Tan irresistible como Stanford Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Sí. Pero he de decirte que es una isla paradisíaca. A pesar de que es pequeña, hay mucha vegetación, que llega casi hasta la orilla de las playas.

—¿Vais a menudo?

—Al menos una vez al año.

—¿Y no os aburrís? Posiblemente yo no me aburriría, porque estoy acostumbrada a estar sola, pero vosotros soléis salir.

—Nunca nos hemos aburrido. Y no podemos sentirnos solos, porque somos muchos.

—En eso tienes razón. ¿Y qué hacéis en la isla?

—Por las mañanas vamos a correr.

—Tendré que comprarme algo decente para ir a correr. Seguro que las chicas llevan modelitos increíbles.

—Si no recuerdo mal, usan el biquini y una camiseta. Porque cuando damos la vuelta a isla y volvemos al punto de partida, nos bañamos en la playa que hay enfrente de la casa.

—¿Cómo es la playa?

—Las playas, porque la isla está rodeada de ellas. El agua es cristalina. Es que es una isla de ensueño.

—¿Y la casa?

—No creo que se pueda definir como casa, es una mansión con un montón de habitaciones.

—Vaya. Una mansión en una isla desierta.

—Pasamos mucho tiempo en la playa, a veces nos quedamos allí a dormir para ver el amanecer. Damos paseos, cocinamos, hacemos sobremesas larguísimas, dormimos la siesta…

—Creo que me va a gustar estar en la isla unos días.

—Puedes estar segura de ello. Cuando volvemos a casa estamos relajados y como nuevos.

—Entonces, ¿las chicas no suelen arreglarse?

—De vez en cuando se ponen guapas para cenar. Los padres de Stanford nos acompañarán. No sé si sabes que ellos son parte del grupo.

—Me lo dijo Tess.

—No se puede decir que nos veamos muy a menudo, porque tanto Patrick como Louise están muy ocupados y viajan bastante.

—Las chicas me dijeron que son un encanto.

—Ciertamente lo son.

—¿Crees que les caeré bien?

—Por supuesto que sí. Y a ti te caerán muy bien ellos.

—Eso espero. Deberíamos ponernos en marcha.

—Sí —dijo él llamando a la camarera para que les trajera la nota.

—El desayuno lo pago yo.

—No —declaró él tajante—. Hay una cosa que debes saber sobre nuestro grupo de amigos, al que perteneces. Algo que no te puedes saltar.

—¿Qué es?

—Las mujeres nunca, jamás, pagan.

—Pero…

—No hay peros. Los hombres nos hacemos cargo de lo que comen las mujeres.

—Pero ellos no están.

—Parece que no has entendido lo que te he dicho.

—Lo he entendido perfectamente, pero yo siempre he pagado lo mío.

—Puedes pagar lo tuyo cuando vayas sola, pero no cuando vayas con alguno de nosotros, sea quien sea. No lo olvides.

—No lo olvidaré. Aunque no creas que me hace mucha gracias.

—Son las normas del grupo. Como te habrás dado cuenta, ninguno de los hombres tenemos problemas de dinero.

—Las mujeres tampoco, incluida yo.

—Es cierto. Pero a todos nosotros nos han educado con unas normas de cortesía, como las que me mencionaste hace unas semanas que te gustaban. Hazte a la idea de que esta es otra de ellas.

—De acuerdo. Supongo que tendré que aceptarlo.

—Supones bien.

—Entonces, ¿tampoco tendré que pagar la cena que apostamos?

—Eso es diferente. Una apuesta es una apuesta —dijo él sonriéndole—. Voy al aseo.

Cuando llegaron al coche, él le abrió la puerta del copiloto y ella lo miró sonriendo antes de sentarse.

—Podía haber conducido yo ahora —mencionó cuando él se sentó al volante.

—No estoy cansado. Y me gusta conducir tu coche. Cuando me canse te lo diré.

—Vale.

Estuvieron hablando de sus trabajos y de sus vidas.

A Ryan le había gustado hablar con Jess durante todo ese tiempo.

Había averiguado muchas cosas sobre ella.

Como por ejemplo cómo había actuado a lo largo de la vida cuando se le había presentado un problema.

Había descubierto la forma en la que utilizaba su mente.

Le gustaba su sentido del humor y su consideración hacia los demás.

Ni siquiera hablaba mal de sus padres, se limitaba a disculparlos diciendo que seguramente no hubieran sabido hacerlo mejor con ella.

A medida que pasaban las horas, él se sentía parte de la historia de ella.

Pero Ryan sabía que no se lo decía todo. No le hablaba de sus sentimientos.

A la una del mediodía pararon en un restaurante.

—Este es un buen sitio para comer.

—¿Tú te detuviste aquí?

—Sí, y se come muy bien.

—Estupendo, estoy muerta de hambre.

Aparcaron el coche frente al restaurante y entraron. Se sentaron en una de las mesas vacías y pidieron la comida.

Mientras esperaban que les llevaran lo que habían pedido, Jess llamó a Delaney.

Le dijo que estaban a mitad de camino, pero que no iría a verlos porque tenía que ir a casa, subir todo lo del coche y deshacer el equipaje.

Pero que hablaría con las chicas por si les apetecía que comieran juntas al día siguiente.

Al terminar tomaron un café y volvieron a la carretera. Esa vez también condujo Ryan.

Siguieron hablando durante todo el tiempo. En esa ocasión lo hizo Ryan, que le habló de sus padres y sus hermanos.

Volvieron a parar para cenar a última hora de la tarde, porque Jess no tenía en casa nada para comer.

A las ocho y media el GPS les dijo que habían llegado. Ambos miraron hacia la izquierda, donde se suponía que estaba la casa.

—Es ese edificio —dijo Jess comprobando el número.

—Es una buena zona y está muy cerca del centro. Supongo que llevas las llaves.

—Sí. Jack me las envió por mensajero. Este es el mando del aparcamiento —dijo sacándolo del bolso—. Supongo que la puerta de entrada es esa.

Jess pulsó el botón y la puerta se abrió lentamente.

—¿Cuántas plantas tiene el sótano?

—Solo una. No me gustan los aparcamientos subterráneos, y más cuando no los conozco.

Ryan entró y bajó la rampa.

—Es el aparcamiento numero cinco.

—No tienes que preocuparte. Antes de alquilarlo, Jack se habrá informado de todo lo referente al edificio y al sótano. Además, sabrá todo sobre los que viven aquí. Esa es tu plaza de garaje. Nos viene genial, porque está junto a la entrada.

—Te podía haber dejado en casa y no hubieras perdido más tiempo.

—Voy a ayudarte a subir todo a casa.

—Gracias. Los libros no los voy a subir ahora. Esta semana saldré a menudo, porque necesito comprar un montón de cosas, y en cada viaje subiré unos cuantos.

—Como quieras. Lo llevaremos todo hasta el ascensor y lo subiremos de una vez.

—Vale.

—Abre la puerta y pon algo para que no se cierre. Toma, guarda mi móvil en el bolso, no se me vaya a caer del bolsillo del chándal. Ella lo hizo.

Poco después entraban en el apartamento. Jess encendió las luces, lo metieron todo dentro y cerraron la puerta.

—Tiene buen aspecto, ¿no crees? —preguntó Jess mirando a su alrededor.

—Sí, está muy bien.

Después de que lo vieran todo volvieron al salón.

—Vamos, te llevaré a casa.

—No te preocupes, llamaré un taxi.

—Ni lo sueñes. No voy a permitirlo, después de haber hecho más de mil kilómetros para acompañarme.

—Pero luego tendrás que volver sola.

—No me importa.

—De acuerdo. Así verás mi casa.

—Estupendo.

Apagaron las luces y cerraron la puerta.

—¿Dónde tienes el coche? Dijiste que habías ido directamente del trabajo al aeropuerto.

—Lo tengo en el aparcamiento de la consulta. Fui al aeropuerto en taxi.

—Si quieres que te lleve mañana al trabajo me lo dices.

—No hace falta, cielo, tengo otro coche. Deja que conduzca yo, así llegaremos antes.

—Vale.

Ninguno de los dos dijo nada durante el trayecto, aunque no fue un silencio incómodo.

Jess se dijo a sí misma que se había convertido en la criatura más patética que había sobre la faz de la tierra.

Las mujeres como ella no se enamoraban de hombres como ese.

Pero durante el viaje se había dado cuenta de que no había ningún error y estaba irrevocablemente enamorada de él.

De ese hombre que, claramente, no era para ella.

Un hombre que jamás pensaría en ella para formar una familia.

Se había preguntado cientos de veces qué sentía por él y se había negado a creer que sintiera algo que no fuera atracción.

Pero ahora sabía que no era solo atracción sexual, y tampoco amistad.

Era algo que ella no había experimentado nunca.

Sus sentimientos por él eran tan profundos e intensos que, de pronto, se sintió mareada.

Reconocer que estaba enamorada la asustó, porque sabía que nunca podría haber nada entre ellos.

Aunque sí sabía que él quería acostarse con ella, otra vez, se lo dejaba claro en muchos momentos con sus insinuaciones.

—¿Te importa sacar de mi mochila el mando y las llaves?

Al escucharlo Jess volvió a la realidad.

—¿Hemos llegado ya?

—Casi. Esa es la casa de Sean —dijo señalando la puerta de la verja.

—Entonces, vivís cerca.

—Sí, muy cerca.

Ryan cogió el mando de la entrada antes de que llegaran y presionó el botón. Poco después detuvo el coche frente a una gran puerta que se estaba abriendo. Ryan entró en la finca.

—Vaya. Jamás imaginé que vivirías en un lugar como este —dijo mirando la enorme casa.

—¿Qué quieres decir?

—Pensé que vivirías en un ático en Manhattan, un apartamento minimalista con las paredes de cristal.

—Has descrito el apartamento que tenía antes de mudarme a Atlanta.

—Te va más un apartamento como ese que esta casa… familiar. ¿Por qué necesitas una casa tan grande?

—Quería tener habitaciones para todos mis amigos. Incluida tú.

—¿Cuántas habitaciones tiene?

—Doce y dos para el servicio.

—Bueno, al menos, si las cosas te van mal puedes abrir un pequeño hotel.

—Las cosas no van a irme mal. Entremos —dijo él apagando el motor.

—¡Guau! —exclamó ella cuando Ryan abrió la puerta y la dejó pasar delante.

Ryan entró tras ella y cerró la puerta.

—El recibidor es como mi apartamento de grande.

—Vamos, te la enseñaré —se ofreció adentrándose en la vivienda.

—Es una casa increíble, y enorme —dijo ella entrando en el salón, después de que vieran toda la propiedad.

—Gracias.

Ryan se cruzó de brazos y la contempló. Era la primera mujer que había llevado a su casa, que no fuera de su familia o amigas. Bueno, en realidad, era una de sus amigas, aunque él no la consideraba como tal. Era la única mujer que despertaba en él una ternura desconocida.