Capítulo 11 #2
—En Atlanta me dijiste que me hablarías de la historia de Logan y Kate.
—No quiero aburrirte.
—Se te pueden atribuir muchas cosas, pero ser aburrido no es una de ellas —dijo dando un resbalón.
Ryan la sujetó fuertemente del brazo para que no cayera al suelo.
—Dame la mano. Ella se la dio sin rechistar.
—Venga, habla.
—Como ya sabrás, Kate es profesora de Historia.
Hace unos años trabajaba en un instituto de Amarillo.
Hasta entonces, su vida había sido muy dura, porque sus padres murieron poco antes de que fuera a la universidad, y tuvo que hacer malabarismos para poder estudiar la carrera.
Bradley era uno de sus alumnos. Ella sabía que estaba en un orfanato y le dijo que si en alguna ocasión necesitaba algo, que se lo dijera.
Unas semanas después, Bradley le pidió ayuda.
Quería abandonar el orfanato, pero era menor de edad.
Estuvo convenciéndola para que lo ayudara, hasta que ella accedió.
Pero entonces, él le dijo que no podría abandonar a dos chicos del orfanato.
—Taylor y Dexter. Kate me ha hablado de ellos.
—Sí. Sus compañeros del colegio se burlaban de ella porque estaba gordita y porque llevaba ropa muy usada, o demasiado pequeña, o demasiado grande. Era muy tímida.
—Eso me recuerda a mí. ¿Y Dexter?
—Dexter es autista y muy inteligente. Ahora estudia en una escuela que abrió Delaney no hace mucho, para niños especiales como él.
—Delaney saca dinero de cualquier cosa. Tengo entendido que en esas escuelas se paga un pastón.
—Sí, es cierto. Pero su escuela es gratuita.
—Vaya. Cada vez me gusta más ese hombre.
—Dexter lo pasaba muy mal en el orfanato, pensaban que era retrasado mental, lo castigaban muy duramente, le daban palizas y se reían de él.
Así que Kate los ayudó a los tres. Planearon un plan de huida y los llevó a su casa.
Nunca descorrían las cortinas, para que nadie supiera que estaban allí.
Ella y Bradley les daban clases. Poco después, Kate comprendió que no podían seguir así, porque los niños necesitaban salir a la calle.
Se informaba a menudo de las plazas de profesores que quedaban libres y encontró una en Nueva York.
Así que un día de madrugada salieron del minúsculo apartamento en el que vivían y se mudaron.
—¿Y cómo pudieron ir al colegio los niños? Supongo que los estarían buscando.
—Un amigo de Kate de la universidad la ayudó y falsificó todos los documentos que necesitaron. Ellos mismos eligieron sus nuevos nombres y adoptaron el apellido de Kate
—Kate debió pasarlo muy mal.
—Supongo que sí. Aparecieron en Nueva York como si fueran primos. Y ellos se lo agradecieron, portándose como los mejores niños del mundo. Cuando Kate se casó con Logan adoptaron a los tres niños.
—Es admirable lo que hizo Kate, y lo que hizo Logan al casarse con ella y con el lastre de tres niños.
—Estaban locos el uno por el otro.
—¿Cómo se conocieron Kate y Logan? Porque tengo entendido que era sacerdote. Jamás hubiera podido creer que ese hombre fuera sacerdote.
—Las chicas siempre decían lo mismo. Creo que la forma en que se conocieron debería contártela Kate o Logan.
—No hay problema.
—De todas formas, he de decirte que encuentro su historia muy romántica. Bueno, en realidad, las historias de todos ellos son muy románticas —dijo Ryan.
—Las chicas me hablaron por encima de sus historias y pensé que eran de película.
—Tienes razón. Siempre los he envidiado. A mí me gustaría tener una historia como la de ellos.
Durante todo el tiempo que él había estado hablando, su voz grave había ido penetrando en ella, como le ocurría siempre.
Jess pensaba que se debía a su espectacular físico, pero tenía que reconocer que ese hombre, además de guapo, era inteligente, interesante, y tenía un punto de seductor que usaba para flirtear y que la atraía muchísimo.
No importaba lo que le dijera, solo con escuchar su voz todo reaccionaba en su interior, su vientre se tensaba y se humedecía.
Caminaron en silencio sobre la nieve, admirando el precioso paisaje.
Jess hacía mucho tiempo que había aprendido que a veces era suficiente hacerle compañía a alguien y que no era necesario pronunciar palabra para que ambos se sintieran cómodos.
De pronto el se giró para mirarla y no pudo contener las palabras.
—Eres una delicia para los sentidos de cualquier hombre.
Ella se quedó mirándolo. No estaba segura de lo que había escuchado. ¡Por supuesto que estaba segura!, se dijo. De pronto sintió la sangre correr por sus venas a una velocidad vertiginosa y el rubor apareció en sus mejillas.
Ryan se limitó a sonreír apartando la mirada de su rostro.
—Tú no eres solo un hombre atractivo, sino que sabes que lo eres.
Él la miró sonriendo.
—Y también sabes cómo hacer uso de ese poder de seducción del que estás dotado y que seguro habrás perfeccionado a lo largo de tu vida.
—Me halagas.
—Seguro que te lo habrán dicho muchas veces.
—Lo cierto es que nadie me ha dicho algo así.
—Quiero hacerte una pregunta, que creo está relacionada con ello. ¿Tú no tendrás por casualidad un máster en hablar con la voz más sexy del mundo?
—Me has dejado de piedra —dijo él riendo—. Me gusta que tengas tan buen concepto de mí, así sentirás deseos de verme.
—Desearía verte, aunque no tuviera buen concepto de ti.
Ryan le dedicó una preciosa sonrisa. A Jess no le gustaban los juegos, ni que la elogiasen. Siempre era sincera y decía claramente lo que sentía. Eso le gustaba de ella.
—Ya sabes que soy inocente. Y en mi imaginación inocente, nunca habría podido considerar que un hombre fuera tan guapo. Me refiero a que no solo fuera guapo, sino que también tuviera un cuerpo espectacular. Un cuerpo que encierra promesas que van más allá del placer.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que te considero un hombre diez. Pero no hace falta que te pavonees delante de mí. De todas formas, lo sabes perfectamente.
Días atrás, Ryan había pensado que ella estaba cambiada, que no era la misma que había conocido mientras hacían el amor. Pero sí era Jess. Seguía teniendo ese aire descarado. Era algo que admiraba en ella. Ese descaro había conseguido que se despertara muchas noches entre sudores.
—La química que hay entre nosotros es explosiva, más bien diría nuclear —dijo Ryan.
—No entiendo eso de la química, aunque he oído hablar de ella.
—Pues entre tú y yo está la muestra pura y dura. Este es el lugar donde vendremos para lanzarnos con los trineos —dijo él cambiando de tema para que no se sintiera incómoda—. Nos lanzaremos desde allí arriba.
—Es una pendiente muy elevada.
—No hay peligro, los trineos son estables y muy seguros.
—Eso espero. Nunca he subido en uno.
Ryan se detuvo frente a ella. Deseaba mostrarle y que practicara con él todas las cosas que no había hecho en la vida. Pero más que nada, en ese momento, deseaba besarla.
Se acercó a ella y le metió un mechón de pelo dentro del gorro de lana.
Jess le miró los labios. La boca de ese hombre era puro pecado. Sus labios tenían el tamaño perfecto, ni muy gruesos ni muy finos, como si un artista los hubiera esculpido. Eran firmes y sensuales.
Ryan le rozó los labios con las yemas de los dedos. Acercó el rostro al de ella y le acarició los labios con la punta de la lengua. Ella se quedó inmóvil, pero no se apartó ni lo alejó de ella.
Ryan le rodeó la cintura y la pegó a su cuerpo. Y entonces la besó una y otra vez en los labios hasta que ella los separó.
La invadió un deseo salvaje. Recordó todas las veces que había imaginado que estaba entre sus brazos. También había imaginado que él la besaba, pero sus recuerdos o sus fantasías no tenían nada que ver con lo que estaba sintiendo en ese momento.
La lengua de Ryan estaba jugando en su boca, incitando a la suya a que se encontrara con la de él.
Jess sintió que la sangre, ardiente y espesa, se desplazaba por sus venas con una lentitud pasmosa, calentándolo todo a su paso.
De pronto reaccionó. Le rodeó el cuello con sus brazos y se pegó al cuerpo de él como si fuera una lapa.
Y entonces le devolvió el beso, con un deseo brutal e incontrolable.
Hasta ese preciso momento, ella no había sido consciente de que un simple beso podría ser tan íntimo como el mismo acto sexual. Aunque ese beso tenía poco de simple. Deseaba que la boca de Ryan no se apartara ni un milímetro de la suya. Se sentía insaciable.
Ryan interrumpió el beso extrañado. Nunca en su vida se había sentido como en ese mismo momento. ¡Hostia puta! Estaba temblando, aturdido y desconcertado. ¿Cuándo se había sentido así al besar a una mujer?, se preguntó. Le pareció, incluso, haber perdido el sentido de la realidad.
Jess lo miró fijamente y se separó de él.
Recordó el aspecto que tenía la primera vez que se vieron; la fuerza de sus brazos al abrazarla; las caricias de sus manos y sus labios; el precioso gris de sus ojos, tiernos, aunque ardientes de deseo; sus apasionados besos; y el calor de su cuerpo cuando estaba en su interior.
Se le calentó la sangre al rememorar esos íntimos momentos y sus mejillas se ruborizaron.
Sí, desde luego, ese hombre despertaba en ella un intenso deseo.
—No voy a disculparme —dijo él, anticipándose a que ella le recriminara que la hubiera besado.
—Yo te he devuelto el beso, pero tampoco me disculparé por ello. Aunque me siento algo aturdida. Creo que tus besos tienen el efecto poderoso de bloquearme la mente y los sentidos.
—Eso me gusta.
—Deberíamos volver a la casa, puede que estén esperándonos para comer.
—Sí, vamos.
—¿Por qué me has besado? —preguntó Jess.
—¿Por qué me has besado tú?
—No puedes contestar a mi pregunta con otra pregunta. Además, yo he preguntado primero.
—Me gustas y no me he podido resistir. ¿Por qué me has besado tú? —volvió a preguntar él.
—He recordado lo que sentí cuando estuvimos juntos y me he puesto a cien.
—¿Le vas diciendo cosas como esa a todos los hombres?