Tan irresistible como Stanford Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Encontré una bolsa con varios móviles de última generación junto a una papelera en el parque.

Todos estaban rotos, pero me los llevé a la pensión.

Quería familiarizarme con las nuevas tecnologías.

Los desmonté muchas veces y volví a montarlos, ahora sé de qué va la cosa.

Arreglé uno de ellos y funciona de maravilla.

Ahora tengo un móvil de última generación.

Es increíble lo que ha progresado la tecnología.

—Eres fantástico.

—Gracias. ¿Estás en Nueva York?

—En estos momentos estoy en una isla de Las Maldivas.

—¿En serio?

—Sí. La isla es de un amigo mío.

—Has cambiado de ciudad para mejor. Te va a ir muy bien.

—Eso creo yo también

—¿Qué tal el nuevo trabajo?

—Todavía no he empezado. Tengo que presentarme el 3 de febrero. El próximo fin de semana volveremos a Nueva York.

—¿Qué tal el apartamento que alquiló para ti ese amigo tuyo?

—No es muy grande, tiene dos habitaciones, pero me gusta. Tiene muchísima luz y está cerca del trabajo.

—Es bueno tener amigos.

—Y que lo digas. Tú también eres mi amigo.

—Gracias. Eres una buena persona.

—Cuando vuelva a la ciudad empezaré a buscarte trabajo. Deberías decirme las habilidades que tienes, aparte de ser un manitas.

—En el ejército estudie mecánica, tecnología y armamento.

Podría decirse que puedo arreglar cualquier motor y cerradura.

Cualquier aparato electrónico: móviles, ordenadores, sistemas de alarma.

Y, por supuesto puedo utilizar cualquier arma que haya en el mercado.

Además, soy piloto de helicópteros. Aunque tendría que practicar porque hace años que no lo hago.

—Yo creo que eso es un buen currículum. Te encontraré algo. Te llamaré la semana que viene, cuando vuelva a casa.

—Vale.

—Cuídate, Ian.

—Lo mismo te digo. Gracias por todo.

—De nada.

—Me gustaría hablaros de algo. Aunque me preocupa comentároslo por si pensáis que quiero aprovecharme de vosotros —dijo Jess cuando volvió adonde estaban todos ellos—. Pero en este grupo, del que me consideráis parte, lo comentáis todo entre vosotros.

—Puedes aprovecharte de nosotros todo lo que quieras —mencionó Delaney.

—No voy a aprovecharme, y menos para ayudar a alguien a quien no conocéis.

—Cielo, con nosotros no necesitas dar rodeos para decirnos las cosas. Adelante, dinos lo que tengas que decirnos —dijo Delaney.

—Es referente a la llamada que he hecho hace unos minutos. He llamado a un hombre de Atlanta. Se llama Ian. Es un exsoldado.

Jess les contó todo lo que sabía de él.

—¿Por qué no pidió ayuda al gobierno? Supongo que al ser un exmilitar y además haber tenido una depresión a causa de la guerra le correspondería una paga.

—Solicitó la ayuda, pero había huido de un centro psiquiátrico y eso hizo que no tuviera derecho a nada.

Ahora tiene treinta y nueve años. Es un buen hombre, un buen trabajador y, después de la vida que ha llevado, creo que se merece tener una vida mejor que la que tiene ahora.

Yo me quejaba de mi vida y comparada con la suya, mi vida ha sido privilegiada.

—Tiene una buena edad para que pueda encontrar trabajo —dijo Patrick—. ¿Le has preguntado qué sabe hacer?

Jess les comentó lo que Ian le había dicho.

—Yo podría montar para él un taller de mecánica, pero me da la impresión de que a ese hombre se le puede sacar mucho más partido que trabajar arreglando coches.

—Con esos conocimientos no será difícil encontrarle trabajo —mencionó Jack.

—¿Tú crees?

—Por supuesto. ¿Crees que podría venir a una entrevista?

—Yo me encargaré de que lo haga.

—Hablaré con los de la empresa de seguridad que llevan las casas de todos tus amigos y concertaré una cita con ellos. Con esas habilidades, estoy seguro que lo contratarán con un buen sueldo.

—Eso sería fantástico.

—¿Tú quieres que encuentre trabajo aquí? —preguntó Delaney a Jess.

—Sí.

—En ese caso, arréglalo para que venga. Si los de la empresa de seguridad no lo contratan lo haré yo.

—¿Haciendo qué?

—Le encontraré un puesto adecuado y bien remunerado en alguna de mis empresas.

—Dios mío, eres el mejor.

—Gracias, cielo.

—Eres una buena persona —dijo Louise mirando a Jess.

—Yo no he hecho nada. Si hubiera tenido mi herencia cuando lo conocí sí que lo habría ayudado.

—No digas que no has hecho nada. Antes de salir de Atlanta fuimos a verlo para que te despidieras de él. Estaba enfermo y le llevaste medicamentos y un termo con café con leche. Y un edredón —dijo Ryan.

—Lo hubiera hecho por cualquiera.

—¿Y cuánto dinero le diste?

Ella lo miró recriminándolo.

—No lo recuerdo. Pero sé que me lo devolverá, a pesar de que no se lo di para que me lo devolviera. Es que estaba muy enfermo y no quería que estuviera en la calle, y que comiera bien.

—Hiciste eso por un desconocido. No quiero ni imaginar lo que podrías hacer por alguien a quien conozcas —señaló Patrick.

—Es una buena persona y siempre se ha portado muy bien conmigo.

—Y tú con él —dijo Louise—. Me siento orgullosa de que te hayas unido a nuestro grupo.

Jess se ruborizó.

—Le llamaré más tarde para que se organice y venga a Nueva York.

—¿Os parece bien que vayamos a pescar después de comer? —preguntó Sean.

—Esa es una gran idea —dijo Delaney.

—¿Dónde vamos a pescar? No veo ninguna zona en la que haya rocas para subirse. ¿Pescáis en la playa? —preguntó Jess.

—¿Has olvidado que llegamos en barco a la isla?

—Pensé que lo habíais alquilado para que nos trajera hasta aquí.

—El barco es mío, cielo, y saldremos a pescar con él —dijo Delaney.

—Ah. Yo no sé pescar.

—Vaya, me has decepcionado —mencionó Delaney—. ¿No te enseñaron a pescar en el internado?

Jess lo miró preocupada.

—No le hagas caso, mi hermano está bromeando —dijo Sean.

—No te preocupes, ninguna de nosotras sabemos pescar —añadió Kate—. Nosotras nos limitamos a tomar el sol y a bañarnos.

—Menos mal.

Ryan había estado mirando a Jess mientras hablaba con uno y con otro.

Cuando hablaba con los hombres lo hacía de manera coqueta y traviesa, aunque estaba seguro de que ella ni siquiera se daba cuenta, y eso lo ponía enfermo.

Era como si los latidos de su corazón y su entrepierna estuvieran conectados, cosa que nunca le había pasado.

Pero se había dado cuenta de que, por alguna razón que desconocía, con ella no podían ir separados.

Las chicas convencieron a Jess, aunque no les fue fácil, de que se sacara la parte de arriba del biquini, porque ya tenía marcas de sol por haber pasado toda la mañana en la playa.

Pasaron una tarde fantástica, navegando, pescando, tomando el sol, y bañándose en las aguas cristalinas.

Volvieron a la casa a última hora de la tarde, después de pescar unos ejemplares enormes, que limpiaron y guardaron en el frigorífico para el día siguiente. Excepto los que iban a comerse esa noche para la cena.

La cena fue una velada increíble.

Ryan fue incapaz de apartar la vista de ella.

Esa mujer no era solo guapa, era inteligente, sexy y divertida.

Era una persona difícil de entender, tenía una personalidad con muchos matices, y sentimientos muy arraigados de inseguridad, seguramente debido al comportamiento de sus padres con ella.

Pero al mismo tiempo era sencilla. Y le gustaba.

Le gustaba muchísimo. Se había dicho que se olvidaría de ella, pero se encontró escuchándola hablar embobado y pendiente de cada una de sus palabras.

Cuando llegaron los postres fue lo peor.

Cada vez que Jess comía una cucharada del dulce que había preparado Ellie, lo miraba en el proceso.

Y él se preguntaba por qué cojones lo miraba, porque su polla reaccionaba cobrando vida ante la imagen.

Se maldijo a sí mismo. Parecía que fuera un adolescente.

Ella no estaba haciendo absolutamente nada que pudiera interpretarse como seductor, pero a él lo excitaba.

No sabía si era él el culpable o echarle la culpa a ella porque lo mirara, o por la leve sonrisa que de vez en cuando le dedicaba, o aquella jodida ternura y bondad que salía por cada poro de su piel.

Jamás le había atraído ninguna mujer de esa manera y no podía identificar esa atracción con nada que hubiera conocido o sentido con anterioridad.

Poco después todos decidieron irse a dormir.

—Jess, no hace falta que te digamos que estás en tu casa —dijo Tess.

—Gracias. ¿Habría peligro si saliera de la casa de noche?

—Aquí no viene nadie. Puedes ir adonde quieras.

—Pero si vas a bañarte de noche, procura no entrar muy adentro —le advirtió Delaney.

—De acuerdo. Buenas noches.

Jess estuvo dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.

Cuando volviera a Nueva York iba a lucir unas ojeras de campeonato, porque estaba segura de que no iba a poder dormir en toda su estancia allí.

No podía dejar de pensar en Ryan. Al final, harta de estar mirando el techo decidió bajar a la cocina a prepararse un vaso de leche caliente.

Iba a sacar la leche del frigorífico y volvió a cerrar la puerta, porque se quedó petrificada al escuchar la voz.

—¿No puedes dormir?

Sin duda sabía quien era. Se dio la vuelta y se quedó de piedra.

Ryan llevaba un pantalón de hilo de cintura baja y nada más.

Jess pensó que no era justo que a un hombre le sentaran tan bien unos simples pantalones de estar por casa.

No pudo evitar mirarlo de arriba abajo. Tenía las manos apoyadas en las caderas, exponiendo su perfecto torso y sus deliciosos bíceps.

La vista de ese espléndido cuerpo dejó sus neuronas paralizadas, sin que pudieran realizar ninguna de las funciones básicas.

No podía pensar y ni siquiera podía detener el acelerado ritmo de su corazón.