Tan irresistible como Stanford Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—No sabía que costara menos viajar en avión.

—Va a días. De todas formas, no sé cuántas horas tarda el autobús, pero seguro que muchas.

—El trayecto dura algo más de dieciséis horas.

—Olvídate del autobús. En avión estarás aquí en algo más de dos horas.

—¿Necesitaré pasaporte?

—No es necesario si tienes la licencia de conducir.

—Siempre tengo la licencia de conducir profesional y la de piloto de helicópteros al día.

—Entonces no te hace falta nada más.

—Bien. ¿Para cuánto tiempo crees que debo reservar el hotel?

—No vas a reservar ningún hotel, en casa tengo una habitación libre.

—No creo que esté bien que me quede en tu casa.

—¿Por qué?

—Porque no me conoces de nada.

—Ian, te conozco lo suficiente. Pero si crees que vas a estar incómodo, te reservaré una habitación en un hotel.

—Yo no me sentiré incómodo, lo decía por ti.

—A mí me harás un favor si te quedas en mi casa.

—¿Un favor?

—Compré un montón de cosas nada más llegar aquí, pero no tuve tiempo de terminar de colocarlo todo, porque me fui a las Maldivas con mis amigos, y tengo los cuadros sin colgar y dos muebles para montar, que no tengo ni idea de cómo hacerlo. Y aunque supiera, no tengo tiempo.

—De acuerdo, me quedaré en tu casa entonces.

—Bien. Cuando tengas trabajo nos encargaremos de encontrar un apartamento para ti.

—Gracias por todo lo que estás haciendo por mí.

—Tú también lo habrías hecho por mí. De hecho, me has ayudado siempre que lo he necesitado. ¿Quieres que te saque el pasaje?

—No, me manejo bastante bien con el ordenador y con el móvil. He estado practicando y creo que ya estoy al día en todo.

—Eso es maravilloso. Por cierto, una de mis amigas es ingeniero informático y te ayudará con cualquier duda que tengas.

—Parece que te codeas con gente importante.

—Te darás cuenta de ello cuando te informes sobre Stanford.

—Lo haré esta misma noche. Te avisaré cuando tenga el vuelo comprado y te diré la hora de llegada, y me envías tu dirección para que vaya a tu casa.

—No necesitas mi dirección, porque iré a recogerte al aeropuerto.

—De acuerdo, gracias. No olvides preguntarle a tu amigo Jack si necesitaré un traje.

—Lo haré tan pronto cuelgue.

—Hasta pronto.

Hacía dos semanas que Jess no veía a Ryan.

Bueno, tampoco había visto a sus amigos, pero a ellos no los echaba tanto de menos.

Pensó que con el tiempo lo olvidaría, pero empezaba a a pensar que era todo lo contrario, porque cada día que pasaba lo añoraba más.

Estaba emocionada y también intranquila, porque sabía que vería a Ryan en unos minutos.

Pero la emoción que había sentido, junto con la intranquilidad por la expectativa de verlo se esfumaron cuando Ellie les dijo que Ryan la había llamado para informarla de que no se reuniría con ellos, porque estaba de guardia en el hospital.

Aunque poco después estaba tan animada y feliz como siempre que se reunía con todos.

Durante la comida estuvieron hablando de una cosa y otra.

Entre ellas, sus amigas casadas le hablaron a Jess de la noche anterior, que sus maridos las habían llevado a cenar, porque había sido San Valentín.

Después de eso acosaron a preguntas a Jess sobre su nuevo trabajo.

Se notaba que estaban preocupados por si no se sentía bien con sus compañeros. Pero les sacó de dudas.

—Mis compañeros son fantásticos. Desde el primer día me han tratado como si fuera uno más. En los descansos hacemos turnos y salimos juntos a comer. Me gusta estar con ellos.

—¿Y tu jefe? —preguntó Delaney.

—Me cae genial. Es un hombre con quien se puede hablar y exponer cualquier duda que tengas, y siempre te escucha con la máxima atención.

—Entonces, ¿no te arrepientes de haberte mudado aquí? —preguntó Sean.

—Para nada. Me siento feliz. Por cierto. Ian, el exmiltar de Atlanta de quien os hablé llega mañana. Lo recogeré en el aeropuerto a las once de la mañana.

Tess, Ellie, Abby y Kate se disculparon por no poder ir al aeropuerto con ella, porque tenían cosas que hacer.

—No necesito que me acompañéis, solo voy a recogerlo.

—Yo te acompañaré —dijo Lauren—. Delaney y Nathan estarán mañana fuera de la ciudad.

—No hace falta que vengas conmigo.

—Lo sé, pero me apetece. No te importa. ¿verdad?

—Claro que no.

—Llevaré a Nathalie al colegio y te recogeré. Iremos a desayunar para hacer tiempo

—De acuerdo.

Jess volvió a casa a última hora de la tarde. Se sentía decepcionada. Echaba de menos a Ryan y se moría por verlo. Se preguntó si él habría cambiado la guardia con algún compañero solo para no verla.

Jess y Lauren esperaban a Ian en la salida de pasajeros del aeropuerto.

—Es raro que no haya salido ya, ¿no te parece? —preguntó Lauren.

—Tiene que haber llegado en ese vuelo, de lo contrario me habría llamado para que no viniera a recogerlo.

De pronto un hombre se acercó a Jess.

—Me da la impresión de que no me reconoces —dijo el hombre colocándose delante de ella.

—¿Ian?

—Ese soy yo.

—¡Oh, Dios mío! No te he reconocido sin barba —dijo ella dándole un abrazo, que él le devolvió de manera natural.

Lauren lo miró de arriba abajo. Era un hombre muy alto.

Vestía vaquero, un suéter de lana y una chaqueta muy abrigada.

Le pareció muy atractivo, aunque su aspecto hacía pensar que era duro, antipático y desagradable.

Pero esa definición no concordaba con el abrazo afectuoso que le daba a su amiga.

Aunque sí tenía un aspecto peligroso, de alguien que siempre está alerta, puede que fuera por la barba de tres días que llevaba.

Tenía el rostro bronceado, sin duda por pasar mucho tiempo en el exterior.

Eso hacía que el color ámbar de sus ojos resaltara.

Sus pómulos eran altos y sus labios carnosos y perfectamente delineados. Era delgado, aunque parecía fuerte.

—Ian, quiero presentarte a una de mis amigas, ella es Lauren. Lauren, él es Ian.

—Un placer conocerte, Ian —dijo ella acercándose para besarlo en la mejilla.

—Lo mismo digo —añadió él dedicándole una preciosa sonrisa, que hizo que ella se olvidara de lo de duro, antipático y desagradable, porque le pareció una sonrisa dulce y tierna.

—¿Solo llevas la mochila? —preguntó Jess.

—Los trajes, los zapatos italianos y las cosas de valor están de camino —dijo el hombre serio.

Jess soltó una carcajada.

—Sigues siendo tan bromista como siempre —dijo Jess, mientras caminaban hacia la salida.

—He dejado atrás lo poco que tenía y solo he traído conmigo algo de ropa que compré ayer y el ordenador. Cuando tenga trabajo, si eso llega a suceder, iré comprándome lo que necesite.

—No te sientas especial por llevar todas tus pertenencias en una mochila, yo viví en la calle algún tiempo —dijo Lauren.

Ian la miró muy sorprendido por sus palabras.

—Y mírala ahora. Es ingeniero informático y diseñadora de videojuegos. Y además, está casada con un millonario.

—Ojalá a mí me vayan las cosas igual que a ella, y no me refiero a lo de casarme con un millonario, sino al trabajo —dijo él mirando a Lauren orgulloso.

—Las cosas te van a ir genial, Steve no te va a dejar escapar, ya lo verás —manifestó Lauren.

—¿Quién es Steve?

—Es un exmilitar, un SEAL y uno de los socios de la empresa de seguridad de la que seguro te ha hablado Jess.

—Sí, lo ha hecho.

—De todas formas, si él no te contrata, lo hará Delaney.

—Delaney Stanford —dijo Ian.

—Sí.

—Estuve informándome sobre él en internet. Ese hombre es muy poderoso.

—Sí que lo es. Y mi marido es amigo suyo de toda la vida, y su abogado.

—Creo que me sentiría mejor trabajando con los exmilitares.

—¿Te sientes intimidado por Delaney sin conocerlo? Te aseguro que Jess no le tiene ningún miedo.

—Jess es muy valiente —dijo Ian.

—Sí, es cierto.

—Delaney es un cielo y una gran persona —mencionó Jess sonriéndole.

—Ian, mete la mochila en el maletero —le pidió Lauren cuando llegaron al vehículo.

—Bonito coche.

—Gracias.

Jess dejó que él se sentara en el asiento del copiloto y ella se sentó detrás.

—Iremos a mi casa para que dejes la mochila —dijo Jess.

—De acuerdo.

—Y luego iremos a comer, así te iré conociendo un poco —añadió Lauren.

—Me parece bien. Y me hablaréis del grupo de amigos al que ahora pertenece Jess.

Jess estaba mostrándole a Ian su apartamento. Al entrar en el dormitorio pequeño, el que ocuparía él, se preguntó si la cama no sería demasiado pequeña, porque antes nunca se había parado a pensar en la altura ni en lo grande que era ese hombre.

—¿Cuánto mides?

—Un metro ochenta y nueve.

—Cuando volvamos de comer compraré por internet una cama más grande, en esa no puedes dormir —dijo Jess.

—Podré dormir perfectamente, yo puedo dormir en cualquier parte.

—Eres mi invitado. La habitación no es grande, pero cabe una cama doble.

—¿Y qué harás con la cama pequeña? Porque seguro que no pensabas poner una cama grande en esa habitación.

—La meteremos debajo de la que compremos para ti. Esa habitación pensaba dedicarla a despacho, de hecho, ya he comprado el escritorio, es una de las cosas que tengo que montar y con lo que quiero que me ayudes.

—Estaré encantado de hacerlo.

—Y cuando tengas tu propio apartamento te llevas la cama.

—Entonces tendré que pagártela.

—Me la pagarás cuando tengas trabajo.

—En ese caso, acepto. Me gusta tu casa.

—A mí también.

—Si no os importa, me muero de hambre —dijo Lauren.

—Tienes razón, es la hora de comer.

Ian dejó la mochila sobre la pequeña cama.

Salieron de la casa y se dirigieron al restaurante italiano donde Lauren había trabajado muchos años atrás, y donde Jess había conocido a sus amigas.

El maître del restaurante saludó a las dos mujeres con un beso y las acompañó a su mesa. Los tres se sentaron y pidieron la comida. Como era normal en Ian, examinó el restaurante minuciosamente y descubrió a Ryan sentado en una de las mesas.

—Tu amigo, el doctor Owens, está aquí —dijo Ian a Jess.

—¿Quién?

—El médico que me presentaste en Atlanta, el que había para acompañarte en el viaje.

—¿Habla de Ryan? —preguntó Lauren.

—Sí —dijo Jess.

Ian vio claramente que Jess se tensaba al escuchar sus palabras y se arrepintió de haberlo mencionado.