Capítulo 14 #3
Ryan se acercó a ella, le elevó la barbilla con los dedos y la besó.
Jess no se pudo resistir al contacto y abrió la boca para él.
Y entonces Ryan la besó con desesperación y con cierta violencia.
Colocó la mano en su espalda para acercarla a su cuerpo.
Los pechos de Jess se tensaron y una punzada de placer la atravesó.
Ryan lo notó y sujetándola de las nalgas la acercó más a él para que supiera cuánto la deseaba, mientras seguía besándola.
Quería volver a estar con ella, hacerle el amor lentamente y sin prisas, una y otra vez.
Jess salió de su ofuscamiento y se dio cuenta de lo que ocurría. Entonces se apartó de él. Lo miró fijamente, al igual que hacía él. Cuando la miraba de esa forma tan intensa, a Jess le faltaba el aire y dejaban de trabajar las funciones vitales de su cerebro.
Ryan la deseaba de tal forma que se sentía mareado de deseo. Tenía que hacer algo, no podría aguantar mucho más tiempo dándole vueltas al asunto sin conseguir nada.
—Creo que este es un buen momento para poner las cartas sobre la mesa.
—¿De qué hablas?
—Sabes que estoy interesado en ti, eres una mujer inteligente y seguro que no lo has pasado por alto.
—Lo sé.
—Sé que eres una mujer complicada y, aunque no me considero un hombre extremadamente paciente, soy lo suficientemente tenaz como para seguir insistiendo, porque creo que eres una mujer que merece la pena.
—Que merezco la pena —repitió ella.
—Sí. Pero has de saber que las personas tienen un límite y es posible que no te salga bien la jugada.
—No sé de qué estás hablando.
—Te lo diré sin rodeos. Yo jamás he ido detrás de una mujer y llevó demasiado tiempo detrás de ti.
Jess lo miró fijamente. Él no estaba planteándose tener una relación seria, para finalmente casarse, pensó Jess. Lo único que quería era pasar con ella una noche, o tal vez unas cuantas. Quería una relación a corto plazo, una aventura.
Jess se ruborizó, pero de pronto el rubor se convirtió en la palidez más absoluta. De repente sintió que la sangre le hervía en las venas, y no de deseo.
—Eres un arrogante engreído. Estás acostumbrado a que las mujeres vayan detrás de ti.
El problema es que crees que yo soy como esas mujeres con las que sales, y te aseguro que no nos parecemos en absoluto.
Tú no sabes nada de mí. No sabes nada sobre las elecciones que he hecho en mi vida.
No sabes nada de las cosas a las que he renunciado.
No tienes idea de cómo me he sentido durante toda mi vida.
¿Crees que me va a quitar el sueño no acostarme contigo?
No eres el único hombre en la tierra para echar un polvo.
Eso es lo que tú buscas en las mujeres, ¿verdad?
—No te andas con sutilezas a la hora de juzgarme, ¿eh?
—Yo no te estoy juzgando.
—Por supuesto que lo estás haciendo. ¿No se te ha ocurrido pensar que pudiera estar interesado en ti, y no solo para acostarme contigo?
—Si tus intenciones son serias, he de decirte que estoy acostumbrada a volar sola. Hace muchos años que dependo de mí misma y no estoy preparada para tener una relación.
—Eso es porque tienes miedo.
—No es miedo, pero tú haces que me sienta vulnerable, y eso no me gusta.
Además, lo nuestro duraría bien poco. Para ti soy un capricho.
Nos conocimos de forma extraña y puede que para ti fuera algo excitante y quieras repetir.
Pero yo no quiero ser el capricho de un hombre, ni tampoco una muesca en el poste de su cama.
—Me encanta como eres, sobre todo la sinceridad y la confianza que depositas en mí que, sin duda, es abrumadora —dijo él con sarcasmo.
El silencio se volvió casi palpable por un instante.
—Puedes estar tranquila que no voy a insistir más contigo. Desde este momento ya no estoy interesado en ti.
—Si vas a estar enfadado delante de nuestros amigos, dímelo y desapareceré de vuestras vidas, tan rápidamente como aparecí.
—No te hagas la mártir. No te preocupes que nadie notará absolutamente nada. Te acompañaré a la puerta —dijo él sin mirarla y saliendo del salón.
Ryan abrió la puerta y esperó a que ella llegara.
—Gracias por traerme a casa.
—Es lo menos que podía hacer, después de que te molestaras en ir hasta Atlanta.
Él no dijo nada más. Cuando ella salió cerró la puerta. Ni siquiera esperó allí a que ella subiera al coche y abandonara la finca.
Jess no quería llorar, pero las lágrimas se deslizaban por sus mejillas sin poder retenerlas.
No sabía la razón, pero se sentía asustada. Subió al coche y condujo hasta la verja. Tuvo que esperar lo que le pareció una eternidad para que la verja se abriera.
Ryan estaba mirando hacia el exterior. Sabía que tan pronto ella abandonara su propiedad ya no volvería por allí nunca. ¿Estaba preparado para perderla? Desde luego que sí, se dijo pulsando el botón para que la verja se abriera.
Nada más salir, Jess tuvo que detenerse a un lado porque las lágrimas le impedían la visión. Se dijo que era una estúpida por llorar por él.
Jess dejó el coche en su plaza de aparcamiento.
Abrió el maletero y sacó un montón de libros para aprovechar el viaje.
Cuando entró en casa cogió dos bolsas fuertes de la compra y volvió a bajar al garaje a por más libros.
Tuvo que hacer cuatro viajes más hasta que los subió todos, porque no tenía más bolsas.
Había decidido que pasaría la noche colocando todo en su sitio.
Al fin y al cabo, sabía que esa noche no podría dormir.
Buscó en el bolso el móvil para mirar la hora. Entonces vio el móvil de Ryan y el corazón le dio un salto. Como todavía era pronto, llamó a Jack.
—Hola, Jess. ¿Va todo bien?
—Sí, todo está bien. Me encanta el apartamento.
—Me alegro. Si necesitas ayuda en cualquier momento para cualquier cosa solo tienes que decírmelo.
—Gracias, Jack. Y muchas gracias por todo lo que has hecho por mí. Y por la comida que hay en la nevera.
—Sabía que Ryan no te llevaría a casa sin cenar, pero he pensado que necesitarías algo para el desayuno.
—Gracias. Jack, acabo de darme cuenta de que tengo el móvil de Ryan en mi bolso. ¿Sabes si tiene teléfono fijo en casa?
—Sí tiene.
—¿Te importaría llamarle y decirle que voy a llevarle el móvil y se lo dejaré en el buzón?
—Es tarde para que salgas de casa. Además, mañana es domingo. Te daré el teléfono y lo llamas, Ryan puede recogerlo en tu casa mañana.
—¡No! Prefiero llevárselo ahora por si lo necesita. Además, en mi trabajo tendré que salir muchas veces durante la noche, así me voy acostumbrando.
A Jack le extrañó que ella dijera ese no tan rotundo.
—Bien. Apúntate el teléfono.
—¿Te importaría llamarlo tú?
—¿Te ha pasado algo con Ryan?
—Hemos discutido. Ya lo arreglaremos cuando nos volvamos a ver.
—De acuerdo, ahora lo llamaré.
—Gracias, Jack. Buenas noches.
—Buenas noches.
A continuación Jack llamó a Ryan y le dijo que Jess iría en un rato a llevarle el móvil y lo metería en el buzón.
Ryan calculó el tiempo que tardaría y salió de la casa.
Se quedó de pie detrás de la puerta pequeña que había junto a la verja.
Estaba muerto de frío, porque no había cogido chaqueta.
Tuvo que esperar casi quince minutos hasta que oyó un coche detenerse en su entrada.
Entonces abrió la puerta y salió. Jess lo vio cuando iba a salir del coche y entonces cerró la puerta y bajó la ventanilla. Ryan se acercó y Jess le dio el móvil.
—Gracias.
—No hay de qué.
Sin decir nada más, ella cerró la ventanilla del coche, hizo marcha atrás y se marchó.
Jess empezó a colocar la ropa en el armario y en la cómoda de su dormitorio y luego hizo la cama.
Luego puso todo lo del baño en su sitio.
A continuación colocó los libros en una estantería que había en la habitación más pequeña y que destinaría a despacho.
Había una cama de noventa centímetros, aunque estaba segura de que nadie la utilizaría.
Colocó la pantalla de televisión sobre el mueble que había en el salón frente al sofá y la instaló. La encendió y puso el volumen bajo. Entonces se sentó en el sofá.
Hasta ese momento no se había permitido pensar en nada, se había limitado a hacer lo que tenía que hacer. Cogió el móvil que tenía encima de la mesita de centro para ver la hora. Eran las cinco y veinticinco de la mañana. Necesitaba dormir algunas horas, se dijo.
Se duchó y se metió en la cama. Y, como había esperado, no se pudo dormir. Así que, encendió de nuevo la luz, se sentó en la cama y comenzó a apuntar las cosas que tenía que comprar. Unos minutos después tenía una lista larguísima.
Poco después, cuando la claridad del día invadió la habitación a través de la ventana, el sueño la venció y se quedó profundamente dormida.