Tan irresistible como Stanford Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

Un instante después seguía embobada mirándolo, sin el más mínimo disimulo.

Tenía todos los músculos del cuerpo bien definidos.

Una fina hilera de vello se perdía debajo de la cinturilla del pantalón.

Ella había leído en alguna novela que se la conocía como el sendero del pecado.

Y desde luego que era el sendero del pecado, se dijo.

De pronto se imaginó recorriéndole con los dedos el torso, los brazos…

A Ryan no le pasó desapercibido el escrutinio que ella le estaba dedicando.

Era la primera vez desde que se conocían que lo miraba de la misma forma que las mujeres que se cruzaban con él.

O puede que lo hubiera mirado antes de esa manera y hubiera disimulado.

De todas formas le hacía gracia verla abstraída mirándolo.

Ryan carraspeó y la hizo salir de su abstracción. Ella lo miró recordando la pregunta que le había hecho.

—No. He bajado a prepararme un vaso de leche caliente.

—¿Te importaría preparar otro para mí?

—No.

Ryan se acercó a ella y se apoyó en la encimera a su lado.

—¿Por qué no puedes dormir?

—No tengo ni idea —dijo ella sacando la leche de la nevera y poniendo un poco en un cazo.

—¿Por qué no la calientas en el microondas?

—Las ondas del microondas son perjudiciales para la salud.

—Vale. ¿Estabas pensando en mí?

—No seas engreído —dijo ella volviéndose para mirarlo.

De pronto se dio cuenta de que no tenía que haberlo mirado.

Ryan seguía apoyado en la encimera. Había cruzado los brazos, provocándola con esos espectaculares abdominales y esos bíceps, que la estaban tentando para deslizar la lengua sobre ellos.

Su cuerpo parecía estar perfilado y diseñado con precisión, y ella lo deseaba con desesperación.

—Sé que me deseas. He visto cómo me has mirado al entrar..., y ahora.

—Tú has visto muchas películas.

—¿No me deseas?

—¡Por supuesto que no!

—Apaga el fuego.

—¿Qué?

—Que apagues el fuego. Después lo encenderás otra vez.

—¿Por qué?

—¿Tienes que cuestionarlo todo?

Ryan se incorporó, apagó el fuego, y la cogió del brazo para acercarla a él. Sus labios casi se rozaban.

Ella contuvo el aliento, sintiendo como miles de mariposas revoloteaban en su vientre. Estaba inmóvil. El calor de Ryan la envolvió, haciendo que se sintiera aturdida. Colocó la mano en la cintura de Jess y le dio un ligero beso en los labios.

Jess sentía el calor de su mano a través de la tela de su camisola. Estaban muy cerca. El olor de él le turbó el cerebro. De pronto fue consciente de que se le había acelerado la respiración. Notaba la sangre, más caliente de lo normal, correr por sus venas.

Ryan acercó los labios a los de ella y la besó. Fue un beso dulce y tierno que hizo que el corazón de Jess volara y le doliera el pecho. Un beso lleno de inseguridad, incertidumbre y necesidad.

Ryan se separó un poco de ella y le miró los labios.

Cualquier posible recuerdo de la conversación que tuvieron unos días atrás se evaporó por completo.

Todos los argumentos que Jess había elaborado para mantenerse alejada de él se esfumaron como el humo, junto con la desconfianza o la precaución.

De repente se olvidó de todo lo que no le gustaba de él y solo pudo pensar en el hombre divertido y alegre que había sido tan amable con ella.

De pronto le rodeó el cuello con los brazos, pegó su cuerpo al de él y se lanzó a su boca con desesperación. El beso tierno se convirtió en exigente y salvaje.

Puede que al comienzo del beso fuera Jess quien se impuso. La lengua de ella esperaba una respuesta de él, y no tuvo que esperar mucho, porque en cuanto sus labios se tocaron Ryan reaccionó y él se lo devolvió de igual forma, tomando el control de la situación.

Jess se encontró arrollada por una ardiente pasión que no esperaba. Sus lenguas decían todo lo que ellos no eran capaces de decir con palabras.

Las manos de él le recorrían la espalda de arriba abajo y a la inversa, hasta que se detuvieron en su nuca para sujetarla y poder profundizar el beso aún más.

Poco después los brazos de él la rodeaban pegándola a su poderoso cuerpo, pero sin aprisionarla, dándole opción a que se apartara.

Pero la decisión fue fácil para Jess, ella no era una mujer que negara sus deseos, y su deseo en ese momento era el hombre que la tenía entre sus brazos.

Jess se pegó a él, pidiéndole mucho más.

Ese hombre era un maestro besando, se tomaba su tiempo recreándose en ello, como si no le importara que el beso fuera únicamente el preámbulo de algo más íntimo.

El control de Ryan, que intentaba con todas sus fuerzas mantener a raya, se desbordó. Por suerte tuvieron que separarse, porque ambos se estaban ahogando por falta de aire.

El cerebro de Ryan se vio inundado por unas sensaciones desconocidas que le bloquearon el cerebro, sin dejar espacio para nada más.

Se había encontrado sumergido en una espesa niebla imaginaria que lo consumía y que solo le había permitido actuar por instinto.

Jamás se había entregado de esa manera a un beso y no era capaz de pensar, lo único que podía hacer era sentir.

Sentía las perfectas lineas del cuerpo de Jess bajo sus manos, su cálida piel, su lengua enredada con la suya, y los sonidos que escapaban de sus labios sin poder controlarlos.

Los sensuales labios de Jess dibujaron una tímida sonrisa, peligrosa, atrayente y seductora, que estuvo a punto de fundirle el cerebro.

—Me remito a lo que te he dicho hace unos minutos. Me has besado, y te has derretido entre mis brazos. Eso me demuestra que me deseas.

—Me has devuelto el beso con la misma pasión, y he notado tu erección, así que tú también me deseas a mí.

—Buenas noches, Jess —dijo él sin poder evitar esbozar una sensual sonrisa.

Ella no se molestó en contestar. Lo vio salir de la cocina y dirigirse a la escalera.

Ryan entró en su dormitorio, excitado como nunca en la vida. Recordó cómo había sido estar dentro de Jess, la pasión con la que ella se entregó a él sin conocerlo.

El beso que habían compartido esa noche había hecho que perdiera totalmente el control. Se dijo que tenía que poner distancia entre ellos, por el bien de ambos. Aunque una sonrisa apareció en sus labios.