Capítulo 11
—Esas mujeres tienen que estar congeladas —dijo Jack entrando en el salón—. Voy a coger una zanahoria para que se la pongan de nariz al jodido muñeco de nieve.
—No te preocupes, van a brigadas. Ya sabes que cada año se toman su tiempo haciendo el muñeco ese de los cojones —expuso Carter sonriendo.
—Este año están tardando el doble de lo normal —dijo Jack.
—Eso es porque ahora se ha unido Jess al grupo. Les ha afectado que dijera que nunca había hecho un muñeco de nieve y quieren que disfrute todo el tiempo posible.
—Lo sé. Y no podríais imaginar las burradas que se les ocurre. Lo cierto es que es divertido escucharlas —mencionó el hombre abandonando la estancia y dirigiéndose a la cocina.
Media hora después todas las mujeres entraron en el salón. Se habían sacado los abrigos, las bufandas y los gorros. Cada una de ellas se sentó en el regazo de su marido buscando el calor de su cuerpo. Excepto Jess que, de pronto, se encontró allí de pie, desorientada y fuera de lugar.
—Jess ayúdame a servir unas copas para que entréis en calor —le pidió Ryan.
—Vale —dijo ella acercándose al mueble bar—. Gracias.
—¿Por qué me das las gracias?
—Me has visto incómoda y has querido remediarlo.
—Tienes razón, te he visto un poco perdida. Pero, de todas formas, necesitaba ayuda con las bebidas.
—Seguro que sí.
—¿Te gusta el whisky?
—Yo no suelo beber.
—Te vendrá bien. Aunque no me importaría que te sentases en mis piernas. Yo me encargaría de que entrases en calor rápidamente.
—No lo dudo —dijo ella ruborizándose.
Ryan la miró. Además del rubor de sus mejillas, tenía la nariz roja del frío. La encontró preciosa. Colocó un vaso delante de ella con dos dedos de whisky.
—¡Bébetelo! Todo de una vez.
Ella lo miró, porque no le gustaban las órdenes y eso había sonado claramente a una. Así y todo se lo bebió.
—Buena chica.
—Está asqueroso.
—Ese sorbo de whisky que has bebido costaba más de trescientos dólares.
—¡Santa madre de Dios!
—Ve llevándole los vasos a tus amigas —dijo él sonriéndole.
—Vale.
—¿Qué tal tu experiencia con el muñeco de nieve? —preguntó Ryan cuando Jess regresó a su lado.
—Ha sido fantástico. A pesar del frío que he pasado, ha merecido la pena. Le he hecho una foto, ¿quieres verla?
—Claro.
Jess sacó el móvil del bolsillo trasero del pantalón y se pegó a él para mostrársela.
—Os ha quedado muy bien.
—Sí.
Se quedaron el uno frente al otro. Ryan le retiró un mechón de pelo de la cara.
Jess se tensó con el simple roce de los dedos en su mejilla.
Ambos se miraron a los ojos y luego a los labios durante un instante.
Un instante tenso e íntimo. Después de ese lapsus siguieron hablando, pero ninguno de los dos llegó a recobrar la normalidad del todo.
El momento que habían compartido los había aturdido a ambos. Era imposible negar la atracción que había entre ellos. Y la tensión sexual era tan espesa que podría cortarse con un cuchillo. Aunque Ryan estaba seguro de que ella ni siquiera lo notaba.
—Según la previsión del tiempo, esta tarde nevará. Así que podemos jugar a cualquier juego de mesa o ver alguna película —sugirió Carter.
—Cielo, ¿sabes jugar a las cartas? —preguntó Sean a Jess.
—Sí.
—¿Con quién has jugado? —preguntó Tess, porque sabía que no tenía amigos.
—Con el ordenador.
—En ese caso, jugará mejor que nosotras —dijo Lauren.
—Tampoco juego todos los días. La verdad es que solo he jugado lo suficiente para saber defenderme. Y he hecho lo mismo con el ajedrez y las damas.
—Estupendo. En ese caso, hoy juegos de mesa y películas.
—Según el móvil, mañana hará buen día. Podríamos sacar los trineos —mencionó Ellie.
—Buena idea —dijo su marido.
—Será divertido —añadió Logan.
—¿Hace mucho que venís a pasar aquí el fin de año? —preguntó Jess.
—Ryan, Jules, Logan y yo veníamos antes de conocer al resto —contestó Carter.
—Jules es el amigo que te comentamos que se mudó a Seattle —le aclaró Tess a Jess.
—Lo recuerdo.
—Veníamos después de Navidad y nos quedábamos hasta el 2 de enero. Y celebrábamos aquí el cumpleaños de Logan. A veces Tess venía con nosotros —dijo Carter.
—Entonces, ¿ya conocíais a Tess?
—Logan y yo la conocimos en la universidad, a pesar de la diferencia de edad, nos hicimos amigos allí.
—Yo me creía súper importante cuando mis compañeros me veían con ellos —expresó Tess.
—Cuando ella se casó con Delaney se unieron a nosotros. Bueno, tardaron un tiempo, porque ya sabes que su matrimonio no fue normal.
—Sí, me lo contó Tess, aunque no sé toda la historia.
—A medida que pase el tiempo irás conociendo las historias de todos nosotros —mencionó Nathan.
—Sucedió lo mismo con las acampadas. Al principio íbamos Carter, Logan, Jules y yo —dijo Ryan.
—Yo también os acompañaba algunas veces, cuando me cansaba de que mi marido me ignorase —dijo Tess.
—Cierto —recordó Logan sonriendo.
—Delaney era amigo de Nathan de toda la vida. Y Sean salía muchas veces con ellos. Así que cuando Delaney y Tess se reconciliaron, ellos dos y Sean se unieron a nosotros, porque Logan y yo éramos amigos de Tess —añadió Carter.
—Más tarde fueron apareciendo las chicas… Hasta ahora —dijo Logan.
—Poco después Ryan y Jules comenzaron a ir a casa de Delaney, porque eran amigos nuestros desde hacía años y, además conocían a Tess —señaló Carter.
—Tú eres nuestra última adquisición —dijo Ryan a Jess con una sonrisa seductora.
—Has dicho adquisición, como si yo fuera una propiedad.
—Deberíamos empezar a preparar la comida —intervino Ellie para que Ryan y Jess no discutieran, porque era lo que parecía que iba a suceder.
—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó Ryan a Jess—. Me gustaría enseñarte los alrededores.
—¿Esa es la frase que empleas para ligar?
—Cariño, yo no necesito frases para ligar —contestó él riendo.
—¡Menudo arrogante! Me gustaría dar ese paseo, pero he de ayudar a las chica con la comida. Lo siento.
—No te preocupes, trajimos tres lasañas y solo tenemos que meterlas en el horno, y mientras, prepararemos unas ensaladas —dijo Tess—. Ve con Ryan.
—De acuerdo —aceptó Jess, aunque no muy convencida.
—Tendremos que abrigarnos bien.
—Jess, en el armario de la entrada hay abrigos y otras cosas, coge lo que necesites. Todo está limpio.
—Gracias, Ellie.
Ryan comenzó a mirar los abrigos que había perfectamente colgados en el armario y sacó uno rojo que le pareció el más abrigado de todos.
Lo tendió frente a ella para ayudarla a ponérselo y ella metió las manos por las mangas.
Luego le dio la vuelta y se lo puso bien para subirle la cremallera.
Y mientras tanto, ella lo miraba a los ojos.
—¿Crees que yo no sabría abrochármelo?
—Por supuesto que sabrías —dijo él sacando una gruesa bufanda del armario y poniéndosela alrededor del cuello. A continuación sacó un gorro de lana negro y se lo metió hasta cubrirle las cejas. Y ella seguía mirándolo.
—Veo que eres igual de diestro vistiendo a las mujeres como desnudándolas.
Ryan le dedicó una seductora sonrisa, haciendo que ella se ruborizara.
—Toma, ponte los guantes.
Jess los cogió y empezó a ponérselos. Ryan sacó la ropa de abrigo para él.
—Si quieres puedo ayudarte a vestirte.
—Me gustaría más que me desnudases —le dijo él al oído, consiguiendo que se ruborizara de nuevo.
Ryan se puso las prendas lo más rápido que pudo.
—Ya estamos listos. Vamos, cielo —dijo abriendo la puerta para que ella saliera delante.
—¿Me llamas cielo porque no recuerdas mi nombre? —preguntó Jess pasando por su lado y evitando rozarle.
—Te llamo cielo, porque eres un cielo.
—Delaney también me llama así.
—En ese caso, ya somos dos los que pensamos lo mismo. Aunque no creo que él tenga por ti el mismo interés que yo. Dame la mano no vayas a resbalarte —le ofreció tendiéndosela. Jess la cogió y bajaron juntos los peldaños del porche.
—Tú no te rindes nunca, ¿verdad?
—La verdad es que no, aunque no sé de qué hablas.
—Supongo que cuando uno es un mujeriego impenitente desde hace años, no es fácil cambiar. Me da la impresión de que siempre que hablas estás flirteando.
—¿Te ha molestado algo de lo que he dicho?
—No hablo de este momento, sino en general.
—Me gustan las mujeres. Aunque no vayas a pensar que flirteo con todas. Con nuestras amigas me gusta hacerlo.
—Ya, porque te sientes bien haciendo que sus maridos sientan celos.
—No sienten celos, porque saben que yo jamás haría algo que los perjudicara. Es solo que se cabrean, porque son muy posesivos. ¿Tú sientes celos de que flirtee con ellas?
—¿Por qué iba a sentir celos? Tú y yo no somos nada.
—Cariño, con esas palabras me has hundido. ¿Ya no somos amigos?
—Bueno…, sí. Me caen bien todos ellos, tanto los hombres como las mujeres.
—Lo sé. Y también sé que hay algo especial entre Delaney y tú.
—Es posible que haya algo especial entre nosotros, pero es algo sano. Si hubiera tenido un hermano me habría gustado que fuera como él.
—Él también siente lo mismo por ti.
—¿Eso crees?
—Sí.
—A veces pienso que no sé qué hago con vosotros. Lo cierto es que soy un problema.
—Soy consciente de ello. Lo supe la primera vez que te vi.
En aquella cafetería, sola y vulnerable. Lo supe cuando mi corazón se descontroló tan solo con verte, pensó él.
—Pero a mí no me dan miedo los problemas. Y me gusta resolverlos.
—Ya puedes soltarme la mano.
—Lo siento, no me había dado cuenta. Aunque tal vez deberíamos seguir así, no vaya a ser que resbales.
—Me arriesgaré.
—Muy bien.
—Me he fijado en ese comportamiento especial que tienes y que parece muy tuyo. Aunque nuestros amigos también lo tienen.
—¿De qué comportamiento hablas?
—De esos gestos de cortesía, que para algunos hombres están obsoletos, como ayudar a una mujer a ponerse la chaqueta; levantarse cuando una mujer entra en una habitación; o el simple hecho de abrirle la puerta para que entre.
No estoy diciendo que le dé mucha importancia a esos detalles, pero son agradables.
—Lo hacemos ya sin pensar, porque lo hemos visto hacer a nuestros padres y a nuestros abuelos, y nos parece lo más normal del mundo.
—Solo quería mencionar que me gusta.
—Me alegro.