Capítulo 10 #3
—Las personas tienen miedo a morir, y supongo que me encuentro entre ellas.
Pero todos tenemos que morir, ¿no? La muerte no es mala, forma parte del proceso de la vida.
A no ser que mueras por una terrible enfermedad.
Yo creo que el temor que sentimos es porque no sabemos qué nos espera.
Nos preocupa ir a un lugar desconocido y, además, solos.
Aunque yo lo tendré más fácil que otros, porque siempre he estado sola —dijo ella sonriendo.
—Olvídate de eso, porque nunca más vas a estar sola —le informó Delaney. Jess le sonrió.
—¿Crees que hay algo más después de la muerte? —le preguntó Bradley.
—No tengo ni idea. Pero he de admitir que me gustaría que hubiera algo más. Puede que porque mi vida no ha sido para echar cohetes y, sinceramente, me gustaría vivir otra para ver si es mejor que esta.
—Pero si volviéramos a nacer no recordaríamos nuestra vida anterior.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Lo digo por lo que he leído —dijo el chico.
—De todas formas, no creo que tengas que pensar en la muerte.
Tú y yo somos muy jóvenes y, no se tú, pero yo no pienso morirme en un futuro próximo.
Antes quiero vivir un tiempo rodeada de todos vosotros.
Me da la impresión de que para mí será como volver a tener una nueva vida. Una vida maravillosa.
—Haremos todo lo que esté en nuestra mano para que así sea —mencionó Delaney.
—¿Sabéis? Desde que empecé a trabajar, siempre he tenido una lista de lo que debo hacer y de lo que no. Pero cuando viva aquí no pienso tener ninguna lista, voy a actuar conforme vayan apareciendo las cosas, improvisando.
—¿Eso quiere decir que has decidido mudarte a Nueva York? —preguntó Abby.
—Sí. Delaney me ordenó que tenía que estar aquí el día 3 de febrero y me han avisado de que no contradiga sus órdenes.
Delaney soltó una carcajada y el resto de los de la mesa lo secundaron.
—A mí me parece que a ti no te gusta seguir órdenes de nadie —dijo Delaney.
—Puede que estés en lo cierto —reconoció ella sonriéndole.
—¿Crees que te adaptarás a vivir en Nueva York? —preguntó Nathan.
—Me considero una mujer inteligente. Y dicen que las personas inteligentes demuestran que lo son por la capacidad que tienen de adaptarse a cualquier situación.
—El tío Ryan no se adaptó a vivir en Atlanta —intervino Bradley.
—Puede que tu tío no sea tan inteligente como yo —dijo Jess sonriéndole al chico.
De pronto, Ryan soltó una carcajada y el sonido provocó en el pecho de Jess una extraña presión que no sabía a qué se debía, aunque muy agradable.
—De todas formas, no creo que tenga problemas para adaptarme. Me adapté a estar sola toda mi vida, y no fue difícil. Aunque sí triste.
—A partir de ahora no estarás sola —mencionó Delaney cabreado, porque Jess tenía los ojos brillantes por las lágrimas, que sin duda ella no dejaría escapar—. ¿Cuándo te mudarás a Nueva York?
—No estoy segura. El 14 del próximo mes dejaré el trabajo. Pero antes de venir me gustaría encontrar un piso donde vivir.
—Puedes venir a mi casa, yo vivo solo y tengo un montón de habitaciones —dijo Ryan.
—¿Sola contigo? Eso sería demasiado peligroso.
—Te ha calado bien tío Ryan —se burló Bradley riendo.
Jess miró al chico y le sonrió.
—Te lo agradezco, Ryan. De todas formas, si fuera a vivir con alguien mientras encuentro una casa, iría a casa de Delaney y Tess, porque me la han ofrecido antes que tú.
En la mesa se empezó a hablar de temas muy variados. En ese instante era Ryan quien hablaba.
Jess se había sentido fascinada por ese hombre desde el momento que lo conoció.
A medida que iba averiguando más cosas de él, le iba gustando más.
Le encantaba el color de sus ojos, ese gris que cambiaba de tono dependiendo de la situación; el color de su pelo y lo suave que era, que recordaba bien, y cómo le caía sobre la frente; cuando sonreía y cuando reía; el tono de su voz la hacía temblar; La forma tan cariñosa que trataba a sus amigos.
Se dio cuenta de que le gustaban muchas cosas de él.
El resto del grupo tenía claro que era un hombre inteligente, trabajador y muy responsable. Sin duda era la clase de hombre que haría cualquier cosa por las personas que le importaban.
Jess estaba embobada mirándolo y escuchando lo que decía. Hasta que se dio cuenta de que él había terminado de hablar y ella seguía mirándolo, y él a ella. Jess se ruborizó y desvió la mirada, porque ese hombre la aturdía.
Después de cenar recogieron la cocina entre todos y se fueron a la cama. Habían trabajado por la mañana y habían madrugado, sobre todo Jess, que había tenido que trasladarse a otro estado.
Al día siguiente se levantaron temprano. Los primeros que se despertaron hicieron suficiente ruido para que el resto se levantara. Desayunaron en la gran mesa entre bromas y risas.
—¿Os apetece que hagamos un muñeco de nieve? —preguntó Tess.
—Sí, así nos durará los días que estemos aquí —dijo Lauren.
—Yo nunca he hecho un muñeco de nieve, pero los he visto en las películas —reconoció Jess.
—Pues ya estáis tardando —añadió Delaney.
—Aprovecharemos ahora que no nieva —dijo Ellie.
—¿Habéis terminado de desayunar? —preguntó Kate.
Todas dijeron que sí.
—Recojamos lo del desayuno y salgamos.
—Yo lo recogeré —dijo Bradley.
—Nosotros le ayudaremos, a no ser que necesitéis ayuda con el muñeco —anunció Logan.
—Preferimos hacerlo solas, esto es cosa de chicas —dijo Abby.
—Pues poneos en marcha —habló Carter.
Las mujeres se levantaron. Fueron al recibidor, sacaron la ropa de abrigo y se la pusieron. Cogieron algunas cosas que necesitarían y abandonaron la casa.
Jack las siguió. A pesar del frío que hacía, se sentó en el porche para vigilar que no les sucediera nada. Poco después estaba sonriendo por las tonterías que se les ocurría decir.
Cuando los hombres terminaron de recoger la cocina, fueron al salón.
Hablaban de una cosa y otra.
—¿Cómo llevas lo de Jess? —preguntó Carter a Ryan cuando estuvieron todos sentados en los sofás.
—Mal, joder. Cuando no estoy con ella me muero de ganas de verla. No sé lo que me sucede con esa chica.
—¿No lo sabes? Ya te dijimos que estabas enamorado, como lo estuvimos todos nosotros —dijo Nathan.
—De todas formas, sea lo que sea, no quiero que acabe. Me gusta lo que siento, aunque a veces me desconcierta —explicó Ryan acercándose a la ventana y mirando a las mujeres.
—Desde luego que es desconcertante. Cuando te enamoras todo cambia —dijo Delaney.
—Decídmelo a mí —añadió Logan.
—Cuando fui a verla a Atlanta lo pasé realmente mal. No recuerdo que ninguna mujer me haya puesto tan cachondo, sin ni siquiera tocarme.
—Vaya, tío Ryan, pensaba que tu autocontrol era implacable —dijo Bradley.
—Eso pensaba yo también —espetó sonriéndole—. ¿Sabéis esa sensación, que sabes que tienes que contenerte, pero de pronto te das cuenta de que no sabes si estás capacitado para ello? Pues así me sentí yo. Os aseguro que incluso estaba sudando por la testosterona que tenía acumulada en la polla.
Todos se rieron.
—Reíros todo lo que queráis, yo también me reiría si me lo estuvierais contando uno de vosotros.
Pero os aseguro que la sensatez y la cordura desaparecieron y me dejaron en una situación de dependencia y debilidad de las hormonas, que tenía descontroladas.
¡Y eso sucedió mientras comíamos en un restaurante!
Todos volvieron a reír.
—Me atrae todo de ella: su forma inocente de conducirse, ajena a ningún tipo de engaño; los gestos que hace al hablar; su mirada clara y sincera; sus sonrojos; su facilidad de palabra; su espontaneidad...