Capítulo 9 #3
Cinco minutos después salieron del apartamento y subieron al ascensor. Hubo un instante incómodo para Jess en ese cubículo tan pequeño, pero vivía en un cuarto piso y salieron de él en menos de un minuto.
Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la acera.
—¿Has venido en coche?
—Sí, está aparcado a dos manzanas de aquí.
La química chisporroteaba entre ellos. Jess sabía lo que era la química entre dos personas, lo había escuchado muchas veces.
Pero nunca podría haber imaginado nada como lo que había entre ellos.
No acostumbraba a darse cuenta de ciertas cosas, sobre todo relacionadas con los hombres, pero sí sintió como si algo le acariciara la piel y le envolviera el cuerpo.
Le resultó aterrador. Ese hombre la atraía de una forma que no llegaba a comprender.
Y Jess sabía que esa atracción no se debía solo a que él fuera un hombre atractivo.
Sabía que no tenía nada que ver con su físico. Era algo mucho más intenso y profundo.
Los dos se giraron para mirarse y él le sonrió. El corazón de Jess se encogió al ver su sonrisa.
Llegaron al coche y él le abrió la puerta para que entrara. Ryan dio la vuelta por delante del Mercedes y se sentó al volante.
—¿El coche es tuyo? Si no me equivoco, cuando estuviste en mi casa conducías un Mercedes blanco.
—El coche es del hotel.
—¿Te dejan un coche en el hotel?
—Tengo influencia con el dueño.
—Claro. Había olvidado que el hotel es de Delaney.
—Te encuentro un poco nerviosa. ¿Por qué no te relajas?
—¿Que me relaje? ¿Cómo voy a relajarme estando a tu lado?
—¿Te pongo nerviosa?
—¿Se me nota mucho?
—He de admitir que eso no me disgusta. Y para ser sincero, yo también estoy nervioso.
—¿Tú?
—Sí. Tú no tienes la exclusiva.
Permanecieron en silencio hasta que llegaron al aparcamiento del restaurante.
Cuando entraron en el local, Ryan le colocó la palma de la mano en la parte baja de la espalda.
Solo fue un gesto educado, pero Jess sentía el contacto como si la hubieran conectado a un cable de alta tensión.
Maldijo a su traidor cuerpo, que reaccionaba a la proximidad de aquel hombre, sin su consentimiento.
Simplemente con ese gesto, para Jess la temperatura había ascendido varios grados y algo se retorcía en su vientre de manera deliciosa.
—Buenas noches, doctor Owens —le dijo el maître.
—Buenas noches.
—Les acompañaré a su mesa.
—Gracias.
—Parece que venías a menudo cuando vivías aquí.
—Se come muy bien.
Después de que se sentaran, un camarero les llevó la carta de vinos.
—¿Quieres vino o prefieres otra cosa?
—Si vas a pedir vino, me tomaré una copa.
—¿Quieres que pidamos unos entrantes mientras preparan la cena?
—Vale. Estoy muerta de hambre.
—Ahora les traigo la carta.
—Gracias.
Poco después el camarero se acercó para tomarles nota. Luego se retiró. Volvió dos minutos después con el vino. Lo sirvió en las copas y a continuación les llevó una pequeña hogaza de pan horneado con ajo y mantequilla.
—Si no te gusta el ajo, lo siento, pero no voy a dejar de comer ese delicioso pan por ti.
—No tienes que preocuparte, me gusta el ajo.
El camarero les llevó cuatro platos de entrantes.
—Bien. Empieza a hablar, estamos aquí para eso.
—No lo parece. Estás entusiasmada comiendo.
—Ya te he dicho que tengo hambre. Pero puedo escucharte mientras como.
—De acuerdo. ¿Te parece bien que hablemos de lo que pasó entre nosotros?
—¿De que te reíste de mí? ¿De que me engañaste?
—No me reí de ti. Lo cierto es que esa noche fue una de las mejores noches de mi vida.
—Seguro que sí. ¿Tampoco me engañaste?
—Puede que sí, pero no me dejaste otra opción. Me hiciste entrar en tu casa y prácticamente me propusiste follar. ¿Qué querías que hiciera? No soy de piedra. Más tarde me arrepentí de lo que había hecho. No de haberme acostado contigo, sino de no haberte dicho que no era el hombre que esperabas.
—De haberlo querido, podrías haber encontrado el momento para decírmelo.
—Es posible —dijo él cortando un trozo del pan para comérselo—. Desde que estuvimos juntos aquella noche no he podido dejar de pensar en ti. ¿Tú has pensado en mí?
—¡Por supuesto que no!
—Pues yo he pensado muchísimas veces en volver a comerte entera y en estar en lo más profundo de tu ser.
—Eso no volverá a pasar, puedes estar seguro —murmuró ella ruborizada.
—La culpa de lo que ocurrió entre nosotros no fue mía. Al igual que yo, tú necesitabas follar. Bueno, puede que tú lo necesitaras más que yo. Y estaré a tu entera disposición siempre que quieras.
—Me engañaste. No eras el hombre que contraté.
—¿Estás cabreada porque no fuera un prostituto?
—No estoy enfadada porque no fueras el hombre que contraté, sino porque no me lo dijiste.
—Tienes que reconocer que no me permitiste hablar demasiado. Querías ir al asunto rápidamente.
Los labios de Ryan se curvaron lentamente dedicándole una sonrisa insolente.
—Cariño. Deberías hablar claro y decir que hacía mucho tiempo que no follabas. Bueno, que no habías follado nunca —dijo él rectificando.
—Eres un hombre demasiado educado y culto, y yo no soy tan refinada ni distinguida con las palabras como tú.
Él no pudo evitar reírse.
—Espero que no te moleste mi vocabulario.
—No soy una mojigata.
—Sé que no lo eres —dijo él sonriendo al escuchar esa palabra, que no había oído en muchos años—. No voy a pedirte disculpas por lo que hice, porque de eso no me arrepiento en absoluto. Pero me gustaría que me perdonaras, por no haberte dejado claro que no era el hombre que esperabas.
Al escuchar sus palabras, pronunciadas tan a la ligera, Jess lo miró con los ojos entrecerrados, taladrándolo con intensidad y evaluando si las disculpas eran sinceras o no.
—Dicen que la persona que perdona es quien obtiene la mayor recompensa, porque se libera de un dolor prolongado —añadió Ryan.
—Menuda estupidez. ¿Quién ha dicho eso? —preguntó Jess.
—No tengo ni idea —dijo él sonriéndole.
—De acuerdo. Acepto tus disculpas. Más que nada porque coincidiremos en muchas ocasiones mientras estemos con nuestros amigos.
—Es una buena razón. ¿Eso quiere decir que irás a vivir a Nueva York?
—Todavía no lo he decidido.
—No deberías contrariar a tu amigo Stanford.
—¿Por qué dices amigo en ese tono?
—Porque parece que te ha tomado mucho cariño.
—Yo también a él.
—En ese caso, también deberías sentir cariño por mí.
—¿Por qué?
—Porque soy amigo de Stanford.
—No creo que sea una buena razón.
—Si no vas a vivir a Nueva York, Delaney vendrá a por ti.
Jess se rio.
—No creo que se molestara en venir a por mí.
—Tú no lo conoces. De una forma u otra, él siempre se sale con la suya.
—Eso ya lo veremos —dijo comiendo una rodaja de calamar—. Tú sabes muchas cosas de mí.
—No tantas.
—¿Por qué no me hablas un poco de ti? Al fin y al cabo te he perdonado y supongo que podemos decir que somos… una especie de amigos.
—¿Qué quieres saber?
—Háblame de las relaciones que has tenido con las mujeres, o de lo que quieres para el futuro. Dime cualquier cosa, no es que me muera de ganas por conocerte, pero de algo tenemos que hablar.
—Veamos. Nunca he querido comprometerme con ninguna mujer.
Siempre he pensado que tener una relación seria sería una gran responsabilidad, y ya tengo muchas responsabilidades.
Estar solo me da la libertad para vivir donde quiero y como quiero, sin tener que dar cuentas de nada a nadie.
Aunque cuando vivía aquí salí con una mujer durante unos meses, pensé que era algo serio.
—¿Qué pasó?
—Me dejó.
—¿Te dejó?
—Sí.
—Seguro que era la capitana de la asociación de estúpidas de Atlanta —dijo ella mientras se metía en la boca un trozo de pan.
Ryan se rio.
—Me estás haciendo muchos cumplidos.
—Lo siento, no era mi intención.
—Yo no lo siento.
Jess desvió la mirada de su rostro, algo avergonzada por sus propias palabras.
—Me has dicho que no querías tener ninguna relación con ninguna mujer. Entonces, ¿para qué has venido?
—No he querido tener relación con ninguna mujer, hasta ahora. No me importaría salir contigo.
—Entre nosotros no va a haber nada. Te he perdonado, porque pensé que querías que fuéramos amigos.
Aunque no lo estuviera mirando, Jess sabía que él estaba contemplándola y eso hizo que su corazón se alterara y su sangre corriese descontrolada por sus venas. Respiró hondo para intentar tranquilizarse.
—Si esa es la excusa que se te ha ocurrido para disuadirme, debo decirte que es más bien un incentivo. Esas palabras son un reto para cualquier hombre.
La presencia de Ryan provocaba en ella una sensación desconocida que conseguía acelerar su pulso y le impedía apartar la mirada de él.
Jess apenas escuchó sus palabras, porque la habían atrapado unos penetrantes ojos grises que le recordaron a un cielo de tormenta y que la dejaron embobada y fascinada.
—A lo mejor el universo te está enviando una señal..., o varias.
—¿De qué hablas?
Él no pudo contestar a la pregunta porque el camarero se acercó a retirar los platos de los entrantes. Les sirvió más vino y a continuación les llevó la cena.
—A veces nos envía señales para que nos demos cuenta de que estamos equivocados.
—¿Y piensas que estoy recibiendo señales?
—Puede. Tal vez te puso en mi camino para que estuviéramos juntos.
—Una manera un poco enrevesada de decírmelo, ¿no crees? Habría sido más fácil que me dejara un post—it pegado en la nevera.
—Eso sería demasiado fácil —dijo él riendo.
—Desde luego, la forma que empleó el destino, si es que existe, para que nos conociéramos, nadie se la creería.
—Sí, no fue algo que suceda todos los días.
—Por cierto, ¿a qué fuiste a mi casa esa noche?
—Antes de mudarme a Atlanta tenía una consulta privada y uno de mis pacientes vivía en esa casa. Acababa de volver a Nueva York y estaba visitando a mis antiguos pacientes para comunicarles que pronto abriría una consulta de nuevo.
—Vaya.
—Ya te he dicho que no tuve la culpa de lo que hice, fue simple casualidad.
—Parece que es así. Así y todo, me engañaste.
—Bueno, cuando me marché de tu casa no parecías haberlo pasado mal —dijo él con una sonrisa seductora.