Capítulo 14
Jess estaba sacando cosas de la nevera y de los armarios de la cocina y metiéndolas en bolsas. Luego las ordenó todas en una bolsa de viaje.
—¿Vas a llevarte todo eso a Nueva York?
—No. Voy a dárselo a un hombre que vive en la calle.
Ryan vio en un lado de la bancada una nota y debajo un buen fajo de billetes de veinte dólares. No pudo evitar leerla.
Hola, Sally. Cuando leas esto ya me habré marchado.
Te agradezco todo lo que has hecho por mí, ayudándome en la limpieza de la casa. Y gracias también por las comidas y las galletas que me has preparado.
Te dejo el dinero doble de la próxima limpieza, ya que tendrás que sacar todo lo de la casa. El resto del dinero es para que les compres a los niños algo que necesiten.
Voy a echarte mucho de menos. Aunque estaremos en contacto.
Te he dejado las llaves en el recibidor.
Un abrazo enorme.
Jess
Ryan pensó que esa chica era una buena persona.
—Creo que lo de aquí ya está todo. ¿Tienes todas tus cosas?
—Sí, la mochila la he dejado en la entrada.
—¿Puedes dejar estas bolsas allí también?
—Claro.
—Voy a recoger lo del baño.
Poco después, Jess volvió con una pequeña bolsa de aseo que metió en su bolso. En la otra mano llevaba una bolsa grande, en la que metió una manta y el edredón de la cama en la que había dormido Ryan.
—¿Seguro que no te olvidas de nada?
—Creo que no. De todas formas, Sally tiene mi teléfono y me dirá si he olvidado algo —dijo sacando la llave del apartamento y de la puerta de la calle del llavero.
Entre los dos sacaron todas las cosas que había en el recibidor y Jess cerró la puerta.
Bajaron en el ascensor hasta el sótano y Ryan metió todo en el coche, excepto lo que Tess le dijo que no metiera.
—Voy a ir un momento a la calle, ¿puedes esperarme aquí?
—Te acompañaré —dijo él cogiendo la bolsa más grande.
—Vale. ¿Tienes llave para entrar luego?
—Sí, tengo otra copia de las llaves de casa y del mando del garaje.
Era completamente de noche cuando salieron del edificio. Caminaron hacia el portal de al lado. Había un indigente acostado en el suelo. Jess se arrodilló junto a él.
—Ian.
El hombre se destapó un poco y la miró.
—Hola, Jess —dijo incorporándose.
—Buenos días. Estaba preocupada por si hoy se te había ocurrido dormir en algún otro sitio y no podía despedirme de ti.
—Sabía que saldrías hacia Nueva York esta mañana, por nada del mundo me habría movido de aquí hasta verte.
—Gracias. ¿Cómo llevas lo del catarro? —preguntó ella tocándole la frente.
—Creo que estoy mejorando, ya no toso tanto.
—Estupendo. No tienes fiebre. De todas formas, sigue tomándote las cápsulas y el jarabe que te di.
—De acuerdo.
—Te he traído unos cuantos medicamentos y he escrito en un papel para qué son y cómo debes tomarlos.
—Muchas gracias, eres un cielo.
—De nada. Este edredón y esta manta ya no los necesito —dijo ella poniéndoselos encima—. Y esta bolsa que tiene cremallera es para que los guardes dentro y los mantengas limpios.
—¿Estás segura que no los necesitarás?
—Completamente. En este termo hay café con leche, es de un litro y se mantendrá caliente durante todo el día. Tómatelo con la medicación.
—Vale.
—Y en estas bolsas hay comida. Algunos dulces para tomar con la leche, pan de molde, fiambres y fruta.
—No sé que voy a hacer sin ti.
—Sobrevivirás, eres un superviviente. Te he comprado un móvil.
—¿Para qué quiero un móvil? No tengo a nadie a quien llamar.
—Me tienes a mí. Pero no tienes que preocuparte, yo te llamaré. Es de prepago y no tendrás que pagar nada. Supongo que sabes usarlo.
—Pequeña, sabría manejar cualquier arma que haya en el mercado, y definitivamente, los móviles son armas muy peligrosas.
—Desde luego que sí. Te llamaré cada semana para ver cómo te encuentras.
—¿No tendrás nada mejor que hacer?
—No.
—Bien.
—Voy a intentar buscarte un trabajo en Nueva York.
—Jess, no tengo dinero para ir a Nueva York.
—Yo me encargaré de eso.
—Y no sé si estoy capacitado para trabajar.
—Llevas años viviendo en la calle y haciendo chapuzas aquí y allá, y no has caído en la tentación de beber, eso es algo de lo que sentirte orgulloso, significa que no te has rendido.
—No creas que no he tenido ganas de terminar con todo.
—¿Y crees que eres el único? Lo importante es que no lo has hecho.
Voy a ayudarte a salir de la calle. Si te hubiera conocido antes ya tendrías trabajo, pero nunca es tarde.
Ahora tengo amigos muy influyentes en Nueva York y te aseguro que haré todo lo posible por ti. Aunque tenga que contratarte yo misma.
—Gracias. Eres una buena chica —dijo él sonriéndole.
—Sé que te gusta leer, y te he traído unas novelas para que te distraigas.
—Gracias.
—Toma este dinero. Quiero que tan pronto amanezca vayas a la pensión en la que te sueles quedar y permanezcas allí hasta que estés completamente recuperado del catarro.
Con él podrás ir tirando durante algún tiempo —dijo ella entregándole un sobre—.
Junto al dinero hay una tarjeta de mi dentista.
Quiero que pidas cita para que te vea esa muela, seguro que ese dolor tan agudo es porque tienes una caries.
Y que te haga una buena limpieza al mismo tiempo.
—No necesito…
—Prométemelo —dijo ella interrumpiéndolo.
—Te lo prometo.
—Cuando hablemos me dices cómo te ha ido. Y procura ir, porque voy a llamarlo para averiguarlo.
—Yo siempre cumplo mi palabra.
El hombre miró en el interior del sobre y vio que había varios miles de dólares.
—Guarda el dinero en un sitio seguro, no te lo vayan a robar.
—No te preocupes, lo guardaré en mi caja fuerte.
Ella sonrió.
—¿Quién es tu amigo?
—Se llama Ryan Owens y es médico. Vive en Nueva York y ha venido para acompañarme en el viaje. Es uno de los amigos de los que te he hablado.
—Eso está muy bien. Parece una buena persona. Doctor, no deje escapar a esta chica, no va a encontrar otra igual.
—Lo sé.
—Si yo tuviera un trabajo decente, Jess no se me escaparía.
—Bien, Ian, tenemos que marcharnos. Ha sido un verdadero placer conocerte. Gracias por todo lo que has hecho por mí.
—No he hecho nada por ti.
—Te aseguro que has hecho mucho más de lo que ha hecho nadie en toda mi vida.
—En ese caso, solo te diré que ha sido un placer —dijo él intentando levantarse—.
—No te levantes.
—De acuerdo. Que tengáis un buen viaje. Cuide de ella, doctor.
—Lo haré.
—Cuídate —dijo ella dándole un beso en la mejilla—. Te llamaré la próxima semana.
—Vale. Gracias por todo.
—Tú también has hecho un montón de cosas por mí, y sin cobrarme.
—Eres mi clienta preferida.
—Hasta pronto.
Volvieron a entrar en el edificio de Jess y bajaron al sótano.
—Parece que conoces muy bien a ese hombre.
—Un día me senté a su lado y me contó su vida.
—¿Te sentaste a su lado en la calle?
—No, él jamás habría permitido que me vieran sentada en el suelo a su lado.
Quedamos en un banco del parque. Estuvo en Afganistán desde los dieciocho años.
Desde que volvió, las cosas le fueron de mal en peor y decidió vivir en la calle.
Nunca lo he visto pedir dinero. Trabaja en el vecindario haciendo chapuzas, porque es un manitas.
Cuando tiene trabajo vive en una pensión que hay cerca, pero siempre está por los alrededores por si la gente lo busca. Es un buen hombre.
—Tú también eres una buena persona. ¿Quieres que conduzca yo un rato?
—Vale.
Subieron al coche, se abrocharon los cinturones y salieron del sótano.
—¿Has dicho en serio que ibas a intentar ayudarlo?
—Por supuesto. ¿Crees que podría encontrarle algún trabajo relacionado con armas?
—No estoy seguro.
—Hablaré con Jack al respecto. En una ocasión me dijo que tenía unos amigos que habían montado una empresa de seguridad.
—Uno de esos amigos es quien se queda en casa de Delaney, cuando Jack lo acompaña en los viajes.
Poco después de abandonar la ciudad.
Una hora más tarde pararon a desayunar en la misma cafetería que Ryan había desayunado en su viaje de vuelta a Nueva York.
—Sentémonos en esa mesa junto a la ventana, así podremos ver el coche.
—Vale. Voy un momento al aseo —dijo ella, después de dejar el bolso en la silla.
Poco después Ryan la vio caminar hacia la mesa.
Estaba muy guapa, a pesar de llevar un pantalón de chándal, una camiseta y una sudadera.
Parecía una estudiante. Era una mujer brillante, y parecía tan joven que casi le dolía mirarla.
Por Dios bendito. Solo con verla caminar hacia él se le alteraba la sangre y cobraba conciencia de los latidos de su corazón.
La camarera se acercó y le hicieron el pedido.
—Me estoy enterando de cosas tuyas que desconocía —dijo cuando ella se sentó frente a él.
—Pues yo no oculto nada. Soy como me ves, tanto en el trabajo como en cualquier parte. No sé actuar.
—Ya me he dado cuenta.
—¿Sigue en pie lo de ir a la isla de Delaney la semana que viene?
—Sí. Ya está todo organizado. Saldremos el próximo viernes por la tarde.
—Estoy emocionada. Nunca he estado en una isla. Dios mío, no tengo ropa adecuada. Supongo que hará calor. He estado tan ocupada desde que volví de Nueva York que no he tenido ni tiempo de informarme.
—No tienes que esmerarte mucho en la ropa que tienes que llevar. Cualquier cosa que tengas de verano te servirá.
La chica se acercó con el desayuno y lo dejó en la mesa.
—No creo que tenga nada presentable —dijo Jess cuando se retiró.
—Te hablaré de la isla para que te hagas una idea de lo que necesitarás.
—De acuerdo.
—Ya sabes que la isla es de Delaney.
—Sí —dijo ella sonriendo.
—¿Por qué sonríes?
—Porque jamás habría podido imaginar que tendría un amigo que fuera dueño de una isla.
—No sé por qué a las chicas os impresiona tanto algo así.
—Puede que no lo sepas porque no eres chica.
—Será eso. Te he dicho que no hace falta que te preocupes por la ropa, porque en la isla no hay nada, excepto la casa de Delaney.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Exactamente lo que he dicho. En la isla solo está la casa. No hay otras casas, ni bares, ni restaurantes, ni tiendas… Nada, no hay nada más.
—Me estás tomando el pelo.
—Para nada.
—¿Hablas en serio?