Tan irresistible como Stanford Capítulo 12
33%

Capítulo 12

Jess no pudo dormir en toda la noche. No podía quitarse de la cabeza lo que había hecho la noche anterior en el salón. Incluso Ryan, que era un hombre experimentado en cuanto a mujeres, le había dicho que lo había devorado. ¡Santa madre de Dios! No iba a poder mirarlo a la cara.

Miró de nuevo el móvil para ver qué hora era.

Llegó a pensar que el reloj se había parado, porque no avanzaba.

Todavía no eran las siete de la mañana. A pesar de que era temprano, decidió bajar a prepararse un café.

Fue al baño a lavarse y luego volvió a su habitación para vestirse, procurando no hacer ruido para no despertar a nadie.

Cuando entró en la cocina notó el aroma del café.

Le preocupó que Ryan se hubiera quedado en el salón toda la noche.

Pero no había visto el resplandor de la luz y la puerta del salón estaba abierta.

Entró en la cocina, se acercó a la cafetera y se dio cuenta de que alguien había preparado el café, y no hacía mucho, porque estaba caliente.

Decidió ir a tomarlo al porche, así no se encontraría con nadie.

Fue al armario de la entrada sacó la ropa de abrigo y se la puso.

Luego volvió a la cocina, se sirvió un café y salió a la calle.

—Buenos días —dijo Jack, que estaba sentado en uno de los sillones.

—Buenos días, Jack. No esperaba que hubiera nadie levantado.

—Suelo levantarme temprano todos los días.

—Gracias por preparar el café.

—Es lo primero que hago cada mañana. Tienes ojeras, ¿no has dormido bien?

—No he pegado ojo en toda la noche.

—¿A causa del colchón o la almohada?

—No, son perfectos. Hace un frío de narices.

—Sí, pero al menos no nieva. Hoy va a ser un buen día para disfrutar con los trineos.

—Espero no hacer mucho el ridículo.

—Estás entre amigos, y delante de los amigos no se hace el ridículo. Nadie se va a reír de ti si no lo haces bien. O puede que se rían, pero en plan sano.

—Mis amigos son fantásticos, ¿verdad?

—Desde luego que sí.

—¿Crees que me acostumbraré a vivir en Nueva York?

—Vas a tener una vida estupenda, puedes estar segura de ello. Tus nuevos amigos cuidan los unos de los otros. Y tú, en poco tiempo, te has convertido en una buena amiga para todos ellos.

—Ya me he dado cuenta.

—Te va a ir genial en Nueva York.

—Eso espero. Jack, me mudaré aquí en unos días y necesito un sitio donde vivir. ¿Te han llamado de la agencia?

—Me han llamado varias veces y he ido a ver los apartamentos, pero no te lo dije porque no los consideré buenos para ti. Algunos estaban demasiado lejos del centro y de tu nuevo trabajo, y otros eran demasiado pequeños.

—Gracias por preocuparte.

—Mi trabajo es cuidar de las personas.

—Tu trabajo es cuidar de Delaney y su familia.

—También cuido de sus amigos.

—Eso me han dicho —dijo ella dedicándole una dulce sonrisa.

—De todas formas, no tienes prisa, Delaney te ha ofrecido quedarte con ellos.

—Lo sé, pero no quiero molestarlos viviendo en su casa.

—No vas a molestarlos.

Jess estaba preocupada por ver a Ryan en el desayuno. Pero él se comportó como si el beso que compartieron la noche anterior no hubiese existido, de manera que su preocupación se esfumó.

Después de desayunar se abrigaron y salieron de la casa. Hacía un día precioso, a pesar del frío. Se dirigieron al cobertizo y los hombres sacaron seis trineos dobles. Los llevaron entre todos a la colina desde donde se deslizarían.

—No me voy a lanzar desde ahí arriba —informó Jess cuando llegaron al lugar.

—¿Por qué? Es muy divertido —dijo Ellie.

—Parece alto, pero estoy segura que desde arriba me parecerá mucho más.

—Tú te vas a lanzar la primera —indicó Delaney.

—¿No has oído lo que acabo de decir?

—Tú y yo vamos a lanzarnos juntos.

—Esa no es una buena idea.

—¿Por qué dices eso?

—Porque siempre me lías.

—¿Yo te lío?

—Por supuesto. ¿Acaso no has conseguido que me mude a Nueva York, así sin más?

—Tú querías ir a vivir a Nueva York.

—No lo tenía decidido.

—Yo quiero que vivas cerca de nosotros. De hecho, todos lo queremos.

—No me voy a tirar por ahí ni contigo ni con nadie. Está demasiado alto.

—Vamos —dijo él cogiéndole la mano y tirando de ella para que subiera por la pendiente.

Llegaron a lo alto de la colina y Jess miró hacia abajo.

—Siéntate delante.

—¿Estás sordo o es que eres tonto?

Todos se rieron.

—Sube, cielo —dijo él de manera cariñosa, pero firme.

—De acuerdo, voy a subir, pero no porque me lo hayas ordenado. Y que sepas que por mucho que me hayas ayudado con lo de la herencia de mi padre, no me gusta que me des órdenes, y es lo que siempre haces.

—Estás tardando mucho. Siéntate ahí.

—Vale, vale, ya voy, no hace falta que te pongas así. Tu marido es un poco impaciente, ¿no crees? —le preguntó a su amiga Tess, que los miraba desde abajo junto a los otros.

—No lo sabes tú bien. Y además, con los años he aprendido que es una tontería hacerle la contraria, porque siempre sales perdiendo.

—Pues conmigo va listo —replicó sentándose en el trineo. Delaney se sentó detrás ella.

—Espero que sepas conducir este artilugio de forma extraña… porque no lleva volante.

—¿Cuándo has visto un trineo con volante?

—Nunca. De hecho, no había visto un trineo en mi vida.

—Conmigo siempre estarás segura.

—No he conocido a nadie más arrogante que tú.

Delaney le sonrió.

—Sujétate a los lados.

—Puede que no tenga suficiente fuerza para sostenerme.

—Yo te abrazaré y no te dejaré caer.

—Tess, saca el móvil y haznos unas fotos. Quiero tener la prueba visible de que tu marido me ha abrazado, no creo que muchas mujeres pudieran conseguir algo así.

—Puedes estar segura de ello —dijo Tess sonriendo, mientras sacaba el móvil y les hacía la primera foto, cuando Jess se giraba a mirar a su amigo y Delaney le sonreía.

—Vamos allá —pronunció Delaney abrazándola, mientras Jack les empujaba desde atrás.

Los hombres que permanecían al pie de la colina sacaron los móviles para hacerles fotos.

Jess sintió miedo al principio, pero pronto apareció una sonrisa en los labios que se convirtió en una carcajada rápidamente.

—¡Ha sido fantástico! ¿Podemos hacerlo otra vez?

—Tendrás que buscarte otro acompañante, mi mujer me espera.

—Claro.

—Inténtalo con Ryan, es el más experto de todos.

—¿Quieres lanzarte al vacío conmigo? —le preguntó Jess a Ryan de manera tímida.

—Cariño, contigo me lanzaría incluso desde un precipicio.

Esas palabras consiguieron que el sonrojo que había en su rostro a causa del frío se acentuara de repente.

Poco después Jess estaba sentada de nuevo en el trineo.

De pronto recordó que Delaney la había abrazado mientras bajaban.

Con él no había sentido nada, pero qué sentiría con Ryan si la abrazaba.

No quería tener esas manos nocivas cerca de ella.

Estaba pensando en ello cuando Ryan la rodeó con sus brazos.

De pronto un calor abrasador se extendió por su cuerpo, atravesando todas las capas que llevaba de abrigo.

—¿Cómo es posible que tu cuerpo desprenda tanto calor? Podrías ofrecerte para trabajar en una central eléctrica, cobrarías una buena pasta —dijo Jess girando el rostro para que la oyera.

—Sigues flirteando conmigo —le dijo él al oído.

Jess sintió el roce de sus labios y lo que sintió hizo que se pusiera en guardia.

En ese instante, Ryan sintió una atracción más fuerte que cualquiera que pudiera haber experimentado en toda su vida.

—Estamos preparados —apuntó Ryan abrazándola fuertemente para que les empujaran.

¡Santa madre de Dios! No quería que ese trineo se detuviera por nada del mundo. Jess se sentía increíblemente bien entre los brazos de ese hombre. Empiezo a pensar que lo que siento por él es algo más que gustarme, se dijo a sí misma.

Después de esa vez, todos los hombres del grupo se lanzaron en alguna ocasión con Jess. Eso hizo que, poco a poco, se fuera forjando una amistad más sólida entre ellos.

—¿Sabéis? Estaba diciéndome que este es el mejor día de mi vida, pero acabo de darme cuenta de que he pensado lo mismo cada día que he pasado con vosotros.

O con alguno de vosotros —dijo Jess mirando a Ryan y apartando la mirada rápidamente de él—.

Y sé que voy a estar muy bien viviendo en Nueva York.

Poco antes del medio día se pusieron en camino para volver a casa.

Delaney iba caminando junto a Jess.

—Estás muy callada. ¿No te has divertido?

—Lo he pasado genial.

—¿Y en qué piensas?

—Lo cierto es que estaba pensando en mi nuevo trabajo y cómo lo he conseguido. No quiero decir que no te agradezca que hayas mediado para que lo consiguiera.

—No solo he mediado, cielo.

—Eso no me hace sentir bien.

—¿Por qué?

—Porque la persona a la que han despedido para que yo ocupe su lugar no estará contenta.

—Jess, yo jamás haría que despidiesen a una persona, para que tú ocuparas su lugar. Antes de eso compraría la empresa o montaría otra para que tuvieras trabajo, o incluso haría que te dieran el trabajo, pagando yo tu salario.

—¿Harías algo así por mí?

—Cariño, haría cualquier cosa por ti.

—Gracias.

—No hay de qué.

—¿Me estás diciendo que había una vacante en el departamento de criminalística cuando decidiste buscarme empleo?

—No había una vacante. Hablé con la persona adecuada y esa persona se informó de cómo estaba la situación.

Resulta que uno de los forenses había pedido hacía algún tiempo un traslado lo más cercano a Georgia, porque toda la familia de su esposa vive allí y los echaba de menos.

La verdad es que al darte a ti el trabajo, le han hecho un favor a ese otro forense.

—¿No me estarás engañando para que no me sienta tan mal?

—Tú misma lo comprobarás cuando empieces a trabajar, porque ese hombre estará allí unos días para ponerte al corriente de todo lo que necesites saber.

—Ahora me siento mejor.

—¿Se pusieron en contacto contigo?

—Sí, me enviaron un email pidiéndome el currículum y mis datos personales para hacerme el contrato.

—¿Ha habido algún problema?

—No, todo ha ido bien.

—¿Empezarás el 3 de febrero?

—Sí.

—¿Cuándo te mudarás a Nueva York?

—El 14 de enero dejaré el trabajo, de manera que cuando lo tenga todo listo.