Tan irresistible como Stanford Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—En cuanto a eso… Anoche le estuve dando vueltas al asunto.

—¿Y has tomado una decisión?

—Sí. Voy a mudarme aquí. Y que conste que no lo hago por estar cerca de Ryan.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

—Me he dado cuenta de que para hacer todo lo que han hecho Delaney y Nathan con lo de mi herencia le habrán tenido que dedicar muchas horas.

—Eso puedo asegurártelo. Han cancelado muchas citas y algunos viajes que tenían programados.

—No quiero que piensen que soy una desagradecida. En cuanto a Ryan… Esa es otra historia. Pondré todo de mi parte para que nos portemos de manera civilizada. Y confío en que él haga lo mismo.

—Ryan se portará bien.

—Me gustaría que la decisión que he tomado quedara entre nosotros.

—Jess, todo lo que hemos hablado y hablemos en el futuro siempre quedará entre nosotros.

—Gracias, Jack.

Revisar lo que había en la casa de la playa no les llevó mucho tiempo.

Jess tenía claro que no quería conservar ninguno de los muebles que había en ella, a pesar de que algunos de ellos eran verdaderas obras de arte.

Pero siempre sabría que habían pertenecido a sus padres y no quería pensar en ellos, si sus muebles estaban en su casa.

—Entonces, ¿no estás interesada en quedarte con nada?

—No.

—¿Puedo hacerte una sugerencia?

—Por supuesto. Y la tomaré como un consejo.

—Los cuadros de las dos casas y los que hay en el despacho del casino son de artistas importantes y apuesto a que tus padres pagaron un buen dinero por ellos.

—Seguro que sí, siempre quisieron tener lo mejor para presumir delante de sus amigos.

—Deberías quedártelos todos como inversión. Si no quieres tenerlos colgados en tu casa, puedes guardarlos en algún sitio. O venderlos.

—Tienes razón. Tendré que buscar algún sitio para dejarlos mientras estoy en Atlanta.

—Yo me encargaré de eso.

—Gracias. Acabo de darme cuenta de que tendré que buscar una casa para vivir.

—Sí, eso estaría bien. Pero no tienes prisa. Puedes quedarte en casa de cualquiera de tus amigos mientras encuentras una que te guste. Ryan lo hizo cuando volvió de Atlanta. Estuvo viviendo en casa de Carter.

—¿Se ha comprado ya una casa?

—Sí, muy cerca de la de Sean. Una casa fantástica por cierto.

—Qué bien.

—¿Quieres que hable con la agente que se va a encargar de la venta de tus propiedades para que te vaya buscando algo?

—Eso sería estupendo.

—Hablaré con ella. Dime cómo quieres que sea la casa. O si lo prefieres, puedo darte su teléfono y hablas tú con ella.

—Prefiero que seas tú quien hable con ella.

Ahora tengo dinero y quiero una casa grande.

La que compré en Atlanta y donde vivo es miniatura y quiero tener espacio.

Quiero al menos tres habitaciones, un despacho, dos baños, un salón comedor grande y una cocina muy amplia.

Además, quiero tener un jardín para hacer barbacoas e invitar a mis amigos. Cuando viva aquí sí voy a tener amigos.

—Y muy buenos.

—Me encantó la casa de Ellie.

—¿No querrás comprar una casa como esa?

—Soy consciente que no podría hacerlo. De todas formas, yo no necesito una casa tan grande. Soy soltera.

—No lo serás siempre.

—No confío mucho en ello.

Jack la miró, pensando que esa mujer no sabía lo preciosa que era, ni el valor que tenía en sí misma.

—¿Hemos terminado aquí?

—Sí.

—Pues vayamos a ver la casa del centro de la ciudad.

En esa otra propiedad sucedió lo mismo. Jess ni siquiera entró en el dormitorio principal, porque fue donde perdió la virginidad y no quería recordarlo. Pero le dijo a Jack que conservaría todos los cuadros.

A continuación fueron a ver el casino. Jess estuvo dando vueltas por el enorme local.

—¿Crees que alguien estaría interesado en comprar todas estas cosas? —preguntó Jess cuando entraron en una especie de almacén.

—Sí, si tienen intención de montar un casino.

A veces algunas personas buscan máquinas recreativas para ponerlas en sus casas, y hay un almacén en la parte de atrás del local con un montón de ellas.

De hecho, cuando vine a ver el local con Delaney y Nathan, a ambos les llamó la atención algunas de esas máquinas.

—¿Recuerdas en cuales se fijaron?

—Sí.

—Vayamos a verlas.

Entraron en la habitación.

—Todo esto no parece material de un casino.

—Y no lo es. Puede que tu padre tuviera un local de juegos recreativos, o que comprara todas estas cosas, porque pensara abrir uno. A Nathan le gustó aquella máquina del fondo. Dijo que le recordaba a las que jugaban cuando eran niños.

—¿Y a Delaney?

—A él le gustó el futbolín, creo que también le recordaba a su juventud y le gustaría que sus hijos lo usaran también.

—No me estarás diciendo que son dos viejos.

—Desde luego que no. También le gustó esa máquina antigua de discos.

—Cuando vengas con alguien a llevarte los cuadros, ¿podrías pasar por aquí para recoger las máquinas que has mencionado y que las lleven a sus casas?

—¿Se las vas a regalar?

—Sí. Delaney está enfadado conmigo y puede que eso lo suavice.

—Te aseguro que a mi jefe no le gusta que le hagan la pelota.

—No es hacerle la pelota. Solo es un regalo —dijo ella sonriéndole de forma traviesa.