Tan irresistible como Stanford Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Es una buena definición de la vida. Yo añadiría, y hablo del amor, que tu vida funciona, hasta que un día, de pronto y sin darte cuenta, alguien nuevo se cruza en tu camino y cambia de arriba abajo el futuro que habías planeado —dijo Delaney.

—El amor es muy complejo —dijo Jess—. Cuando te enamoras de alguien, le entregas la llave de tu destrucción, y solo te queda rezar para que no la utilice.

—Eso es ser muy pesimista —declaró Patrick.

—Es posible, pero es la realidad.

—De todas formas, cuando te enamoras hay que confiar en la otra persona, y tener fe en ella —dijo Louise.

—Eso es lo que he dicho. Hay que confiar en esa persona y rezar para que no te traicione.

—Te aseguro que el amor merece la pena.

—Espero que tengas razón. Yo no sé mucho de eso, me guio más por lo que he leído y por las estadísticas.

—El amor no tiene nada que ver con las estadísticas. Lo descubrirás en algún momento de tu vida —dijo Patrick.

—Eso espero.

—Yo creo que el amor es la química que une a la gente —mencionó Tess.

—Yo pensaba que la química estaba relacionada con el deseo, la atracción y el sexo, pero no con el corazón —dijo Jess.

—La química es importante. Si la pareja tiene suerte, esa química, la pasión, el frenesí, la lujuria, el desasosiego, la excitación, el entusiasmo, los sentimientos, todo ello permanecerá.

—Estoy de acuerdo con Tess, creo que el amor y la química van unidos —señaló Lauren—. El deseo de despertarte y encontrar a tu lado a la persona que amas.

—Esos momentos en que no hace falta hablar porque te comunicas con él solo con una mirada —dijo Ellie.

—Esas noches que te acuestas satisfecha, porque piensas que la vida es maravillosa, únicamente porque tienes un hombre con quien compartirla —añadió Kate.

—Cuando tu marido llega a casa después de un viaje y respiras tranquila, porque ya está de nuevo contigo —dijo Louise.

—Vosotras habláis con la experiencia. Yo no la tengo, de manera que no puedo opinar.

Por eso tengo que remitirme a las estadísticas —remarcó Jess—.

Aunque por lo que he oído, he leído o he visto en películas o serie, sí pienso que los matrimonios o las parejas, porque da igual que estén o no casados, no se esfuerzan mucho por sacar la relación adelante.

Al menor contratiempo lo echan todo por la borda y se separan o se divorcian.

—Muchos hombres o mujeres tienen motivos para separarse —soltó Carter.

—Estoy de acuerdo. Pero a veces las parejas se separan por falta de dinero para llevar una vida mejor, y no se dan cuenta de que, posiblemente, eso que tienen sea lo mejor que van a conseguir.

—Sí, es cierto. Aunque nosotros no podemos opinar al respecto, porque ya tenemos lo mejor —dijo Lauren.

—Sí, sois afortunadas —indicó Jess sonriéndole—. También se separan porque uno de los dos o los dos trabajan demasiado y no pasan mucho tiempo juntos. Aunque pienso que es una excusa, porque los dos pueden poner algo de su parte para solventar el problema.

—Nuestros hombres trabajan mucho, pero cuando están en casa son solo nuestros, se preocupan por nosotras y por los niños.

—Supongo que eso sería lo ideal en cualquier pareja.

—Nosotras no podemos opinar en la mayoría de las cosas que has mencionado. Tenemos una vida privilegiada —dijo Abby.

—Sí, desde luego que la tenéis. Lo vuestro no tiene nada que ver con lo que he dicho. Pero sí tendrá que ver si os hablo de la infidelidad. Yo, particularmente, no aceptaría que me engañaran. Aunque considero que cuando uno de los dos es infiel es por alguna razón.

—Supongo que una de las razones podría ser que la mujer no quisiera mantener relaciones sexuales cada vez que su pareja quiere —dijo Sean.

—También podría ser al contrario —añadió Abby.

—Cierto —dijo Jess.

—Lo que Sean quiere decir es que si un hombre, o una mujer no satisface a su pareja, con el tiempo puede buscar fuera lo que no tiene en casa —mencionó Logan.

—Yo estoy de acuerdo, pero habría que averiguar porqué ese hombre o esa mujer no quiere hacer el amor cuando su pareja lo requiere —dijo Kate.

—Yo no tengo ese problema, porque estoy dispuesta siempre que mi marido quiere hacer el amor, y él cuando yo lo quiero —expresó Tess mirando a Delaney—. Pero habría que saber cómo hacen el amor esas parejas. A lo mejor son hombres que solo lo hacen en una postura.

—A mí me encanta que mi marido me folle en cualquier parte y no se limite a la cama. Louise, perdona por la palabra —se excusó Lauren.

—No voy a asustarme por ello. Aunque parece que Jess se ha sonrojado.

—Es que no tengo mucha experiencia en cuanto a sexo. Seguid, por favor.

—O que piensan que no necesitan los preliminares con su mujer y buscan solo su propia satisfacción —dijo Ellie—. A veces los preliminares son más importantes que el acto sexual en sí.

—Cierto —intervino Louise.

—Está claro que si un hombre o una mujer tiene en casa todo lo que necesita, no va a buscar nada en la calle —dijo Patrick.

—Lo que yo sí tengo claro es que cuando uno se enamora de alguien, ya no hay ninguna posibilidad de dar marcha atrás —señaló Louise.

Jess miró a Ryan pensando en las palabras de Louise. Lo amaba con desesperación, se dijo. ¿Tendría ella razón y no podría olvidarse de él? ¿Cómo había permitido enamorarse de ese hombre?

—Yo creo que en esta vida todo sucede por alguna razón, aunque en ese momento no sepamos el porqué —dijo Patrick.

—Entonces, ¿piensas que estaba previsto que yo me uniera a vuestro grupo? —preguntó Jess.

—Estoy completamente seguro.

—Yo no creo en el destino. Creo que el futuro lo creamos nosotros mismos. No lo dejamos en manos de fuerzas no humanas, que dudo que existan.

—Si no crees en el destino, no puedo hacer nada. Pero te aseguro que fue el destino quien hizo que las chicas y tú os encontrárais en el restaurante en el que os conocisteis —indicó Patrick.

—¿Y qué razón crees que podría tener el destino para que nos hiciéramos amigos?

—Eso no lo sé. A veces tiene formas muy retorcidas de unir a las personas. Pero te aseguro que estás con nosotros por alguna razón.

—Puede que fuera para que Delaney y Nathan me ayudaran con lo de mi herencia. Porque de no haber intervenido ellos, puede que estuviera sumida en la miseria y la desesperación.

—No seas trágica, cariño —dijo Delaney sonriéndole.

—Yo creo que el destino no se molesta en actuar con algo tan poco importante.

—Eso que tu llamas tan poco importante son ocho millones de dólares —añadió Nathan.

—El destino no entiende de dinero —mencionó Patrick sonriéndole.

—En ese caso, estaré atenta para ver qué me tiene preparado el destino.

—Sí, deberías. Lo que hacemos en la vida, incluso los errores que cometemos, son por alguna razón.

—¿En serio piensas eso?

—Absolutamente. Puede que en el instante que sucede algo no nos demos cuenta, pero llegará un momento en que sepamos cual era la intención de ello.

—¿Me estás diciendo que todo lo que he tenido que soportar en la vida es por alguna razón?

—Sin duda.

—Pues tengo que decirte que ese destino del que hablas tiene que ser un cabrón de mucho cuidado, porque yo siempre me he portado bien, y ha hecho que mi vida sea un infierno.

—Sí, a veces es un poco retorcido con los caminos que nos hace seguir hasta llegar adonde quiere.

—De todas formas, todos vosotros sois unos privilegiados. Porque, ¿cuántas personas tienen la suerte de encontrar a ese alguien perfecto para compartir la vida, a esa persona que encaja con el otro en todos los sentidos, y al primer intento?

—Tienes razón. Sin duda somos privilegiados —aceptó Sean.

Jack apareció con una nevera con refrescos y cervezas y todos agradecieron las bebidas frías.

—He encendido la barbacoa para hacer una parrillada de chuletas, salchichas y verduras. En media hora las brasas estarán listas. ¿A qué hora queréis comer?

—En media hora estaremos en la casa. Los hombres os encargaréis de la barbacoa y mientras nosotras pondremos la mesa fuera —dijo Tess.

—Muy bien —añadió el guardaespaldas alejándose.

—Delaney, ¿aquí hay cobertura para llamar por teléfono?

—Desde luego. Hay cobertura en toda la isla.

—No esperaba menos de ti. Disculpad, voy a hacer una llamada —dijo Jess levantándose de la hamaca y alejándose un poco, aunque no lo suficiente, porque no quería que pensaran que tenía un secreto.

—Hola, Jess.

—Hola, Ian.

—Me has llamado.

—Te dije que lo haría. ¿Cómo va todo?

—Bien.

—¿Se te ha quitado la tos?

—Sí, estoy totalmente recuperado.

—Me alegro mucho. ¿Te queda dinero?

—Por supuesto, me diste muchísimo. Te lo devolveré tan pronto pueda.

—No tienes que devolverme nada.

—Te lo devolveré.

—De acuerdo.

—Me estoy quedando en la pensión todas las noches. Supongo que eso ha ayudado a que se me cure el catarro. Bueno, eso y las medicinas que me diste.

—Me alegro. Cuando se te termine el dinero dímelo y te enviaré más a algún sitio para que lo recojas. No quiero que vuelvas a dormir en la calle.

—No necesito dinero. Se ha mudado una familia a un piso del edificio donde vivías. Alguien les habló de mí y fueron a buscarme. Tienen que hacer un montón de cosas en la casa.

—Eso está bien.

—Desde luego que sí. Estoy trabajando cada día a jornada completa.

—Genial. Espero que no te olvides de comer.

—Estoy comiendo bien.

—Cóbrales los trabajos, no los hagas gratis, como hacías conmigo.

—Estoy cobrándoles.

—Bien.

—En la casa donde estoy trabajando iban a tirar un portátil que no funcionaba y me lo llevé a la pensión. Lo desmonté y ahora funciona perfectamente.

—Eres el rey de la tecnología.

—No tanto. No lo desmonté para arreglarlo sino para ver su interior. Hacía tiempo que no manejaba el interior de un ordenador. Así y todo, ahora tengo un portátil que funciona perfectamente, y el dueño de la pensión me ha dado el wifi a cambio de hacerle algunas pequeñas chapuzas.

—Eso es estupendo.

—Sí. He estado repasando las cosas que aprendí en el ejército y me he dado cuenta de que no he olvidado nada.

—Genial.