Tan irresistible como Stanford Capítulo 11 #5
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Capítulo 11 #5

—Ya que estás aquí, podías quedarte a hacerme compañía. Eres la culpable de que no pueda dormir, así que estaría bien que me acompañaras. Podemos hablar hasta que tengamos sueño. O puedes leer aquí la novela. O leerla en voz alta —dijo dejando el vaso sobre la mesita.

De pronto Jess pronunció unas palabras que hizo que se arrepintiera tan pronto salieron de su boca.

—Me gusta que me mires así. Bueno, lo cierto es que me gusta que me mires de cualquier forma.

Ryan esbozó una sonrisa, que fue haciéndose más amplia al pasar los segundos.

—No tenía que haber dicho eso, ¿verdad? —preguntó ella sonrojada.

—A mí no me importa haberlo escuchado.

—Tendré que hablar con las chicas para que me asesoren sobre lo que debo o no decir.

—Dile a Tess que te aconseje ella.

—¿Por qué lo dices?

—Ven, siéntate a mi lado y te lo explicaré.

Ryan disimuló la sonrisa al ver que se acercaba a él sin rechistar y se sentaba a su lado.

—Estoy esperando —dijo ella al ver que permanecía en silencio.

—Porque no puedes imaginar las burradas que le decía a Delaney.

—¿Burradas sobre qué?

—Sobre lo bueno que estaba, sobre lo guapo que era… Ese tipo de cosas. ¿Puedes imaginar a Delaney avergonzado?

—No creo que él pudiera avergonzarse por nada.

—Pues te aseguro que ella lo conseguía. Y no quiero decir con eso que Tess fuera descarada o desvergonzada. Te aseguro que no era eso. Es solo que siempre le decía lo que se le pasaba por la mente. Aunque Delaney estaba encantado con escucharla, claro.

—A los hombres les gusta que los halaguen.

—¿A las mujeres no?

—No lo sé. A mí nunca me han dicho nada para halagarme. Creo que tú has sido el único. Supongo que estás acostumbrado a decir cosas bonitas a las mujeres.

—Puede que les diga cosas bonitas, pero nunca miento. Y tú eres preciosa.

—No hace falta que pierdas el tiempo conmigo.

Ryan se sujetó el labio inferior con los dientes y la mirada de Jess se desvió hacia su boca. Él sabía que quería besarlo, y tenía la excusa de la deuda del beso para hacerlo, pero no sabía si se atrevería. De pronto fue como si Jess hubiera leído sus pensamientos.

—Estoy pensando que, ya que estamos solos, podría besarte para pagar mi deuda. No me gusta deber nada. Y puede que no tengamos otra oportunidad de estar solos.

—Sí, este sería un buen momento —dijo él sin moverse ni un milímetro de donde estaba.

Recordó que Ryan le había dicho que no podía ser un beso en la mejilla y que podía besarlo como quisiera.

Se acercó a él y rozó los labios con los suyos.

Ryan no hizo absolutamente nada. Al sentir el calor de sus labios, Jess insistió para que él los abriera y cuando lo hizo, ella introdujo la lengua en su boca.

Tan pronto sus lenguas se tocaron Jess sintió un deseo inmenso y un intenso calor en todo el cuerpo.

Introdujo los dedos entre sus cabellos y lo acercó más a ella.

Sin ser consciente de lo que hacía, Jess se encontró sentada a horcajadas sobre él.

No podía parar de besarlo. Estaba en el paraíso y no quería salir de allí.

Jess se derritió entre sus brazos. Sus pechos y sus caderas se amoldaron perfectamente a la forma del cuerpo de él.

Parecía como si ambos hubieran estado esperando ese momento.

Jess lo besaba con tanto ímpetu, que Ryan se deslizó en el sofá para quedar acostado, y ella se colocó sobre él sin dejar de besarlo.

Sentía la erección de él sobre su sexo y eso hacía que lo deseara mucho más. Jess tenía la impresión de que un viento huracanado la arrastraba, y no podía evitar dejarse llevar.

No sabía cuanto tiempo estuvieron así, pero de pronto ella se dio cuenta de que ya no estaba sentada ni a horcajadas sobre él sino acostada en el sofá encima de él. Dejó de besarlo y levantó la cabeza para mirarlo, avergonzada.

Fue un beso arrollador, lleno de lujuria, pasión y desenfreno.

—Guau.

Fue lo único que pudo decir Ryan, que estaba alucinando por el beso que habían compartido, y por lo excitado que estaba.

Jess estaba deliciosamente aturdida y sonrojada, con los labios rojos e hinchados por la pasión del beso.

Ryan pensó que estaba preciosa. En ese momento deseó acariciarle todo el cuerpo con los dedos y con los labios.

—No tenías que haberme besado, y mucho menos de la forma que lo has hecho —dijo ella levantándose rápidamente.

—Perdona cariño, pero has sido tú quien me ha besado para pagar tu deuda. Has sido tú quien se ha sentado a horcajadas sobre mí. Has sido tú quien me ha tumbado en el sofá y se ha colocado encima de mí, sin dejar de besarme. Aunque tal vez debería decir sin dejar de devorarme.

—Oh. Lo siento.

—No me estoy quejando, cielo. Pero tienes que comprender que no soy de piedra. Me dijiste que no habías estado con otro hombre. ¿Quién cojones te ha enseñado a besar así?

—Tú —dijo ella en un murmullo.

—Pues has sido una buena alumna.

—Gracias.

—Espero que lo que has hecho no afecte a nuestra amistad, porque no sería justo por tu parte —dijo Ryan.

—No afectará para nada, te doy mi palabra. Solo estaba pagando la apuesta. Me voy a la cama. Buenas noches.

—Buenas noches.

Estupendo. Ahora ya no podría dormir en lo que quedaba de noche, se dijo Ryan.

Esa chica no empleaba las artimañas que usaban las mujeres para seducir a los hombres, ni siquiera el flirteo, y eso hacía que fuera más complicado no dejarse llevar por esa clase de silenciosa llamada que ella, sin saberlo, le hacía simplemente estando a su lado.

Ryan ya sabía que esa mujer era muy apasionada y que su forma de conducirse no era fingida. Era sincera y transparente, y lo volvía loco.

Jess seguía avergonzada mientras subía la escalera.

Desde luego se había demostrado a sí misma que su objetivo moral era tan fuerte como un pañuelo de papel bajo la lluvia.

Ni siquiera quería pararse a pensar en cómo el beso que habían compartido había despertado en ella un deseo de mucho más.

Seguro que esa noche ya no podría quedarse dormida rememorando el beso, se dijo entrando en su habitación.

Se preguntó si esa sensación que sentía, de querer más de él, era algo normal. Se habría quedado hablando con él en el salón toda la noche. Le habría gustado escuchar su voz, escucharlo reír, hacerle decenas de preguntas y, sobre todo, volver a besarlo.

Con él se sentía muy a gusto, aunque excitada y a la expectativa de lo que pudiera suceder. Porque cuando estaba con él siempre esperaba que sucediera... algo.