Capítulo 17
Los siguientes días fueron fantásticos para Jess. Todo el grupo salía a correr por la mañana temprano, excepto Patrick y Jack que se quedaban tomando un café en el porche. Abby caminaba en vez de correr, acompañada por Louise, su suegra.
Cuando volvían se bañaban en la playa que había delante de la casa. Y luego desayunaban todos juntos.
La vida de Jess había cambiado tanto que no podía creerlo. Cuando miraba a todos sus amigos, se daba cuenta de que tener a esas personas a su lado haría que su vida fuera, sin duda, maravillosa.
Todos hablaban de cualquier cosa que les hubiera ocurrido tanto en el trabajo como fuera de él.
Jess se preguntaba si podría hablarles alguna vez de su trabajo.
Aunque estaba segura de que hablar de cadáveres no les parecería interesante.
Sin embargo, se vio comentándoles un caso que habían tenido en Atlanta unos meses atrás y todos se mostraron muy interesados.
Después de desayunar iban a la playa, y seguían hablando y bromeando, mientras tomaban el sol y se bañaban. Jess se preguntó si alguna vez les faltaría tema de conversación, pero estaba segura de que eso no sucedería jamás.
Volvían a casa a la hora de comer. Las mujeres se ponían a preparar la comida, y los hombres iban sacando las cosas a la enorme mesa que había en el exterior, debajo de un grupo de palmeras.
Era increíble lo bien organizados que estaban todos, sobre todo las chicas. Era como si hubieran cocinado juntas toda la vida cuando, en realidad, ninguna de ellas cocinaba, porque todas tenía servicio doméstico en sus casas.
Jess alucinaba con los hombres. Cada vez que uno entraba en la cocina se acercaba a su mujer para darle un beso, rozarle el cuello con los labios o simplemente, acariciarle la mano o el brazo.
Era como si necesitaran ese contacto con su pareja.
Jess se dio cuenta de que las envidiaba por haber conseguido a esos hombres fascinantes.
Después de comer solían volver a la playa a dormir la siesta debajo de las palmeras, aunque algunas de las parejas, preferían hacerlo en sus habitaciones… para tener intimidad.
Después de la siesta solían quedarse en la playa tomando el sol y bañándose, o dando un paseo alrededor de la isla mientras hablaban o bromeaban con cualquier cosa. Aunque otras veces salían con el barco a navegar.
Nadie se entretenía mirando los móviles. Estaba claro que los días que pasaban allí los dedicaban a estar con sus amigos y desconectar del trabajo y del resto del mundo. Aunque cada día llamaban a sus casas para preguntar por los pequeños.
Las cenas eran igual de divertidas que el resto de las comidas. A veces después de cenar veían alguna película en la televisión. Pero no solían acostarse muy tarde.
Era el último día que permanecerían en la isla, al día siguiente saldrían por la tarde rumbo a Nueva York.
Jess había pasado una semana fantástica, como todos ellos. Aunque no había salido de su habitación ninguna noche, para evitar volver a encontrarse con Ryan. Pero esa última noche no podía conciliar el sueño y le apetecía dar un paseo por la playa y tal vez bañarse en esas aguas cristalinas.
Jess cogió una toalla de baño y salió de su habitación. Bajó la escalera sin hacer ningún ruido. Cogió una de las mantas que guardaban en el armario de la entrada y abandonó la casa.
Había luna llena y alumbraba como si hubiera una gran farola encendida.
Ryan tampoco podía dormir. Él también había decidido no salir de su dormitorio ninguna noche para no encontrarse con Jess, porque esa mujer era una tentación demasiado grande.
Estaba mirando por la ventana cuando vio una silueta femenina caminando hacia el mar. No podía distinguirla, pero sabía que era Jess. Ninguna de sus amigas abandonaría a su marido en la cama, y mucho menos a medianoche.
Jess tendió la manta muy cerca del mar y dejó la toalla sobre ella. Luego se sacó la camiseta larga que llevaba y caminó hacia la orilla desnuda.
Ryan se había dicho una y otra vez que no abandonara la casa.
Pero esa vez no pudo controlar el deseo de estar un rato con Jess.
Era el último día en la isla y no sabía si tendría alguna posibilidad de estar a solas con ella en un futuro.
Se puso un pantalón de chándal y una camiseta.
Abandonó su habitación y poco después la casa.
Jess estaba bañándose cuando vio a alguien acercarse a la playa.
No podía distinguir quien era, pero solo había dos opciones: Jack o Ryan.
Podía ser cualquiera de los dos. Sabía que Jack era muy protector con todo el grupo y si la había oído salir, posiblemente iría a ver qué sucedía.
Pero se había equivocado, porque cuando llegó a la orilla pudo distinguir perfectamente a Ryan.
Jess se quedó mirándolo. Estaba de pie con los brazos cruzados y mirando hacia el mar, o a ella.
Se preguntó cómo iba a salir del agua si estaba completamente desnuda.
Aunque ese hombre ya la había visto desnuda, se dijo, y no pasaría nada porque la viera de nuevo.
Así y todo, esperó a ver si él se cansaba y se alejaba.
Pero no sucedió. No le gustaba exponerse delante de él, pero tampoco era una cobarde.
Solo tenía la cabeza fuera del agua, pero era porque estaba agachada. Cuando se puso de pie el agua le cubría por la cintura. Comenzó a caminar hacia la orilla, mostrando una seguridad que no sentía. Salió del agua y pasó junto a él sin mirarlo. Cogió la toalla y se rodeó el cuerpo con ella.
—¿Hoy tampoco podías dormir? —preguntó él girándose para mirarla.
—No. Supongo que tú tampoco. ¿A qué has venido?
—No lo sé.
—Contigo me siento insegura, pero parece que no soy la única.
—He intentado no pensar en ti, pero he fracasado. No sabes cuánto te deseo.
—Eso es porque estás acostumbrado a estar a menudo con mujeres y no hay ninguna a tu alcance desde hace una semana.
—Tú estás a mi alcance.
—Dijiste que ya no estabas interesado en mí.
—Dije que no estaba interesado en mantener una relación contigo.
—¿Y en qué estás interesado?
—Si folláramos nos relajaríamos y podríamos dormir —dijo él sin contestar a la pregunta.
—¿Es lo que quieres?
—Sí. Pero solo hoy. Con una noche será más que suficiente.
—Haría cualquier cosa por poder dormir.
—Entonces, ¿estás de acuerdo?
—Sí.
Jess se acercó a él y puso la mano sobre su pecho, por encima de la camiseta. ¡Santa madre de Dios! ¡menudos pectorales!, pensó. Mantuvo la mano quieta, aunque lo que deseaba era acariciarlo. Ryan sintió que el pecho le ardía por su contacto.
—Jamás podría haber imaginado que yo aceptaría hacer el amor con un hombre a quien prácticamente no conozco.
—No vamos a hacer el amor.
—Llámalo como quieras.
Unos segundos más tarde metió las dos manos dentro de su camiseta y comenzó a acariciarlo de forma tímida con las yemas de los dedos. Entonces, ella le subió la prenda y él se la sacó por la cabeza y la lanzó sobre la manta.
Y entonces, Jess sí que lo acarició, deslizando suavemente los dedos sobre su piel, dibujando el contorno de sus músculos, primero los pectorales, luego los hombros y los brazos.
Parecía que su piel hubiera reaccionado al contacto con la de él, porque sintió como una descarga eléctrica que la dejó perturbada.
De pronto notó que Ryan le acariciaba la muñeca con el pulgar y ese simple roce hizo que se estremeciera.
Los recuerdos de la primera vez que habían estado juntos se adueñaron de ella. Pensó en sus ojos grises, que no se apartaron de los suyos mientras estaba haciéndole el amor.
Ryan notaba esos tímidos y suaves roces deslizándose sobre su piel y dejando calor tras ellos.
Se sentía abrumado al sentir esas manos temblorosas acariciando su piel.
Se guió por la experiencia que le habían dado los años al estar con otras mujeres y que en ese momento comprendía que únicamente había tenido un destino, prepararlo para cuando encontrara a Jess.
Ryan le había dicho que entre ellos había una química brutal. Ella no se había dado cuenta, pero sí había notado como si necesitara a ese hombre para respirar, como si supiera que su cuerpo dejaría de funcionar si dejaba de acariciarlo.
Hacía días que Ryan había comprendido que con ella todo era diferente a con cualquier otra mujer. Con ella todo era más intenso y excitante. Había más ternura, más fuego, más pasión. ¡Joder! Ella jamás podría imaginar cómo la quería.
Jess se dio cuenta de que en ese instante el resto del mundo se volvió insignificante para ella.
Quería estar con él, incluso sin saber donde la llevaría su decisión.
Por una vez en su vida iba a interponerse ella a todo lo demás.
No iba a pensar en lo que podría suceder en el futuro.
Iba a pensar en ella y en ese momento. No sabía si acostarse con él de nuevo iba a llevarla a la felicidad o a la total destrucción. Pero ya solventaría eso más tarde.
—Espero que tengas condones.
—Solo he traído uno.
—¿Sabías que aceptaría acostarme contigo?
—No, pero cabía la posibilidad. Vamos a saltarnos algunos preliminares esta vez, porque sospecho que estarás llena de arena.
—Seguramente.
—Luego volveremos a la casa y nos ducharemos. Y entonces volveremos a hacerlo.
—Pensaba que solo querías hacerlo una vez.
—He dicho una sola noche, no una sola vez.
—Ah, vale. Por mí no hay problema.
Ryan se acercó a ella, le quitó la toalla y la besó mientras le acariciaba los costados. Tuvo que esforzarse para que sus manos se movieran suavemente.