Capítulo 9 #2
—La agente inmobiliaria me dijo que tenía un posible comprador para el casino y lo llevó a ver el local. Ha comprado la propiedad con todo lo que hay en su interior.
—¿En serio?
—Sí. Nathan fue ayer al banco con el comprador y la agente inmobiliaria. El comprador pagó las dos hipotecas al banco y la comisión de la agente. El resto se lo pagó a Nathan, que lo ingresó en tu cuenta. La cantidad asciende a un millón novecientos mil dólares.
—¡Oh, Dios mío! No me lo puedo creer.
—Pues créelo, porque el dinero está en tu banco.
—Jack, soy rica —dijo ella sonriéndole.
—Yo diría que muy rica. Bien. El anticuario me hizo una oferta de un cuarto de millón por los muebles antiguos de las dos casas.
—¡Santo Dios!
—Y por el resto de los muebles, que no eran antiguos, me dieron setenta y cinco mil dólares. A pesar de que estaban en buenas condiciones, eran de segunda mano.
—Así y todo, sacaste una buena cantidad.
—También vendí a una tienda de decoración las cosas de valor que había en las casas. Se las vendí de segunda mano, pero apuesto a que iban a venderlas como nuevas. Como no estabas interesada en quedarte con nada, las vendí todas por cien mil dólares.
—Hiciste bien.
—El resto de cosas: la ropa de tus padres; los bolsos; los zapatos; las lámparas; las cortinas; la ropa de casa; y algunas cosas de decoración sin mucho valor se las quedó un hombre que se dedica a la segunda mano de cosas de marca.
Me dio doscientos mil dólares. No es mucho, teniendo en cuenta que absolutamente toda la ropa era de marcas importantes y le van a sacar un buen dinero.
—Que lo vendan como quieran. Yo quería desprenderme de todo.
—Todos me pagaron con talones. Los ingresé todos en tu cuenta.
—Vale.
—Ahora sí que eres una mujer muy rica. Si no me equivoco, de momento has cobrado siete millones cincuenta y ocho mil dólares.
—¡Santa madre de Dios! Es increíble.
—Después de todo, no ha resultado tan mala la herencia. Y aún queda la venta de las dos casas.
—Desde luego no está nada mal.
—Parte de ese dinero está en la caja fuerte de Delaney, porque me pagaron en efectivo.
—Genial. Y no puedo olvidar que también tengo los cuadros.
—Y valdrán un buen dinero.
—Seguro que sí.
—Por cierto, Nathan se encargó de dar de baja todos los servicios de las propiedades, me refiero al agua, la electricidad, el gas e internet. Después de pagar los recibos que había pendientes. También canceló los seguros de los vehículos y los de las propiedades.
—No sé cómo voy a agradeceros todo lo que estáis haciendo por mí.
—No tienes que agradecernos nada. Que vengas a vivir aquí es más que suficiente.
—Precisamente hoy he enviado un correo a mi jefe diciéndole que dejo el trabajo. Tengo que darle un mes, de manera que trabajaré hasta el 13 de enero.
—Pero tengo entendido que has hablado con Delaney esta mañana, y le has dicho que no lo habías decidido todavía.
—Jack, te dije que iría a vivir a Nueva York. He enviado el email después de hablar con él —dijo ella sonriéndole—. Quiero tener a ese grupo de hombres y mujeres como amigos. Quiero que mi vida cambie y sé que ellos van a conseguir que sea así.
—¿Cuándo se lo vas a decir a ellos?
—¿Cuando los vea en la cabaña de Carter?
—¿Vas a ir?
—Sí.
—¿Sin saber si te conceden el permiso?
—He trabajado parte de las vacaciones cada año. Si no me dan el permiso, que me despidan.
—Bien dicho.
—Por cierto, ¿le dijiste a la agente inmobiliaria lo de buscarme una casa?
—Sí, y está en ello.
Jess entró en su apartamento el sábado siguiente a las siete y media de la tarde.
Había ido a hacer la compra de la semana.
Metió primero en la nevera los alimentos que precisaban frío.
Estaba empezando a guardar el resto de la compra cuando llamaron al timbre.
Se dirigió a la puerta pensando que sería su nueva vecina.
Se había mudado al apartamento de al lado hacía unos días y llamaba a su puerta dos o tres veces cada día preguntándole si tenía alguna cosa: café, azúcar, patatas…
La puerta se abrió y Ryan la vio frente a él.
El corazón se le paró por un instante. Se preguntó si siempre iba a suceder lo mismo cada vez que la viera, porque hasta el momento era lo que había pasado.
Era algo que lo tenía muy sorprendido, porque durante más de veinte años de su vida había sentido solo un interés pasajero por las mujeres, y de pronto se había encontrado con una, que sabía con toda seguridad que era su destino.
Esa mujer le había despertado los sentidos y los pensamientos que había mantenido controlados desde hacía mucho tiempo.
Le interesaba de verdad y la deseaba más que nada en el mundo.
Ryan vio como ella apretaba los puños a ambos lados de su cuerpo y se esforzó por no sonreír.
Esa chica tenía un fuego en su interior, que parecía entrar en ebullición cuando él estaba cerca.
De pronto le vino a la mente la imagen de ella entre las sábanas revueltas, su cuerpo brillante por el sudor, gemidos y jadeos incontrolados.
Como respuesta a sus pensamientos, su cuerpo se endureció y sintió un tirón en su entrepierna.
Jess abrió los ojos más de lo normal y lo miró de arriba abajo, sin poder creer que estuviera allí, en su casa.
Se mordió el labio inferior, seguramente para evitar gritarle o insultarlo de alguna manera.
Sus mejillas se colorearon de manera furiosa.
Ryan llevaba un pantalón vaquero negro, un suéter del mismo color y botas negras de piel.
Sobre el jersey llevaba una cazadora negra.
Todo el conjunto hacía juego con su pelo, también negro.
Jess intentó controlar su agitada respiración, procurando que la brutal velocidad con que la sangre le corría por las venas disminuyera.
Ese hombre irradiaba un magnetismo sexual que no tenía nada que ver con la ropa que llevaba. Parecía absolutamente controlado.
—¡Oh, Dios! —dijo Jess mirándolo de nuevo. Y con solo mirarlo se le aflojaron las rodillas.
Jess se preguntó cuánto tiempo llevarían allí el uno frente al otro. A ella le parecieron horas, pero seguramente solo habían sido unos pocos segundos. Reaccionó rápidamente.
—Vaya, doctor. ¿Qué se le ha perdido por aquí?
—Puedes llamarme Ryan —dijo él con una seductora sonrisa en los labios.
Fue una sonrisa tan increíble, que a Jess la recorrió un delicioso escalofrío por la espalda.
El simple hecho de respirar con normalidad le parecía la tarea más complicada con la que se hubiera encontrado en la vida.
Sentía un irresistible deseo de alargar la mano para tocarlo, pero controló el impulso para no caer en la tentación.
—¿Qué haces aquí?
Ryan la miró fijamente. Aquella mirada intensa y penetrante parecía capaz de entrar en el fondo de su alma.
—Te pedí que me dedicaras quince minutos para que habláramos, pero no disponías de tiempo. De manera que he decidido venir para que hablemos aquí, que seguramente tendrás más tiempo.
—Pues, la verdad es que estoy muy ocupada. Acabo de volver del supermercado y tengo que guardar la compra.
—Estarás pletórica. Tengo entendido que ir al supermercado es lo más excitante que sueles hacer.
—Parece que tus amigos no se callan nada.
—Entre amigos no hay secretos.
—¿A qué has venido?
—Necesito hablar contigo.
—Ahora…
—Esperaré a que termines de guardar la compra —dijo él interrumpiéndola—. No tengo ninguna prisa. Mi avión no sale hasta mañana por la tarde.
—No pensarás quedarte en mi casa hasta entonces, ¿verdad?
—No me importaría… Pero no te preocupes, tengo una habitación reservada en un hotel. Precisamente en el hotel de tu amigo Delaney. ¿Puedo pasar o me vas a tener en la puerta esperando?
Ella se echó a un lado para que entrara. Luego cerró la puerta.
—Puedes esperar en el salón a que termine. Aunque prefiero que hablemos fuera de casa.
—Por mí no hay problema. Es casi la hora de cenar. Hablaremos mientras cenamos.
—De acuerdo.
—Solo por curiosidad, ¿por qué no quieres hablar aquí?
—No tengo una razón en especial, simplemente, no quiero hacerlo.
—No tendrás miedo de estar conmigo a solas, ¿verdad?
—¿Por qué iba a tener miedo?
—No lo sé, por eso te lo pregunto.
Ella volvió a mirarlo de arriba abajo.
—Pareces un Lucifer del siglo XXI salido de las tinieblas, pero eso no es motivo para tenerte miedo.
Ryan no pudo evitar reírse por sus palabras.
—No llego a entender si lo que me has dicho es un cumplido o todo lo contrario.
—Es todo un cumplido, te lo aseguro.
—En ese caso, gracias.
—¿Quieres tomar algo? Aunque, es mejor que digas que no, porque no tengo alcohol en casa. Yo no suelo beber.
—No quiero nada, gracias —dijo él sonriéndole—. ¿Te importa que dé una vuelta por el apartamento?
—Adelante.
Jess respiró profundamente cuando se alejó de ella. Intentó relajarse guardando las latas y los paquetes de legumbres y pasta en los armarios.
—A las personas se las conoce un poco al ver sus casas. A ti es imposible conocerte —dijo él cuando entró en la cocina unos minutos después.
—¿Por qué lo dices?
—No tienes ni una sola foto.
—No hay nadie importante en mi vida como para tener una foto suya en mi casa.
Aunque no me importaría tener unas cuantas tuyas repartidas por todas las habitaciones, pensó Jess.
—No tienes ninguna película.
—Las películas me las descargo de internet.
—Eso es ilegal.
—¿Y cuál es el problema? No irás a decirme que tú siempre respetas la ley.
—Procuro hacerlo.
—Hay otras cosas que también deberías respetar.
—Lo sé —dijo él sonriéndole—. Tampoco se te puede conocer por los libros que hay en las estanterías.
—¿Por qué?
—Porque son de lo más variado. No se puede saber qué tipos de libros te gustan.
—Será porque me gusta la variedad. Dependiendo de mi estado de ánimo leo un género u otro. No tendré que arreglarme para ir a cenar, ¿verdad?
—Claro que no, yo llevo vaquero.
—Ya me he dado cuenta, y te sienta realmente bien. Voy a coger el bolso y nos vamos.
Ryan no pudo decir nada porque ella fue al dormitorio. Pero sí pensó otra vez que de tímida tenía bien poco.