Tan irresistible como Stanford Capítulo 19
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Capítulo 19

El teléfono de Jess sonó mientras preparaba la cena. Ian estaba en el salón montando los muebles.

—Hola, Jack.

—Hola, Jess. ¿Va todo bien?

—Sí. Lauren y yo recogimos a Ian en el aeropuerto. No lo reconocí porque nunca lo había visto sin barba e iba afeitado.

—Entonces, es normal que no lo reconocieras.

—Las dos nos quedamos asombradas porque es un hombre muy atractivo.

Luego fuimos a comer al restaurante de Sofía.

Ryan estaba comiendo allí con una mujer —Jess siguió hablando para no darle tiempo de que dijera nada sobre Ryan—.

Desde que Lauren nos dejó en casa lo tengo trabajando.

Ha montado el escritorio que compre antes de irnos a las Maldivas y ahora está montando las estanterías.

—Así está ocupado y distraído. Ahora se sentirá un poco desplazado.

—Sí, supongo. Para él habrá sido un gran cambio. He comprado una cama para él.

—Ya tenías una cama en el cuarto pequeño.

—Lo sé, pero no sabía que Ian era tan alto. La cama esa mide un metro ochenta y el mide uno metro ochenta y nueve. He comprado una cama doble. Bueno, la hemos elegido entre los dos, porque cuando tenga su apartamento se la llevará.

—Entonces, está bien. ¿Sabes si Ian estará en casa mañana por la mañana? Me gustaría hablar con él.

—¿Quieres que se lo pregunte? O puedo darte su teléfono.

—Pregúntaselo, por favor. Ya me dará su teléfono cuando nos veamos.

Jess fue hasta donde estaba Ian. Poco después volvió a la cocina.

—Jack. Me ha dicho que estará todo el día en casa, porque mañana traerán la cama. Así que puedes venir cuando quieras.

—Dile que iré sobre las nueve y media.

—De acuerdo.

Jack llamó al interfono de Jess a las nueve y media de la mañana del día siguiente e Ian le abrió. Dejó la puerta del piso entornada para que entrara y fue a su dormitorio a terminar de desmontar la cama pequeña.

—Hola —dijo Jack entrando en el apartamento.

—Pasa, por favor. Estoy en el dormitorio.

Jack cerró la puerta. Luego caminó hacia donde había escuchado la voz.

—Hola, Ian.

—Hola, Jack —dijo el hombre levantándose. Se acercó a él y le tendió la mano—. Es un placer conocerte.

—Lo mismo digo —dijo Jack estrechándosela—. ¿Necesitas ayuda?

—No, gracias. Hoy traerán la cama que ha comprado Jess y estaba adelantando trabajo.

—Supongo que Jess no está.

—No. Se marchó a las siete y media. ¿Te apetece un café?

—Sí, gracias.

—Vamos a la cocina.

Poco después estaban sentados delante de dos humeantes tazas de café.

—Jess me dijo que eras el guardaespaldas de Stanford y su chófer.

—Sí. Desde que se independizó. Antes de eso trabajaba para su padre, haciendo el mismo trabajo. Aunque con Delaney, el trabajo de guardaespaldas es más serio.

—Lo entiendo. He investigado en internet a tu jefe y debe ser complicado. Cuando se tiene tanto dinero, el riesgo aumenta.

—Sí. Bien, Ian. Háblame un poco de ti. Dime cuales son tus habilidades. Jess me comentó algo, pero quiero oírtelo decir ti.

—Me alisté en el ejército a los diecisiete años.

Mis padres no tenían dinero para pagarme la universidad y pensé que era una buena forma de estudiar.

Allí estudié ingeniería informática. Al mismo tiempo aprendí el manejo de armas y sistemas de seguridad.

Practiqué mucho con armas y cerraduras, desmontándolas y montándolas una y otra vez.

Tenía intención de pertenecer a un cuerpo especial y necesitaba ser muy bueno. Todo me interesaba.

—Jess me comentó que sabes de mecánica.

—Cuando estaba en el instituto iba a trabajar después de clase a un taller mecánico de automóviles para ayudar en casa. Me gustaba trabajar allí. En el ejército amplié ese conocimiento y puedo decir que sería capaz de arreglar cualquier motor.

—También dijo que eres piloto de helicópteros.

—Sí. Y además, tengo la licencia de conducir de cualquier vehículo que exista.

—Eso está bien. Sigue.

—En el 2004 me enviaron a Afganistán, entonces tenía dieciocho años.

Volví a casa en el 2021. Y me enteré de que mis padres habían muerto recientemente, y ni siquiera me había enterado.

La novia que tenía cuando me marché estaba casada y tenía varios niños.

Mis padres vivían en una casa de alquiler y cuando murieron, viendo que no aparecía nadie por el domicilio, vendieron todas sus pertenencias para pagar lo que se debía de alquiler.

Solicité una paga al gobierno. Mientras esperaba la ayuda entré en una depresión y me vi viviendo en la calle.

Un día que sentí que tenía la mente despejada fui al médico y sin darme cuenta me encontré en el psiquiátrico.

El tratamiento que me estaban aplicando no me beneficiaba, sino todo lo contrario, me dejaba atontado y pasaba casi todo el tiempo drogado.

Así que una noche me largué. Al menos mis conocimientos con las cerraduras sirvieron para algo.

—Entonces no llegaste a saber nada de la paga.

—No. Supongo que al rechazar el tratamiento pensaron que no me correspondía. De todas formas no tenía ningún domicilio donde pudieran enviarme las notificaciones. Así que me quedé en la calle.

—Cogiste el camino fácil, pidiendo dinero.

—Nunca he pedido dinero. He estado haciendo chapuzas en casas y arreglando coches. Cuando no tenía trabajo permanecía en la calle, pero cuando hacía algún trabajo dormía en una pensión. Así podía ducharme, cambiarme de ropa y llevarla a la lavandería.

—¿Te queda algo de la depresión que padeciste?

—La depresión se curó por sí misma. Leí muchos libros que me ayudaron con ello.

—¿Cuánto tiempo estuviste en la calle?

—Casi cuatro años.

—Entonces, ahora tienes…

—Treinta y nueve. Cumpliré cuarenta el veintiséis de abril.

—¿A qué aspiras?

—Aceptaría cualquier trabajo que me ofrecieran, por supuesto lo suficientemente bien pagado para poder tener una casa y mantenerme, porque no voy a volver a vivir en la calle.

Jess me ha dado esta oportunidad y no pienso desaprovecharla.

Y te aseguro que no la voy a decepcionar.

Ella me dijo que conocías a unos exmilitares que tenían una empresa de seguridad.

—Es cierto. Pero no he hablado con ellos. Antes quería hablar contigo.

—Lo entiendo.

—Has dicho que harías cualquier trabajo. ¿Cómo se te daría ser guardaespaldas?

—Creo que lo haría bien. Me gusta fijarme en los detalles y no se me pasa nada por alto.

—Eso es lo más importante en un guardaespaldas.

—¿En esa empresa tienen servicio de guardaespaldas?

—Sí. Pero no de forma fija. Hablaré con ellos sobre ti. Pero antes lo haré con mi jefe.

—¿Por qué con tu jefe?

—Porque me dijo que antes hablara con él. Stanford es una persona muy importante, con diversos negocios y puede que te necesite.

—De acuerdo. Le dijiste a Jess que no necesitaba llevar traje para la entrevista de la empresa de seguridad. Estoy un poco oxidado en cuanto a ese tema.

—No te preocupes por eso, cuando tengas que ir a alguna entrevista te aconsejaré cómo debes vestir.

—Gracias.

—Dame tu teléfono.

Ian se lo dio. Jack llamó al número para que él también tuviera el suyo.

—Ahora me marcho. Te llamaré.

—Gracias por todo.

—No hay de qué.

Esa noche, después de cenar, Delaney fue a su despacho a revisar unos papeles. Jack llamó a la puerta y Stanford le dijo que entrara.

—¿Tienes unos minutos?

—Claro, siéntate.

Jack se sentó frente a la mesa.

—¿Qué ocurre?

—Esta mañana fui a ver a Ian, el hombre que está en casa de Jess.

—¿Qué tal es?

—Lo cierto es que me sorprendió. No tenía idea de que fuera así, esperaba otra cosa. Supongo que al pensar que era un indigente, pensé que tendría el aspecto de los indigentes que vemos por la calle.

—Y no es como ellos.

—Para nada. Es un hombre de aspecto magnífico, alto, atractivo y sin duda, hace unos años era musculoso. Es un hombre muy intuitivo y no se le escapa nada, aunque su mirada permanece inexcrutable, es imposible saber lo que piensa, y eso es un detalle importante.

—¿Qué has averiguado de él?

Jack le relató la conversación que habían mantenido.

—Parece que tiene muchas habilidades.

—Sí.

—¿Qué piensas de lo de su depresión?

—Creo que la depresión nunca existió. Apuesto a que se sentía aturdido.

—¿Estás seguro?

—Sí. Se ve un hombre muy centrado y capacitado para hacer cualquier trabajo de responsabilidad.

—¿Vas a hablar con los de la empresa de seguridad?

—Pues lo cierto es que quería hablar antes contigo.

—¿Por qué?

—He pensado que podría serte útil.

—¿Haciendo qué? —preguntó Delaney echándose hacia atrás en la butaca y mirándolo.

—No sé si te has percatado de que yo ya tengo cierta edad.

—¿Quieres retirarte?

—No. Pero puede que ya no esté capacitado para hacer el trabajo que hago. Llevo pensándolo desde hace algún tiempo, y creo que Ian es la solución.

—Acabas de decirme que no quieres retirarte.

—No, no quiero hacerlo. Pero creo que estaría bien que me centrara solo en Tess y en los niños.

Brianna ya va a la escuela y Chistian a la guardería.

Quiero ser yo quien los lleve y los traiga, como hacía contigo y con Sean cuando erais pequeños.

Y mientras están en el colegio me encargaré de Tess y de Gillian.

—De manera que ya no quieres ser mi guardaespaldas ni mi chófer.

—Ha sido un placer trabajar haciendo esas dos cosas, pero creo que con mi edad ya no podría hacer bien el trabajo, y eso me preocupa. Yo me quedaría en casa con tu familia cuando estés fuera, en vez de pedirle a Steve que se quede con ellos.

—¿Y crees que Ian es la persona indicada para ocupar tu puesto?

—Creo que sí. De todas formas, deberá estar a prueba durante un tiempo.

—Si tú lo crees conveniente, que así sea.

—Me encargaré de enseñarle cuál será su trabajo. Y lo prepararé bien.

—Eso no lo dudo.

—¿El sueldo será el mismo que tengo yo?

—Le pagaré lo que tú decidas.

—Tendremos que tener en cuenta que él no vivirá en tu propiedad, como yo, y tendrá que pagar alquiler.

—Decide tú su salario.

—Además, tendrás que adelantarle algún dinero, porque ha venido de Atlanta solo con una mochila y tendrá que comprarse la ropa necesaria.

—Ocúpate de ello y yo me haré cargo de las facturas.