Capítulo 11 #4
—Eso es un consuelo. Bien, doctor Owens, veamos cómo juega usted.
—¿Qué vais a apostar? —preguntó Ellie.
—¿Hay que apostar algo?
—Por supuesto. ¿Qué aliciente tiene jugar sin apostar nada? —dijo Kate.
—Bueno, no importa, ahora soy rica. ¿Qué quieres apostar?
—Una cena. Si ganas pago yo y si pierdes pagas tú.
—¿Te refieres a una cena? ¿Solos tú y yo?
—Sí. ¿Tienes miedo de cenar a solas conmigo?
—¿Miedo? Yo no te tengo miedo.
—Antes has dicho que yo era un peligro.
—He dicho que sería un peligro vivir solos en tu casa. Eso no tiene nada que ver con el miedo.
Ryan sonrió al escuchar sus palabras, porque efectivamente no se trataba de miedo sino de tentación por estar a solas con él.
—Pero según me dijo Delaney, llegaremos a Nueva York el día 2 por la tarde y tendré que irme al aeropuerto nada más llegar. Así que gane quien gane, no podremos ir a cenar.
—Te mudarás a Nueva York el próximo mes. Quedaremos para cenar entonces. No hay problema.
—En ese caso, de acuerdo.
—Traeré el tablero y las piezas —dijo él levantándose.
—Vale.
Se fueron formando parejas y grupos en el salón, cada uno iba a jugar a una cosa. Desde el momento en que Ryan dejó el tablero sobre la mesa y sacó las piezas de la caja, fue como si estuvieran ellos dos solos.
—¿Qué color quieres?
—El negro.
—¿Eliges el negro por algo en especial?
—Es el color de las tinieblas en las que vivo. El color de mi vida.
—Pues eso va a cambiar, empezando ahora mismo. Hoy jugarás con las blancas.
—Pero siempre he jugado con las negras.
—Imagina que ya has empezado tu nueva vida.
—¿Te han dicho alguna vez que eres un mandón?
—No.
—Pues que sepas que lo eres.
—Me da igual.
—¿Vas a colocar tus piezas?
—¿Tienes prisa? Está nevando y aquí no hay ningún sitio adónde ir —dijo Ryan—. ¿Habrías querido apostar otra cosa?
—No se me ocurre nada. Y no tengo problema en cenar contigo. Somos amigos.
—Cierto. Muy buenos amigos —dijo él con sarcasmo.
Estuvieron jugando, ajenos a todos los demás que estaban en el salón.
Jess intentaba concentrarse en el juego, pero le era imposible.
Se preguntaba qué le ocurría. Cuando trabajaba podía centrarse en lo que tenía entre manos y nada la distraía.
Pero con él ahí frente a ella… Y no dejaba de hablar.
Y su sensual voz penetraba en su interior hasta desestabilizarla.
¿Por qué no podía concentrarse cuando lo tenía cerca? , se preguntó.
De pronto Ryan pronunció dos palabras.
—Jaque mate.
Jess lo miró sin comprender lo que había dicho.
—No puede ser —dijo ella mirando el tablero.
—¿Qué no puede ser?
—Que me hayas ganado.
—Dijiste que eras muy buena, pero no parece que seas tan buena como creías.
—Nunca he perdido.
—Siempre hay una primera vez para todo.
—Jugando con un ordenador es difícil ganar, y yo siempre he ganado.
—Puede que seas buena, pero has de reconocer que yo soy, sin duda, mejor que tú.
—Eres un engreído y un arrogante.
—No tienes que enfadarte porque sea mejor que tú.
—No eres mejor que yo.
—¿Acaso no te lo he demostrado?
—Has estado hablando sin parar de cosas irrelevantes, y solo lo has hecho para distraerme.
—Imagina lo bueno que soy, que incluso hablando sin parar te he ganado.
Ryan intentaba no reír al ver la cara de enfado que tenía.
—Me debes una cena y te aseguro que voy a pedir lo más caro que haya en el menú.
—Supongo que quien paga elige el restaurante.
—El restaurante lo elige el que gana.
—Eso no lo habías mencionado. Lo elegiré yo. Y puede que te lleve a MacDonals.
Ryan hizo tal gesto de asco, que ella tuvo que reír.
—Juguemos otra vez para que se te bajen los humos.
—¿Quieres perder de nuevo?
—No voy a perder, listillo.
—De acuerdo. ¿Qué apostamos esta vez?
—Otra cena.
—No podemos apostar lo mismo.
—¿Por qué no?
—Pues porque no.
—Vaya, ese ha sido un razonamiento bien rebuscado. Empiezo a pensar que no eres tan inteligente como creía —dijo ella.
Ryan se rio.
—De acuerdo. En este momento no se me ocurre nada que podamos apostar, así que elige tú. Pero recuerda, sea lo que sea, vas a perder —dijo Jess.
—Un beso.
—¿Un beso? ¿Quieres apostar un beso? —preguntó Jess.
—Sí. Pero no me refiero a un beso en la mejilla, sino con lengua.
—Quieres decir un beso de amigos.
—Si quieres llamarlo así… —dijo él sonriendo, porque sabía que ella pensaba en el beso que habían compartido en el bosque.
—De acuerdo. Si pierdo yo, me besas. ¿Y si gano?
—Entonces me besas tú… de la forma que quieras.
—O sea que de una forma o otra me vas a besar.
—Nos vamos a besar —le corrigió él—. Como amigos, claro.
—Claro. Vale. Pero esta vez quiero las piezas negras. Seguro que he perdido por tener las blancas.
—Seguro que ha sido por eso.
Comenzaron a jugar. Jess estuvo distrayéndole, hablándole con susurros, con las cosas que se le ocurrieron, todas relacionadas con el sexo para que no pudiera concentrarse: le dijo que le había encantado perder la virginidad con él; que no había podido dormir pensando en cuando tenía su boca entre sus piernas; que desde el día que estuvieron juntos había imaginado muchas veces que él estaba en su cama y le acariciaba los pezones con la lengua...
Ryan jamás había estado tan excitado ni descentrado. Jess lo liquidó en apenas unos pocos minutos. Aunque terminó con las mejillas ruborizadas.
—Creo que es la primera vez que acabo tan pronto con mi contrincante.
—Has jugado sucio.
—En el juego hay que sacar todas las armas que se tengan.
—Desde luego, tus armas han sido poderosas.
—Eso pienso yo también.
—Y más, siendo tan tímida.
—Cuando juego olvido la timidez.
—Yo creo que la olvidas siempre. Me has puesto a cien en segundos.
—Vaya, eso sí lo considero una hazaña, tratándose de ti. No pensé que fuera capaz de hacer que se excitara un hombre como tú. ¿Estás seguro de que te has excitado o hablas por hablar?
—Puedes acercarte para comprobarlo. Solo tienes que ponerme la mano encima para darte cuenta de lo duro que estoy.
Ryan sonrió al ver como se ruborizaba de nuevo.
—Bien, ¿cuándo quieres cobrarte mi deuda?
—En Atlanta lo he planeado todo siempre. Pero fuera de allí no pienso planear nada. Así que, ya veremos, cuando me apetezca. ¿Tienes problema con eso?
—Ningún problema.
Después de cenar decidieron acostarse, para levantarse temprano y aprovechar el día.
Excepto Carter y Ellie que tenían un baño en su dormitorio, los demás compartían los baños del pasillo.
Jess salió de su habitación para ir a ducharse. Había esperado a que no se oyera nada, porque no quería interrumpir a ninguna de las parejas, ya que había escuchado risas en el pasillo y supuso que se habían duchado juntos, aunque no sabía de quiénes se trataba.
Cuando estaba llegando al baño la puerta se abrió.
Se quedó mirando a Ryan, que llevaba una toalla que le colgaba floja de la cadera.
La visión de su piel brillante y húmeda en ese cuerpo tan espectacular hizo que se quedara sin respiración.
Centró la mirada en las gotas que resbalaban por su cuerpo.
Al ver ese torso tan perfecto sintió una presión tan intensa en el vientre, que notó que le faltaba aire para respirar.
Un calor abrasador comenzó a recorrerla, mientras devoraba con la mirada ese cuerpo brillante, delgado y musculoso.
La palabra exquisito se cruzó en sus pensamientos para describir a ese hombre.
Cuando Jess se dio cuenta de que se lo estaba comiendo con la vista y que él claramente se estaba dando cuenta, le dedicó una mirada de lo más sensual, que hizo que la entrepierna de Ryan se tensara de forma inmediata.
—Parece que te está gustando lo que ves.
—A cualquier mujer le gustaría. ¿Has terminado?
—Sí —dijo él saliendo del baño.
Ella entró rápidamente y cerró la puerta.
Ryan volvió a su dormitorio sonriendo. Bueno, al menos sé que no le soy indiferente, se dijo.
Jess se apoyó en la puerta del baño y respiró profundamente. Cuando estaba cerca de ese hombre se portaba como una perfecta estúpida, pensó.
Eran las tres de la mañana y Jess seguía despierta.
No podía conciliar el sueño, porque en su mente tenía la imagen de Ryan recién salido de la ducha, con el pelo húmedo y alborotado, con esa barba, que seguro no se había afeitado desde que estaban allí, y que hacía que pareciera aún más sexy y peligroso de lo que ya era.
Harta de estar dando vueltas en la cama, se levantó y bajó a la planta baja con pijama. Pensó en beberse un vaso de agua fría a ver si el calor que sentía en el cuerpo disminuía. Y luego cogería un libro de la estantería que había en el salón.
Entró en la cocina sin hacer ruido. Sabía que en la planta baja había dos habitaciones, aunque no sabía si estaría alguien durmiendo en ellas, y no quería despertar a nadie. Después de beberse el agua se dirigió al salón.
Por debajo de la puerta vio un suave resplandor y pensó que se habían dejado alguna luz encendida. Abrió y vio que la suave luz era de la chimenea. Caminó hacia la estantería.
—¿Tú tampoco puedes dormir?
Jess se sobresaltó y se paró en seco al escuchar la grave voz. Se volvió y vio a Ryan, sentado en uno de los sofás en la penumbra. Tenía una pierna doblada y el tobillo de la otra apoyado en su rodilla. Sostenía en la mano un vaso con un líquido color miel.
Le miró los labios, esos labios que la habían atormentado en sus pensamientos unos minutos atrás y la habían hecho arder de deseo. Un deseo tan fuerte como el que sentía en ese momento al mirarlo. Dios mío, y esa barba sin afeitar no hacía más que acentuar su atractivo y su sensualidad.
—Me has asustado.
—Lo siento.
—No, no puedo dormir.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?
—¿Por qué no iba a querer decírtelo?
—No puedo contestar a esa pregunta. Yo no puedo dormir porque no puedo apartarte de mis pensamientos —dijo él claramente.
—Seguro que sí. Yo creo que no puedo dormir por la partida que he perdido al ajedrez.
—¿Crees? ¿No sabes si estabas pensando en ello cuando intentabas dormir?
—Oye, piensa lo que quieras. Voy a coger una novela y subiré a mi habitación a leer un rato.