Capítulo 13 #2
—Ellie me dijo que Ryan había venido conduciendo.
—Sí, y me gustó la experiencia. Hacía muchísimos años que no hacía un viaje largo por carretera.
—Seguro que yo también lo pasaré bien. Bueno, tengo que marcharme —dijo empezando a abrazarlos a todos—. Os voy a echar mucho de menos. La experiencia en las montañas no la olvidaré jamás.
—Cuando vayamos a la isla de Delaney la olvidarás —afirmó Sean.
—Espero que no, porque no quiero olvidar nada de lo que experimento con vosotros.
—Jack te llevará al aeropuerto —dijo Delaney cuando la abrazó por segunda vez.
—Vale. Gracias.
—No hace falta, Jack. Yo la llevaré, así le informaré de los lugares adecuados para parar a comer o a tomar café en el viaje desde Atlanta hasta aquí.
Jess lo miró. Le habría gustado decirle que no quería que la llevara, pero todos pensarían que había algo raro entre ellos. Y no es que hubiera nada raro, es que se sentía vulnerable cuando estaba a solas con él. Pero no haría nada que pudiera preocupar a sus amigos.
—De acuerdo.
Ryan le abrió la puerta del copiloto para que se sentara.
Cuando él se sentó a su lado, Jess sintió un extraño cosquilleo en su piel, una especie de calor en su interior y algo que se removía en su estómago, algo que conocía bien, porque lo sentía cada vez que veía a ese hombre.
Su corazón se alteró de pronto, latía tan fuerte que pensó que él lo oiría.
No sabía si Ryan le estaba hablando, porque lo único que era capaz de escuchar era el incesante golpeteo de su corazón.
—¿Estás lista?
Esas dos palabras le parecieron a Jess que no significaban lo que había escuchado.
¿Habría querido decir otra cosa? Lo miró a la cara, pero solo vio una sonrisa clara y auténtica.
Una sonrisa absolutamente seductora que lo iluminaba por dentro y conseguía que el color de sus ojos pareciera mucho más intenso.
—Sí.
Ryan arrancó el coche y abandonaron la finca de Stanford.
—Te estás tomando muchas molestias conmigo —dijo Jess sin mirarlo.
—¿Crees que llevarte al aeropuerto es una molestia para mí?
—Me podía haber llevado Jack.
—Me gusta estar contigo.
—¿Tu nunca te das por vencido?
—No —dijo él muy serio.
Jess no sabía si reír o mandarlo a paseo, y optó por la segunda opción.
Aunque no parecía haberle molestado, porque Ryan le sonrió.
Una sonrisa que le llegó a sus ojos grises.
En ese momento, a Jess le pareció la belleza personificada.
Y se alegró de verlo sonreír, porque lo de estar serio no le pegaba nada.
Su sonrisa era el rasgo más destacable en él.
Jess llevaba tres meses intentando convencerse de que la noche que había pasado con Ryan, aunque ella no supiera en aquel momento que fuera él, no había sido tan mágica como había pensado.
Un pensamiento que contradecía la nueva costumbre que había adquirido su corazón desde entonces, que se empeñaba en acelerarse de manera descontrolada cada vez que veía por la calle a un hombre con su misma apariencia física.
Y tampoco podía explicar que se hubiera despertado por la noche en más de una ocasión, porque había tenido un sueño húmedo con él.
—No tenías que haber entrado conmigo, ahora tendrás que pagar el aparcamiento —dijo ella mientras caminaban hacia la terminal.
—Ese sí es un grave problema.
—Es mejor que te marches, no tardarán en anunciar la puerta de embarque —mencionó ella poco después, parándose frente a la pantalla donde se indicaban las salidas de los vuelos, porque quería perderlo de vista cuanto antes.
—Esperaré hasta que entres. Dijiste que el día 14 terminabas el trabajo.
—Sí. Tienes buena memoria.
—En lo referente a ti, no olvido nada. ¿Volverás a Nueva York el sábado, 18 como mencionaste?
—Si no sucede nada que me lo impida, sí. Tendré tres días para hacer el equipaje y serán más que suficientes, porque me he deshecho de casi toda mi ropa.
—¿Por qué?
—Porque voy a empezar una nueva vida.
—Parece que quieres empezar de cero con todo. Espero que no me deseches a mí también.
—Yo no desecho a las personas.
—Eso es un alivio. ¿Has cambiado de idea o vendrás conduciendo?
—No he cambiado de idea.
—Voy a echarte de menos.
—Por supuesto —dijo ella con sarcasmo.
—Me he acostumbrado a verte cada día.
—Yo también te he visto cada día y no va a quitarme el sueño el no verte —mencionó ella. Aunque pensó no equivocarse.
—Yo sé que vas a echarme de menos también. Vamos a estar sin vernos dieciséis días.
—Lo soportaré.
—Yo no creo que pueda. Es posible que vaya a verte antes.
—No lo hagas, por favor.
—¿Por qué?
—Me lo estás poniendo muy difícil.
—Cielo, las cosas fáciles son aburridas.
—Ya te puedes marchar —dijo ella al ver en la pantalla que había aparecido la puerta de embarque de su vuelo.
—Te acompañaré hasta allí y luego me marcharé.
—De acuerdo —aceptó, fastidiada por tener que soportar cómo se sentía al estar a su lado durante más tiempo.
—Entonces, ¿irás a vivir con Stanford cuando vuelvas a Nueva York?
—No iré a vivir con Stanford, iré a vivir a su casa.
—No veo la diferencia.
—Sabes muy bien que la hay.
—¿Estás segura de que no quieres venir a vivir a mi casa?
—Absolutamente.
—Vaya, esa es una afirmación muy destacable.
—Ya están entrando.
—Bien, me marcho.
Ryan intuía que no le haría mucha gracia si la besaba como deseaba hacerlo, así que la besó en la mejilla, como haría un amigo.
—Que tengas un buen vuelo.
—Gracias.
Ryan se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Jess se volvió dos veces a mirarlo. Esperaba que la mirara para saludarlo con la mano, pero no lo hizo.
Eso la decepcionó y también la decepcionó que la besara en la mejilla.
Se preguntó a sí misma cuál sería la razón para sentirse decepcionada, ¿acaso no quería mantenerse lo más alejada posible de él?
¡Por Dios santo! Todavía no había desaparecido de su vista y ya lo echaba de menos. ¿Qué demonios le sucedía?
Jess se presentó en el trabajo al día siguiente y hasta el día 14 estuvo tan ocupada, que no tuvo tiempo de hacer nada de lo que había planeado hacer respecto a la mudanza.
Era como si todos los asesinos se hubieran puesto de acuerdo para cometer sus crímenes al mismo tiempo, para que no pudiera descansar ni siquiera el fin de semana.
Era viernes, 17 de enero y Jess quería salir temprano al día siguiente para llegar a Nueva York cuanto antes.
Su jefe le había pedido que fuera un rato al trabajo, para ayudar al forense que la había sustituido a redactar los informes de las autopsias que este había realizado, y ese rato se había convertido en varias horas.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue meterse a la ducha.
Lo hacía cada vez que volvía del trabajo.
Quería desprenderse del olor a muerte de su piel.
Ni siquiera se preocupó en secarse el pelo, la calefacción estaba alta y se le secaría pronto, así no perdería tiempo.
Se puso ropa de estar por casa, una ropa que había llevado cientos de veces y era muy cómoda.
Solo le quedaba hacer el equipaje y prepararse algo para cenar, porque estaba hambrienta.
Llamaron a la puerta y se extrañó, porque eran casi las nueve de la noche. Cuando abrió se quedó de piedra al ver a Ryan con una mochila colgada de uno de los hombros. Ella se quedó mirándolo sin saber qué decir.
—Pareces sorprendida.
—Y no te equivocas.
—Hola, cielo —dijo él besándola en la mejilla.
—Hola. Puede que hayas olvidado que me marcho mañana temprano.
—No lo he olvidado, esa es la razón de que esté aquí.
—¿Has venido a decirme adiós?
—No precisamente. He venido para hacer contigo el viaje desde aquí a Nueva York.
—Eso no era necesario. No necesito compañía.
—Lo sé, pero es mejor hacer el viaje acompañado, créeme.
—Tengo un buen equipo de música en el coche —dijo ella de forma cortante.
Ryan la miró fijamente a los ojos.
—No hace falta que des tantos rodeos, si quieres que me marche dímelo claramente y desapareceré.
—No es eso.
—Ni siquiera me has ofrecido entrar en tu casa. Tal vez sea mejor que me vaya, veo que no soy bien recibido.
—Lo siento, Ryan. Me he sorprendido tanto al verte que no me he dado cuenta de que te tenía en la puerta. Pasa, por favor.
Él entró, pero se quedó quieto en la entrada.
—¿Por qué llevas una mochila?
—Porque he venido directamente desde el aeropuerto.
—¿Quieres pasar la noche en mi casa?
—Somos amigos y pensé que era lo normal, pero no te preocupes, puedo ir al hotel de Delaney.
—De eso nada. Solo me faltaba que nuestros amigos se enteraran de que no te he dejado dormir en mi casa, cuando tengo una habitación en cada una de las suyas.
—Si esa el la razón de que permitas que me quede, prefiero irme al hotel. No te preocupes, ninguno de ellos lo sabrá.
—Te quedarás aquí, aunque no vas a tener los lujos a los que estás acostumbrado.
—Estaré bien, no te preocupes.
—Te enseñaré tu habitación y podrás dejar en ella la mochila.
—De acuerdo.
—Ahora luego haré la cama —dijo ella cuando entraron en la pequeña habitación—. Nadie ha dormido en ella desde que compré la casa.
—Va a ser un honor estrenarla. ¿Qué tenías previsto hacer cuando te he interrumpido?
—No me has interrumpido. Acababa de llegar del trabajo.
—Pensaba que ibas a dejar el trabajo hace unos días.
—Y lo hice, pero mi jefe me ha pedido que fuese un rato a echar una mano al nuevo forense con los informes. Y he estado horas allí. Luego pensaba hacer el equipaje y cenar, porque estoy muerta de hambre. Y tenía pensado irme a la cama temprano, porque quiero salir mañana al amanecer.
—Te ayudaré con la cena. Pediré que nos traigan algo.
—Estupendo.
—¿Qué te apetece cenar?
—Cualquier cosa.
—Bien. Ve preparando el equipaje.
Poco después estaban cenando la deliciosa comida que Ryan había pedido en un restaurante.
—¿Hay alguna novedad que no sepa? —preguntó él mirándola.
—Me dejasteis claro que el grupo de amigos está al corriente de todo lo que os sucede a cada uno de vosotros. Y yo pertenezco a vuestro grupo.
—Si no todo, casi todo.