar nada? —preguntó Tess.

—Te lo agradezco, pero no, tengo cosas que hacer.

—Nos ha gustado conocerte.

—Y a mí a vosotros —dijo el exmilitar—. Hasta la vista.

—Te acompaño al coche —dijo Jess abandonando el salón junto a él.