Tan irresistible como Stanford Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Las mujeres sirvieron una comida fantástica y se sentaron a disfrutar de ella.

—Deberíamos pensar en lo que solemos hacer en invierno, me refiero a los viajes. Ya sabéis que no todos podemos dejar el trabajo de la noche a la mañana. Necesitamos tiempo para organizarnos —dijo Carter.

—En invierno solemos ir a la isla —mencionó Tess.

—Tal vez deberíamos organizarlo para enero. Jess dejará el trabajo el día catorce, ¿verdad? —le preguntó Delaney.

—Sí.

—Podemos ir tan pronto ella llegue a Nueva York. No tenemos muchas opciones. Podemos irnos el viernes, 17 o el viernes, 24.

—Por mí no hay problema, tengo suficiente tiempo para organizarme en el trabajo —dijo Carter.

—Yo también —articuló Ryan.

—A mí, cualquiera de esas dos fechas me va bien —añadió Sean.

—¿Qué te parece a ti, Jess? —preguntó Delaney.

—No tengo ni idea de lo que estáis hablando. Habéis mencionado una isla. ¿Dónde está esa isla?

—En las Maldivas.

—¿Queréis ir a una isla de las Maldivas? Tengo entendido que los vuelos cuestan una fortuna.

—Cielo, no sé si te has dado cuenta de que ninguno de nosotros tiene problemas de dinero, tú incluida —informó Delaney de forma cariñosa.

—Lo sé. Así y todo, sé que los hoteles son carísimos. Alguien me dijo en una ocasión que había pagado por una noche más de mil dólares. Y vosotros queréis estar allí una semana. ¿Soy yo la única que piensa que es una locura, a pesar del dinero que tengamos?

—Cariño, el vuelo corre por cuenta de Delaney —dijo Nathan.

—Yo no voy a dejar que pague mi pasaje, por mucho dinero que tenga.

—Cielo, nadie me va a pagar el pasaje, porque el avión es mío.

—Ahora que recuerdo, me lo dijo Ryan. Me gusta saber que tengo un amigo que tiene un avión.

—En realidad, tengo dos.

Ella soltó una carcajada.

—Ahora entiendo porqué eres tan arrogante. Es porque puedes permitírtelo.

Delaney le sonrió.

—Y puede que necesitemos los dos aviones, porque estoy seguro de que mis padres se apuntarán.

—En ese caso, si tu pones los aviones, nosotros deberíamos hacernos cargo de las reservas del hotel.

—Eso también correrá a cuenta de Delaney, tiene una casa en la isla a la que vamos —dijo Logan.

—¿Tienes una casa en las Maldivas? —preguntó ella mirándolo con los ojos entrecerrados.

—Sí. ¿Y sabes otra cosa? —preguntó él acercándose a ella como si fuera a compartir un secreto—. La isla en la que está la casa también es mía.

—¿¡Tienes una isla en Las Maldivas!?

—Sí.

—Dios mío. Quien me ha visto y quien me ve. Hasta hace unos días mi vida era insulsa y triste, y ahora hablo de los aviones que tiene un amigo, y de su isla en Las Maldivas.

—Ya te dije que tu vida iba a cambiar.

—Y tenías razón.

—Yo siempre tengo razón.

—En cuanto a lo de arrogante, no hay quien te gane.

—Ahora deberías pensar en el mejor día de los dos que hemos mencionado.

—De acuerdo. Yo creo que para mí sería mejor el viernes, 24. Así, después de dejar el trabajo, tendría tiempo de preparar todo para mudarme.

—Entonces, ¿cuándo te mudarás a Nueva York?

—Creo que la semana anterior. Puede que el sábado, 18. Si para ese día Jack me ha encontrado un apartamento de alquiler que esté en condiciones, me instalaré en él. De lo contrario, aceptaré vuestra oferta de quedarme unos días en vuestra casa —le dijo a Tess.

—No hay problema.

—Aún no me lo puedo creer. Voy a ir a las Maldivas en un jet privado —dijo riendo.

—Tendrás que acostumbrarte a vivir como los millonarios —añadió Sean.

—No creo que sea muy difícil —se burló ella sonriéndole.

Entre todos recogieron la mesa. Colocaron sobre ella los platos y las copas de champán. Ellie llevó a la mesa la tarta, con las treinta y cinco velas encendidas alrededor.

Todos se quedaron embobados mirándola. Era una descripción de lo que había alrededor de la cabaña, árboles nevados y un suelo cubierto de blanco.

—Esta vez te has superado, cariño. Es una tarta preciosa —dijo Logan abrazando a Ellie.

—Gracias.

Todos le cantaron el cumpleaños feliz.

—No olvides pedir un deseo —le recordó Abby.

—Que no sea que me quede embarazada de nuevo, porque eso no va a suceder —dijo Kate sonriendo.

—¿Sabes? He pensado que tenemos cuatro hijos y no necesitamos más. A partir de ahora disfrutaremos de la vida.

—Papá, se están derritiendo las velas —exclamó Bradley.

Logan apagó las velas y volvieron a felicitarlo abrazándolo. Luego se sentaron a comer la tarta, acompañada con una copa de champán.

—¡Santa madre de Dios! Esta tarta es la mejor que he comido en toda mi vida —dijo Jess. De pronto recordó lo que sus amigas le habían dicho, que Ryan era como la tarta de Ellie. Y eso hizo que se ruborizara.

Fueron todos al salón a tomar el café y una copa de coñac. Y a continuación Bradley fue entregándole los regalos uno a uno para que los fueran abriendo.

—¿No os habéis pasado con los regalos? Creo que hay más que nunca —dijo Logan.

—Es porque tienes ya muchos años y con los años aumentan los regalos para que no te sientas mal —le aclaró Bradley, su hijo mayor—. Te quiero, papá. Este es mi regalo.

A Logan se le llenaron los ojos de lágrimas de la emoción.