Capítulo 18 #3
Jess recorrió el restaurante con la mirada y lo vio. Ryan la estaba mirando. Al ver que le acompañaba una mujer bajó la mirada.
—Vamos a saludarlo —dijo Lauren.
—Está acompañado.
—¿Y eso qué importa?
—Ve tú.
—De acuerdo.
Lauren se levantó y se acercó a su amigo. Ryan se levantó y le dio dos besos en las mejillas.
—Hola, cielo.
—Hola, Ryan.
—¿Dónde está tu marido?
—Delaney y él están de viaje de negocios.
—Te presento a Sylvie. Sylvie, ella es Lauren una buena amiga.
La mujer se levantó para darle la mano y Lauren se la estrechó. Pero no le dio ningún tipo de conversación, excepto un encantada.
—¿Quién te acompaña, además de Jess?
—Es Ian, su amigo, el exmilitar de Atlanta.
—Ese no es Ian —dijo Ryan mirándolo.
—Por supuesto que es él. Jess tampoco lo ha reconocido en el aeropuerto. Creo que antes llevaba barba.
—Será por eso. ¿Ya ha encontrado un hotel donde quedarse?
—Se quedará en casa de Jess. Bueno, no os molesto más. Hasta luego.
—Adiós.
Desde ese instante, Ryan no pudo dejar de mirar hacia la mesa donde estaba Jess.
Se esforzó en intentar centrarse en su acompañante, pero le fue imposible.
No podía quitarse a ese hombre de la cabeza.
Desde luego, no tenía ese aspecto cuando lo conoció.
Le había parecido mucho mayor y para nada atractivo.
Recordó las palabras que le había dicho cuando lo conoció: Si yo tuviera un trabajo decente, esta chica no se me escaparía.
Ryan miró a Jess en más de una ocasión, y sus miradas coincidieron un par de veces.
Su forma de mirarlo había cambiado, ahora lo miraba con censura.
¿Estaría celosa porque estuviera con una mujer?
Estaba convencido de que esa era la razón.
Se esforzó por ocultar el placer que sintió al saberlo.
Aunque poco después sentía esa emoción como si fuera una pesada losa sobre su pecho.
¿Estaría él también celoso?, se preguntó.
Jess tampoco había podido evitar mirarlo. Y lo había intentado. Le encantaba el suéter que llevaba. Lo había visto con él en alguna ocasión. Era casi del mismo tono gris de sus ojos y conseguía que su mirada pareciera mucho más intensa de lo habitual y que el brillo de su pelo resaltara.
Jess vio que la acompañante de Ryan se levantaba, seguramente para ir a los servicios, y pasó junto a su mesa. Cuando la mujer se alejó, Jess miró a Ryan con la boca apretada por la rabia. ¿O era decepción?, se preguntó él al verla.
Jess apartó la mirada de él, fingiendo que no le importaba que estuviera con otra.
Pero a Ian no le había pasado desapercibido el brillo de sus ojos por las lágrimas que no estaba dispuesta a dejar brotar.
Como tampoco había pasado por alto las miradas entre ellos dos.
Descubriría pronto lo que sucedía, ya que iba a vivir en su casa.
—Voy a saludar al doctor, vuelvo enseguida —dijo Ian levantándose y caminando hacia la mesa de Ryan.
Al ver que se acercaba a su mesa, Ryan se levantó.
—Hola, doctor.
—Hola, Ian. No te había reconocido, Lauren me ha dicho quien eras. Llámame Ryan, por favor y tutéame.
—De acuerdo.
—¿Cuándo has llegado?
—Hoy, a las once. Ellas me han recogido en el aeropuerto.
—¿Has encontrado ya un lugar donde quedarte? Si no es así, puedes quedarte en mi casa.
—Jess me ha ofrecido quedarme con ella. Pero te lo agradezco.
Ian notó como Ryan se tensaba.
—Si cambias de opinión llámame —dijo sacando una tarjeta personal de la cartera y dándosela?
—De acuerdo. Gracias. No te molesto más —dijo al ver a Sylvie acercarse a la mesa—. Me alegro de haberte visto de nuevo.
—Lo mismo digo. Hasta la vista.
Ian volvió a su mesa y se sentó. El camarero se acercó para llevarles la comida.
—Ryan me ha ofrecido quedarme en su casa.
—¿Has aceptado? —preguntó Lauren.
—No.
—¡Bien!
Ian se preguntó a qué se debía ese bien tan entusiasta. Algo que también tenía que averiguar.
Jess no volvió a dirigir la mirada a la mesa de Ryan. Aunque sí los vio marcharse. Se puso enferma al ver que la mano de él estaba en la espalda de su acompañante.
Y todavía se sintió peor, al pensar que pasarían juntos toda la tarde… y tal vez la noche.
—¿Estás bien? —preguntó Lauren a su amiga al verla abstraída.
—Sí. Solo estaba pensando en algo.
Jess se concentró en sus acompañantes y estuvieron hablando para conocerse un poco más. Después de comer tomaron café e hicieron una sobremesa muy larga.
Lauren los dejó en la puerta del edificio de Jess y se marchó.
—Antes de nada quiero decirte que tengo todo el dinero que me prestaste en Atlanta —dijo él cuando salieron del coche.
—No era un préstamo —remarcó ella abriendo la puerta y entrando. Ian entró tras ella.
—Para mí sí.
—Como quieras.
—Pero si no te importa me lo quedaré, por si lo necesito hasta que encuentre trabajo —dijo abriendo la puerta del ascensor para que ella entrara.
—No hay problema.
—Gracias. Tu amiga es muy simpática —mencionó Ian cuando entraron en el apartamento.
—Todas lo son y también sus maridos.
—Has tenido suerte al encontrarlos.
—Y que lo digas. Antes de que se me olvide. Toma, estas son las llaves de casa. No hace falta que te diga que esta también es tu casa.
—Gracias. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Voy a comprar tu cama. ¿Y tú?
—Montaré los muebles esos de los que me has hablado.
—¿No estás cansado?
—No.
—Estupendo. ¿Necesitas ayuda?
—No creo.
—¿Y herramientas?
—He de verlos antes, algunos llevan en el interior de la caja los tornillos y las herramientas necesarias.
—Son esas dos cajas que hay apoyadas en la pared —dijo ella señalándolas—. Son un escritorio y una estantería.
—¿Dónde pondrás el escritorio?
—De momento lo pondré aquí en el salón, en un sitio que no moleste. Cuando tengas tu casa lo llevaré a tu habitación y será mi estudio.
—Espero no quedarme mucho tiempo.
—Puedes quedarte el tiempo que necesites.
—Voy a ponerme un chándal, no tengo mucha ropa y no quiero manchar esta.
—Yo también voy a cambiarme.
Fueron cada uno a su habitación y poco después volvieron al salón, ambos con chándal.
—¿Tienes frío? —preguntó Jess.
—No.
—El panel de la calefacción está junto a la puerta de entrada.
Cuando vine a vivir aquí pensé en programarla para que se encendiera a ciertas horas, pero no tengo un horario fijo de trabajo.
Así que cuando entro en casa la enciendo.
La casa es pequeña y se calienta enseguida.
Y cuando me marcho la apago. Quiero que hagas lo mismo.
—Vale.
—Ian, no quiero que dejes de encenderla para ahorrar electricidad. Lo digo en serio.
—Te he entendido.
—Voy a meterme en internet para echar un vistazo a las camas. ¿Tienes preferencia por algún tipo en especial?
—Cualquier cama servirá.
—Pero tiene que gustarte a ti, porque luego te la llevarás a tu casa.
—Elígela tú, no creo que yo tenga gusto para elegir nada. Llevo casi toda mi vida vistiendo uniforme del ejército.
—Pues la chaqueta y el suéter que llevabas son bonitos.
—Me ayudó a elegirlos la dependienta de la tienda a la que fui.
—Vale. Antes de comprarla te la enseñaré y me dices si te gusta, y si te parece bien el precio.
—Muy bien.
Jess se sentó en el sofá con el portátil sobre las piernas. Ian desembaló las tablas del escritorio y las colocó separadas en el suelo.