Tan irresistible como Stanford Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Dios mío. Ese hombre era perfecto en todos los sentidos.

Todas las palabras que pronunciaba eran interesantes.

Y tenía una voz preciosa. Le encantaba la forma en la que se marcaban sus bíceps en el suéter y que hacían que casi no pudiera centrarse en la conversación.

Sí, el físico de aquel hombre era una delicia para la vista, se dijo Jess.

Y también para el oído. Y olía de maravilla.

Desde que Ryan se había presentado en su casa, Jess se sentía removida por dentro.

Si la pasión consistía en estar atrapada entre el miedo y la emoción; si era estar en un sufrimiento insoportable de inseguridad; si era sentir terror y alegría al mismo tiempo; si era sentirse aturdida y confusa, entonces, ella era una mujer apasionada.

Cielo santo, ese hombre era el pecado en estado puro. Ninguna mujer podría resistirse a una tentación como esa.

Ryan la miró a los ojos. Y ella le mantuvo la mirada. Aunque se preocupó al ver cómo los ojos de él se entrecerraban, como si sospechara lo que estaba pensando. Jess se ruborizó, pero él no apartó la mirada.

Odiaba sentirse tan viva cuando él estaba a su lado, odiaba que su cuerpo reaccionara en su presencia, odiaba que fuera tan atractivo y tuviera ese cuerpo de escándalo, y odiaba más que nada su boca, que era lo que más le tentaba de su precioso rostro.

—Creo que tengo un problema —dijo ella sin mirarlo y antes de meterse en la boca un trozo de carne.

—¿Qué clase de problema?

—Creo que estar contigo es tan adictivo como el opio: dulce y potente.

Ryan se quedó con el tenedor a medio camino y la miró, pero ella no lo miraba.

Jess levantó la vista hacia él. Hasta ese instante, sus ojos grises habían sido muy expresivos y la miraban con amabilidad, pero en ese momento había cierta frialdad, una frialdad que le heló la sangre.

—No deberías jugar conmigo.

—¿De qué hablas?

—Has dicho que solo podemos ser amigos.

—¿Y?

—Llevas flirteando conmigo durante toda la cena.

—No digas tonterías. Yo no hago eso. El experto en flirtear eres tú, que parece que te sale de forma natural cuando hay una mujer delante.

—No he flirteado contigo en ningún momento.

—Y me alegro de ello. Eso significa que no estás muy interesado en mí. De todas formas, y por si te lo has planteado en algún momento, no te molestes en hacerlo, porque no estoy interesada en ti.

—Has vuelto a hacerlo.

—¿El qué?

—Cualquier mujer inteligente y sensata sabe que una declaración como la que acabas de hacer, es todo un desafío para un hombre.

—No ha sido mi intención.

Todo en esa mujer le resultaba atractivo, pensó Ryan. Conseguía cabrearlo, hacerlo reír y excitarlo con unas simples frases. Esa chica era frescura, suavidad, sensualidad y desafío, todo envuelto en un cuerpo deslumbrante. Y la deseaba.

Ryan le miró los labios. Su boca era preciosa y tan tentadora que notó un tirón en su entrepierna. Por suerte, estaba sentado. Él le dedicó una amplia sonrisa.

—Cuando sonríes tienes unas arruguitas alrededor de los ojos y de los labios que deberían hacerte parecer mayor, ya sabes, para al menos difuminar un poco la belleza de tu rostro, pero consiguen todo lo contrario.

Ryan volvió a mirarla fijamente.

Jess siguió mirándolo. Bajo sus cejas bien perfiladas, sus ojos grises mostraban un brillo especial, como de diversión, aunque en ellos se podía apreciar la inteligencia de su propietario.

Mientras que sus labios ofrecían una sensualidad turbulenta.

Ella sintió la deliciosa e inconfundible excitación que había experimentado la noche que estuvieron juntos.

—Entonces, se supone que no estás interesado en que seamos amigos —dijo ella desviando la mirada hacia su plato.

—Yo no he dicho eso. ¿Ser amigos es lo único que puedes ofrecerme?

—Sí.

—En ese caso, seremos amigos.

—Vaya, no me ha costado mucho convencerte. Genial.

Era una mujer terca y obstinada y eso lo ponía de los nervios. A pesar de ello, estaba completamente seguro de que esa chica era perfecta para él.

—Voy a hacerte una pregunta y no quiero que te incomode, aunque no creo que lo hagas, porque me has dejado claro que no eres una mojigata.

—Muy bien.

—¿Has estado con algún hombre después de estar conmigo?

—No. ¿Por qué me lo preguntas?

—Simple curiosidad. ¿Quieres tomar postre?

—No, gracias.

—¿Un café?

—No.

—¿Nos marchamos?

—Sí.

Ryan la llevó a casa. Bajó del coche y le abrió la puerta para que ella saliera.

Luego la acompañó hasta la puerta del edificio.

Se detuvo frente a ella. Jess miró el suelo.

Él le elevó el rostro colocando un dedo debajo de su barbilla.

Ella se quedó paralizada bajo el suave contacto y fue incapaz de retroceder.

No podía apartar la mirada de sus ojos. De pronto, la escasa cercanía que había entre ellos la dejó sin respiración.

Él ni siquiera la estaba rozando, pero era consciente de la proximidad de su cuerpo, y sentía incluso su calor.

Su olor llegó hasta ella, y olía de maravilla. Por un momento pensó que iba a besarla.

Ryan la miró. Si esa chica pensaba que podían ser amigos, estaba muy equivocada. La atracción sexual que había entre ellos se levantaba, como si fuera un muro infranqueable, pero eso no significaba que no pudiera controlarse.

—Lo he pasado muy bien en la cena —dijo él.

—Sí, no ha estado mal.

—No vuelvo a Nueva York hasta mañana por la tarde. ¿Quieres que desayunemos juntos mañana o que comamos?

—Mañana tengo muchas cosas que hacer.

—De acuerdo. En ese caso nos veremos si vas a Nueva York en alguna ocasión.

—Sí.

—Y si no vas, vendré a verte.

—¿Vas a venir a verme?

—Es lo que hacen los amigos, ¿no?

—Supongo.

—Buenas noches, Jess —dijo él besándola en la mejilla.

—Buenas noches.

Ryan esperó hasta que ella entró en el edificio y luego subió al coche, que tenía aparcado en segunda fila, y se marchó.

Tan pronto Jess entró en casa se dio cuenta de que estaba temblando.

No quería que le gustara ese hombre, pero le gustaba, y mucho.

Había algo irresistible en él, y no era solo su aspecto.

Aunque desde luego no había nada malo en su aspecto.

Era su forma de comportarse. Era un hombre delicado, pero al mismo tiempo algo duro.

Era educado, y amable y, desde luego, muy masculino.

Y su sexappeal era tan fuerte, que no debería estar permitido.

Normalmente Jess no confiaba en la gente, pero se había dado cuenta de que confiaba en él, aunque apenas lo conociera.

Sentía un deseo tan intenso cuando lo tenía cerca que la aterraba.

Se había excitado al verlo en la puerta de su apartamento.

Ese hombre despertaba algo en ella que no se atrevía a reconocer.

Pero no podía olvidar que la había engañado para acostarse con ella.

Se preguntaba cómo iba a soportar verlo a menudo cuando se mudara a Nueva York.

Nada más llegar a Nueva York Ryan se dirigió a casa de Delaney. Le abrieron la verja y entró. Antes de que llamara a la puerta, Jack la abrió.

—Hola, Jack.

—Hola, Ryan.

—¿Está Delaney?

—Sí, está en el salón con Tess.

—Gracias.

Ryan entró en el salón cuya puerta estaba abierta.

—¿Qué se te ha perdido a estas horas por aquí? —preguntó Tess.

—Acabo de llegar de Atlanta —dijo inclinándose para besar a su amiga en la mejilla.

—¿Has visto a Jess?

—¿A qué crees que he ido? Tu marido me dijo que le pidiera perdón y lo he hecho.

—¿Te ha perdonado? —preguntó Delaney.

—Por supuesto.

—¿Así, sin más? —preguntó Jess.

—Sí, así sin más.

—Entonces, ¿vais a salir juntos?

—Me temo que no he conseguido tanto. Me ha perdonado, pero solo para ser amigos, porque no quiere malos rollos cuando estemos todos juntos.

—Estás perdiendo facultades —dijo Delaney sonriendo.

—Tú tampoco parece que hayas conseguido que venga a vivir a Nueva York. Se lo pregunté ayer y me dijo que aún no lo había decidido.

—Te aseguro que vendrá a vivir aquí.

—Eso espero. De lo contrario tendría que volar muchas veces a Atlanta.

—Pero te ha dicho que solo quiere que seáis amigos —dijo Tess.

—Me importa una mierda lo que haya dicho. Nunca me había enamorado antes y por fin lo he hecho. Estoy locamente enamorado. Y voy a casarme con ella.

Tess se rio.

—No estoy yo muy segura de que lo consigas.

—Eso ya lo veremos.