Capítulo 11 #3
—¿A qué hombres? Los únicos hombres con los que trato son mi jefe y un compañero de trabajo, a quien no le caigo muy bien.
Tiene más de cincuenta años, y es un machista que piensa que las mujeres no servimos para nada, que no sea limpiar la casa y cuidar de nuestros maridos y de los niños.
Me llevo mejor con los cadáveres con los que trabajo que con él.
Ryan no pudo evitar reírse.
—Cuando quieras sentir lo que sentiste aquel día, solo tienes que decírmelo y acudiré a ti, estés donde estés.
—No creo que llegue ese día. De todas formas, no olvides que somos amigos y no habrá nada más entre nosotros.
—Parece que te guste desafiar a los hombres. Porque esas palabras son un auténtico desafío.
—Tómalo como quieras, pero recuerda: Solo amigos.
—Amigos que se besan.
—No, los amigos no se besan.
—¿Y qué ha sido eso a tu parecer?
—Un lapsus.
Ryan se rio sujetándola de nuevo del brazo para que no cayera al suelo, porque había vuelto a resbalar.
Ryan quería que fuera feliz. Esa idea se había asentado en su mente. Tal vez fuera porque no podía dejar de pensar en ella; o por la forma en que lo hacía sonreír, sin que ella le hubiera dicho absolutamente nada; o tal vez porque se sentía feliz cuando estaba cerca de ella.
—¿Por qué te llaman Jess?
—Nunca me ha gustado que me llamaran Jessica, porque era el nombre que me pusieron mis padres y ellos siempre me llamaban así.
También mis abuelos y los profesores del internado.
Recuerdo que antes de abandonar mi casa, las personas del servicio de casa me llamaban Jess, cuando mi madre no les escuchaba, y me gustaba. Creo que yo les importaba.
—Por supuesto que les importabas. Tus padres eran unos cretinos, al igual que tus abuelos.
Al entrar en la casa se sacaron la ropa de abrigo y la dejaron en un perchero para que se secara. Se dirigieron al salón donde se encontraba el grupo.
—Pensábamos que llegaríamos tarde a la comida —dijo Jess.
—Todavía está en el horno —explicó Ellie.
—Voy arriba un momento —dijo Ryan.
Jess les habló del paseo que habían dado y del paisaje, que le pareció una maravilla.
Como le sucedía casi siempre, Jess se quedó sin aliento cuando Ryan entró en el salón unos minutos después.
Era como si su increíble belleza absorbiera todo el oxígeno de la estancia y le faltara aire para respirar.
Por suerte, él no se daba cuenta de ello.
Su ego ya estaba por las nubes y no necesitaba que se lo aumentasen, pensó.
Cuando lo vio acercándose a ella, la alegría se acunó en su interior. Le dedicó una sonrisa resplandeciente, como si no lo hubiera visto en meses y realmente se alegrara de verlo, y Ryan sintió una profunda punzada en el corazón.
Poco después estaban comiendo la deliciosa lasaña.
Ryan estaba alejado de ella, pero se veían perfectamente mientras comían.
La conversación no faltaba en la mesa. A Jess le sorprendía que todos hablaran de sus trabajos, contando cosas que en un principio a nadie le importarían, pero todos prestaban la máxima atención, haciendo preguntas y dándoles su opinión.
—Por si no lo sabes, normalmente, cuando nos reunimos los fines de semana en casa de alguno, o en cualquier lugar adonde vamos, hablamos de lo que nos ha sucedido durante la semana, aunque sean cosas de trabajo —explicó Ryan a Jess.
Ella se preguntó si ese hombre podría leer sus pensamientos, porque era como si hubiera contestado a la pregunta que se hacía a sí misma.
—Es la razón de que sepamos cosas, que no tienen nada que ver con nuestro trabajo —dijo Tess.
—Es una forma de adquirir cultura —añadió Jess sonriendo.
—Disculpadme un momento, tengo que contestar la llamada —dijo Nathan levantándose de la mesa y saliendo de la cocina.
Todos siguieron hablando. Jess miró a Ryan y vio que él también la estaba mirando.
Siempre había pensado que el romanticismo era algo extraño.
Pero en ese instante se dio cuenta de que la forma en que Ryan la miraba desde el otro lado de la mesa, como si fuera la mujer más imponente de la estancia, eso era romanticismo.
Tenía los ojos entrecerrados y la miraba con una intensidad abrumadora.
Su mirada habría resultado intimidante, de no ser por la sonrisa leve que se apreciaba en la comisura de sus labios.
—Era Cathy Stevens, la agente inmobiliaria —vocalizó Nathan entrando en la cocina y sentándose en su sitio—. Ha vendido tu casa de la playa —le dijo a Jess.
—¿En serio?
—Sí. Me ha dicho que le han dejado un depósito de cincuenta mil dólares.
Y no se echarán atrás, de lo contrario lo perderán.
Cathy tiene todos los datos de los atrasos que tu padre debía en el banco respecto a la propiedad y la cantidad restante de la hipoteca.
Después de descontar ese dinero y la comisión de ella, te quedarán limpios ochocientos mil dólares.
—¡Santa madre de Dios! No voy a saber qué hacer con tanto dinero. Tendréis que asesorarme, yo soy novata en esto de ser rica. Bueno, en realidad, soy novata en muchas cosas —dijo ella desviando la mirada hacia Ryan.
Él le guiñó un ojo.
—Me siento vulnerable entre vosotros, sois todos tan importantes que me siento intimidada.
—Cariño, sentirse vulnerable no es signo de debilidad sino de fortaleza —dijo Delaney.
—Delaney tiene razón. Llevas toda tu vida insegura y te sientes inferior, pero eso no tiene nada que ver con la realidad. Eres una mujer increíble, valiente e inteligente. Y ahora millonaria —expresó Nathan sonriéndole.
—Gracias, Nathan. Y gracias a todos por haberme acogido en vuestro grupo. No es fácil hacer amistades cuando uno tiene cierta edad. Bueno, para mí nunca ha sido fácil.
—Ya no tendrás que preocuparte por hacer amigos, tienes suficientes con todos nosotros.
—Gracias, Logan. Sois todos maravillosos. ¿Sabéis? No sé con detalle todas vuestras historias de amor, pero me han dicho que son de película. Y os aseguro que lo que yo estoy viviendo desde que os conocí es para mí como estar viviendo dentro de una película.
—Espero que no te pongas a llorar —dijo Carter, que vio cómo le brillaban los ojos.
—Me encanta esta chica —señaló Sean mirando a Jess. Ella le sonrió agradecida por sus palabras.
—Delaney, ¿tú podrías invertir mi dinero para obtener alguna ganancia?
—Lo haré encantado.
—¿Por qué se lo pides a él? —preguntó Logan—. Cualquiera de nosotros podría hacerlo con igual resultado.
—Lo sé. Pero tengo entendido que él es el más rico de todos, y comenzó casi de la nada. De manera que prefiero que sea él. Pero si vais a molestaros por ello, podéis encargaros cualquiera de vosotros.
—¿Y nos lo dices ahora, después de pedírselo a él? —le reprochó Carter.
—Lo siento.
—No lo sientas, cariño —dijo Delaney abrazándola, porque estaba sentado a su lado—. Lo único que demuestra tu elección, es que eres muy inteligente.
—Vas a hacer que me sonroje.
—Ya estás sonrojada —pronunció besándola en la mejilla.
Después de comer prepararon café y lo llevaron al salón con unos dulces que había preparado Ellie.
Vieron una película amodorrados en los tres sofás. Jess veía a sus amigas, sentadas junto a sus maridos mientras ellos las abrazaban. Eso era lo que deseaba ella. Quería tener una vida como la de sus amigas. ¿Estaba celosa?, se preguntó.
Jess estaba sentada en uno de los sofás junto a Bradley. Estaban todos muy apretujados, porque eran trece adultos, y los hombres, todos, eran muy grandes, incluido Bradley. Pero nadie se quejaba.
—El salón se ha quedado pequeño. Hay que comprar más sofás —anunció Carter.
—¿Y qué vas a poner filas de sofás como en el cine? —preguntó Logan.
—No lo sé, pero estamos todos como sardinas en lata. Suerte que es invierno, si fuera verano no soportaríamos estar tan cerca los unos de los otros.
—Solo venimos aquí en invierno —manifestó su mujer.
—Poner filas de sofás es una gran idea, tío Carter. Lo único que tendrías que hacer es comprar un televisor mucho más grande y colocarlo más alto —intervino Bradley—. Y los sofás deberían ser todos de dos plazas, para parejas.
—Tú no tienes pareja.
—Yo me sentaría con Jess. ¿A ti te importaría, Jess?
—Estaría encantada de sentarme contigo —dijo ella sonriéndole.
La película terminó, aunque casi nadie se enteró de qué iba, porque todos estaban adormilados. Incluso Jess había dado una cabezada apoyada en el hombro del chico, cosa que no le gustó mucho a Ryan.
Abby y Kate fueron a la cocina a preparar café mientras el resto preparaba la mesa para jugar a las cartas.
—Jess, ¿a qué quieres jugar tú? —preguntó Delaney.
—Pues, no lo sé. No sé si estoy preparada para jugar a las cartas. Casi me inclinaría por el ajedrez.
—Jugaré contigo —dijo Ryan, antes de que alguien se ofreciera a hacerlo con ella.
—Podías haberme preguntado si quería jugar contigo. Lo has dicho como una imposición.
—Disculpa. ¿Quieres jugar conmigo?
A Jess le dio la impresión de que le preguntaba si quería jugar a otro tipo de juego y eso hizo que volviera a ruborizarse.
—¿Tú juegas bien? —le preguntó Jess.
—Bastante bien, ¿y tú?
—Yo juego muy bien.
—Ahora entiendo por qué mi hermano se lleva tan bien con Jess. La razón es que es tan arrogante como él —dijo Sean.
Todos se rieron.
—Yo no soy arrogante —dijo ella ofendida.
—No. Claro que no. No has dicho me defiendo, o juego medianamente bien, o como Ryan, bastante bien. Has dicho yo juego muy bien —dijo resaltando el muy.
—Solo he dicho la verdad. ¿Eso es ser arrogante?
—Esa sinceridad tuya te va a traer problemas.
—Nunca he tenido problemas por ser sincera.
—Eso pensaba Tess, que le decía a mi hermano todo lo que se le pasaba por la cabeza. Y el resultado fue que se quedó embarazada y Delaney se casó con ella.
—Entonces no le fue tan mal, consiguió al hombre más rico del estado y puede que del país y, además, consiguió que se enamorara de ella.
Tess miró a su marido y ambos soltaron una carcajada.
—Desde luego no me fue nada mal —dijo Tess—. Pero no te preocupes, Jess, todos ellos son mucho más arrogantes que tú.