Tan irresistible como Stanford Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Él la instó a que se echara sobre la manta.

Después de sacarse los pantalones se echo sobre ella.

Se acercó a uno de los pechos y rozó el pezón con la lengua con insistencia.

Eso hizo que todo pensamiento racional que tuviera Jess en la mente desapareciera.

Ryan pasó un buen rato con sus pechos, consiguiendo que un río de fuego líquido bajara desde el vientre de Jess hasta su centro de placer, sintiendo un calor tan abrasador en su entrepierna que casi no lo podía soportar.

Nunca la había deseado ningún hombre, era algo nuevo para ella, pero tuvo que reconocer que le gustaba.

Ryan bajó una mano hasta su sexo. Al sentir sus dedos jugando con su clítoris, Jess supo que le pertenecía a ese hombre y que le dejaría hacer lo que quisiera con ella. Y también descubrió, que por mucho que intentara no sentir lo que sentía por él, no podría hacer nada para evitarlo.

—Ryan, quiero tenerte dentro. Pero antes, necesito que me beses.

Se besaron con una pasión desmesurada, que hizo que se estremecieran de placer.

Estando con él, esa chica, que no tenía experiencia, se convertía en una mujer con apetitos inconscientes y un deseo desesperado, se dijo Ryan.

Él se colocó entre sus piernas y se puso el condón.

La penetró despacio y de manera tan deliciosa que Jess sintió hasta el último milímetro de su verga deslizándose en su interior hasta el fondo, hasta que sus caderas quedaron unidas.

Luego se retiró hasta casi tener la polla fuera y volvió a penetrarla con una profunda embestida.

Colocó las manos de ella junto a su cabeza y entrelazó los dedos con los de ella.

—Me encanta tenerte dentro.

—Follarte es una delicia.

Ryan la besó, porque necesitaba saborearla de nuevo, pero también porque estaba a punto de correrse y tuvo que dejar de moverse para calmarse. Le devoró la boca con la lengua, mientras ella elevaba las caderas pidiéndole en silencio que se moviera de nuevo.

Jess sabía que lo que estaba experimentando nunca lo sentiría con otro hombre.

Solo la idea de volver a verlo hacía que el ritmo de su corazón se acelerara, sus caricias la estremecían, el roce de su piel hacía que una calidez se desplazara con suavidad por el interior de su cuerpo calentándolo.

Y sus besos… ¡Santa madre de Dios! Sus besos despertaban en ella algo que la hacía sentir genial.

Ryan dejó de besarla y comenzó a moverse de nuevo. Se movieron juntos, lentamente, mientras sus alientos se mezclaban, y sin apartar la mirada el uno del otro.

Ryan la sujetaba de las caderas con delicadeza y con un tacto exquisito, aunque de forma posesiva. Pero a ella no le importó, porque en realidad, sabía que le pertenecía a ese hombre.

Jess le rodeó las caderas con las piernas y eso hizo que él volviera a sujetarle las manos junto a su cabeza y que la polla entrara más adentro. Ryan perdió el control y tuvo que acelerar las embestidas, porque iba a correrse y quería que ella lo hiciera antes.

El grito de Jess hizo que él se dejara llevar al mismo tiempo. Ryan se echó sobre ella y le acarició el cuello con los labios. Permanecieron así mucho tiempo, como si no quisieran separarse.

—Había olvidado lo bueno que era esto —dijo ella abrazándolo fuerte.

—Recojamos todo y volvamos a la casa.

—Vale.

Entraron en la casa y subieron la escalera en silencio. Cuando llegaron arriba, él la cogió de la mano para llevarla a su habitación.

—Vamos a la ducha —dijo él cuando entraron en el dormitorio.

—¿Quieres que nos duchemos juntos?

—¿Te da vergüenza que te vea desnuda? —preguntó con una descarada sonrisa.

—Por supuesto que no. Luego no podré usar el secador del pelo o los despertaré a todos con el ruido.

—Todas las habitaciones de la casa están insonorizadas. Vamos —dijo arrastrándola hasta el baño.

—Los baños de esta casa son una pasada.

—Sí.

—Aunque los de tu casa también son fantásticos.

—Gracias.

Ambos se desnudaron y se metieron bajo el agua. Ryan se propuso no follarla en la ducha y lo consiguió, aunque no pudo resistirse a acariciarla mientras la enjabonaba.

Cuando terminaron, él la dejo sola para que se secara el pelo.

Ryan estaba apoyado en el escritorio mirando algo en el móvil.

La toalla le rodeaba las caderas. Cuando la vio salir se acercó a ella, la rodeó con sus brazos y la besó de forma descontrolada.

Y ella le devolvió el beso con la misma pasión.

—Será mejor que vayamos a la cama, de lo contrario te follaré aquí de pie.

—No me importaría. No lo he hecho nunca en esa postura.

—Sé que no lo has hecho nunca, cielo.

Ryan volvió a besarla al mismo tiempo que la iba conduciendo de espaldas hasta que ella tocó la pared. Se sacó la toalla y le sacó a ella la suya. Entonces volvió a besarla.

—Me encanta besarte —dijo él metiendo la mano entre sus muslos para ver si estaba preparada—. Estás mojada y deliciosa. Voy a follarte aquí contra la pared, porque quiero que lo experimentes todo conmigo.

—No creo que en una noche pueda experimentarlo todo contigo.

—Desde luego que no. Voy a coger un condón.

Jess lo miró de arriba abajo cuando se alejaba de ella y cuando regresaba.

Sus músculos estaban bien delineados, como si terminara de salir de una revista de ropa interior.

Los hombros, los brazos, los pectorales, los oblicuos…

el cuerpo de ese hombre era absolutamente perfecto.

Y era solo suyo... por una noche, se dijo.

Ryan se puso el condón y la elevó.

—Rodéame las caderas con tus preciosas piernas.

Jess lo hizo y a continuación le rodeó el cuello con los brazos.

Soltó un gemido cuando el miembro de él rozó su sexo.

Ryan entró en ella lentamente, pero con firmeza.

Comenzó a moverse hasta hacer que los suspiros de Jess se convirtieran, primero en gemidos, para un instante después pasaran a ser jadeos de placer.

De pronto desapareció la erótica y lenta delicadeza que Ryan había mostrado hasta el momento y se convirtió en puro fuego y músculo. Cualquier otra novata se habría preocupado por su brusquedad, pero Jess estaba tan excitada, que pensaba que su cuerpo iba a explotar.

—¡Por Dios bendito! Esto es glorioso. Más fuerte por favor —dijo ella.

Poco después, Jess gritó su nombre una y otra vez cuando el orgasmo la alcanzó. Y entonces él la embistió tres veces más de manera brutal y se corrió.

Ryan dio un paso atrás, sujetándola fuertemente de la cintura. Se inclinó y le mordió un pezón, y ella soltó un grito de placer. La miró a los ojos y vio una sonrisa en sus labios.

—¿Por qué sonríes?

—Porque me ha encantado hacerlo así.

—¿No he sido demasiado brusco?

—Te he pedido que lo hicieras más fuerte.

—Me gusta que me digas lo que te gusta que te haga.

—A mí también me gusta decírtelo. Había leído sobre los empotradores, pero tú has superado la idea que tenía de ellos.

—Me alegro.

Ryan sacó el miembro de su interior y la ayudó a que pusiera los pies en el suelo. Luego se quitó el condón.

—Ahora me vendría bien tumbarme en la cama unos minutos.

—Ahí está la diferencia de edad —dijo ella dedicándole una descarada sonrisa.

—¿Vas a decirme otra vez que estoy viejo?

—Me has demostrado que de viejo tienes bien poco. De todas formas, yo también estoy un poco cansada.

—Pues no te relajes demasiado porque no he terminado contigo.

—Ni yo contigo.

Subieron a la cama y se tumbaron el uno junto al otro. Ryan se incorporó para besarla en los labios. Y ya no pudo volver a echarse sobre la cama. Comenzó a acariciarla.

Cada roce de sus dedos, cada caricia de su cabello paseándose por su cuerpo, despertaba todas las terminaciones nerviosas de Jess.

Pensaba que en cualquier momento sufriría un infarto.

Cada vez que la acariciaba nuevos sentimientos brotaban en su interior.

Él tenía algo que siempre había añorado, aunque no supiera qué era.

Cuando Ryan pasó a acariciarla con la lengua y los labios, hizo que su corazón se alterara, hasta pensar que se le saldría del pecho.

Lo que ese hombre hacía con la lengua era como una conversación, como si estuviera follándola.

Pensó que era capaz de descubrir lo que le gustaba, para complacerla de inmediato.

Después de ponerse un condón, entró en ella con una sola embestida y volvió a salir lo justo para volver a penetrarla hasta lo más hondo. Jess se adaptó poco a poco al ritmo de él, saliendo al encuentro de sus acometidas y elevando las caderas para que entrara con más profundidad.

Jess pensó que ese hombre sabía cómo moverse, para que ella sintiera el mayor placer. Sus embestidas eran tan lentas, largas y profundas, que conseguían que se quedara sin respiración y que deseara mucho más de él.

Jess respondía con pasión a cada uno de sus envites, cuanto más profundos y rápidos eran, con más fuerza se sujetaba a él. Se movían al mismo tiempo, dando y tomando a la vez. Ryan la follaba con una destreza y habilidad destructiva.

—Córrete para mí, cielo —dijo él, que estaba a punto de correrse.

Esas palabras fueron como una orden irrevocable para Jess, que se dejó llevar, pronunciando de nuevo su nombre. Ryan entró en ella una, dos, tres veces más, de manera salvaje, hasta que lo golpeó de lleno un estallido de placer que lo dejó alucinado.

—¡Oh, Dios del cielo! —dijo él, soltando a continuación un gruñido cuando se corrió.

Se dejó caer exhausto sobre ella, sin importarle si la aplastaba o no, pero con una sensación completamente desconocida.

Se sentía saciado y satisfecho por primera vez en su vida.

Con ninguna mujer se había sentido como con ella.

Ninguna mujer había conseguido nunca que llegase a ese estado físico de placer en el que se encontraba.

Aunque él no se lo hubiera preguntado, a Jess no le importaba soportar su peso. Pensó que le gustaría tenerlo así para siempre.

—Ryan.

—¿Sí?

—No quiero volver a hacerlo. Estoy muy cansada.

—Yo también. ¿Vas a marcharte a tu cuarto?

—En unos minutos, cuando descanse un poco.

—Vale —dijo él incorporándose.