Tan irresistible como Stanford Capítulo 13
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Capítulo 13

La cena de fin de año que habían preparado las chicas fue deliciosa. No habían faltado temas de conversación mientras cenaban.

Jess se sentía pletórica. Era el último día del año.

Jamás había hecho propósitos para el siguiente año, porque no le ilusionaba nada.

Pero ese año iba a ser muy diferente. Tenía un grupo de amigos fantásticos que cuidarían de ella.

Tenía ilusión por comenzar ese nuevo año, en el que iba a haber muchos cambios, cambios muy importantes en su vida.

Sus padres, que eran los culpables de que viviera en las sombras, ya no estaban y no podrían perjudicarla nunca más.

Sus abuelos no habían ido al funeral de sus padres, aunque ella no les había llamado.

En realidad no sabía si seguían vivos, y tampoco le importaba.

A partir de ese momento solo pensaría en cosas positivas.

Se centraría en su nuevo trabajo, en sus amigos y en Ryan, ese hombre que le gustaba más de lo que debería gustarle.

Pasaban de las once de la noche. Las chicas habían recogido lo de la cena y fueron al salón a reunirse con los hombres para ver el programa de fin de año de la televisión. Aunque unos minutos después, todos estaban hablando y nadie le prestaba atención al televisor.

Ryan había salido del salón unos minutos atrás. De pronto, Jess lo vio entrar y se quedó paralizada al ver que se acercaba a ella. La intensa mirada que lo caracterizaba tenía una fuerza magnética que hizo que no pudiera apartar la vista de él.

—¿Puedes acompañarme un momento? —dijo Ryan tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse.

—Claro.

Abandonaron el salón y Ryan la condujo hacia el antiguo comedor, que ahora era un dormitorio que no ocupaba nadie. Entraron y Ryan cerró la puerta.

Jess lo miró fijamente. El gris de sus ojos era intenso en ese momento, se parecía al humo que desprendía una hoguera. Y en su rostro había preocupación.

A Jess le bastaba estar en la misma estancia que él para que su corazón latiera de forma descontrolada y la sangre corriera por sus venas a toda velocidad.

—¿Qué ocurre?

La mirada de él seguía siendo intensa. Ryan le elevó el rostro sujetándola de la barbilla. A pesar de que sus dedos la rozaban de forma delicada, Jess sentía como si él estuviera marcándola con fuego. Tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse de él.

Ryan acercó sus labios a los de ella y la besó, con la destreza de alguien que había besado cientos de veces.

Sus labios eran toscos, pero al mismo tiempo hábiles e insistentes, pidiendo permiso para entrar en la boca de ella.

Y Jess abrió los labios y lo dejó entrar, ansiosa por saborearlo.

Estuvieron besándose mucho tiempo hasta que él se detuvo y se separó de ella.

—Quería ser el primero en felicitarte. Feliz Año Nuevo.

—Feliz Año Nuevo.

—No faltará mucho para el fin de año. Ve al salón, yo iré enseguida.

—Vale.

—¿Qué hora es? —preguntó Jess al entrar en la estancia.

—Faltan ocho minutos para las doce.

Jack y Ryan entraron en el salón un minuto después. Ambos llevaban las bolsas con los regalos. Las dejaron en el suelo a un lado.

Poco después estaban retransmitiendo la cuenta atrás en la televisión. Cuando llegaron al cero todos se felicitaron abrazándose.

Ryan abrió una botella de champán. Jess lo observaba. Ese hombre se desenvolvía con confianza y seguridad, mientras ella se sentía tan firme como un flan entre todos ellos.

No podía dejar de mirar al hombre de sus sueños, porque Ryan era eso para ella.

Lo vio repartir las copas entre sus amigos.

Llevaba las mangas del suéter remangadas y podía apreciar los músculos de sus antebrazos tensarse y aflojarse, con el simple movimiento de llenar las copas.

De pronto lo recordó desnudo sobre ella, mientras la penetraba una y otra vez.

Sintió que las mejillas le ardían y supo que estaría ruborizada.

—Feliz Año Nuevo —dijo Ryan acercándose para besarla en la mejilla.

—Feliz Año Nuevo, otra vez.

—¿Estás bien?

—Creo que he bebido demasiado durante la cena.

Todos se acercaron a ella y la abrazaron muy fuerte, felicitándola y deseándole lo mejor para el año que acababa de comenzar.

—Hora de repartir los regalos —dijo Tess.

—Como ya sabéis, hicimos un trato con Jess para que compráramos regalos sencillos para todos —mencionó Lauren.

—Esperamos que todos vosotros —dijo Ellie mirando a los hombres—, hayáis comprado cosas sencillas.

—Tenéis que tener en cuenta que las cosas sencillas no tienen el mismo significado para todas las personas —intervino Logan.

—Por supuesto, no puede ser lo mismo para una persona como vosotras que para Delaney, por ejemplo, que tiene dos aviones y una isla —dijo Carter riéndose.

Las mujeres habían acertado en todos los regalos.

Se habían regalado entre ellas ropa, bolsos, perfumes y libros.

Con los hombres también habían acertado ellas, porque cada una había comprado para su marido algo que sabía que le sentaría bien y que le gustaría.

Bradley les regaló a las chicas ropa que compró con su hermana y a todas les había gustado.

—Dios mío cuántos regalos —murmuró Jess.

—Ahora faltan los vuestros —dijo Tess mirando a los hombres—. Cariño, tú tienes que ser el primero, porque tus regalos son los más peligrosos.

—Y los más caros —dijo Nathan.

—Es porque tengo más dinero que todos vosotros juntos. Toma, cariño, este es el tuyo —le entregó a su mujer un paquetito alargado y plano perfectamente envuelto en un papel rojo brillante.

Tess rompió el envoltorio y abrió el estuche, que por supuesto era de una joyería.

—Vaya, es preciosa —dijo mostrándoles a todos la pulsera de rubíes y besándolo—. Gracias.

—De nada, cariño.

—Delaney me dio el día de Navidad los pendientes y el collar a juego.

—La pulsera es una maravilla —dijo Jess.

—Este es mi regalo para ti —dijo Delaney entregándole a Jess un paquete también pequeño y alargado envuelto en un papel verde brillante.

Jess miró el paquete en la mano de Delaney y luego lo miró a él.

Delaney se limitó a guiñarle el ojo. Ella comenzó a desenvolverlo preocupada.

Al abrir el estuche vio que era una pulsera y unos pendientes, pero en vez de rojas, las piedras eran verdes y supuso que serían esmeraldas.

De pronto Jess se sintió abrumada. En toda su vida nunca había experimentado tantas sensaciones como las que sentía desde que había conocido a sus amigos.

De pronto las lágrimas corrían por sus mejillas.

Se sentía desbordada y no las podía retener.

—Disculpadme un momento. Vuelvo enseguida —dijo Jess dándole el estuche a Delaney y abandonando el salón.

—¡Te lo dije, Del! Tú no lo puedes entender, pero esa chica se siente sobrepasada —dijo Tess.

—Supongo que todos habéis comprado sus regalos en la joyería —preguntó Ellie.

—Sí, fuimos todos juntos —dijo Sean.

—Yo me sentí igual la primera vez que me regalasteis una joya —mencionó Lauren.—. No había tenido ningún regalo en mi vida, igual que ella.

Jess había entrado en el salón sin hacer ruido y permanecía en un rincón poco iluminado. Respiró hondo y se acercó a ellos.

—Lo siento, Jess —dijo Delaney.

—No tienes que disculparte, no has hecho nada mal.

La culpa ha sido mía. No sé lo que me ha pasado, pero de pronto me he sentido abrumada.

No había llorado desde que mis padres me llevaron al internado, no por el colegio en sí, eso no me preocupaba, porque prefería estar lejos de ellos.

Unos meses después me di cuenta de que me habían abandonado allí porque no me querían.

Mis abuelos tampoco me querían, solo me soportaban.

Supongo que ninguno de ellos supo hacerlo mejor.

Cuando comprendí lo que sucedía lloré amargamente.

Solo tenía once años, pero nunca más volví a llorar.

Hasta que os conocí. Con vosotros he llorado de emoción.

Y ahora esto… Siento mi comportamiento. Me he sentido sobrepasada, nada más.

No quiero que penséis que soy una persona débil, porque no lo soy.

—Lo sabemos.

—Tu regalo es precioso, aunque no sé cuándo me lo voy a poner —dijo ella cogiendo su regalo de la mano de Delaney.

—Encontrarás el momento.

—Todos hemos comprado tu regalo en una joyería —dijo Nathan disculpándose.

—Sabíamos que no habías conservado ninguna de las joyas de tu madre —intervino Carter.

—No quería tener nada de ella —dijo secándose las lágrimas de emoción.

—Por eso hemos pensado que te vendría bien tener algunas cosas… tuyas, por si tienes que ir a algún evento especial —mencionó Logan.

—No creo que vaya a asistir a ningún evento especial para tener que llevar joyas de esta magnitud.

—Ahora perteneces a nuestro grupo y nos acompañarás a fiestas de etiqueta —dijo Delaney.

—Cariño, sabes que somos millonarios y tendrás que acostumbrarte desde ya a los regalos que te hagamos —añadió Sean—. Toma, este es el mío.

—Jess cogió el estuche y lo abrió. Era una gargantilla.

—Gracias, Sean. Es precioso. Hace juego con la pulsera que me ha regalado tu hermano.

—Pensamos que regalarte cada uno un juego completo sería excesivo para la primera vez.

—Desde luego que lo sería.

Entre Nathan y Carter le regalaron un juego de zafiros. Y entre Ryan y Logan le compraron otro de diamantes clásicos.

Y a sus mujeres les regalaron otras joyas.

Sin casi darse cuenta, había pasado el primero de año y había llegado el martes, día 2. Habían terminado de tomar el café y todos estaban haciendo el equipaje. A las tres de la tarde se encontraban camino de Nueva York.

Fueron todos a casa de Delaney, porque Jess se marcharía pronto al aeropuerto y querían despedirse de ella.

Jack se encargó de sacar del coche las maletas de Delaney y Tess.

—Tess, ¿te importa que deje aquí mi equipaje? Así tendré menos cosas para traer. He decidido que vendré conduciendo.

—Por supuesto que no. Ya sabes que tienes una habitación en nuestra casa. Jack lo dejará en ella.

—¿No crees que será un viaje demasiado largo para venir conduciendo? —preguntó Delaney.