Capítulo 7 #3
—Yo no siento odio por ese hombre, porque no lo conozco. Pero no quiero que haya nada entre nosotros. La verdad es que no me inspira confianza. ¿Cómo te sientes con el embarazo? —preguntó Jess a Abby para cambiar de conversación.
—Muy bien. Estoy de dieciocho semanas.
—Eso ya va avanzando, ¿eh?
—Y que lo digas.
Llegaron al campamento, colocaron todo sobre la mesa y llamaron a los niños para que fueran a comer. Les limpiaron la cara y las manos, los sentaron en una de las mesas y les sirvieron la comida en los platos.
—Parece que no hayan comido en semanas —dijo Abby sonriendo.
—Es lo que pasa cuando hacen ejercicio —mencionó Tess.
Jess se sentía morir mientras ayudaba a comer a Lucas, el hijo de Nathan y Lauren.
Miró a los niños y a sus amigas. Era como si fueran una familia.
Luego desvió la mirada hacia la cabaña que estaban terminando los hombres.
Todos estaban riendo y se le partió el corazón.
Le habría gustado formar parte de ese grupo de personas tan maravillosas, pensó.
Cuando los niños terminaron de comer, Jack fue a la casa a por la tarta y volvió acompañado de Rosita y de Cath.
Encendieron las treinta y cinco velas y Brianna le recordó a Carter que antes de soplar tenía que pedir un deseo.
Le cantaron el cumpleaños feliz y luego apagó las velas.
Todos lo felicitaron. Luego sirvieron la tarta a los niños.
Los más pequeños se centraron en el pastel.
—Ahora los regalos —dijo Brianna colocándolos sobre la mesa.
Carter comenzó a abrir los paquetes de sus amigos, todos eran ropa o complementos. Excepto el de Jess. Carter se quedó mirándolo mucho tiempo. Jess pensó que no le gustaba y se sintió algo incómoda. Pero de pronto, Carter la miró sonriendo.
—Me encanta tu regalo. Es fantástico. Gracias —dijo acercándose a ella y abrazándola muy fuerte.
—Me alegro de que te guste —murmuró ella ruborizada.
Jack, Cath y Rosi volvieron a la casa y se llevaron la tarta. Las chicas llevaron a los niños a la cabaña donde estaban las camas, todas muy bajas, casi a ras del suelo.
—¿Hay calefacción? —preguntó Jess.
—Sí. De lo contrario no podrían dormir aquí.
—¿Se dormirán?
—Claro. Están acostumbrados a dormir la siesta.
Las madres se pusieron a cambiar pañales, les pusieron los pijamas, les cepillaron los dientes y los acostaron. Las únicas que permanecieron despiertas hablando unos minutos fueron Brianna y Mar, pero también se quedaron dormidas.
Las mujeres recogieron la mesa, metiendo en las bolsas todo lo que había en ellas y volvieron a la casa a por la comida de los mayores. Poco después los adultos estaban sentados comiendo las delicias que habían preparado Cath y Rosita.
Jess estaba sentada al lado de Mike y Ryan enfrente de él.
—Mike, ¿estás saliendo con alguna chica? —preguntó Tess.
—Si te refieres solo a una, no.
—Menudo arrogante estás hecho.
—Se me habrá contagiado de vuestros maridos.
—¿No crees que va siendo hora de que dejes de ir con una y con otra? —preguntó Lauren.
—Mi madre dice que el amor es una fuerza única y poderosa y que por eso no hay que buscarlo, sino dejar que él te encuentre.
Todos se rieron.
—De todas formas, es posible que haya encontrado a mi media naranja —dijo el detective volviendo la cabeza para mirar a Jess.
Ryan miró fijamente a Mike. De pronto se preocupó. ¡Hostia! ¿Estaba celoso?, se preguntó. Eso era nuevo para él y le costaba gestionar toda aquella oleada de nuevos sentimientos: posesividad, amor, celos… ¿Había mencionado amor? ¿Sería verdad que estaba enamorado, como le habían dicho sus amigos?
Ryan la miró, y reconoció que estar cerca de esa chica hacía que tuviera unos deseos, de los que era mejor olvidarse.
Tenía unos labios carnosos de color rosado y muy seductores.
Era la boca más apasionada que había visto en su vida.
Solo pensar en besarla de nuevo o en que sus labios le acariciaran el cuerpo, hacía que se pusiera a mil. Por suerte estaba sentado.
Puede que esa mujer fuera un nuevo principio para él, una nueva oportunidad para ser feliz.
El destino se había tomado muchas molestias para que él la viera en Atlanta; luego para que se encontraran en casa de ella de Nueva York, por un malentendido; y ahora que fuera amiga de sus amigos.
Eso no podría ser una simple coincidencia, se dijo.
Sabía que la tarea que tenía entre manos de conquistarla no sería fácil.
Pero a él le aburrían las cosas fáciles.
Era consciente de que todo lo que había considerado importante hasta ahora, puede que no lo fuera tanto.
Tal vez debería contemplar su vida de una forma distinta, reconsiderar algunas decisiones y tomar otras nuevas.
Había vuelto de Atlanta con la idea de comenzar de nuevo.
Había comprado una casa para formar una familia, ¿no? , se dijo.
Esa mujer lo había atraído desde el momento en que la vio por primera vez, hacía ya medio año.
Prácticamente no la conocía, pero sabía que se sentía muy atraído por ella.
Es posible que lo que le atrajera fuera su valor, su inocencia o su descaro, o tal vez su ignorancia y su timidez, para ciertas cosas.
Esa chica era una combinación de contradicciones y belleza.
Joder, se había perdido parte de la conversación y ni siquiera sabía de qué estaban hablando, se dijo Ryan volviendo a la realidad.
—Delaney y Nathan tienen la habilidad de encontrar las debilidades de las personas, ver a través de ellas y adivinar sus secretos. Y entonces los utilizan contra ellos con lógica, con encanto, sin compasión y con una estrategia tan planificada, que siempre van por delante de ellos —dijo Lauren.
—Cielo, no sabía que tenías tan mala opinión de Delaney y de mí —le recriminó Nathan a su mujer.
—No es mala opinión. A mí me gustaría ser así.
—De todas formas, solo nos comportamos de esa manera en los negocios —se disculpó Delaney por los dos.
—Lo sé.
—Supongo que os funciona ese método, de lo contrario no tendrías todo lo que tienes —dijo Jess.
—¿Tú podrías imaginar el pastón que tiene Delaney? —preguntó Mike a Jess.
—No creo que pudiera imaginarlo. Cuando el número de ceros rebasa cierta cifra, pierdo la noción del dinero.
Delaney soltó una carcajada. En la comisura de sus ojos aparecieron unas finas arrugas que si el universo fuera justo, deberían estar prohibidas para no animar a las mujeres a pecar, pensó Jess.
—Me da la impresión de que no te cae bien Ryan —dijo Mike de pronto.
Jess dejó de pensar en Delaney, al darse cuenta de que le hablaba a ella.
—Yo no he dicho…
—No tiene que caerte mal. Lo que pasa es que a Ryan le gusta hacerte sentir incómoda con su agobiante presencia. No se lo tienes que tener en cuenta, porque se comporta así con todas las mujeres. Podríamos decir que es un seductor nato. Pero es un buen tío.
Jess lo miró sonriendo porque sabía que a ese hombre le caía muy bien Ryan.
—Y si no, pregúntale a las mujeres que nos acompañan.
—No voy a preguntarles nada, porque no estoy interesada en la respuesta.
—Venga, chicas, no me dejéis mal. Decidle qué pensáis de Ryan.
—Mike tiene razón. Ryan es un verdadero seductor, y un descarado encantador —dijo Kate.
—En realidad, esa definición podría ser la de cualquiera de nuestros maridos —añadió Abby.
—¿Por qué tenéis que hablar de mí? ¿Os he molestado en algo para que la toméis conmigo? —preguntó Ryan.
—No estamos hablando mal de ti sino todo lo contrario —dijo Ellie.
A partir de ese momento la situación dio un giro y pudo comprobar que Ryan era un demonio flirteando con las chicas. Incluso sabiendo que eran sus amigas y estaban casadas, parecía increíblemente sincero. Desde luego, era un seductor nato, pensó Jess.
Poco después Ryan estaba contándoles algo que le había sucedido en Atlanta. La voz de ese hombre envolvió por completo a Jess. Tenía la sonrisa más arrebatadora que hubiera visto en la vida y sintió un estremecimiento en su interior.
Jess sentía una presión en el pecho, y la causa era ese hombre que estaba frente a ella, seduciéndola con la mirada.
Jess carraspeó para aclararse la voz, porque tenía la sensación de que la había perdido. Si Ryan seguía mirándola de la forma que lo hacía, no sería capaz de formar ni una sola frase con sentido.
Después de la comida tomaron café e hicieron una sobremesa muy larga. Los niños se despertaron y empezaron a jugar con fuerzas renovadas.
El sol estaba ocultándose. Ellas recogieron lo de la mesa y los hombres se encargaron de llevar a los niños a la casa cuando estaba anocheciendo.